Se despertó cerca del mediodía. A Di Stefano le sorprendió abrir los ojos y encontrarse en aquella habitación junto a Rajín de Sura, pero enseguida reconoció la situación y resopló satisfecho. Había dormido como un niño y, pese a que los tablones de la cama se le habían clavado en los huesos, se encontraba descansado. Se levantó de un salto, se aseó y se vistió. El arisio continuaba durmiendo, su corpachón de oso en posición fetal, la habitación saturada de sus ruidos animales. Se asombró de haber podido dormir con aquel estruendo a su lado. Le dejó dormir y bajó al salón.

La fiesta de la noche anterior quedaba patente en el desorden y suciedad del salón, que las hijas de Marinai intentaban remediar. Se sentó a una mesa limpia y pidió de desayunar. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta. Antes de sacar el transpondedor, suspiró y entornó los ojos. Le había costado mucho llegar hasta aquí. Esperaba no dar un paso en falso o que las cosas salieran mal, aunque en buena medida, se consoló, eso no dependía de él. Le sirvieron té y galletas. Bebió un sorbo de té y accionó el transpondedor. Tenía un mensaje.

SI SE ENCUENTRA EN LA CIUDAD, A LA UNA YA SABE DÓNDE. DE NO SER ASÍ, MÁNDENOS RESULTADOS.

Terminó su té. Llamó a una de las hijas de Marinai.

—Despierta a Rajín de Sura. Y avisa al mudo. Le quiero aquí con su coche lo antes posible.

La chica hizo una especie de torpe reverencia, no exenta de sarcasmo, pero salió disparada. Di Stefano pidió otro té. No quiso probar las galletas: se le había quitado el apetito.

Rajín de Sura bajó casi media hora después, con la apariencia de no haberse despertado por completo. Se sentó a la mesa y pidió de desayunar. Comió un bocadillo de carne fría y trasegó un par de vasos de leche de peul, en silencio. La chica avisó a Di Stefano de que el coche ya le esperaba.

—Nos vamos —le dijo a Rajín.

—Mejor que no pregunte dónde me quieres llevar ahora—dijo con voz pastosa mientras se levantaba de la silla.

Cruzaron el comedor.

—¿Sigo trabajando para ti? —preguntó con cierta renuencia al traspasar la puerta que Di Stefano le abría.

—Así es.

—Pues espero que no continúe el trajín.

Montaron en el vehículo. Di Stefano le dio la dirección del restaurante al mudo conductor. Partieron en el silencio incómodo de después de despertar, sorteando las basuras acumuladas en las calles y a los últimos juerguistas. Unos cuantos tenderetes de bebidas seguían abiertos; los niños se arremolinaban en torno a ellos pidiendo, mientras los mayores continuaban la fiesta.

—Tenemos que hablar del tema... —dijo Rajín de Sura minutos después, cuando estaban llegando a la plaza Magadash, ya algo más despabilado.

—Por supuesto. Pero, antes, te recuerdo que sigues trabajando para mí. Por ahora, al menos.

—Pero aquí en casa —interpeló con cierta violencia, señalando con el índice al suelo del coche—. Quiero dejar bien claro algo: no pienso acompañarte a ninguna otra aventura fuera de este bendito planeta.

—Creí que quedaron las cosas claras —dijo Di Stefano—. Tenía que conseguir una información y ya la tengo. No hay por qué volver a viajar.

Después de unos segundos de meditación, el arisio dijo con voz pausada:

—Entonces, de acuerdo. No hay motivo para romper nuestro compromiso.

Di Stefano se giró y miró a través de la ventanilla del vehículo. Ver las calles atestadas de gente, en su habitual ir y venir, le reconfortó. Por un instante deseó formar parte de aquella riada humana de anónimos transeúntes, sin más problemas que los habituales. Cuando todo terminase, se daría un tiempo de vacaciones para dedicarse a pasear por Pálasti. Sólo eso: pasear tranquilo sin rumbo fijo, elegir un buen restaurante donde comer, tomarse unas copas, aburrirse, buscarse una chica... Estar tranquilo.

—Todavía tengo que solucionar varias cosas, entre ellas lo tuyo... —dijo en voz baja.

—Pensaba que eso lo harías tú solito sin tener que contar con un asesino profesional —intervino sin disimular su molestia Rajín de Sura—. No veo qué vinculación puede tener.

—Deja de quejarte y compórtate —cortó con brusquedad Di Stefano—. Te he hecho ganar una fortuna. Y puedes ganar aún más dinero.

Rajín de Sura pareció volver a meditar durante unos instantes. Después asintió.

—De acuerdo. Pero siguen los precios que pactamos.

—Como quieras. Joder, qué despertar tienes.

El coche se internó en el centro de la ciudad, donde la circulación era tan caótica e imposible como siempre. Di Stefano consultó su reloj: la una y veinte. Bueno, qué demonios, que espere, pensó. La información que tenía era lo suficientemente importante como para que una pequeña espera le molestase a Palacios. Por muy terrestre que fuera.

—Voy a reunirme con alguien —le dijo a Rajín de Sura mientras contemplaba los edificios de cristal del centro financiero—. Es la persona a la que tengo que llevar la información. Y la que quitará tu orden de búsqueda.

El arisio asintió en silencio, formando una mueca irónica. Segundos después, giró la cabeza hacia Di Stefano.

—¿No querrás que entre contigo? Aunque si ese tipo es quien tú dices... podría permitirme el lujo de dejar que me viera.

—No —contestó—. Quédate fuera, con el coche. Si no salgo en unos minutos, márchate.

—Eso significará que las cosas no han salido bien.

—Al contrario. Si me ves salir antes de ese tiempo es porque el asunto se ha torcido. Así que estate pendiente, por que tendríamos que salir volando. ¿De acuerdo?

—Bien, de acuerdo. ¿Cuánto tiempo esperamos?

—Veinte minutos. Si no he salido en veinte minutos, os largáis. Durante ese tiempo, esperadme en la esquina de la avenida Plazente con el motor en marcha.

Pasaron frente al restaurante. Di Stefano indicó al conductor que continuase. A ambos lados de la puerta dos policías hacían guardia sin mucho disimulo, parados en la acera, mirando ansiosos a la gente que pasaba. Una manzana más allá, en el cruce con la avenida Plazente, le ordenó parar al conductor. Echó una última mirada a Rajín de Sura y bajó del vehículo. El arisio asintió serio. Se internó en la riada de gente que circulaba presurosa por la acera. Un par de minutos después se encontraba frente a la puerta del restaurante. Uno de los policías de guardia le seguía a pocos metros, empujando a la gente para no perderle. Entró en el restaurante. Otro policía, el mismo de la anterior cita, hacía guardia en la recepción. Pareció reconocerle. Le cacheó, le quitó la pistola y le indicó la puerta con aire funcionarial.

—Ya sabe por dónde es.

Dentro, en el restaurante vacío y silencioso, en la misma mesa de la vez anterior, le esperaba Palacios. Al verle traspasar la puerta miró su reloj y sonrió. Se levantó de la silla, y con un gesto le invitó a sentarse a la mesa.

—Espero que tenga la información que precisamos —le dijo a modo de saludo.

Di Stefano se sentó con parsimonia. Compuso una mueca indescifrable. Y permaneció callado.

—He tenido la deferencia de esperar hasta que viniera para pedir de comer —dijo Palacios—. ¿Desea algo en especial? Porque supongo que tendremos motivos para considerar esta comida una especie de celebración. No me equivoco, ¿verdad?

Hizo una seña al camarero, que esperaba paciente en la otra esquina del comedor.

—Y bien —continuó—. ¿Tiene lo que necesitamos?

Di Stefano se envaró y acercó su cabeza a la de Palacios, hasta dejarla a un par de palmos de distancia.

—Señor Palacios, devuélvame lo que me pertenece. Y págueme el trabajo. Sólo entonces le daré la información.

Palacios se echó hacia atrás, apoyándose en el respaldo de su silla y juntó las yemas de sus dedos frente a la cara. Clavó en Di Stefano sus ojos oscuros.

—¿Cómo pretende que le pague si no sé si la información es correcta?

—¿Cómo pretende usted que le dé la información si no tengo seguro que me vaya a pagar?

Palacios dibujó una sonrisa torcida mientras negaba con la cabeza.

—No es buena la desconfianza entre colaboradores. Está bien, si lo que pretende es una prueba aquí la tiene.

Se agachó y cogió un terminal de comunicaciones apoyado en una pata de la mesa. Accionó en el terminal durante unos instantes y después lo giró hacia Di Stefano para que lo viera.

—Aquí tiene usted —dijo—. Esta es su cuenta del banco de fomento africano. Compruebe que está todo el dinero y que tiene total interactividad. La acabo de desbloquear.

Di Stefano comprobó lo que decía. Parecía estar todo en regla.

—Aún me deben el dinero que he utilizado en la misión. Y lo que me prometieron.

—Eso no supone ningún problema —dijo Palacios con aire casual—. Antes de abandonar este restaurante lo tendrá en su cuenta. ¿Conforme?

Di Stefano le devolvió el terminal y asintió, no por que estuviera conforme del todo, si no por que no tenía algo mejor que hacer.

—Bien, pues ahora, díganos lo que queremos saber—dijo Palacios.

Di Stefano sintió los latidos de su corazón en el cuello. Había llegado el momento. Podía seguir jugando a mantener la información, o podría dársela ahora mismo. En cualquier caso, no tenía más opción que fiarse de aquel tipo, que hasta el momento parecía cumplir con el trato. Negarse a proporcionarle la información acertada implicaba tener problemas inmediatos.

—El centro de experimentación del Instituto que ustedes buscan se encuentra en Roma. A veinte kilómetros, en la carretera a Nápoles. Se conoce como Palacio Pertini. Ahora le proporcionaré las coordenadas exactas.

Palacios asintió mientras tomaba nota en un terminal personal. Después, se quedó muy quieto y miró a Di Stefano a los ojos.

—¿Cómo sabe usted que es el centro que buscamos?

—Usted me dijo que confiaba en mi criterio.

—Y confío —dijo con tranquilidad—. Pero quiero que me explique, antes de nada, por qué cree que se trata de ese lugar y no de otro.

—¿Quiere que le cuente todos los pasos que di en la Tierra para conseguir la información?

—Sí, en un principio esa era la idea —asintió Palacios—. Por eso le proporcionamos el transpondedor, ¿recuerda? Sí, ese aparatito que usted ha utilizado cuando le ha venido en gana.

—Al igual que no creí necesario hacerle un informe diario, tampoco veo necesario explicarle cómo conseguí la información —dijo con voz pausada—. Lo importante es que la conseguí. Y ahora le pertenece.

Palacios continuó mirándole con fijeza mientras componía una sonrisa extraña.

—Tiene agallas, Bellini. Debió de ser un agente muy competente.

Se acercó el camarero empujando un carrito con dos platos de pescado marinado y una botella de vino. Sirvió el vino en las copas, depositó los platos frente a los comensales y desapareció. Palacios, la mirada perdida en los lomos de pescado, continuó hablando.

—Me gusta charlar con usted. Pertenecemos al mismo tipo de profesional. Eso es algo que echo mucho de menos. Si viera con qué gente tengo que tratar... Me costará años de esfuerzo conseguir la mitad de la preparación que tiene alguien como usted. Y, sobre todo, valoro el talento y la sangre fría. Y eso es algo que no se puede enseñar: se tiene o no se tiene.

Levantó su mirada del plato a la cara de Di Stefano. Parecía estar en una ensoñación pasajera.

—¡Cuánto echo de menos aquellos tiempos! Era un desafío intelectual continuo. Estoy seguro que usted me entiende.

Y volvió a fijar su mirada en el pescado, mientras lo pinchaba con el tenedor. Con la cabeza baja, continuó:

—Está bien, no me diga cómo consiguió la información. No es necesario. Por favor, deme las coordenadas.

Di Stefano cogió el terminal de Palacios y anotó los datos. Después, se lo entregó.

—Ahí tiene lo que buscaba, señor Palacios —dijo—. Ahora, págueme lo que me debe.

Palacios depositó con parsimonia su terminal en la mesa, extendió su servilleta entre las piernas y cogió un lomo de pescado, que se llevó a la boca y masticó con lentitud.

—Coma usted —le dijo, tras tragar el primer trozo—. Es exquisito. Y beba algo de vino.

Di Stefano cogió su copa, sin dejar de mirar a Palacios, y bebió un trago de vino. Sin motivo aparente, dejó en un segundo plano por un instante sus preocupaciones y se sintió todo lo relajado que se podía estar en una situación como aquélla. Pensó que no tenía porqué ser descortés con Palacios, que, pese a todo, se comportaba con suma educación con él. Aún no tenía motivos suficientes para actuar como un bruto sin civilizar, ni como uno de los incompetentes tipos de los que antes le había hablado: nada tenía que ver con ellos. Algo en su interior le dijo que la desconfianza, a estas alturas, era sinónimo de debilidad. Decidió probar el pescado. Lo cierto es que estaba exquisito.

Palacios terminó su plato y se limpió la boca con elegancia.

—Ahora —dijo, después de doblar cuidadosamente la servilleta—, daré las órdenes oportunas para que el dinero que le debemos vaya a su cuenta. Puede volver a su casa, si lo desea. No le molestaremos más... de momento.

El camarero se acercó de nuevo, quitó los platos vacíos y puso otros con carne y verduras. Cambió la botella de vino, lo sirvió en las copas y se alejó.

—Excelente —dijo Palacios tras probar el vino—. Viene de la Tierra, ¿sabe? Me cuesta una pequeña fortuna. Pero merece la pena.

Di Stefano probó el vino. Sin duda, excepcional. Comenzaron en un silencio solemne el segundo plato. Tras disfrutar y deglutir un trozo de carne asada, Palacios se dirigió a él, con la apariencia de estar en una habitual comida de negocios.

—Como podrá comprobar, no tiene nada que temer de nosotros. Sé que los métodos que hemos utilizado no han sido del todo correctos, pero comprenderá que no teníamos otra forma de hacerle trabajar para nuestra organización. Es usted un hombre de mundo, señor Bellini, y sé que entenderá nuestra postura.

Di Stefano no supo qué decir, así que permaneció en silencio. ¿A qué venían esas disculpas? Recordó que le acababa de decir que no le molestarían más... de momento. Se temió lo peor.

Continuaron comiendo en silencio hasta terminar el segundo plato. Palacios hizo una seña al camarero, que se acercó y limpió la mesa. Pidió café terrestre y licores de postre. Después volvió a coger el terminal de comunicaciones, accionó en él y se lo ofreció a Di Stefano, que lo puso frente a sí. Consultó en la pantalla: le acababan de ingresar tres millones de geas.

—Lo acordado —dijo Palacios—. Más un plus por las molestias.

El camarero trajo en el carrito los cafés, los licores, tazas, y dos copas de balón. Sirvió a los dos y se largó, dejando varias botellas en la mesa. Palacios levantó su copa.

—Brindemos. Por el éxito de su misión.

Brindaron antes de que Di Stefano supiera qué es lo que se iba a beber. Lo cierto es que se empezaba a encontrar un tanto desconcertado entre tanta empalagosa amabilidad. Tras poner sus labios en la copa se dio cuenta de que era auténtico coñac terrestre.

—Quiero proponerle algo —dijo Palacios después de dar un breve trago, con la familiaridad de quien está acostumbrado a cerrar tratos después de una buena comida.

—¿Otro trabajo? —Preguntó Di Stefano componiendo en su rostro una mueca de extrañeza que a él mismo le pareció falsa.

—Verá, ya le he explicado las dificultades que tengo para desarrollar las funciones de mi departamento —dijo Palacios con aire triste; después dio otro sorbo de su copa—. Incompetentes, poco preparados, los agentes de que dispongo sólo me sirven para misiones de poca relevancia. No puedo confiar en ninguno para trabajos de más nivel. Antes —suspiró, mientras levantaba la vista al techo—, disponía de suficientes hombres preparados y hábiles. Pero gran parte de ellos desaparecieron en una explosión ocurrida en el desierto central de Fenai –—le miró, sin que Di Stefano supiera del todo qué decía su rostro y su mirada vacía, tal vez nostalgia, tal vez ira—. Y del resto se ha encargado el tiempo: unos se retiraron, otros abandonaron, otros han muerto.

Dejó las palabras flotando en el ámbito del vacío restaurante. Volvió a beber de su copa.

—Por eso es usted tan importante para mí —continuó—. Veo en usted a los profesionales que antes tuve y que probablemente jamás vuelva a tener. Deseo que trabaje para nosotros, señor Bellini.

Di Stefano bebió un largo trago de su copa de coñac mientras meditaba. Sólo después de haberlo hecho se atrevió a contestar, desafiando el barullo de un millón de cuestiones que le vinieron de repente a la cabeza. Recordó que aquello, aunque de otras maneras, lo había vivido antes en muchas ocasiones. Lo conocía de sobra. Optó por la solución que siempre le había servido: dejar que fuera el interesado quien tirara del carro.

—Creo que eso, aunque de manera obligada, ya lo he hecho—dijo, encogiéndose de hombros.

—No, no me entiende —le cortó Palacios—, o no me quiere entender. Quiero que trabaje para nosotros de forma más o menos permanente.

Di Stefano apuró su copa y se sirvió más. ¿Le estaba proponiendo que trabajase para la policía secreta de Aris? ¿O para la Antigua Compañía de la Rosa? Tal vez para ambas... Dejó transcurrir unos segundos antes de responder.

—Trabajo por libre, ya lo sabe. Y nunca me meto en asuntos demasiado complicados.

Palacios bebió de su copa, le miró a los ojos, y asintió mientras le invitaba a proseguir.

—Me he especializado en temas menores. Quiero llevar una vida tranquila.

—No tiene por qué cambiar de vida, señor Bellini.

Tomó su café terrestre de un trago y se sirvió más coñac en su copa. Después de otro trago de licor, sonrió beatíficamente y continuó:

—Dispone de capital suficiente para vivir como desee. Y sé que no quiere problemas. Pero lo que le propongo no tiene por qué hacerle cambiar su, digamos, modus vivendi.

—¿Y bien? —Preguntó con desgana.

—Lo que le propongo es muy simple: mi intención es que trabaje como agente libre. Su vinculación con nosotros será ocasional. Cuando me sea imprescindible contar con alguien en verdad competente, le llamaré. El resto del tiempo lo podrá dedicar a lo que más le plazca.

—Me llamará y me convencerá... como ha hecho ahora.

Palacios sonrió con la mitad de la boca. Hizo un gesto al camarero, que se acercó raudo llevando una caja de madera entre las manos. Al llegar a la mesa la abrió. Di Stefano vio que se trataba de auténticos cigarros puros de tabaco terrestre. Desde luego, estaba frente a todo un sibarita. Palacios eligió uno. Invitó con un gesto a Di Stefano para que cogiera otro. El camarero le ofreció la caja y tomó uno. Con un encendedor de oro, Palacios le dio fuego y luego encendió el suyo. Dio una profunda calada y expulsó el aromático humo.

—Nuestra vinculación se basará en la mutua confianza —dijo Palacios, mientras contemplaba las volutas de humo—. Si acepta no será necesario que utilicemos ninguna argucia para convencerle. Pasaremos a ser una especie de socios. Será una relación, digamos, simbiótica. Usted sabe a qué me refiero.

—¿Y si no acepto?

Palacios suspiró. Después miró con fijeza a Di Stefano.

—Ni tan siquiera me planteo esa posibilidad. No puedo prescindir de usted, señor Bellini. Compréndalo.

Después volvió a fumar, sin apartarle la mirada.

—Piense que nuestro trato será muy ventajoso para usted —continuó—. Ganará no sólo dinero: también seguridad. Una posición que le permitirá hacer prácticamente lo que le dé la gana en este planeta.

Di Stefano aspiró el humo de su puro.

—¿Qué tipo de trabajos tendría que hacer?

—Depende. Pero esté tranquilo: con certeza nada que no pueda realizar.

—Me gustaría que fuera más explícito.

—¿Cómo quiere que lo sea? Según vayan llegando los problemas habrá que solucionarlos. Mientras tanto, no puedo darle más información.

—¿Para quién trabajaría? ¿Para la Policía secreta de Aris o para...?

—Para mí —le cortó Palacios tajante, haciendo uso de una autoridad incuestionable—. Con saber eso le sobra.

Después sonrió, tratando de quitarle hierro al asunto.

—Para que le quede algo claro—continuó—: no pretendo que se convierta en el enemigo número uno del Instituto. ¿Se queda más tranquilo?

Di Stefano no contestó ni tan siquiera con un gesto. Permaneció silencioso, sin despegar la mirada de Palacios.

—No sé qué idea se ha formado usted de nosotros, ni de mí —continuó Palacios—. Pero no le estamos fichando para continuar la guerra con el Instituto. Hace años que dejó de ser el problema principal... y, con sinceridad, dudo que alguna vez lo vuelva a ser. Ahora tenemos un planeta que gobernar, señor Bellini. Y para eso le quiero: para que me ayude cuando lo estime necesario.

Di Stefano pensó que no había más que decir. ¿Para qué más preguntas? No tenía opción: si quería seguir viviendo en Aris, tendría que pasar por el aro. Siempre le quedaría la opción de marcharse a otro sitio y comenzar de nuevo cuando le pareciera peligrosa aquella vinculación. No se encontraba con ganas ni con fuerzas de empezar en otra parte; pero si no le quedaba más remedio así lo haría, como un mal menor para salvar el pellejo.

—No me deja otra opción, señor Palacios —le dijo—. De acuerdo, entonces.

—No esperaba menos de su inteligencia, señor Bellini. Y no sabe cuánto me alegro.

Levantó su copa hasta acercarla a Di Stefano, que levantó la suya desganado. Las chocaron en un brindis que sonó tan apagado como el ánimo de Di Stefano.

—Deseo pedirle un favor —dijo Di Stefano después del sorbo—: que quite la orden de búsqueda sobre una persona.

—¿Quién? ¿Rajín de Sura?

Di Stefano asintió. Prefirió hacerse el sorprendido.

—¿Cómo lo sabe?

Sonriendo irónicamente, Palacios accionó en su terminal.

—Dígale a su amigo que puede estar tranquilo. Pero que no se exceda.

Después volvió a beber de su copa.

—Ya está —dijo—. ¿Desea alguna cosa más?

—Creo que no.

Palacios miró su reloj. Después se dirigió a Di Stefano, extendiéndole la mano.

—Me gustaría poder continuar la sobremesa, pero me temo que no dispongo de tiempo. Señor Bellini, hasta la próxima.

Di Stefano apretó la mano de Palacios, se levantó de la silla y se giró hacia la puerta. Palacios se agachó raudo y cogió una cartera de piel.

—¡Ah! Se me olvidaba. Antes de irse, me gustaría que viera esto.

Sobre la mesa, Palacios extendió unas fotografías. En ellas se le veía a él y a Rajín de Sura en la Tierra en diversos momentos: saliendo del hotel de Bruselas, entrando al apartamento de Roma, dentro del coche que alquilaron... También había varias fotografías hechas desde la carretera a Nápoles. Una de ellas era de la entrada al Palacio Pertini.

Palacios compuso una mueca triste mientras miraba la expresión del rostro de Di Stefano.

—El que hizo estas fotos era uno de mis mejores agentes. De los pocos en quien podía confiar. No tenemos noticias suyas, y aún no ha regresado. ¿Sabe qué le pudo ocurrir?

—No —contestó con aire neutro.

—Ya. El centro de investigación está en estas fotos, ¿verdad?

Señalando hacia la foto de la entrada del palacio Pertini, Di Stefano se despidió.

—Ésta es la entrada. Buenas tardes, señor Palacios.

Palacios asintió y se despidió con un gesto vago de la mano. Después recogió las fotografías, hizo un montoncito con ellas. Con gesto iracundo fue rompiendo todas, una a una, menos la que acababa de señalar Di Stefano. Se acercó la fotografía a la cara y sonrió. Exhaló una bocanada de humo que se estrelló contra la imagen, emborronándola en una niebla densa por unos segundos.

Di Stefano recogió su arma de la recepción del restaurante y salió a la avenida. Sorteó a los viandantes y llegó hasta el borde de la acera, donde se paró y miró hacia ambos lados. No vio en la esquina de la avenida Plazente el coche: cumpliendo su orden, se habían marchado. Empezó a llover. Los transeúntes apretaron el paso, abriendo paraguas que parecieron brotar de la nada. Taciturno, comenzó a caminar por la avenida, sin rumbo fijo, oteando de vez en cuando la presencia de algún taxi. No sabía si se encontraba furioso o amargado. Tal vez de las dos maneras a la vez. No era para menos: acababan de estropearle el día... y quién sabe si el resto de su vida.

© José María Boto Bravo, (4.077 palabras) Créditos