LONNEKE
El Nautilus no aceleraba, su impulso le llevaba mansamente cerca del Huor. El Venganza se alejaba cada vez más.
—Es posible que estén usando el motor de iones a baja potencia. Es lo que solíamos hacer antes —dijo Lee.
—¿Crees que el Pulso Electromagnético no le habrá afectado?
Fue Lene la que respondió.
—Es posible que sus daños fueran menores si se encontraba en una bodega del Huor. Pero sólo es una especulación.
La navegante de pelo plateado miró su consola. Todo estaba apagado. El ordenador luchaba por reiniciarse, la planta de fusión apenas se mantenía. Toda la nave hacía un esfuerzo lento y angustioso por regenerarse. Sólo los sistemas de emergencias, concienzudamente blindados, habían resistido. Sin embargo, de repente, una pequeña, minúscula luz, se encendió en la consola de comunicaciones.
—Vaya —dijo Lonneke—. Es la onda corta. ¡Funciona!
—Pon el altavoz-ordenó Lene.
—¡A todas las naves! —graznó el anticuado sistema—. Jefe Águila a todas las naves. Código RF 67890-J000443788. Aquí Jefe Águila a todas las naves. Intercepten navío Huor. Máxima prioridad. No importa vuestra situación. ¡Hay que interceptar el Huor!
Las tres tripulantes del Nautilus se miraron.
—Era el Duque —dijo Lee.
—¿Por qué querrían atacar el Huor? No tiene armas.
Lene tenía el ceño fruncido, se retiró dos veces seguidas el flequillo de la cara. Eso era un signo de su concentración.
—Pero tiene capacidad de maniobra. Puede escapar del Sistema... Transportando algo o a alguien. Transportando a Rubirak.
—Un momento —dijo Lonneke—, el Venganza huye camuflado. ¿Y si Rubirak está en la nave pirata? El Huor podría ser sólo un cebo.
La terrestre y la venusiana miraron a la chica nacida en el Sector Exterior. Lee Zalduendo se relajó y se concentró. Durante unos minutos permaneció en ese estado de semi trance, con los ojos cerrados y la respiración acompasada. Luego volvió a mirar a sus amigas con sus negros ojos entrecerrados.
—No le veo, ni en una nave ni en la otra. No puedo adelantar el futuro, está demasiado lejos de nosotras, de nuestro presente, pero he revisado las mentes de los cosmonautas de ambas naves. No siento a Rubirak, pero Motolinía está en el Venganza.
Lonneke suspiró.
—Bien, la elección es sencilla: atacamos el Huor o seguimos al Venganza. Tú decides, Lene.
La comandante miró al polo Sur del Huor, y luego a la mancha oscura que se alejaba y se desvanecía ante sus ojos.
—Perseguiremos al Venganza. Si tenemos a Lee con nosotras, lo lógico es hacerle caso. Para mí Rubirak no está en ninguna de las dos naves. Si él no está el premio gordo es Motolinía. MI, premio gordo.
—NUESTRO, premio gordo —añadió Lee.
Las tres se sonrieron, pero mantuvieron una expresión fiera en sus miradas.
LENE.
—Los motores funcionan —dijo Lonneke.
—Entonces a por ellos. Acelera todo lo que puedas —ordenó su comandante.
Todo el Nautilus chirrió cuando se produjeron las primeras reacciones de fusión atómica en su sifón de plasma, y la corbeta salió despedida hacia delante. Como una respuesta automática el Venganza prendió sus motores y trató de huir.
Lene sabía que era una carrera desesperada. Ninguno de los dos podía acelerar al cien por cien, salvo que se arriesgara a matar a sus tripulaciones, fuera ambas de las cabinas de Éxtasis. Estaban abocados a una persecución. Pero ahí el Venganza tenía las de ganar. Había resultado menos dañado por el Pulso Electromagnético y funcionaba en niveles óptimos. El Nautilus se estaba recobrando, y aunque podía rastrear la estela de su enemigo, nunca conseguiría darle alcance. Esta carrera podía durar días o semanas.
Horas después se recuperaron las comunicaciones y supieron que el Huor había sido atacado. La enorme máquina había explotado tratando de usar su motor MIM. Sus sistemas no habían resistido y la esfera supermasiva se había soltado de sus campos magnéticos de sujeción. El resultado había sido un horroroso boquete en el Huor, y la explosión de la corbeta Isaac Asimov, que se había encontrado de frente con la bola a velocidades relativistas. Una nueva explosión atómica. Un nuevo desastre, más vidas desperdiciadas.
Lene se olvidó de lo que había detrás de ella y se concentró en lo que tenía delante. ¿Pensaría Motolinía que podría alcanzar el Sector Exterior y refugiarse en Rea?
—No lo creo —dijo la medio asiática hablando sola.
¿Qué hay entre el Sector Exterior y Marte?
El anillo de asteroides.
MOTOLINÍA
Sabía que estabas ahí —pensó el capitán Motolinía mientras miraba la pantalla de uno de sus telescopios.
En ella se veía un enorme asteroide, tan grande casi como un mundo: un planeta enano. Se había arriesgado mucho llevando hasta allí su nave, pero sólo él se conocía de memoria las órbitas de todos los asteroides mayores. Estaba seguro de que Lene Shinh no tenía ni idea de que se dirigían a Ceres.
—Frena —dijo el pirata a uno de sus secuaces.
El Venganza dejó de expulsar gases por su popa, y comenzó a hacerlo por la proa. El navío pirata perdió gran parte de su velocidad, hasta casi detenerse. Luego apagó todos sus motores.
—Cargad los cañones —fue la escueta orden del hombre de barba color verde.
En el vacío el Venganza se acercó a Ceres, lo circunnavegó y reapareció por donde había venido, pero en dirección contraria.
—Apagadlo todo —dijo el pirata—, cuando el Nautilus llegue nos adelantará sin saberlo, el perseguidor se convertirá en perseguido. Pero con Ceres delante, lo pondremos entre la espada y la pared.
Los filibusteros del espacio estallaron en una algarabía de risas crueles y alaridos de triunfo.