SCOTTON
—Ha llegado el momento, teniente. Le aconsejo que se sujete bien, no puedo hacer de su niñera ahora.
Así que así era como Scotton la veía a bordo del Duque, como una niña que necesitaba que la protegieran. A pesar de un repentino pensamiento rebelde, Lee Zalduendo se agarró a los brazos de su asiento. Le habían dado una consola de comunicaciones. Scotton quería, sobre todo, estar siempre en comunicación con ella, por si esa intuición o lo que diablos fuera se presentaba de pronto y podía resultarle útil. El Vicealmirante se movía en su silla de mando por encima de sus subordinados. Lee nunca había visto a un hombre tan experto y resuelto en la guerra, ni a unos colaboradores tan motivados y prestos a la acción. Las órdenes de Scotton se cumplían sin dilación y con diligencia. Era el tipo de liderazgo que sólo un hombre más que respetado, admirado, podía conseguir.
Las explosiones zarandearon a la adolescente junto a los demás oficiales en el Puente. No necesitaba su percepción índigo para saber que diluviaban misiles, pero el Pedro Duque era una nave tan grande que podía recibir varias andanadas sin verse realmente dañada. Otra cosa eran esos rayos de taquiones capaces de perforar las capas de blindaje.
—Daños —pidió Scotton.
Lee no había tenido tiempo de aprenderse los nombres de la tripulación. Pero sí el del Oficial de Combate; un joven extremadamente serio y casi imberbe de nombre Darwin Guilmar. Lee le conocía de las sesiones de estrategia en la Sala de Guerra del Duque. Era rubio y delgado, demasiado delgado para ser soldado o terrestre, pero hablaba con autoridad cuando los oficiales se reunían delante de los mapas tridimensionales. Y Scotton le tenía en gran estima. Lee no podía hablar en esas sesiones, se limitaba a quedarse un paso detrás de Scotton y escuchar lo que decían. La mayoría se las veces se quedaba absorta en las explicaciones de maniobras imposibles con naves de fusión y tácticas de combate en equipo que nadie más conocía. Pero en más de una ocasión, al volver de su abstracción había sorprendido al joven oficial ensimismado a su vez... En ella. Mirándola con una intensidad poco común. Le atraía, desde luego, pero era demasiado joven y demasiado guapo, un poco femenino incluso. El objeto de las atenciones de Lee Zalduendo, por el momento, era el veterano Vicealmirante.
—Integridad del 96,72% —dijo Darwin Guilmar.
—Bien, ¿están listos esos torpedos?
Helvar Scotton estaba preocupado por los rayos de taquiones. Esos chorros de partículas podían penetrar hasta el motor de fusión y hacer explotar la nave, pero también podían partirla por la mitad si eran apuntados cuidadosamente y durante el tiempo suficiente. El Duque ya había recibido varios toques de tales estiletes. Pero el genial estratega no deseaba usar los suyos, los que la CM se había apresurado a instalar en su galeón. Un error provocaría una matanza.
Por eso había que eliminar esos cañones de partículas. Scotton había recordado una táctica que empleaba en la Guerra de Independencia, cuando las nuevas armas de electrones se habían convertido en una amenaza insalvable. Algunos torpedos, aquellos que estaban dotados de inteligencia artificial o portaban cámaras controladas por visión remota tenían toberas de escape para maniobrar, de ese modo esquivaban las contramedidas enemigas. Scotton había hecho reunir a sus mentalistas y les había preguntado hasta que punto podían controlar las trayectorias de los torpedos que habitaban brevemente con su mente a través de los dispositivos de telepatía artificial. La respuesta había sido lo suficientemente satisfactoria.
—Sí, señor.
—Fuego.
LEE
Afuera, la mole de Júpiter iluminaba una escena de guerra. Delante de la pequeña luna Calisto la tercera flota de la Confederación de Mundos luchaba contra un contingente marciano: las fragatas Eichmann y Stalin más el crucero Coloso. Todas armas específicamente marcianas, y por ello, impredecibles y mortales. El Duque había ido allí a dirigir el combate. Ahora daba su estribor al terrible Coloso, aunque una nave estaba cabeza a bajo con respecto de la otra, de esta manera el cañón de partículas del nadir del Coloso estaba ahora a la altura del cenit del Duque. A estribor del crucero marciano, el galeón Ada Lovelace Byron pugnaba por maniobrar y situarse en paralelo bajo el fuego del cañón de taquiones enemigo. Ni siquiera un galeón duraría demasiado en esas condiciones.
Más cerca de la débil atmósfera de Calisto, la fragata Fairfax había sido inutilizada por el sorprendente ataque a distancia de la Eichmann y la Stalin, y lentamente dejaba que la gravedad de la luna la atrajera a un fatal desenlace. Entretanto las dos fragatas marcianas habían sido alcanzadas por el resto de la flota confederada; los cruceros Sofía Kovalevski y Sally Ride, y la corbeta Irene Hueter. No durarían mucho los marcianos, pero quizá sí lo suficiente como para que el Coloso acabara con el Byron y los confederados perdieran su ventaja.
Los tres lanzatorpedos del Duque dispararon, y en el Coloso lo detectaron. Inmediatamente sus baterías de proyectiles de proa y popa comenzaron a seguir la trayectoria de los torpedos para derribarlos. El rayo de taquiones dejó de acosar al Byron y persiguió también a los torpedos inteligentes.
Índigo Kid entró en trance. En un segundo supo que los torpedos nunca alcanzarían su objetivo: el rayo de partículas. Pero unos segundos después intuyó más que supo que si hacían pronto algo más la misión sería un éxito. Salió del modo índigo y llamó a Scotton:
—Disparen otra vez.
—¿No ves que estamos en medio de un combate? ¿Qué quieres?
—Los torpedos van a fallar. Disparen otra vez.
Desde su alta silla Scotton miró a la pequeña Lee en su consola, soltó el aire y preguntó:
—¿Cuánto tardarán en cargar de nuevo los torpedos?
—Ya lo están haciendo, señor —dijo Guilmar.
—Bien, necesito tres mentalistas más. ¡Atención, Sala de Concentración!
En la burbuja de cristalacero sin gravedad donde los mentalistas ejercían sus débiles habilidades telepáticas, tres oficiales se conectaron sus bandas negras y sencillas, sin adornos y aparatos, salvo un cable que las unía a una consola en los asientos reclinables donde estaban instalados. Al mismo tiempo Lee volvió al modo índigo.
En el vacío uno de los torpedos fue alcanzado por al artillero de proa del Coloso; había salido por el tubo inferior del Duque, y el artillero, boca abajo con respecto al torpedo, le había visto enseguida. Los otros dos se habían alejado un tiempo y luego habían girado, poco más podían hacer, y regresado al Coloso.
Justo en el momento en que el primer mentalista se quitaba la banda tras ser abatido su torpedo, era disparada la segunda andanada. Por instinto la mente de Lee tocó uno de los torpedos. Sintió la presencia de algo parecido a si misma allí; era la mente del oficial mentalista que manejaba el torpedo. La jovencita pensó que quizá podía inmiscuirse en ese manejo y tomar control del torpedo, pero sintió miedo y rechazó la idea.
El segundo y el tercer torpedo de la primera andanada estaban ya encima del Coloso. Un ataque combinado del cañón de taquiones y el artillero de popa consiguieron eliminar el segundo proyectil; tuvo que esquivar al artillero para darse de bruces con el rayo. El tercer torpedo estuvo a punto de conseguirlo. El arma de partículas lo detecto en el último instante, justo cuando estaba a unas decenas de metros de su blanco. La explosión hizo tambalearse a los marcianos dentro del Coloso.
Lee no podía saber esto con seguridad, pero sí albergaba la sensación de que no debía contar más con los primeros torpedos. La segunda andanada siguió un camino similar a la primera. Los disparos fueron detectados, pero todo ocurrió mucho más deprisa. En esta ocasión el artillero de proa tuvo el tiempo justo de apuntar y derribar su torpedo. En la burbuja de cristal los mentalistas y sus ayudantes miraban a sus dos compañeros prácticamente tumbados en sus butacas. Uno de ellos parecía nervioso. Si hubiese estado dormido se diría que estaba teniendo una pesadilla.