Sin novedad. Había transcurrido una semana desde su encuentro con Palacios en el club Lavalle, y todo seguía en calma. Tampoco volvió a tener noticias del tipo aquel que estuvo haciendo preguntas. Llevaba razón Rajín de Sura: intranquilizarse sin necesidad no llevaba a ninguna parte.

Cansado y aburrido por la molicie de los últimos días, decidió retomar el orden habitual de su rutina: determinó ir a su despacho, ordenarlo un poco, comprobar los mensajes de posibles clientes. Olvidarse de Palacios y seguir con su vida. Curiosamente, justo como le habían dicho que hiciera.

Fue caminando hasta su despacho, un simple paseo que en esta ocasión sí le sirvió para liberarse de sus incertidumbres: era algo tan simple y habitual, que le hizo sentirse como si lo realizara el día después de su primera reunión con Sukur. Paró unas cuantas veces, para tomar café, comprar la prensa, y contemplar algún escaparate. Al llegar se sintió descargado de tensiones sobre su futuro, como si todo el asunto de Palacios no hubiera sido más que otro trabajo. Acaso, ¿no debería valorarlo así?

Antes de tomar asiento en su despacho, comprobó, como parte de la rutina diaria, que todo seguía en su sitio. Después llamó al servicio de limpieza del edificio y consultó su apartado de correo, decidido a ponerse a trabajar lo antes posible.

Tenía una forma de establecer contacto con sus futuros clientes bastante común en Pálasti para los de su gremio: consistía básicamente en el boca a boca, en recomendaciones de clientes a otros posibles clientes, que se ponían en contacto con él a través de una cuenta de correo cifrado. Leía a diario el correo, y contestaba a los mensajes que le interesaban. Y así se iniciaban las relaciones. Pocos clientes conocían su despacho; en el fondo, lo mantenía para salvaguardar su casa de sus actividades. Bien podría establecerse en algún hotel, como alguno de sus colegas, o en ningún lugar en concreto; pero prefería disponer de un sitio fijo y cómodo, donde recibir visitar si era imprescindible. Una especia de razón social de su empresa. Y en el caso de que fuera ligado a un sitio concreto, éste sería el despacho, no su propio domicilio. No es que aquello sirviera de mucho, pero a él le daba la impresión de desligar su trabajo del resto de su vida. Y eso le bastaba.

Repasó el correo. Tenía dos avisos. El primero, recibido quince días atrás, le citaba en nombre de Corporación Metalúrgica Dukense en las oficinas centrales de la empresa un miércoles a las doce perdido ya en el pasado. Seguro que se trataba de localizar algún ejecutivo que pasaba informes confidenciales a otras empresas rivales. Ya se habrían buscado otro detective.

El otro aviso era de dos días atrás. No tenía remitente, aunque sí una dirección, y era inusualmente largo:

Señor Bellini: me pongo en contacto con usted porque creo que es la única alternativa válida que me queda por probar para conseguir mis objetivos. Deseo que busque a determinada persona, por un asunto de índole exclusivamente privada, a la cual no he podido encontrar por mis medios ni utilizando los servicios de otros profesionales. No deseo demorarme demasiado, así que le emplazo a una reunión donde le detallaré las particularidades del tema. Espero que no me niegue sus servicios; estoy segura que, en cuanto sepa los pormenores de mi problema, accederá gustoso a ayudarme. Se preguntará el motivo de que recurra a usted; mi amistad con Waldemar Strauss, y su insistencia en hacerle a usted partícipe de mis problemas son la respuesta. Por favor: me gustaría que mantuviera al señor Strauss fuera de este asunto. Su amabilidad merece eso y mucho más. Prefiero que no le moleste, ni que sepa por usted que estamos en tratos. Le ruego que conteste a este mensaje.

Waldemar Strauss era uno de sus clientes habituales. Propietario de una empresa de exportación de metales, estaba siempre en lucha con los transportistas, intermediarios, y sus propios empleados, que procuraban llevarse en cuanto tenían la más mínima ocasión un buen pellizco del metal. Di Stefano, en uno de los trabajos más minuciosos que le había tocado realizar, descubrió una red de ladrones implantada en su propia empresa, que abarcaba desde un alto directivo hasta guardas nocturnos de los almacenes. Ni que decir tiene que aquel trabajo le reportó el inmediato agradecimiento de Strauss, y unos cuantos encargos más. A ojos de Strauss, estaba lo suficientemente valorado como para molestarle con una llamada. Pero se lo pensó dos veces: el mensaje insistía en no molestarle. Por otra parte, si la persona venía recomendada por él, valdría la pena ayudarla.

Quedaba claro que la persona que requería sus servicios era una mujer. Tal vez, por esa razón, prefería mantener al margen al propio Strauss, aunque hubiera sido él quien le recomendase. El señor Strauss tenía varios líos con unas cuantas amiguitas... una de ellas tenía algún problema... y Strauss quería que Bellini se lo solucionase sin molestias de ningún tipo. Todo parecía cuadrar. Era de esos asuntos tan antiguos como la vida. Por supuesto que no molestaría al señor Strauss.

Contestó al mensaje, citando a la posible cliente en el restaurante del hotel Vega Palace para el día siguiente a mediodía.

* * *

Hacía más de dos horas que había pasado la hora de la comida. El restaurante se encontraba vacío, a excepción de Di Stefano y unos aburridos camareros que limpiaban y barrían desganados. Apuró su taza de café y se levantó de la mesa.

Podían haber ocurrido varias cosas: su posible cliente no había recibido su mensaje, o no lo había leído, o, tal vez, había desestimado a última hora contar con sus servicios. Quién sabe, tal vez había retornado el desaparecido. En cualquier caso, si su cliente pretendía volver a contratarle, que se pusiera otra vez en contacto con él. En alguna ocasión le había dado plantón un cliente, y jamás le interesaron los motivos. Mientras traspasaba las puertas del hotel, se había olvidado ya del asunto.

Salió a la avenida y, caminando a paso lento, se dirigió hasta su despacho. Consultó su correo, comprobó que no tenía mensajes nuevos. Miró en derredor, apagó las luces y se fue dando un paseo a su casa.

Antes de entrar en el portal del edificio, sintió un toque suave en el hombro. Se giró con rapidez y vio a Rajín de Sura.

—Buenas tardes, vecino. ¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo sin verte! Creo que deberías invitarme a algo en tu casa.

Desconcertado, Di Stefano abrió la puerta y le cedió el paso, mientras el arisio se llevaba un dedo a los labios pidiéndole silencio. Montaron en el ascensor, mirándose de soslayo, subieron hasta su planta y entraron en el apartamento. Una vez dentro, el arisio le dijo en voz muy baja, pegando la boca a su oreja:

—Te siguen. Comprueba que no llevas micrófonos o alguno de esos cacharros.

Di Stefano compuso un gesto de extrañeza.

—Imposible. Nadie ha podido colocarme nada. Pero de todos modos, te invitaré a una copa. Siéntate.

Di Stefano se dirigió al mueble bar. Puso dos copas de whisky con hielo. Le ofreció una al arisio, que miró en torno suyo con cara de duda.

—¿Estás seguro? ¿Podemos hablar con tranquilidad?

—Puedes estar completamente convencido de ello —contestó serio Di Stefano—. Y, bien, dime, ¿quién me sigue? Ya te conté el asunto de la policía secreta... ¿no será alguien de ellos?

—No —contestó rotundo el arisio—. Son varios tipos y una mujer.

Di Stefano tomó asiento y entrecerró los ojos.

—Cuéntame.

Rajín de Sura bebió del whisky y depositó con delicadeza su copa en la mesa.

—Es muy simple: cuando Marinai nos dijo que alguien había estado preguntando por ti, decidí ayudarte. Así que, durante estos últimos días, he procurado no perderte el rastro. Lo cierto es que tengo todo el tiempo libre del mundo, y me comenzaba a aburrir. Al no tener nada mejor que hacer, ¿por qué no echar una mano a un compañero? Bueno, pues te cuento: durante los últimos días, dos tipos han estado controlando tu casa y tu despacho. Esta mañana, cuando has salido hacia el hotel Vega Palace, te han seguido. Frente al hotel se han encontrado con otro tipo y una mujer —impresionante, por cierto—, han estado hablando durante un minuto o menos, y se han largado en un coche.

Di Stefano se rascó el mentón.

—A ver, dime, ¿cómo son esos dos tipos?

—Altos, jóvenes, bien vestidos. Unos estirados. Parecen terrestres.

—¿Y el otro tipo y la mujer?

Rajín de Sura sonrió.

—La mujer es una cosa bonita de verdad, te lo juro por los dioses. Sólo la pude ver un momento, pero me quedé con la boca abierta. Una muñequita.

—Ya te entiendo —le cortó—. ¿Dirías que también es terrestre?

—Sin duda. Después de ver lo que vi en la Tierra, pondría la mano en el fuego.

—¿Y el que estaba con ella?

—Un hombre mayor, casi anciano, pero bien conservado. También tenía aire extranjero.

Di Stefano se levantó de su sillón. Comenzó a pasear por el salón cabizbajo.

—¿Debemos preocuparnos? —Preguntó Rajín de Sura.

—Lo cierto es que hoy tenía una entrevista con una posible cliente. Una mujer que me mandó un mensaje de correo pidiendo mis servicios. Y no ha aparecido a la cita.

—La cita era en el hotel, ¿verdad?

Di Stefano asintió.

—Pues creo que te han tendido una trampa —dijo el arisio.

—Eso parece.

Se quedó mirando fijamente a Rajín de Sura.

—Me has hecho un gran favor, Rajín. Te estoy muy agradecido, de verdad. No sé qué me pasa... pero a veces me descuido.

—Olvídate —dijo el arisio, haciendo un gesto despectivo con la mano—. No tiene importancia.

Di Stefano dibujó una sonrisa triste. Durante un instante contempló meditabundo la ciudad a través del ventanal. Después, se encaminó enérgico a su terminal de comunicaciones.

Accedió a la agenda cifrada de clientes y marcó el número personal de Strauss. Unos segundos después, se escuchó la voz del industrial.

—Señor Bellini, ¿en qué puedo servirle?

—Ante todo, gracias por atender mi llamada. No pretendo molestarle, señor Strauss, pero me gustaría que me contestara a una pregunta.

—Dígame.

—¿Ha recomendado usted mis servicios a algún conocido suyo?

—No. Pero quiero que sepa que si alguien de mi confianza se encontrase en problemas, no dudaría en hacerlo.

—Muy agradecido. Así que no le ha dado mi número personal a nadie, ni conoce a nadie que pueda necesitarme.

—Se lo aseguro, Bellini: a nadie. ¿Se encuentra bien? ¿Hay algún problema?

—No, nada de importancia. Sólo que he recibido un mensaje de una señorita que dice venir por recomendación suya.

—Eso es absolutamente falso. Ni una señorita, ni ninguna otra persona puede ponerse en contacto con usted a través mía.

—Entonces no le molesto más.

—Espere un momento. ¿Sabe el nombre de esa señorita?

—No.

—De todos modos es indiferente. Ya le digo, de momento a nadie le he recomendado sus servicios.

—Gracias, y perdone las molestias.

—No hay de qué. De todos modos, y dado que mi nombre ha aparecido en estas extrañas circunstancias, me gustaría que me mantuviera informado.

—Descuide. Hasta otra.

Di Stefano cortó la comunicación y se giró hacia Rajín de Sura.

—Ahora no me cabe la menor duda: me han tendido una trampa.

El arisio asintió mientras componía un gesto de extrañeza.

—Pero, ¿para qué? —preguntó Rajín—. De acuerdo, conocen tu número personal, tu correo cifrado, te han seguido... Pero, ¿qué han conseguido con eso? Si pretendían darte pasaporte, al menos lo habrían intentado. Aunque te puedo asegurar que ahí estaba yo para impedirlo.

—Han utilizando la misma táctica que nosotros en el palacio Pertini: colocar un cebo para corroborar algo. En esta ocasión, para corroborar que la persona que andaban buscando era yo.

—¿Y quienes pueden ser?

—Con toda probabilidad, agentes del Instituto. Cometimos algún error en la Tierra, siguieron la pista, y les ha traído hasta aquí. Han indagado por ahí, han conseguido datos sobre mí... y han corroborado que soy el que buscan.

—¿Error? ¿Qué error?

Di Stefano hizo un gesto vago con la mano.

—Han podido ser varios, muchos más de lo que nos imaginemos. Habitualmente, los más simples. Pero eso ya no importa. Ahora debo centrarme en ellos. Tengo que saber qué se proponen.

Di Stefano comenzó a pasear inquieto por el salón, hablando en voz baja.

—Tal vez, aunque hayan encontrado alguna pista que les haya traído hasta Aris, no sepan de mi implicación en el asunto y vengan en busca de ayuda... Al fin y al cabo soy un ex agente establecido en Aris... Quién sabe.

Dejó las palabras flotando en el aire quieto del salón.

—Lo que está claro—dijo Rajín con aire académico, rompiendo el silencio—, es que lo primero que querían era verte. Y eso lo han conseguido. ¿Estás seguro que son gente del Instituto?

Di Stefano se paró en mitad del salón y se mesó el pelo.

—Es lo más probable. Bien, ahora vamos a invertir los órdenes del juego.

Volvió a su terminal de comunicaciones. Escribió un mensaje a su supuesta desconocida en apuros.

Entiendo perfectamente que no haya podido venir a la cita de hoy. Comprendo sus dudas. Pero, como viene recomendada por alguien de tanto prestigio, me veo en la obligación moral de ayudarla. Por favor, no tenga reservas en contar conmigo. Le ruego que acuda a una próxima cita en el mismo lugar a la misma hora para el día de mañana..

—Sé que no podrán resistir la tentación—dijo Di Stefano—. Les conozco bien. En todo caso, jugaremos al ratón y al gato con ellos.

En Aris no se entendía el doble sentido de esa frase. Pero Rajín de Sura asintió convencido.

© José María Boto Bravo, (2.288 palabras) Créditos