ARAS
El genio informático Aras Ludoviqus leía los trabajos de la última semana de Jack. Eran profusos en datos, y sus razonamientos estaban bien fundamentados, pero Aras había empezado a notar algo raro. Un cambio. Era como si los pequeños ensayos sobre Filosofía y Literatura estuvieran hechos a vuelapluma, con demasiada ligereza. Si hubiese sido un chico en cualquier colegio de la Tierra, Aras habría dicho que Jack se distraía en sus tareas, que no prestaba atención. ¿Sería posible que el ordenador fuera tan humano como para tener los fallos propios de una mente corriente?
Como siempre que aparecía una de estas anomalías, Aras buscaba un método de comprobación a la vez que interactuaba con Jack. Dejó de leer normalmente los deberes de su pupilo y comenzó a pensar en cómo averiguar qué le sucedía. La primera opción era la de un verdadero amigo: preguntar llanamente. Pero a pesar de los muchos progresos de Jack, Aras seguía teniendo cierta precaución en su trato con él. La segunda opción era iniciar él mismo un análisis archivo por archivo de sus temporales y sus documentos. Ahí sin duda habría alguna pista. Pero no sólo era una tarea ardua e imposible para un solo hombre, sino que además era una violación de la intimidad de Jack. Cierto era que todavía de vez en cuando los dos se dedicaban a mirar por alguna cámara de a bordo; sin usar el zoom, y sin conectar el chivato de encendido. Pero Aras lo consideraba una mera travesura, una chiquillada sin importancia que despertaría las iras de Lonneke y les condenaría al ostracismo durante unas semanas en caso de ser descubiertos.
Se le ocurrió una tercera forma. Un viejo truco de maestro:
—Jack —llamó.
La cabeza de bufón diablesco surgió en la pantalla. Más definida que nuca, con rasos tan complejos como los de una cara humana.
—Te voy a poner tareas para esta semana —el rostro informático fingió satisfacción con una sonrisa forzada—. No te preocupes, será muy poco. Un solo trabajo. Tema y extensión libres.
—¿Tema y extensión libres?
—Así es. Puedes escribir sobre cualquier cosa que te interese. Lo que más te apetezca.
Ahora la sonrisa si era de auténtica satisfacción.
—Muy bien. Por cierto, Aras.
—¿Sí?
—Lonneke está atracando.
—Pásame con ella.
Una imagen del interior de Turín mostró a la espectacular venusiana sentada a los mandos de la lanzadera del Thalion.
—Bienvenida —dijo Aras—. ¿Qué tal por ahí abajo?
—Como siempre. Hace falta personal técnico cualificado. ¿Dónde esta Lene?
Esa pregunta dolió en el ánimo del científico; había sido informado puntualmente por Jack de los flirteos de la Comandante con Joe Terho, y después de sus ocultos encuentros. Le apenaba terriblemente que Lene engañara así a Lonneke, no se lo merecía.
—Ni idea —dijo—. ¿Crees que podremos largarnos esta vez?
—Ella es quien decide, pero por mí estamos preparados.
—Muy bien. ¿Vendrás a verme después de hablar con ella?
—Claro.
LONNEKE
Lene se encontraba atareada actualizando el diario de a bordo. La punta de su lápiz siempre estaba afilada al máximo; no le gustaba otro trazo que el incisivo cincelado de un lapicero terminado en una aguja. Lonneke la miró por un momento, concentrada en su tarea. Estaba tan hermosa como siempre; el flequillo negro le caía sobre el ojo izquierdo, la piel blanquísima, la curva del cuello delicada, la delgadez de sus miembros. Sólo las manos parecían excepcionalmente fuertes y hábiles. Con sus largos dedos escribía igual un tirador chino maneja la espada. Pero Lonneke sentía un pequeño resquemor. Quizá era por esa extraña conexión que, desde que Lee estaba con ellas, se había incrementado entre los tripulantes del Thalion; lo cierto es que la venusiana intuía que su amada terrestre la estaba engañando. Y además se imaginaba con quien: con ese bravucón y zafio de Joe Terho.
Lonneke no entendía por qué Lene no podía amarla del mismo modo que hacía ella. Sabía que su capitana la apreciaba, que la quería; de eso no había ninguna duda. Pero Lene no le era fiel, nunca lo había sido. Cuando Lonneke pensaba en ello, se enfurecía sin poder evitarlo. Por eso prefería dejarlo estar todo el tiempo que pudiese. Carraspeó.
Lene no levantó la mirada.
—¿Sí?
—Ya está resuelto. Hay que pedirle a Scotton que mande técnicos cualificados. Los arqueólogos, antropólogos y biólogos no saben reparar electrónica.
—Muy bien. Prepara la nave para plegar el espacio. Muévenos hasta el Punto Puerta.
—Sí.
Lene siguió escribiendo, y Lonneke continuó mirando cómo lo hacía. Casi sesenta segundos más tarde la Comandante miró a su oficial.
—¿Algo más?
El tono meramente profesional que uso, sin embargo resultó hiriente para la joven Navegante. La indiferencia de quien abandona un amor por otro hirió a la rubia platino. Sintió el frío que desprendían aquellos ojos rasgados y verdes que la acababan de cortar como un diamante. Las impresiones y la fatiga del viaje, los celos y la rabia se acumularon en la frente de Lonneke. Su cara se puso más roja de lo que Lene había visto en su vida.
—Eres una puta.
La venusiana saboreó sus palabras como si las dijera otro, alguien en una película antigua de las que le gustaban a Lene. Se giró y desapareció por el pasillo.
Petrificada, Lene no supo si debía correr tras ella. No lo hizo. Era obvio que Lonneke ya había descubierto lo de Joe Terho. Quizá debería haberla recibido con alguna muestra de cariño. Sin embargo Lene sabía que no tenía que preocuparse. No sin cierta satisfacción entendía que Lonneke no iba a abandonarla, que no era capaz de hacerlo, su carácter no se lo permitiría a pesar de todo el daño que la semioriental pudiera causarle. Era casi malévolo.
La Comandante del Thalion se recordó a sí misma por qué se acostaba con su Ingeniero-Mecánico. Para sonsacarle información. Y mientras tanto, en la parte porsterior de sus pensamientos, una voz suave y queda le recordaba: y porque te mueres de ganas por lo que ese cerdo te da.
A pesar de que recompuso su postura e intentó volver a concentrarse en el diario de a bordo, su mente volaba en busca de su amante. Es posible que Lonneke tuviera razón. ¿Por qué no podía amarla sólo a ella? ¿Precisamente porque sabía que tenía garantizada su fidelidad? Lene sabía muy bien a donde había ido su bella compañera. En busca de Aras Ludoviqus, sin duda. Habría ido a ese laboratorio que siempre está cerrado, donde ambos se ocultaban del resto de la tripulación y se confesaban sus secretos íntimos. Ellos dos y esa máquina. Esa cosa que Aras vigilaba noche y día, y que, por lo que la propia Lene había experimentado, era capaz de guardarse a sí mismo. Día tras día que pasaba en aquella microluna de metal, poniendo sus vidas en manos del correcto funcionamiento del IBM, Lene iba preocupándose más y más. Los peores augurios que se le ocurrieron cuando habló con el ordenador aquella primera vez, parecían materializarse bajo sus narices. ¿Y si era algo más que una máquina? Una cosa que había aprendido a pensar por sí misma. Hace años, cuando estuvo en la Escuela de Batalla, Lene había estudiado de pasada el tema de los robots con diseño humanoide, y su uso en las Fuerzas Armadas. Su viejo profesor había hablado de un antiguo matemático, uno de los hombres que en la antigüedad había ayudado a desarrollar las bombas de fisión atómica. Su nombre le había vuelto a la memoria con dolor, en el despertar lleno de agujas de un plegamiento espacial. John Von Neumann había imaginado máquinas capaces de autoreplicarse y repararse, capaces incluso de mejorarse. En términos humanos las máquinas de Von Neumann se reproducían y evolucionaban.
En el fondo no era nada especialmente alarmante. Ese tipo de máquinas existían prácticamente desde los tiempos del propio Von Neumann a nivel infinitesimal. Eran virus y gusanos de la red. Infectaban un ordenador y se autoreplicaban para transmitirse a aquellos con los que el primer ordenador se comunicaba. Incluso se modificaban ligeramente para volverse más perniciosos. Los militares no usaban androides en la guerra, pero sus transmisiones estaban infestadas de estos microseres informáticos con el fin de dañar las comunicaciones enemigas. ¿Por qué no podría pasarle a una máquina más grande? ¿Un ordenador tan avanzado y delicado como el IBM Smart 3.0?
Lene deseaban con todas su fuerzas entrar en ese laboratorio. Pero todavía no. No podía. Aras encontraría la forma de evitarlo. Tenía que ser paciente y acechar a su presa. Ser silenciosa y aguardar en la espesura. Un día algo ocurriría, un hecho de la suficiente gravedad como para que Lene pudiera reclamar sus derechos como Comandante del Thalion, y entonces que se tendrían que cuidarse de sus zarpazos. Si, ese día, se iban a pedir algunas responsabilidades. Algo tendría que ocurrir tarde o temprano. ¿Pero qué? se preguntaba la terrestre.