Di Stefano y Rajín de Sura robaron un vehículo, esa misma mañana, en una de las tranquilas avenidas residenciales de Roma. Tuvo que hacer todo el trabajo Di Stefano, pues Rajín no habría sabido cómo hacerlo; aparte de que, como buen asesino profesional, nunca robaba: consideraba que eso quedaba para otro tipo de personas de más baja condición. Durante la operación, miraba a Di Stefano como un padre a su hijo cuando comete una travesura. Aquello le pareció impropio de un hombre de su categoría, y así se lo hizo saber a Di Stefano varias veces. Cargaron varias cajas en el vehículo robado y Di Stefano lo condujo por la carretera a Nápoles, lo aparcó bajo un soto de pinos, frente a la entrada del complejo, y lo camuflaron, pero no tan bien como si en verdad fueran a quedarse ahí. Colocaron ropas y latas de comida sobre los asientos del vehículo y en cajas que dejaron en el maletero y rodeando el coche. Después, se marcharon hacia la carretera. Di Stefano llamó a un taxi, que les llevó hasta su vehículo, en el polígono industrial que estaba unos kilómetros más allá, hacia Roma. Una vez en el vehículo, condujo hasta la casa de alquiler de vehículos aéreos. En esta ocasión, lo alquilaron sin cerrar la devolución para un día concreto, lo que le costó su buen dinero a Di Stefano, y un rictus de contrariedad a Rajín. Pasaron unas cuantas cajas de vituallas de un vehículo al otro y, sobrevolando la campiña y los bosques de pinos, localizaron un lugar, no lejos del claro que conocían, desde el cual se podía controlar la entrada principal y también la zona donde dejaron aparcado el coche robado. Del maletero del vehículo aéreo extrajeron varias cajas y las dejaron sobre la hierba. Había que ponerse cómodos.

* * *

Warsawa volvió a mirar la pantalla. ¿Tendría que ver algo ese coche con el asunto que les preocupaba? No se lo acababa de creer. No podía ser tan fácil. La decena de agentes de intervención que le rodeaban, silenciosos y serios, no perdían la vista de su superior. Éste, transcurridos unos momentos de estupor, se giró hacia uno de ellos.

—¿Y dice que lleva varias horas ahí?

—Así es. Como poco, desde que nos ordenó que extremáramos la vigilancia.

—Vamos allí ahora mismo —dijo enérgico Warsawa—. Quiero un despliegue envolvente. Ustedes —señaló a tres agentes—, en la carretera, alejados del coche, esperando mis órdenes. Los demás que me sigan. Tomaremos los vehículos aéreos, saldremos del complejo por la parte posterior y nos situaremos a su espalda. Importante: no quiero bajas.

Los agentes fueron abandonando la sala en silencio y con rapidez, mientras revisaban su armamento. Casi todos pensaron que se trataba de una maniobra, algo para tenerles entretenidos y activos, la misión más sencilla que les hubiera tocado realizar en toda su carrera.

* * *

Rajín de Sura había demostrado un interés sincero en aprender lo que Di Stefano le explicaba sobre los utensilios que les eran útiles. Él, que no había pasado de utilizar en Aris unos binoculares de lente, ahora se hallaba utilizando gemelos digitales con visión térmica, cámaras de fuentes de calor, micrófonos direccionales no mayores que un botón, que permitían escuchar conversaciones desde cientos de metros de distancia... Y muchos más artilugios que, cuando se cansaba de utilizar uno concreto, cogía, sopesaba, y utilizaba con el mismo aire competente que veía en Di Stefano.

Pero, pese a todo, se aburría, por que se consideraba —y era— un hombre de acción. Y aquel era el trabajo más pasivo que tuvo que realizar jamás.

A través de los binoculares digitales volvió a escudriñar la entrada al complejo. Frente a ésta, oculto, pero deliberadamente mal, el coche abandonado con restos de material: varias chaquetas viejas que encontraron en un contenedor, restos de comida preparada, y cosas por el estilo. Di Stefano, tras bostezar, salió del vehículo aéreo a estirar las piernas. Preguntó con un gesto de la cabeza. Rajín de Sura negó. Pero, en ese mismo instante, al volver a enfocar los prismáticos, vio salir por la puerta principal del palacio, corriendo, a un pequeño grupo de hombres con trajes negros de campaña y fusiles de asalto. De la parte trasera del edificio, un par de vehículos aéreos se elevaron y se alejaron raudos hacia la carretera, describiendo un círculo en el cielo. Haciendo grandes aspavientos, avisó a Di Stefano.

—Bellini, mira esto.

Di Stefano arrancó los prismáticos al arisio.

—Bien, bien —dijo sonriente—. Ahí les tenemos. Ya nos podemos ir.

—¿Ya?

—Así es. Esto corrobora nuestras expectativas. Venga, recojamos todo y vayámonos.

A la carrera, recogieron el material. Montaron en el vehículo aéreo. Di Stefano lo elevó en el aire, apenas por encima de las copas de los árboles, y se largaron a la máxima velocidad en dirección contraria.

—¿Entonces, ya está?

—Ningún centro de experimentación cuenta con una vigilancia tan exhaustiva... Una unidad entera de operaciones, con vehículos aéreos... Sin duda, valoran mucho este centro y lo que hay en él.

—¿Volvemos a Aris? —preguntó sonriente Rajín.

—Sí señor. Volvemos a casa. Pero no como vinimos. No podemos volver en una nave convencional de pasajeros... no es lo más prudente.

—¿No vamos a Bruselas? ¿Al ascensor?

—No. Vamos a ir a otra ciudad. Allí encontraremos pasajes para Aris... de un modo digamos, más clandestino.

—¿Clandestino? Me gusta. Siempre que sea más rápido.

En la casa de alquiler de vehículos aéreos traspasaron el material al vehículo terrestre, y condujo a toda velocidad hasta Roma. Llegaron a la pensión, pagó, y cargaron todo el equipaje en el coche. Di Stefano condujo por las calles de Roma como sólo pueden hacerlo quienes conocen a fondo una ciudad, hasta llegar unos minutos después a las oficinas del Banco Popular de Israel. Sacó casi todo el dinero que le quedaba, dejando una pequeña cantidad. ¿Quién sabe si algún día volvía a usar esa cuenta? En el fondo de su alma esperaba que no. Llegaron a la estación Término y aparcaron el vehículo en una de las entradas de servicio.

—Saquemos todo el material.

Sacaron el material de vigilancia que habían utilizado en varias bolsas. Lo tiraron en un contenedor de basura.

—¿No me puedo quedar con algo? —preguntó Rajín—. Me gustaría tener algo de esto en casa.

—Olvídate. No podemos cargar con todos esos cachivaches. Si lo deseas, en Pálasti te puedo conseguir algo.

¿Rajín de Sura se estaba sofisticando? Di Stefano sonrió, mientras se encaminaban a paso vivo a los mostradores.

—Dos pasajes para Trípoli en el próximo tren —pidió.

Pagó los pasajes y consultó su reloj. Faltaba una hora para la salida del tren. Se encaminaron, ya más despacio, al andén.

—Menos mal —dijo Rajín—. Pensaba que nunca terminaría esta carrera. Maldita sea, eres rápido cuando te lo propones.

—Despídete de Roma. Posiblemente, nunca la vuelvas a ver.

Rajín miró despectivo alrededor suyo.

—Por mi parte no hay problema en no volver aquí jamás. No he visto nada interesante. Salvo las mujeres, por supuesto.

Nada interesante en Roma... Di Stefano volvió a sonreír.

—Bien, ahora iremos a Trípoli. Allí encontraremos pasaje para Aris. Espero que no tardemos mucho en partir.

—Más lo espero yo —dijo Rajín—. Aunque lleve pocos días en este planeta, estoy deseando volver a casa. No veo el momento de tomar una cerveza en la taberna de Marinai. Y de vestirme como los dioses mandan... ¿Crees que las cosas se habrán calmado un poco?

—Supongo que sí. De todos modos, veré qué puedo hacer con respecto a lo tuyo.

Rajín se paró en seco.

—No, veré qué puedo hacer, no. Debes conseguir que me quiten la orden de búsqueda. Tú me lo dijiste.

—No te preocupes. Ahora tenemos otras cosas más importantes en las que pensar.

—Con toda sinceridad, desde mi punto de vista no hay otra cosa más importante que esa.

Di Stefano pensó en qué ocurriría al volver a Pálasti. Por descontado, le importaba poco el tema de Rajín: era algo sin trascendencia, pese a que el arisio creyese lo contrario. Lo que le preocupaba era lo verdaderamente importante: él había cumplido su parte del trato... ¿Cumpliría Palacios la suya? No le quedaba más remedio que fiarse. Y, de todos modos, prefería jugar su última baza en casa. Si es que se podía considerar una baza retener la información hasta que creyese oportuno... o hasta que se le ocurriese algo. Es lo malo de trabajar cuando te tienen cogido del cuello.

Hicieron tiempo tomando un café frente al andén de salida de su tren. Di Stefano permaneció meditabundo y silencioso, mientras Rajín de Sura pasaba su mirada de una mujer a otra.

Ahora, irían a Trípoli. Confiaba en que en el cafetín de Mohamed encontrase pasajes para Aris lo más pronto posible. Lo cierto es que era uno de los pocos sitios en la Tierra donde era posible conseguir pasajes para el exterior de manera discreta y rápida. Nunca utilizó los servicios de Mohamed, pero tenía buenas referencias de sus tiempos de agente, cuando otros compañeros suyos sí los tuvieron que utilizar. En aquel apartado puerto espacial, los capitanes de unas cuantas naves de carga se sacaban un extra llevando pasajeros aparte de su carga, que solía ser tan discreta que era preferible no usar los espacio puertos oficiales. Esperaba que todo siguiera igual. De no ser así, tendrían que buscar otro puerto clandestino. Di Stefano sabía de varios: Singapur, Ciudad del Cabo... Eligió Trípoli por cercanía. Deseaba largarse lo antes posible. Y tenía claro que no podía volver en un transporte regular: no quería que Palacios supiera que volvía. Prefería sorprenderle en Aris. De sus tiempos de agente sabía que cuanto más cerca se encontrase uno de su medio habitual, tanto mejor. Luego estaba el Instituto... ¿Habría muerto O’Riordan? Seguramente, sí. ¿Le habrían efectuado la autopsia? ¿Habrían descubierto algo? No tenía ningún argumento para pensar que el Instituto fuera tras una pista concreta, pero estaba entrenado para no dejar cabos sueltos, y se le ocurrían varias posibilidades que pudieran poner al Instituto sobre la pista de alguien arisio: por ejemplo, los venenos de Rajín de Sura. Mejor evitar naves oficiales con destino Aris. Por si acaso.

Con puntualidad terrestre, el tren con destino Trípoli partió, cruzó en poco más de media hora el sur de la Península Itálica y se sumergió bajo el Mar Mediterráneo. Llegaron a la tranquila Trípoli a la hora prevista. Una vez en la estación, cogieron un taxi.

—Llévenos al polígono sur. Al cafetín de Mohamed. ¿Lo conoce?

—Cómo no —contestó el taxista, observándoles por el retrovisor—. Tendrá que pagar un suplemento. Está bastante lejos.

Cruzaron la ciudad, hasta que las edificaciones se fueron haciendo más bajas de altura y más simples de construcción.

—¿Conoces Fenai? —dijo Rajín de Sura, sin dejar de mirar a través de la ventanilla.

Di Stefano compuso una sonrisa triste.

—No.

—Pues esto se parece bastante.

© José María Boto Bravo, (1.813 palabras) Créditos