Río arriba, donde para un viajero que descendiese el Rak-Janén por primera vez la ciudad de Pálasti no sería más que un presagio, se extendían en ambas orillas los mejores clubes de recreo de la ciudad y un par de hoteles de lujo. Eran construcciones sólidas e inusitadamente discretas, de maderas nobles y piedra bien pulida, con grandes cristaleras brillantes, rodeadas de praderas de hierba azulada y jardines mimados. Tranquilos y decentes complejos de ocio levantados en terrenos robados al bosque de argas que se extendía entre ellos hasta lamer las orillas, como si el río fuera una cicatriz que lo hubiera partido en dos.
Las aguas del río tenían una calidad diferente: no flotaban cosas raras, ni brillaban con tonos grasientos, ni parecían tan espesas. Corriente abajo miles de barcas y barcazas que cruzaban el río convertían el tráfico fluvial en un zigzagueo horrísono y difícil; en este tranquilo tramo unas pocas embarcaciones de remo y vela, ligeras y limpias, que sólo servían para tranquilos paseos o competiciones deportivas, hendían en silencio las aguas. Los grandes cargueros que pasaban ocasionalmente por la parte central del cauce eran los únicos que recordaban que unos kilómetros más abajo el río hervía con un fragor de guerra.
Di Stefano, sentado en la terraza del club Lavalle, sorbía con tranquilidad un combinado de frutas, gozando de la mañana soleada y observando sin demasiado interés los juegos de las embarcaciones en el río: la gabarra blanca y azul de su club, el Lavalle, con sus doce remeros, adelantaba a trompicones a la negra y azul del club Anchorage, el club rival por antonomasia en todas las competiciones, y cuya sede se podía ver brillar justo enfrente, en la orilla opuesta del río.
A su alrededor los socios, prismáticos en mano, comentaban con desmedida euforia el posible triunfo de los suyos. La gente, vestida con cara ropa deportiva, se desparramaba con ánimo festivo por la pradera que se abría desde la terraza del club hasta el embarcadero de la orilla, mirando de vez en cuando hacia el río, haciendo volar cometas, paseando, o sentados en sillas plegables y tumbonas de madera. Los banderines azules y blancos del club ondeaban con suavidad sobre el embarcadero.
La mañana era perfecta: temperatura ideal, sol brillante, cielo azul, aire ligero. Una desacostumbrada mañana en aquella época del año. Di Stefano se alegró de haber tomado la decisión de ir al club a comer, con tiempo suficiente para relajarse tomando uno de sus famosos combinados de frutas después de un paseo por las avenidas de retamas aromáticas. Necesitaba un poco de sofisticado sosiego después de varios días de juerga con Rajín de Sura y otros tantos de resaca solitaria en casa.
Los camareros vestían camisas blancas y chalecos y pantalones azules, los colores del club, y se movían solícitos y rápidos entre los socios, atendiendo con delicada eficacia sus peticiones. Uno de ellos se acercó sigiloso a Di Stefano y puso frente a él una bandeja de plata. Di Stefano, sorprendido, dio un respingo al percatarse de la presencia del discreto camarero, cogió la tarjeta que reposaba en la bandeja y le despidió con un gesto hosco.
La tarjeta de presentación, en papel de alta calidad, tenía impreso en una esquina el escudo del club Lavalle, un grifo que portaba un tridente sobre fondo de rombos azules y blancos, y era del director de la comisión gestora, Frederic Camponais. La giró componiendo un gesto de extrañeza y se encontró con que estaba escrito a tinta de pluma el siguiente mensaje: Bum, bum, bum. Conseguido. Y una firma: A. Palacios. Sintió un sobresalto repentino y se giró. Pero sólo vio a los socios que atestaban la terraza, jaleando con entusiasmo la casi segura victoria.
Durante unos minutos continuó sentado, volteando la tarjeta frente a sí. Después se levantó, cruzó la terraza sorteando a la gente y se introdujo en el edificio. Pasó por el vacío restaurante, llegó hasta la recepción y tomó el pasillo de la derecha, el que llevaba a las oficinas. Llamó con decisión a la puerta del despacho del director.
—Adelante.
Dentro del despacho, forrado de listones de madera y decorado con motivos náuticos, estaban dos personas: Palacios, sentado sobre una esquina de la mesa de despacho, y el director del club, Frederic Camponais, sentado en su sillón de cuero tras la mesa. Ambos le miraron.
—Vaya, vaya, qué agradable sorpresa —dijo Palacios con una sonrisa. A Di Stefano le pareció que Palacios se hallaba realmente sorprendido—. No sabía que fuéramos miembros del mismo club. ¿Qué le parece? ¡Qué coincidencia más asombrosa!
El director se levantó de su sillón y se encaminó a la puerta, sonriendo a Di Stefano, al que dio una amistosa palmada en el hombro al pasar a su lado, aunque nunca había tratado directamente con él.
—Bueno, os dejo. Ya deben de estar de vuelta las gabarras. A ver si por fin les ganamos esta temporada a esos petimetres del Anchorage. ¿Os lo vais a perder?
—Ni mucho menos —contestó Palacios, sin apartar la mirada de Di Stefano—. Será sólo un par de minutos. Ahora iremos. Espérame en el muelle.
El director salió del despacho y cerró la puerta.
—Ha sido toda una sorpresa verle hace un rato en la terraza —dijo Palacios—. Lo que son las cosas... Se lo comento a mi amigo Frederic y, mire por dónde, me encuentro con que usted también es socio del club Lavalle, ¡y desde hace varios años! Nunca le había visto por aquí... con certeza usted a mí tampoco... Qué curioso. O tal vez nos hayamos cruzado en varias ocasiones y ninguno reparó en el otro.
Palacios continuó mirándole. Durante unos segundos permaneció en silencio, asintiendo. Luego, continuó.
—Me imagino que la sorpresa será mutua. ¿Sabe usted que soy miembro fundador? Bueno, y socio capitalista, mecenas de las competiciones, y algunos cargos más.
Di Stefano no supo qué decir. Continuó en silencio, limitándose a componer un gesto de fingida admiración.
—No, está claro que no lo sabe... ¿No tiene nada que decirme? ¿Se ha quedado usted mudo?
—Supongo que ahora debería decir que es un honor pertenecer al mismo club que usted, y cosas por el estilo... pero no creo que sean necesarias, ¿verdad?
Palacios continuó con la sonrisa dibujada en el rostro. Sin variar el tono amistoso de su voz, siguió con la conversación.
—Según habrá deducido de mi inusual mensaje, todo ha salido a la perfección. Como no podía ser de otra manera, nos dio la información correcta. No es que el asunto sea demasiado importante, pero me encuentro muy satisfecho. Al verle, no he podido resistir la tentación de hacérselo saber. Tranquilo: sólo le quería para eso.
Se bajó de la mesa con un ágil salto y cruzó el despacho.
—Ahora me voy a ver el final de la regata. Posiblemente me concedan el honor de entregar el trofeo. ¿No viene?
Palacios abrió la puerta y le invitó a salir con un gesto de la mano. Más que una invitación, era una orden. Di Stefano salió del despacho. Una vez en el pasillo, alargó su mano extendida hacia Palacios.
—Creo que no —contestó—. De todos modos, espero que ganemos. Y que usted tenga el honor de entregar el trofeo.
Palacios le apretó la mano con firmeza.
—Entonces, hasta otra, Bellini.
Di Stefano cruzó el pasillo, sintiendo tras él los pasos de Palacios amortiguados en la moqueta y su mirada clavada en su nuca. Llegó a la recepción y salió del edificio. Se le habían quitado las ganas de comer en el club. Tampoco tenía ganas de volver a la ciudad. Durante un minuto, parado frente a la entrada principal, meditó qué hacer. Decidió al fin bajar hacia el embarcadero de servicio y tomó un taxi fluvial.
—Lléveme a Adfarai. A la casa de las ostras.
La barca arrancó el potente motor y descendió veloz el Rak – Janén. Se daría un pequeño homenaje a base de ostras salvajes de los acantilados y mariscos frescos. Aparte, desde hacía varios días, sentía curiosidad por saber cómo quedó la Rita Dos. Ahora tendría ocasión de comprobarlo.
Llegaron a Pálasti, la dejaron atrás, pasaron los muelles del barrio pesquero, la taberna del pescador honrado. Al llegar al prado donde descendieron de la nave fijó su mirada. Los árboles de la ribera tenían las hojas que daban a la pradera chamuscadas, las hierbas altas habían desaparecido. El prado se había convertido en una mancha negruzca de tierra quemada. Un profundo cráter se abría donde se había posado la nave. Salvo esas pistas, no quedaba rastro físico de que algo hubiera ocurrido. De la Rita Dos, que se debió desparramar en varios cientos de metros a la redonda, no quedaba ningún resto. Nada. Los chatarreros, tal vez los de Rajín, tal vez otros, se habían encargado de limpiarlo todo. Y la hierba comenzaba a crecer. En unos días volvería a tener el aspecto anterior. Y nadie diría que allí Di Stefano hizo explotar una nave espacial de carga. Sonrió sombrío. Con tres hombres dentro.
Unos kilómetros río abajo se encontraba Adfarai, un poblachón de casas de madera en una de las islas mayores del delta. Di Stefano mandó esperar al taxista y comió en la casa de las ostras con tranquilidad, decidido a olvidar su último encuentro con Palacios. ¿Es que aquel hombre se había propuesto amargarle la vida hasta el punto de no dejarle disfrutar de una simple mañana en su club? Concluyó que no era más que una desagradable coincidencia sin más relevancia que hacerle cambiar de planes para la comida. Poca importancia más tenía, y poca más le iba a conceder. Así que disfrutó de las ostras salvajes y las langostas.
Cuando tomó el taxi fluvial de subida hacia Pálasti, recordó que había quedado aquella misma tarde con Rajín de Sura en la taberna de Marinai, para recoger su parte del botín. No tenía la más mínima gana aquella tarde ni de ver al arisio, ni de ir donde Marinai; pero, al llegar al embarcadero del barrio pesquero, mandó al barquero que detuviera el taxi. Pagó el servicio y, con aire cansado, remontó las cuestas.
En la taberna, Rajín de Sura bebía en compañía de Marinai y varios clientes. Sostenían una animada conversación, como siempre a gritos, que fue interrumpida por la presencia de Di Stefano.
—¡Hermano! —Le saludó Rajín de Sura—. Ahora mismo estoy contigo.
Se giró hacia los contertulios.
—Señores, debo dejarles. Marinai, pon otra ronda de mi parte.
Fue hacia Di Stefano, acompañado por vítores y alabanzas a su generosidad.
—Sentémonos, Bellini. ¿Quieres tomar algo?
Di Stefano negó con la cabeza. Tomaron asiento a su mesa habitual.
—Te veo muy contento, Rajín.
—No es para menos —dijo risueño—. He conseguido sacarle a ese estafador de Renko unos cuantos miles de geas más. Sabes que no me gusta regatear, que no sirvo para los negocios... pero esta vez me he portado como un especialista.
Di Stefano pensó que el tal Renko, con toda seguridad, había pagado la mitad de lo que el cargamento valía en el mercado negro.
De un bolsillo de su pantalón, Rajín de Sura sacó un fajo de billetes sujetos con un cordel. Se los entregó.
—Aquí tienes. Tu parte, después de descontar los gastos. Veinticinco mil.
Di Stefano se guardó el dinero con la certeza de que habían sido engañados. Bueno, pensó, otro asunto más sin demasiada trascendencia.
—Te veo preocupado —dijo el arisio—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Desagradables noticias?
—En absoluto —contestó—. Nada de importancia.
—Así me gusta. Debemos sentirnos felices: la vida nos sonríe, el dinero cae en nuestras manos.
Sin que ambos se dieran cuenta, Marinai se había acercado hasta la mesa. Había cambiado la sonrisa de la barra por un rictus de seriedad.
—Bellini, tengo que comentarte algo. ¿Puedo sentarme?
—Adelante —contestó Di Stefano—. ¿Ocurre algo?
—Tal vez no tenga importancia, pero prefiero que lo sepas: verás, hace un par de días, Tom, el hermano de Merko el mudo, me dijo que alguien había estado haciendo preguntas por ahí.
Rajín de Sura frunció el ceño y miró alternativamente a Marinai y a Bellini.
—No sabía nada. Podías habérmelo dicho —le recriminó al tabernero.
—¿Qué clase de preguntas? —Inquirió Di Stefano.
—Oh, bueno, lo de siempre en estos casos: si conoces a esta persona, si se dedica a esto o a lo otro.
—¿Quién era ese tipo?
—No sé mucho más. Si quieres informarte, deberías hablar con Tom. Por lo que me dijo, no era un habitual de mi casa, ni del barrio. Él tampoco le conocía de ningún otro sitio.
—No sería un poli.
—No —contestó rotundo Marinai—. No era más que un fisgón... un individuo flaco, con cara de calavera. Parecía un pobre diablo... Eso me dijo Tom.
—¿Y te dijo qué le contestó?
—Me juró que, por supuesto, le dijo que no te conocía.
—¿Dónde se encontró con ese tipo?
—En la plaza Magadash... Por lo visto te buscaba para no sé qué trabajo.
—Marinai, ¿puedes mandar a alguien a llamar a Tom?
El tabernero se levantó de la silla.
—Me parece que partió en su barco río arriba —dijo—. Tal vez no vuelva hasta dentro de unas semanas... De todos modos, lo comprobaré.
Di Stefano asintió. Definitivamente, los hados se habían propuesto amargarle el día.
—No hay motivo para intranquilizarse —dijo Rajín de Sura, encogiéndose de hombros—. Puede tratarse de alguien que te busca con buenas intenciones.