A la mañana siguiente, la agente Cano por fin abrió los ojos, tras una noche en la que Di Stefano, Rajín, y las hijas de Marinai se turnaron para atenderla. Poca cosa tuvieron que hacer: más que el sueño de una convaleciente, parecia el sueño inquieto de un borracho. Al principio le costó despegar los párpados y la luz del ambiente le dolió hasta hacerla emitir un suave gemido. Cuando gozó por completo del sentido de la vista, lo primero que alcanzó a ver fueron dos figuras desconocidas que se agachaban sobre ella. Tras una ráfaga de memoria, reconoció al ex agente Di Stefano. Atónita, desvió la mirada en derredor, intentando reconocer el lugar.
—Parece que sigue viva, señorita Dacourt —dijo Di Stefano con un gesto inescrutable—. ¿Qué tal se siente?
—¿Dónde estoy? ¿Y qué ha ocurrido con mis compañeros?
La voz le salió ronca y entrecortada, pero con tanta altivez como siempre. Di Stefano le acercó un vaso con agua, del que bebió un largo trago levantando con dificultad la cabeza de la almohada.
——Está a salvo... por el momento —contestó con voz átona Di Stefano—. En cuanto a su segunda pregunta.
—¿Han sido eliminados?
—Me temo que sí.
—Maldito sea.
Cano hizo ademán de incorporarse, pero sintió un profundo dolor desde la cadera a los dedos de los pies que la hizo aullar y volver a tumbarse. La sangre le bombeaba en las sienes con la consistencia del metal líquido.
—No conviene que se mueva demasiado —intervino Di Stefano—. Los analgésicos de Aris no son a los que están acostumbrados en la Tierra. Estos son mucho menos efectivos, y requieren participación por parte del enfermo.
—¿Qué me ha pasado?
—Nada de gravedad. Un golpe en la cabeza y una bala en una pierna. Mejor sería que se preguntase qué ha pasado. Y, cuando encontrase una respuesta, que me lo dijera.
—¿Acaso no es usted el responsable? —Preguntó con una mueca sarcástica.
—Piense un poco. ¿Cree que si lo fuera estaría usted aquí ahora?
Cano compuso un gesto mezcla de duda y dolor, mientras miraba frunciendo los labios a Di Stefano. Permaneció silenciosa; al final terminó por negar con un leve movimiento de la cabeza.
—Bien, veo que ha recapacitado —advirtió Di Stefano, mientras comenzaba a pasear por la habitación, rodeando la cama—. El padre Mauricio parecía tenerla en alta consideración; espero que no se equivocase... Por un momento he pensado que así había sido.
—Entonces, si lo prefiere así: ¿qué ha pasado?
—Sólo sé que cuando llegamos se inició el ataque. No sabemos quiénes lo hicieron ni porqué. Pero debería dar gracias al cielo de que estuviéramos allí: pudimos salvarla.
—¿Me quiere decir que usted no sabe quiénes son los culpables de la muerte de mis compañeros?
—Tengo alguna idea al respecto, pero nada más —contestó Di Stefano, encogiéndose de hombros—. Usted debería saber quién puede tener interés en terminar con cuatro agentes del Instituto. Aunque supongo que también estará formando alguna hipótesis.
La agente Cano asintió cabizbaja. Cuando levantó la mirada, se podía observar la confusión en su rostro. Lo último que recordaba era una conversación antes de cenar en la posada con monseñor y los dos ayudantes; después, un estruendo repentino. Al despertar... esto.
—Entonces usted.
—Si va a preguntarme de nuevo si tengo algo que ver con lo que ocurrió en la posada, le contestaré que en absoluto.
Con movimientos lentos, Cano comenzó a masajearse las sienes con las yemas de los dedos, con gestos torpes, como si descubriera que tenía dedos y cabeza. En su mente se mezclaban un leve dolor físico, la desorientación por efecto de los analgésicos y el desconcierto producido por la extraña realidad. Un cóctel que tenía la cualidad de hacerle pensar que estaba sufriendo una pesadilla.
—¿Cómo acabaron mis compañeros? ¿Murieron en la posada?
—Dos de ellos sí. El padre Mauricio, algo más tarde. Hicimos todo lo posible por salvarle... pero no lo conseguimos.
Una sonrisa irónica se dibujó en el rostro enfermizo de la agente Cano.
—Es todo tan extraño... habla con si en verdad lamentase la muerte de monseñor. ¿Por qué habría de creerle una maldita palabra de todo lo que me diga?
Di Stefano estalló como si le hubiesen azuzado con un hierro candente.
—Mire, niña bonita: usted no tiene ni la más remota idea de lo que está hablando. ¿Que si lamento la muerte del padre Mauricio? Mucho más que usted, y mucho más que cualquier otra persona en todo el asqueroso universo.
Se giró, dando la espalda a Cano, y tomó aire, procurando relajarse. Cuando creyó haberlo conseguido en parte, se volvió y continuó.
—Lo mejor será que nos olvidemos de temas estrictamente personales. No tengo nada contra usted; usted contra mí tampoco... si acaso, debería demostrar gratitud. Por otra parte, usted no sabe nada de interés para mí, y lo que yo sé no creo necesario compartirlo con usted. El padre Mauricio, o monseñor como usted le ha nombrado, me encargó antes de morir que velase por usted, y eso pienso hacer. En cuanto esté restablecida, haré todo lo posible porque vuelva a la Tierra. Por mi parte, ahí habrá terminado mi colaboración para con usted. Y quiero que tenga siempre presente algo: que le deberá tanto o más la vida al padre Mauricio que a mí. Así que, si no colabora de buenas maneras por usted misma, hágalo al menos por él.
Dejó transcurrir unos segundos, mientras sopesaba el efecto de sus palabras en la agente. Al menos, parecía atenta.
—No lo dude —prosiguió—: todo lo que le ordene será por su propio bien. Si por un casual ocurriera algo desagradable por culpa de su estupidez, créame, no me sentiría culpable. Voy a hacer todo lo posible por cumplir con el padre Mauricio. Si usted no colabora, su suerte no será problema mío.
Se encaminó hacia la puerta, seguido de Rajín de Sura. Después de abrirla y casi a punto de salir de la habitación, se volvió hacia la agente Cano.
—Por su propio bien le recomiendo que no haga tonterías. Medite en su situación. Insisto: no respondo por usted si no sigue al pie de la letra mis instrucciones. La primera de ellas: no abandone esta habitación en ningún momento, por ningún motivo. ¿Entendido?
La agente Cano parpadeó como único gesto de asentimiento. Di Stefano y Rajín salieron, cerrando la puerta con suavidad. Recorrió con su mirada la habitación. Cerró los párpados justo en el momento en que los ojos se le llenaban de lágrimas.
* * *
Por si tenía pocos problemas, ahora se encontraba con otro más. ¿Cómo devolver a la agente Cano a la Tierra sin levantar las sospechas de Palacios? Le tendría que procurar documentación nueva: imposible volver a por el equipaje de Cano a la posada campestre de Drago. Imposible también dejarla a su aire una vez recuperada de la intervención: caería sin duda en las redes de la policía secreta. ¿Cómo ayudarla sin comprometerse? Tenía que pensar algo, y rápido. Aunque llevaba ya todo el día dándole vueltas al asunto, seguía sin encontrar la solución perfecta, efectiva y discreta. Concluyó que ese tipo de soluciones jamás existían. Jamás. Así que haría lo más sencillo. Lo más práctico. Y, tal vez, lo único que podía hacer. Desde luego, iba a cumplir con su palabra. Pero tampoco pensaba complicarse más de la cuenta.
Pidió de cenar. Cuando Marinai se acercó, sin que él se lo pidiera, le dio el último parte médico de la enferma:
—Acaba de terminar su cena. Se encuentra mucho mejor. Yo creo que mañana podrá levantarse... con ayuda.
—Gracias, Marinai.
—Es una mujer muy fuerte —continuó, poniendo sobre la mesa un plato de ostras fritas empanadas y una jarra de vino blanco—. Siempre tendemos a considerar frágiles a las mujeres bellas. Y nos equivocamos, sin duda.
Marinai se alejó, dejándole en su mesa. Di Stefano sonrió taciturno: ahora que sus preocupaciones directas habían terminado, que había salvado el pellejo, que no tenía ni sentía presiones de nadie, volvía a encontrarse como unas semanas atrás: en medio de la vorágine de una misión, preocupado y excitado como si estuviera su vida en juego. Bueno, no le quedaba más remedio que hacerse a la idea de que el puñetero encargo de Palacios, y sus consecuencias colaterales, no había terminado. Tal vez, terminaría cuando embarcase a la agente Cano rumbo a la Tierra, sana y salva. Seguramente así sería. O, al menos, lo esperaba.
¿Qué más podía ocurrir? El padre Mauricio había muerto; podría considerarlo con frialdad como otra víctima más de aquella antiquísima guerra, aunque su corazón se rebelaba ante esa falta de sensibilidad. Aún así, poco podía hacer: sólo lamentarlo. Había muerto, pues, su antiguo amigo. No podía prever más desastres. ¿Matarle a él? ¿Quién? ¿El Instituto? Imposible. ¿Palacios? ¿Por qué? ¿Sería capaz de sacar a esa señoritinga de Aris camino a la Tierra? Seguro que sí. Pero le quedaba ese paso por dar. Y se seguía sintiendo inquieto: una misión no se termina, hasta que no se termina. Y, ésta, aún, no había finalizado.
El Instituto se había llevado dos palos sonoros en poco tiempo. Que volvieran a buscarle, a él precisamente, carecía de lógica: la guerra era entre ellos y la Compañía de la Rosa. El único nexo que vinculaba al ex agente Bellini con Palacios era, con seguridad, el pobre sacerdote muerto. O monseñor, obispo por tanto, como había dicho la agente Cano. Punto y final. En cuanto a la agente Cano: era consciente, o debería serlo, de que él le había salvado la vida. Con certeza, de tener algún sentimiento de venganza, no lo enfocaría hacia él: supondría todo un desperdicio después de haber sido salvada precisamente por él. En todo caso, antes de encontrarse con él, como había quedado claro, se toparía con la Compañía de la Rosa. Allá ellos, allá ella.
Decidió olvidarse por un momento de sus problemas y degustar las ostras y el vino. Decidió sonreír pese a todas las trampas que la vida le había puesto en las últimas semanas.
Rajín de Sura entró en la posada, le localizó, y se sentó a su mesa.
—Ya he avisado a la vieja Iramis. Vendrá mañana a primera hora.
—Ajá. ¿Has indagado por ahí?
—Por todos los demonios del infierno, llevo todo el día haciéndolo—explotó Rajín de Sura—. Pero no ha pasado nada: al muy bastardo del dueño de la posada campestre de Drago le han debido untar bien, o intimidar, me da lo mismo. Igual que al resto de los clientes que estaban anoche en la posada. No ha pasado nada, ¿sabes? Nada de nada. Lo de siempre.
—¿Alguien ha dicho algo, por ejemplo, el posadero, sobre una mujer y un viejo que debería estar muertos y no han aparecido?
—Quién sabe... —respondió Rajín de Sura—. El dueño de la posada jura por sus muertos que no dijo nada a nadie por que, entre otras cosas, nadie le preguntó nada, y le obligaron a no hablar. Unos tipos recogieron los equipajes, le pagaron para que se deshiciera de los cadáveres y, según él, algo de dinero para que reparase el estropicio... Por cierto, me debes mil geas.
Di Stefano le miró componiendo un gesto de socarrona duda.
—Sí, he tenido que pagarle al muy cabrón para soltarle la lengua. Y para que no hable de tipos que volvieron al día siguiente haciendo inocentes preguntas llegado el momento.
—De cualquier modo, es secundario —Di Stefano hizo un gesto vago con la mano—. Ellos sabían que había cuatro agentes, y han requisado el equipaje de cuatro agentes. Saben de sobra que alguien se llevó a dos. ¿Por caridad, por humanidad? Eso no existe en Aris. Posiblemente, el posadero diera nuestra descripción completa.
—¿Tú crees? Yo no estaría tan seguro. Los posaderos nunca suelen meterse en ese tipo de líos.
—¿Y, entonces, por qué le has pagado?
—Por si acaso, hombre, por si acaso.
—Rajín: pide de cenar y déjame en paz.
* * *
O bien Sorjo era bastante mejor profesional de lo que se deducía de su nefasta fama, o bien los medicamentos eran mejores de lo que suponía Di Stefano: el caso es que la agente Cano se despertó temprano tras una noche tranquila con el ánimo combativo y altivo de siempre. Despreció la ayuda de una de las hijas de Marinai y desayunó sola, y con apetito, una jarra de leche y varias rebanadas de pan con miel. Después, cuando hubo terminado, mandó llamar a Di Stefano, que se encontraba aún durmiendo en su habitación.
—Pues despiértale —le ordenó a la hija de Marinai.
Di Stefano apareció media hora después, demorándose más de lo necesario cuando la muchacha le contó lo ocurrido. Al entrar en la habitación, se encontró con este saludo:
—¿Qué ocurre? ¿Dónde está mi ropa? ¿O desea que me pasee desnuda por esta ciudad de mierda?
Di Stefano la miró frunciendo los ojos, mientras Cano, sentada en la cama, hacía intención de levantarse.
—¿Quién le ha dado permiso para levantarse de la cama? Creo que quedó bien claro.
—No se preocupe, no pienso hacer ninguna... ¿cómo dijo usted? ¿Tontería? Sólo pretendo estirar las piernas un poco. Y asearme, si es posible.
—Siempre y cuando no salga de la habitación... hasta que yo le diga.
—Bien, ¿me puede responder? ¿Dónde está mi ropa?
—¿La que llevaba puesta? La tiré, por supuesto... —contestó con una sonrisa—. ¿Recuerda? Recibió un tiro, cayó al suelo, se le manchó de sangre, hubo que intervenirla.
—Ya. Perdone. En cuanto a mi equipaje.
—Puede volver a por él si lo desea. Pero no se lo recomiendo: sobre todo, por que no lo encontrará.
La agente Cano agachó la cabeza mientras asentía. Sabía perfectamente de qué estaba hablando.
—Deje ese asunto en mis manos.
Cano le miró de arriba abajo. Después de su escrutinio, por sus gestos pareció determinar que Di Stefano no sólo era capaz de salvarle el pellejo, si no también de conseguirle ropa decente. Aquel tipo elegante podía estar a la altura.
—Bien, de acuerdo —aceptó—. Prefiero dejar ese tema en sus manos antes que en las de alguna de las chicas que me han estado atendiendo.
Di Stefano estuvo tentado de recriminarle su ingratitud, pero prefirió dejarlo pasar.
—También le voy a conseguir documentación nueva para salir de Aris. Una vez la tenga, tomará pasaje en una nave regular. Yo mismo me encargaré de que llegue hasta la nave sin contratiempos.
—¿Cuándo será todo eso?
—Lo antes posible. Esta misma mañana vendrán a hacerle la documentación. Ahora, convendría que se asease con lo que tenga a mano —señaló el pequeño cuarto de baño—. No faltan ni el agua ni el jabón. Tome —le dio una libreta y un lapicero de grafito, que la agente Cano tomó con extrañeza, como si estuviera frente a un raro insecto—. Anote lo que desea que le traiga. Póngame también su talla, número de calzado, y cosas así. Pero sea breve. Nada de caprichos.
Cano hizo una lista. Después le pasó la libreta.
—Le he traído también esto—Di Stefano se acercó hasta la puerta de la habitación y cogió una muleta apoyada en la pared—. Le será útil, sin duda. De todos modos, mandaré que suba una muchacha para ayudarla.
Después, se dio media vuelta.
—Le doy una hora —dijo, antes de abandonar la habitación—. Ya sabe: vendrán a hacerle la documentación. Compórtese de la manera más participativa posible.
La agente Cano se apoyó en la muleta y se levantó de la cama. Se encontró fuerte, bastante más de lo que imaginó. La cabeza hacía horas que no le dolía, y las piernas, salvo la hinchazón que rodeaba la cicatriz, parecían casi tan firmes como siempre. Una perezosa laxitud de su musculatura y un agradable adormecimiento general eran lo único que diferenciaba aquel levantarse de cualquier otro. Pero, por precaución, se encaminó despacio hacia el baño. Mirándose en el espejo desconchado decidió ser optimista pese a todo. Tal vez, si aquel inefable de Di Stefano acababa siendo tan honesto como pretendía serlo, dentro de poco tiempo volvería a estar en casa. Y, entonces, ya tendría tiempo de sopesar todo el asunto. Lo irremediable no tenía solución: nada ni nadie iba a devolver la vida a sus compañeros; la misión había sido un absoluto fracaso. Necesitaba tiempo para determinar en qué puntos habían fallado, necesitaba perspectiva para analizar la situación y buscar culpables, y, sobre todo, para preparar la... no le gustaba utilizar el término venganza: prefería el de contraataque justificado, en concordancia con la terminología eufemística del Instituto. Bien, pensó, si sólo se trata de una simple cuestión de tiempo, dejémosle transcurrir.