Dejó su arma sobre la caja. Intentó abrir los enganches laterales. El primero cedió. En ese instante, Di Stefano se echó hacia atrás y se tumbó sobre el techo del contenedor. Con el segundo enganche, la tapa se abrió con una explosión sorda, y un par de kilos de trinamita y aluminio le destrozaron al capitán Harry la cara y el torso, mientras salía despedido hasta rebotar contra los contenedores de la pared contraria. Su cadáver se quedó tirado en una posición inverosímil. Di Stefano saltó del contenedor y se acercó al pasillo, de donde venían gritos y la voz autoritaria de Rajín. Corrió hasta el comedor; Rajín de Sura apuntaba a los tres miembros de la tripulación con su arma.
—¿Todo bien? —preguntó Di Stefano.
Rajín de Sura asintió sin quitar la mirada de los tres tripulantes.
—Todo controlado. Estos no se moverán. Por la cuenta que les trae.
Di Stefano cacheó a Taylor. Cerca de la bota del pie derecho llevaba una pistola automática. La cogió, mirándole con rabia a los ojos. Cacheó a Heredia y Waters: éstos no llevaban arma alguna, salvo un par de cuchillos, que también les quitó.
—¿Qué has hecho con el capitán? —preguntó el copiloto a gritos, los ojos muy abiertos—. ¿Le has matado?
—La avaricia le ha matado —contestó Di Stefano—. Y os matará a vosotros también si no actuáis como queremos. ¿Queda claro?
Taylor, el copiloto, compuso un gesto de ira. Heredia y Waters, boquiabiertos, parecían no dar crédito a lo que sucedía, y se mantenían laxos y como ausentes.
—¿Qué habéis hechos, desgraciados? —dijo Taylor, echándose hacia delante—. ¿Quién llevará ahora la nave?
—Tú—contestó Di Stefano—, y tus dos compañeros... si queréis seguir vivos. O yo mismo si no. ¿Qué crees, que no sé pilotar una mierda de nave como ésta?
Dejó pasar unos instantes después de la fanfarronada. Rajín le miró de soslayo.
—Me he fijado en que eres un buen piloto —dijo al fin, mirando a Taylor con gesto decidido—. Seguro que te crees hasta mejor de lo que lo era el capitán. Pues ahora ha llegado tu momento de suerte. Míralo por el lado positivo: acabas de heredar la Rita Dos.
El copiloto sonrió torvamente. Pareció sopesar las palabras de Di Stefano. Después de unos instantes de duda, dijo en voz baja:
—Qué demonios. Os llevaremos.
—Bien pensado —dijo Di Stefano—. Ahora, en tu condición de nuevo capitán, lo primero que harás será variar el rumbo: iremos directamente a Aris.
—Pero.
—Sin peros, Taylor. A Aris.
—Espero que os maten en cuanto lleguemos —dijo Taylor, con una mueca de desprecio.
Di Stefano se dirigió a Rajín de Sura, sin hacer caso del comentario.
—Trae tu maletín.
El arisio desapareció a la carrera con una sonrisa dibujada en su rostro. Volvió al poco.
—Vaya, cómo ha quedado el capitán. Aunque creo que ahora está mucho más guapo que antes.
Di Stefano, sin dejar de apuntar a la tripulación, se dirigió al arisio.
—Dales algo que tenga antídoto.
Rajín de Sura abrió su maletín. Durante unos instantes pareció meditar, su vista clavada en los frasquitos de cristal. Al fin resolvió, puso ante sí uno de color rosado, y habló con aire profesional mientras no dejaba de mirarlo.
—Creo que éste será el mejor, Pasta de flor. Si no les proporcionamos el antídoto antes de dos semanas, cagarán el hígado.
La tripulación miraba al arisio y al frasquito alternativamente con gesto embobado, como si no dieran crédito a lo que veían.
—Debe ser ingerido —continuó Rajín de Sura—. Se puede mezclar con agua.
—Entonces prepara unos vasos. Vamos a devolver la invitación a nuestros amigos.
Rajín de Sura cogió tres vasos de plástico del dispensador y los llenó de agua hasta la mitad. Vertió unas cuantas gotas en cada uno.
—Bebe —dijo Di Stefano, ofreciéndole un vaso a Taylor.
—¿Qué demonios es esto? —Preguntó el copiloto—. No pienso beber ninguna porquería. ¿De qué vais? ¿Quiénes sois vosotros?
Di Stefano ajustó el proyector de su arma. Apuntó a su entrepierna.
—Bebe —repitió—. Si todo va bien, cuando lleguemos a Aris os daremos el antídoto.
—Y una mierda —contestó Taylor.
Di Stefano suspiró. Apuntó a la mesa, cerca de la entrepierna de Taylor y disparó. Un trozo de la mesa se derritió y empezó a gotear. Taylor cogió el vaso y se lo acercó reluctante a la boca.
—¿Dices que nos proporcionaréis el antídoto?
—¿Ves cómo tenemos que ir lo más rápido posible a Aris? Además, el único que ha faltado a su palabra fue vuestro capitán —dijo Di Stefano con aire cansado—. No tenemos nada contra vosotros. Bebe. O te dejo sin piernas. Y sin lo que hay en medio.
—Mátale de una vez —interpeló Rajín de Sura—. Nosotros podemos llevar este trasto hasta donde nos dé la gana. ¿Para qué los queremos?
—Ya sé lo que sois —dijo Taylor con un gemido—. Sois asesinos arisios. Joder, puto capitán Harry... maldito seas.
Y después, con gesto de asco, bebió el agua. Rajín ofreció los otros dos vasos a Heredia y Waters, que, tras mirarse entre sí, también lo bebieron.
—Y, ahora, chicos, no quiero estupideces, ¿de acuerdo? —Dijo Di Stefano—. Lleguemos a Aris. Vosotros tendréis el antídoto, y nosotros el pasaje que pagamos. Por cierto, ¿dónde guarda el capitán su dinero? Creo que tengo que recuperar una pequeña inversión.
* * *
Monseñor Mauricio había pasado mala noche, sin poder conciliar el sueño por completo, revolviéndose en la cama. Había vuelto antes del amanecer a su despacho del centro de investigación, aturdido y cansado, pero resuelto a ponerse a trabajar de inmediato. No había podido dejar de ver la imagen de Di Stefano, una y otra vez, repitiéndosele incesantemente. Un sinfín de conjeturas le estuvieron asaltando en su duermevela.
Los informes que le mandaba Warsawa seguían siendo tan estériles como lo había sido el resto de su trabajo, pero ya no parecía importarle. Su mente funcionaba febril, en busca de conclusiones. Parecía estar claro que, tras el asesinato de O’Riordan y la vigilancia al centro estaba su antiguo compañero. ¿Para quién trabajaría ahora? ¿Cuál era el último propósito de su misión? ¿Se trataba de una coincidencia? No dejaba de conjeturar entre varias posibilidades. Y todas le parecían posibles.
A primera hora recibió la llamada de Mbar, emplazándole a una cita aquella misma tarde. Debería llevar un informe, y basándose en ese mismo informe, comenzarían a dar los próximos pasos, que pasaban inexorablemente por trasladar el centro. No tenían otro remedio. Tenía, pues, que comenzar desde ese mismo instante a dar las órdenes oportunas.
Poco antes de mediodía recibió en su terminal una comunicación de seguridad desde Trípoli. Le dio paso, y frente a él apareció un rostro femenino que comenzó a hablar sin tan siquiera presentarse, pero sin precipitación.
—Monseñor, en cuanto recibí su orden me puse a trabajar. Acabo de venir del espacio puerto ilegal de Trípoli. Debo decirle que ayer partió una nave con destino a Lira Cinco y Aris. Y que, en esa nave, embarcaron dos tipos. La descripción que he podido conseguir no ayuda mucho.
Monseñor Mauricio asintió.
—Continúe.
—Uno de ellos era alto y pelirrojo, con fuerte acento extranjero. El otro, según me dijeron, parecía llevar la voz cantante. Pelo oscuro, esbelto, más bajo de estatura que su compañero. Tenía aspecto terrestre. Es todo cuanto he podido conseguir. Y no crea que no me ha costado.
Monseñor reconoció a su interlocutora: la agente Lucía Cano, una de las mejores agentes de campo del Instituto. Fue trasladada a Trípoli, un destino tranquilo pero sin posibilidades de promoción, a raíz de un desagradable incidente que no logró recordar del todo. Fue un castigo para una joven y activa agente con futuro.
En esta ocasión había trabajado con celeridad y solvencia, al menos en el grado mínimo exigible a un agente. No había tenido la tentación de valorar si su información podía o no ser importante. Había hecho lo que le habían ordenado, y lo había notificado con prontitud. Se quedó mirándola en silencio durante un rato. Después, la felicitó.
—Buen trabajo, agente.
Continuó observándola. Era una chica joven, con el pelo castaño y corto, ojos verdes, muy guapa. Y tenía algo en la mirada que monseñor reconoció: ese brillo especial que denotaba inteligencia viva y ganas de comerse el mundo.
Nunca le gustó precipitarse al tomar una decisión. Pero en esta ocasión, lo decidió sin vacilar.
—Quiero que venga a Roma de inmediato. La necesito aquí.
La agente Cano asintió.
—Como ordene monseñor. ¿Alguna cosa más?
—Nada más —contestó—. Que tenga buen viaje.
Y cortó la comunicación.
En su terminal, accedió al archivo Expedientes del Personal, después a Expedientes de Agentes. El expediente de la agente Lucía Cano apareció en la pantalla.
* * *
La vida en la Rita Dos discurría todo lo plácida que se podía imaginar para una situación semejante. En una breve conversación que mantuvieron con la tripulación dejaron claro que no permitirían que hablasen entre ellos ni estuvieran juntos más que lo imprescindible. Impusieron unos turnos de trabajo y descanso que impedían que los tres coincidieran: cuando Taylor estaba despierto, Heredia y Waters dormían, y viceversa. Lo cierto es que sólo uno de ellos era necesario en la cabina de mandos, atento a cualquier eventualidad que pudiera surgir en la navegación. Les ordenaron no volver a sus camarotes bajo pena de muerte; para descansar que utilizasen la bodega de carga. Taylor, Heredia y Waters asintieron en silencio, como si lo encontrasen lógico. Di Stefano y Rajín ocuparon el camarote del capitán, cerrando al uso los otros dos. Desde el primer momento los tres tripulantes asumieron con una tácita resignación las nuevas circunstancias, y continuaron con sus quehaceres como si nada hubiera ocurrido. Pasado el estupor inicial, Taylor tomó el mando de la nave, y los otros dos parecían indiferentes sobre quién fuera su jefe. Las voces y gritos de antaño dejaron paso a un silencio sepulcral, sólo roto cuando era estrictamente necesario; pero salvo en detalles así, todo lo demás correspondía con lo habitual de un viaje espacial en una nave de carga: aburrimiento. Taylor, así al menos le pareció a Di Stefano, disfrutaba con su nueva condición de capitán. Aunque lacónico y taciturno, parecía evidente que en su fuero interno agradecía a aquellos dos individuos el favor que le habían hecho. Su única despedida de su antiguo capitán, cuando fue expulsado su cadáver por la salida de desperdicios, fue una sonrisa inescrutable.
Di Stefano y Rajín de Sura decidieron que alguno de los dos estuviera siempre despierto y alerta, mientras el otro descansaba el tiempo mínimo posible. Era agotador, pero ya descansarían al llegar a Aris... si todo acababa bien. Lo importante era no perder de vista en ningún momento a quien estuviera de guardia en el puente de mando y a los que descansaban en la bodega. No obstante, lo cierto era que no parecía flotar en el ambiente ningún tipo de venganza o animadversión hacia ellos. Más bien un temor justificado e indiscutible: el temor de haberse metido en aguas pantanosas de las que era más que difícil salir. Requisaron las armas que había en la nave —un pequeño arsenal entre las del camarote del capitán y las del camarote de Taylor— después de una profunda revisión hecha a punta de pistola. Todas acompañaron al cadáver del capitán Harry por la salida de desperdicios. No parecía haber más armas. Y no parecía que, de haberlas, a ninguno se le ocurriera utilizarlas. El golpe de efecto que causaron con la muerte del capitán, y la competencia y resolución que mostraron después, dejó claro a la tripulación algo: lo mejor era llegar a Aris, resolver el problema que les comía por dentro, y no volver a ver a aquellos tipos jamás.
Di Stefano invertía siempre que podía su tiempo de descanso en conocer a fondo la nave; Rajín de Sura, por su parte, se encontró con la agradable sorpresa de que la nave llevaba varias cajas de la bebida que les ofreció el capitán para brindar. Así que decidió hacer uso de ellas, aunque sin abusar: estaba trabajando. Cuando comprobó que aquellas cajas no eran las únicas de aquella bebida que transportaban, sino que varios de los contenedores de la bodega estaban repletos de whisky, decidió algo que a Di Stefano no le pareció mal.
—Tenemos que quedarnos con el cargamento. Podemos ganar un buen pellizco en casa.
—¿No eras tú quien decías que robar no era cosa de asesinos serios? ¿Que era asunto de rateros y gente de baja estofa?
Rajín de Sura frunció el ceño y compuso una pose digna.
—Yo, al contrario que tú, no robo. Esto es una compensación por habernos intentado liquidar. Además, nosotros somos ahora los dueños de la nave. ¿Cómo íbamos a robarnos a nosotros mismos?
Introducirse en los vericuetos de la mentalidad arisia no era algo que le gustase hacer a Di Stefano. Prefirió ir a lo práctico.
—¿Y por qué no quedarnos entonces con toda la nave? —preguntó divertido.
—Por que no sabría qué hacer con ella. ¿Y tú?
Di Stefano, desde el primer momento en que surgieron problemas en la Rita Dos, pensó que la oportunidad de disponer de una nave espacial era algo que no podía menospreciar. Podría venderla en el mercado negro, y sacar un buen dinero, sin contar con la carga que transportaba. Con seguridad, entre todo sumaría una pequeña fortuna. Pero le surgieron dudas razonables. ¿Cómo hacerlo? Estaba claro que no podían descender en ningún puerto, legal o ilegal, pues conocerían la Rita Dos y a su tripulación, y tendrían problemas en cualquier caso. Por otra parte, él no sabía pilotarla. Podían descender cerca de Pálasti y eliminar a la tripulación, pero luego, ¿qué hacer? De haber sabido pilotar podría haber escondido la nave, ir vendiendo el cargamento poco a poco y, pasado un tiempo, llevarla a algún puerto ilegal alejado y venderla. Pero no sabía, ni conocía a nadie que lo supiera hacer. Desestimó llevarlo a cabo. Sin duda tenía razón Rajín de Sura: algo había que hacer con el cargamento, pero nada con la nave.
—Si estás tan interesado, en cuanto lleguemos a Aris te vas a buscar a varios de los habituales de la taberna de Marinai —le propuso a Rajín—. Aterrizamos en las márgenes del Rak-Janén, alquilas una barcaza, bajáis el río, y cargamos todo lo que podamos.
Rajín meditó durante unos segundos. Después, negó con la cabeza.
—Mejor que vayas tú. Yo me quedo vigilando a éstos. Para ese tipo de cosas tú estás mejor preparado que yo.
Y ahí terminaron la conversación: estaba decidido.
Como tantas otras veces, Di Stefano tuvo que darle la razón.
El escrutinio que hicieron les indicó que la mayor parte del cargamento era material electrónico de última generación. Casi todos los contenedores llevaban componentes y piezas sueltas, y los pocos artilugios ensamblados que encontraron eran de una utilidad que a Di Stefano se le escapaba. También llevaba antigüedades terrestres y productos químicos. Estimaron que, de todo el cargamento de la Rita Dos, lo único que les podía interesar para ganarse un dinero rápido era el whisky.