Si había algo que aborrecía de los nuevos tiempos era la parsimonia y dejadez con la que se movía su mundo. Echaba de menos la celeridad de antaño, la perspicacia propia de mentes ágiles que empujaba a respuestas rápidas, concretas. A atajar problemas con solvencia, cuando aún no se habían convertido en graves. Pero todo aquello se había perdido, tal vez para siempre.

Tras demasiados días sin poder descansar, dándole vueltas una y otra vez al asunto, monseñor Mauricio había llegado por fin a una conclusión definitiva: había que salvar el contenido del palacio Pertini. Por encima de cualquier otra consideración. Desobedecería a Mbar y Connors, aunque le costase su carrera, pero sería por el bien de la Iglesia. Lo cierto es que sus dos amigos, a su parecer, no habían estado a la altura de las circunstancias, infravalorando la amenaza real, achacándola a unos infundados temores del pasado. Se equivocaban, pero no quería volver a tratar el tema con ellos: no merecía la pena discutir, y les conocía lo suficiente como para saber que no les convencería. Sin duda, se estaban volviendo confiados y blandos, como todos los que les rodeaban. Era el signo de los nuevos tiempos, de la nueva política. En ocasiones le parecía que sólo le mantenían activo por pura compasión, o como un espécimen raro de encontrar, un recuerdo de tiempos lejanos, una especie de rémora extravagante que servía como modelo a no imitar. Pero con el tiempo todo el mundo se lo agradecería. Agradecerían su perspicacia, su intuición, su capacidad. Su intachable decencia, su inquebrantable fe. Si nadie se daba cuenta de la realidad, él sí. Ahí encontraba justificación su desacato. Por que de algo se encontraba absolutamente convencido: estaban en peligro. Con certeza, en los próximos días, algo terrible iba a suceder. Y él podía adivinar de qué se trataba.

Había comenzado esa misma mañana a dar las órdenes oportunas para el traslado al personal del centro. Al fin y al cabo, aún seguía siendo un inquisidor con vía directa a las cuentas y a los agentes, y a lo que hiciera falta. Ordeno y mando. Sin rechistar. Las circunstancias imponían la obligación de hacerlo con urgencia y discreción: cuanta menos gente se enterara, mejor. Después de encontrar la tarde anterior un enclave seguro lo más alejado posible de Roma donde trasladar el material, y conseguir transporte, organizó con discreción el desalojo. Cuando fueron informados, los técnicos de laboratorio y trabajadores de alto nivel compusieron una mueca de extrañeza. Nadie entendió la necesidad y las prisas. Pero de ahí no pasaron, y se pusieron rápidamente a la tarea. No olvidaron para quién trabajaban y quién era el que mandaba. El primer convoy había partido hacía unas horas.

El inestimable apoyo que le supuso contar con la agente Cano sólo lo pudo justificar como un golpe de fortuna. Había tomado las riendas con determinación y solvencia, sin vacilaciones, demostrando unos conocimientos de campo que jamás llegaría a tener Warsawa si continuaba regodeándose en su prepotencia, anticipándose a las necesidades venideras, extirpando los problemas antes de que llegaran a crecer... Y todo lo hacía basándose en una intuición tan aplastantemente lógica que era imposible rebatirla. Eso era lo que necesitaba en estos momentos monseñor Mauricio: ayuda eficiente y leal.

La tarde anterior, cuando le ordenó alquilar varias naves de carga con la mayor discreción y rapidez, ella entendió tan perfectamente el significado de la palabra discreción que monseñor no tuvo más remedio que felicitarla... y felicitarse. Estaban en su despacho, monseñor enfrascado en los preparativos y ella trabajando en el terminal. Después de unos momentos de consultas en las empresas de Roma y sus cercanías, ella negó con la cabeza, compuso un mohín de niña traviesa, y le dijo con su voz chispeante:

—¿No sería mejor, monseñor, alquilarlas directamente en el punto de destino? Les ordenamos que vengan de vacío a recogernos aquí, cargamos, y nos vamos. Aunque perdamos algo de rapidez, así nos evitamos mover el polvo en Roma. ¿No le parece?

A monseñor se le había pasado por alto ese detalle con las prisas del momento. Pero así trabajaba la agente Cano Lo dijo sin dar importancia a lo que decía, como una simple sugerencia, como si no fuera consciente de que su lógica era incuestionable. ¿No le habían ordenado discreción? Pues buscaba el modo en que todo fuera lo más discreto posible.

—Monseñor, vienen otras dos naves.

La voz del secretario sonó a través del intercomunicador. Monseñor consultó su reloj: se cumplían los plazos previstos. Pero, aún así, deberían ir más rápido. Había mucho material que transportar. Tal vez hiciera falta contratar otra empresa.

—Que continúe el operativo —ordenó—. Y, por Dios, dense prisa.

* * *

Di Stefano, después de un par de horas de melancólico deambular bajo la lluvia, llegó a su casa empapado y con el ánimo tan sombrío y confuso como al salir del restaurante. El paseo sólo le sirvió para consumirse en sus propias dudas. El futuro, por mucho que le diera vueltas, se le antojaba incierto y en nada prometedor. Sopesó los pros y los contras de trabajar para Palacios, y todo lo que demonios significara aquello. Lo único cierto es que sin ayuda de nadie había sido capaz de formarse un futuro en aquel planeta, y ahora le hablaban de ventajas que nunca pidió ni necesitó.

En el portal le esperaban desde hacía más de una semana varias cajas con el sello de la lavandería, con ropa que mandó en su momento. Ahí estaban ahora sus caros trajes planchados y limpios, sus camisas hechas a medida envueltas en celofán. Le pareció irónico encontrarse con ese detalle cotidiano: la vida siguió mientras él estaba fuera, matando gente y trabajando para sus antiguos enemigos. La vida sigue como siempre mientras la mía propia se desmorona, pensó.

En casa parecía estar todo en orden. Al menos, tal como quedó la última vez que estuvo. No había muestras de que la policía hubiera vuelto por allí. Después de una breve inspección, se desvistió y se duchó. Ya tendría tiempo de hacer una revisión a fondo en busca de aparatos de vigilancia. Se vistió con uno de los trajes que acababa de recoger y se sirvió una copa de brandy caliente. Salió a la terraza a contemplar el cielo gris y la ciudad rápida que se extendía a sus pies. Después de unos minutos se percató de que no era capaz de conseguir serenar su ánimo, así que dejó la copa y salió de casa.

Fue caminando hasta la oficina del banco de fomento africano. Comprobó que estaba todo en regla, con su cuenta incrementada con un buen puñado de geas. El empleado de cuentas especiales le recibió con la amabilidad de siempre, no compuso ningún gesto extraño, lo que habría sido normal de haber estado retenida la cuenta por orden del gobierno aunque ya no lo estuviera, y le dio en un sobre de plástico el dinero que pidió. Sospechó que quizá Palacios le había engañado... O tal vez era que tenía una forma tremendamente sutil de trabajar. Optó por la segunda opción. Se guardó el sobre y salió del banco. Había sacado dinero más que suficiente para pagar a Rajín de Sura lo estipulado y una propina merecida. Y quería hacerlo aquella misma tarde. Se lo merecía el arisio, el único tipo que podía considerar fiel en un universo de engaño. El único amigo—circunstancial o no— que le quedaba en todo el podrido cosmos humano.

Montó en un taxi que le dejó en la plaza Magadash en el lugar de costumbre: nada más llegar a ella. Culebreó por las sucias callejuelas del barrio pesquero, donde quedaban los restos de la fiesta reciente en forma de toneladas de basura y borrachos durmiendo la mona, hasta llegar a la posada de Marinai. A esas horas de la tarde se encontraba vacía, y, pese a haber sido limpiada por la mañana, tenía todavía aire de resaca. Se acercó a la barra. Marinai se le unió.

—¿Cerveza? —preguntó.

—Ponme una, sí. ¿Dónde anda Rajín?

Marinai señaló con la cabeza hacia la escalera.

—Llámale, por favor.

El tabernero subió la escalera y bajó al momento con Rajín de Sura. Se acercó a Di Stefano y le abrazó a la manera matsumoi.

—Nos marchamos por que así lo dijiste.

—No te preocupes—dijo Di Stefano—. Todo ha ido... más o menos bien.

Rajín de Sura le miró frunciendo el ceño.

—¿Seguro?

—Bueno, al menos te puedo dar una buena noticia: han quitado la orden de búsqueda que pesaba sobre ti.

—Estupendo —dijo el arisio masticando las palabras, con voz incrédula—. ¿Y eso lo has conseguido esta mañana en el restaurante? ¿Ha dado la orden la persona con la que te has entrevistado?

Di Stefano asintió en silencio.

—¿Seguro? —Preguntó de nuevo, no muy convencido.

—Apuesto a que en los próximos carteles de búsqueda no aparecerás—contestó, mirándole a los ojos—. También me han dicho que no te excedas.

Durante unos instantes, ambos mantuvieron firmes las miradas en los ojos del otro. Rajín de Sura percibió con claridad que su compañero no le mentía, y algo más: preocupación.

—Por los dioses, Bellini, ¿con quién andas en tratos?

—Sabes tanto como yo —le respondió—, lo que equivale a decir que no sabemos casi nada. Supongo que con uno de los putos jefes de todo este conglomerado de mierda que es el gobierno arisio.

—¡Joder...! Me dijiste que el encargo era de alguien del gobierno... pero no de tan arriba. ¿Problemas?

—Dejemos el tema por el momento —intervino molesto Di Stefano—. Sentémonos.

Rajín de Sura ladeó la cabeza y entornó los ojos sin dejar de mirarle, como si desde esa perspectiva pudiera vislumbrar los problemas de Di Stefano e incluso las posibles soluciones. Tomaron asiento a una mesa.

—Tengo que comentarte algo —rompió el arisio con entusiasmo tras su escrutinio, como si así pudiera cambiar el ánimo de su compañero—: tenemos comprador para el whisky.

—Magnífico —dijo desganadamente Di Stefano—. Veo que no has perdido el tiempo.

—Ya me conoces.

—Bueno, ese asunto lo dejo en tus manos.

—¿No te alegras? —Preguntó con gesto de extrañeza.

—Hablemos ahora de lo que te debo —contestó lacónico—. Creo que tu compromiso termina aquí., y deseo ajustar cuentas.

Rajín de Sura le miró con desconcierto, como si se estuviera preguntando ¿Así? ¿Ahora? ¿Ya? Lo cierto es que rematar el contrato no era algo urgente. Se fiaba de Bellini tanto como éste de él. Le había proporcionado una pequeña fortuna por un trabajo extravagante pero relativamente sencillo. Las prisas estaban fuera de lugar: tenían todo el tiempo del mundo para finiquitar el asunto.

—Percibo que hay algo que te preocupa —dijo—. ¿Temes por tu vida?

Di Stefano resopló, componiendo un gesto de ambigüedad.

—Por el momento, no.

Rajín de Sura asintió no muy convencido.

—Está bien, si eso es lo que quieres, hagamos cuentas.

Levantó la cabeza y cerró los ojos durante unos segundos. Luego dijo:

—Han sido cuatro objetivos eliminados, uno en la Tierra y tres en casa, más las doscientas mil de inicio... de las cuales me diste cien mil. Me debes trescientas cincuenta mil geas.

Di Stefano sacó el sobre, cogió unos cuantos billetes que se guardó, y se lo entregó.

—Ahí van cuatrocientas mil. Una pequeña propina por los servicios prestados.

El arisio cogió el sobre, lo sopesó durante un par de segundos, y sonrió de medio lado, sin dejar de mirarlo.

—¡Vaya! Jamás pensé que llegaría este momento... ¡Cuánto viaje! Ha sido, de largo, el trabajo más extraño que he tenido que realizar en toda mi carrera.

Con suma delicadeza, se lo guardó en un bolsillo interior de su levita.

—¿No lo cuentas?

Rajín de Sura le miró como si estuviera en verdad enfadado.

—¿Por quién me tomas? ¿Crees que desconfío de ti? Si dices que van cuatrocientas mil, es que van cuatrocientas mil.

Di Stefano compuso una sonrisa triste.

—Querido amigo —dijo—, la única persona en todo el universo en quien puedo confiar eres tú. No te lo tomes a mal.

Asintiendo, el arisio le miró con seriedad y fijeza. Sus ojos verdes parecían querer escanearle el alma.

—Bellini, quiero que tengas algo presente: si me necesitas, no dudes en contar conmigo. En cualquier momento. Para lo que sea. Hay algo aquí —se dio un par de golpes en el pecho a la altura del corazón— que sabe que me necesitarás dentro de poco.

Después, se levantó de su asiento.

—Ahora vengo.

Subió las escaleras. Tras un par de minutos bajó con un papel en la mano, se acercó a Marinai con quien cambió algunas palabras, y ambos se sentaron a la mesa.

—Marinai, eres testigo del pago de los emolumentos pactados por parte del contratante. Nuestra relación queda finiquitada desde este mismo momento.

El tabernero asintió, firmó el papel que le entregó Rajín, y se lo dio a Di Stefano, que miraba la escena sin mostrar interés.

—Bellini, este documento prueba que vuestra relación comercial ha terminado de forma satisfactoria para ambos. Consérvalo.

Di Stefano dobló el papel sin mucho cuidado y se lo guardó. Marinai se levantó, miró a los dos, y abrió los brazos. La sonrisa que compuso en su rostro extraño parecía dibujada por un niño, esquemática, irreal, aunque sin duda sincera.

—Traeré el mejor de mis licores de bayas para que brindemos.

El tabernero fue a por el licor. Rajín de Sura clavó de nuevo la mirada en Di Stefano.

—Siempre creí —dijo el arisio con entonación triste—que cuando terminásemos nuestro trabajo nos encontraríamos lo suficientemente contentos como para celebrarlo. Por que en todo momento confié, puedes estar seguro, que terminaríamos con éxito. Estando tan lejos de casa me imaginé un montón de veces esos momentos. Muchos brindis, una buena cena, mujeres... Ya sabes, lo habitual, celebrar el éxito, la victoria. Y, sin embargo, al final de todo, me encuentro con que no tienes deseos, ni ánimo, ni ganas de celebrar nada.

Di Stefano no supo qué responder. Estuvo tentado de decirle que ya había tenido suficientes brindis por ese día. Pero prefirió callar.

—Una buena borrachera, de esas que hacen historia —continuó el arisio—. Varios días de juerga con mis amigas del Salón Chevalier.

Calló durante unos instantes, esperando alguna reacción de Di Stefano, que se limitó a asentir con gesto ausente.

—Tal vez deberías compartir conmigo tus preocupaciones. He pasado por muchos momentos difíciles a lo largo de mi vida... y te puedo asegurar que siempre he salido airoso. Tengo experiencia, Bellini. Y muchas cicatrices. Hay un refrán de mi tierra que dice que dos cabezas piensan mejor que una.

—Hay otro en la mía —dijo— que dice que cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana.

—Así me gusta. Con dos cojones.

Volvió Marinai con una botella de licor y tres copas. Se sentó a la mesa, sirvió el rojo licor y levantó su copa.

—Brindemos, amigos.

Di Stefano cogió su copa y miró a los dos arisios. Durante un instante la sostuvo frente a sí. Hasta que la acercó al centro de la mesa y compuso una sonrisa incierta cargada de ira. ¡Qué demonios! pensó. Después de tanto brindis falso, no iba a renunciar al único que le apetecía de verdad, al único que tenía sentido.

Las copas chocaron con fuerza, produciendo un tañido de campana. Los tres bebieron el contenido de un solo trago. Rajín de Sura sonrió.

—Éste es el Bellini que conozco.

Marinai se levantó.

—Os dejo, amigos. Tengo que seguir a lo mío. Que disfrutéis.

El tabernero traspasó la barra y se perdió por la puerta que daba a la cocina. Rajín de Sura siguió el caminar de Marinai hasta que se perdió. Entonces giró su cabeza hacia Di Stefano.

—Sincérate, amigo. Cuéntame qué te preocupa. ¿Ha habido algún problema?

Durante unos segundos, Di Stefano dudó. Después soltó aire. Decidió compartir sus inquietudes, al menos en parte, con Rajín de Sura. ¿Por qué no? ¿Qué podía perder? En cuanto al arisio... ningún mal podía hacerle el hecho de saber la verdad.

—He tenido que trabajar bajo coacción para la policía secreta de Aris.

© José María Boto Bravo, (2.681 palabras) Créditos