MOTOLINÍA
El Nautilus aparecía enorme, cercano, en todas las pantallas. Los chorros de gases fríos del Venganza lo habían situado justo detrás de la rehabilitada corbeta.
—Apunten a sus toberas. Romperemos sus campos magnéticos. Mandaremos esa maldita nave al infierno y a sus tripulantes con ella.
—Sólo hará falta un disparo —dijo el desdentado navegante.
Torvas risas rompieron el silencio de camuflaje cuando los misiles macizos salieron de los cañones.
LENE
Lonneke empujó la palanca que controlaba la aceleración al máximo. El motor de plasma rugió con las reacciones atómicas apresuradas. El plasma contenido y reservado en la botella y las toberas fue expulsado a la mayor velocidad posible.
Lene y Lonneke, que ocupaban los asientos delanteros, pudieron ver en el último segundo el brillo de las luces de blocaje, que indicaban que un enemigo invisible les atacaba por la retaguardia. El sobresalto duró un instante. Los corazones palpitaron esperando el impacto de las armas piratas. Pero nunca alcanzaron el Nautilus.
Los terribles chorros de plasma de la nave confederada redujeron a partículas los misiles de acero enemigos y luego alcanzaron al Venganza. Motolinía, sentado en su puesto de mando, lanzó un alarido desgarrador a ver brillar la candente llamarada, la fuerza de un sol que los enfocaba directamente. El Venganza fue volatilizado con tanta facilidad como lo habían sido sus misiles. Ni siquiera el rayo de partículas que acababa de partir de su cañón pudo atravesar el fuego de fusión. No hubo explosiones. El polvo resultante fue enviado muy atrás del Nautilus, con su cola de propulsión.
Después de la expectación inicial, las tripulantes de la antigualla espacial tuvieron que ocuparse de problemas más mundanos. La repentina aceleración rompió un brazo de Lonneke y una clavícula de Lene. Lee sufrió también sus efectos, pero quizá inconscientemente sus capacidades especiales le permitieron resistir.
Haciendo un enorme esfuerzo Lonneke fue capaz de sobreponerse a la aceleración y la inercia para coger los mandos y esquivar Ceres a duras penas.
—¡Basta! ¡Basta! —gritó Lene.
La hermosa venusiana atrajo hacia sí la palanca de aceleración. El flujo de plasma continuó, aunque más lentamente.
—¡Ordenador! —exclamó la Comandante—. Toma el control. Detén la aceleración, apártanos de ese pedrusco.
La computadora de a bordo obedeció diligentemente y, de inmediato, las tres mujeres pudieron sentir que el mundo dejaba de ser una pesada carga que las empujaba hacia atrás. Lonneke gimió al sentir sus huesos quebrados. Lene miró a Lee.
—Estaban detrás —dijo—. El muy cabrón había girado, nos estaba esperando no detrás de Ceres, delante. ¿Cómo...?
Lee la miró, todavía tenía el miedo escrito en los ojos.
—Yo estuve en su tripulación. Sólo recordé.
SCOTTON
En el ciclópeo despacho de Zoltan Rubirak se sentaba ahora el Vicealmirante Helvar Scotton. La enormidad de aquellos salones a la sombra del Monte Olimpo daba una idea de las esperanzas que los colonos marcianos habían puesto en su nuevo mundo. Marte era un mundo seco, pequeño, desolado, pero una fuente inagotable de recursos minerales necesarios para la nueva industria espacial. Y sus gentes habían desarrollado un espíritu fronterizo de conquista, de progreso que recordaba a los pioneros y conquistadores de América, 1213 años atrás. De su academia militar salían los mejores y más preparados exploradores del espacio. Sus esperanzas estaban fundamentadas sin duda. Un pueblo como el marciano podía dar siglos de gloria a la humanidad. Y sin embargo algo había fallado. ¿En qué momento de habían desviado del camino correcto? ¿Por qué dedicaban sus enormes energías a proyectos políticamente anticuados y fracasados? Y sobre todo, ¿cómo ayudarles a retomar la senda de la hermandad y entendimiento? El pobre Helvar Scotton, experto en la guerra, debutante en la paz, no tenía respuesta. Pero algo le decía que quizá aquel hombre que tenía delante había propiciado un mundo nuevo en el que los marcianos quizá podrían encontrar su propia identidad.
Y sin embargo tenía que juzgarle.
Las caras de los miembros del Estado Mayor Confederado se turnaban en la pantalla a sus espaldas. Aras Ludoviqus parecía un microbio a aquella distancia.
—Ya no puede detenerse —dijo Eleonora Visq—. A pesar de la prohibición tenemos constancia de que al menos tres entidades diferentes, una de ellas Solaris Enterprises, están en condiciones de levantar un ascensor espacial. Si no se lo permitimos, lo harán de forma clandestina.
—Además —dijo Esteban Assunçao, el Secretario General de la OMU—, ¿cómo vamos a juzgar a esa máquina de ustedes? Suponiendo que sea una máquina. ¿Lo metemos en la cárcel? ¿Le cortamos el suministro de energía? Nuestros expertos dicen que eso equivaldría a matarlo.
—Hay que promulgar una ley que prohíba la creación de nuevas máquinas de Von Neumann —dijo otro consejero—. Si hay más, deben surgir de manera natural, igual que este... Jack.
Scotton se levantó de su asiento y habló a la pantalla.
—Señoras y señores, es a mí a quien corresponde establecer el castigo que mis hombres deben recibir en tiempos de guerra. No lo olviden.
Visq le respondió.
—No lo olvidamos. Pero esto va mucho más allá de un clásico conflicto militar, como una deserción. Debemos encontrar la forma de evitar este tipo de actos en el futuro. Y regular lo que sin duda ya es un hecho. La exploración espacial ha quedado abierta a todos.
Pequeño y brillante en su uniforme de gala, Aras Ludoviqus levantó la mano como un muchacho tímido el primer día de instituto. Como si pudiera verlo por la pantalla, Visq le miró. Scotton se giró hacia él.
—Bien, ¿qué quiere? —preguntó el Vicealmirante.
Aras tartamudeó.
—Qui... Quiero aportar mi o... Opinión. Si me lo permiten.
Nadie dijo nada, y Aras continuó.
—Nadie puede detener lo que se avecina. Esa es la razón por la cual Jack se decidió a tomar esta decisión. Desde mi punto de vista lo único que pueden hacer ustedes ahora es poner orden en la nueva situación. No prohíban la construcción de trenes eléctricos verticales, pero concedan licencias a entes privados. Aquellos con la suficiente capacidad económica podrán construir su propio tren, pero bajo control de la Confederación. Incluida la cuestión de la seguridad. Los más pobres podrán usar trenes públicos de la OMU. Esa es la propuesta que deben llevar al Consejo de Seguridad. En cuanto a la creación de naves con motores MIM y la exploración espacial, el consejo de Jack es reconvertir los transportes de emigrantes a Venus para crear una flota de viajes en línea. Eso evitará que la gente tome medidas desesperadas. Y no impidan la exploración espacial privada, al contrario, participen y promuévanla. Esa será la mejor forma de control.
La cámara pasó por todos los miembros del Consejo de Seguridad y el Estado Mayor. Ninguno movió un músculo.
—Veo que lo tienen muy pensado —dijo Scotton.
Aras sonrió.
—Mi amigo es el mejor cerebro con el que cuenta la humanidad.
La pantalla se centró en Assunçao.
—Bien —dijo—, por lo que veo no tenemos muchas opciones. Es la liberalización del espacio o un nuevo conflicto a escala interplanetaria. Quizá podríamos controlar lo que ocurra en la Tierra, Venus o incluso Marte. Pero no en el Sector Exterior. He sido informado oficialmente de que el Gobierno Planetario de Titán ha iniciado los planes para la construcción de un ascen... Tren vertical.
—Aun así —dijo Visq— estos soldados han de ser reprendidos.
Scotton levantó la mano derecha.
—He aquí mi decisión. Aras Ludoviqus, te condenamos a un año de inhabilitación, más seis meses de arresto domiciliario que cumplirá aquí, en Marte realizando trabajos comunitarios para la reconstrucción del planeta. Dado que ninguna prisión puede albergar al superordena... A Jack; le condenamos a un año de arresto domiciliario que cumplirá en el Thalion, así como al mismo tiempo de trabajos comunitarios, que cumplirá en viajes Sistema Solar-Alpha Cas.
La pantalla se apagó. Aras respiró de nuevo.
—Ha sido muy generoso —dijo el científico.
—Era la única solución. Pero no se confunda. Si vuelven a intentar algo así le pegaré un tiro a usted y reduciré a polvo cósmico a ese trasto. Se ha librado por las circunstancias, no lo olvide.
Aras recobró la seriedad.
—No lo haré.
—Además sé que la comandante Shinh le dará una patada en el culo en cuanto le vea.
Aras Ludoviqus asintió y giró sobre sus talones. Se acabó este asunto militar. Ahora volvería a ser civil. Y trabajar en la reconstrucción de Marte... En fin. La Universidad de Valle Marineris y el complejo subterráneo del Olimpo se le acababan de abrir de par en par. Casi debería darle las gracias al viejo soldado. Una duda cruzó por su cabeza y regresó para hablar con Scotton, que ya se había sentado en su enorme sillón.
—Oiga —dijo el científico.
—¿Sí? —respondió el militar.
—¿Han dado con Rubirak?