LEE
Lee se encontró en el suelo físicamente intacta. Miró a ambos lados. Dos soldados aparecerían por la puerta trasera del edificio del que había saltado en aproximadamente dos minutos. En el jardín se oía una conversación. Lee se concentró como Sunan le había enseñado. Las palabras se aclararon por encima del murmullo continuado en que se había convertido el mundo. Una de las voces no estaba allí, llegaba a través de un comunicador, seguramente un teléfono móvil. La otra era la de Helvar Scotton. El Vicealmirante estaba enfadado:
—Le digo, General, que son todos estúpidos. Esos malditos políticos sólo quieren salvar su propio culo. No lo entienden.
El sexto sentido de Lee le permitió oír la respuesta a través del teléfono.
—Y luego piden resultados….
—¡Exacto! ¿Cuándo aprenderán que es imposible controlar el espacio abierto? ¡Es demasiado grande! Ni contando con una flota de miles de naves que se movieran a la constante. Es una estrategia destinada al fracaso.
—¿Patrullan las rutas comerciales?
—¡Nos han pedido que lo controlemos todo! Ni en el Sector Interior se puede hacer eso. No entienden que sólo podemos asegurar el espacio alrededor de los mundos habitados. Todo lo demás es desperdigar la flota.
—Claro, pero queda muy bien en el Consejo de Seguridad de la OMU. Ya sabe, Vicealmirante: perseguimos a los traficantes de gas por todo el Sistema.
—Usted lo ha dicho. Ese es el problema. No podemos perseguirles. No podemos cubrir tanto terreno. Es una mera postura vacía. Habría que centrarse en proteger las órbitas de los mundos. Ahora mismo somos un colador….
—¿Y qué dice su amiga Visq?
Scotton rió irónicamente.
—Es presa de su propio juego político. Le digo, General, que es imposible actuar decisivamente con esta ingerencia...
Lee abandonó la conversación de Scotton. El viejo y valeroso militar nunca entendería las sutilezas de la política. La joven marine pasó entonces a visualizar la situación de su superior. Se encontraba en uno de los paseos secundarios del gran jardín trasero del complejo. Era largo y estrecho, corría paralelo al paseo central, ancho como una avenida y estaba adornado con arbustos de hoja perenne y latifoliada. A medida que se concentraba, su relajación se hacía mayor y nuevas sensaciones acudían a su mente. Sintió los abedules y alisos, los alerces y abetos que se alzaban en los jardines. Olió el tomillo y acarició el agracejo. Su percepción se expandía en todas direcciones. Era más de lo que se sentía capaz de conseguir. De pronto las palabras de Scotton dejaron de ser sólo sonidos para convertirse en pensamiento. Su consciencia comenzó a deslizarle por las ondas de telefonía sin hilos, notó el impulso de crecimiento y la búsqueda de energía solar en las plantas. Y se asustó. Estaba yendo más allá de lo que su cerebro le permitía. Su concentración se rompió y el mundo volvió a la normalidad.
Se puso de pie y respiró hondo. El aire estaba helado. El delgado mono de entrenamiento no la protegía del invierno de Europa Oriental. Cruzó los brazos sobre el pecho.
A sus espaldas sonaron unas voces Los dos soldados que iban a salir por la puerta trasera ya estaban allí. Se había entretenido demasiado. Los dos hombres la vieron y dudaron. Lee comenzó a caminar hacia ellos. Entonces la señalaron.
—¿Qué hace aquí fuera, señorita? —preguntó uno de ellos.
Lee no contestó. Ya estaba cerca de los soldados. Ellos debieron intuir que algo no iba bien porque pusieron sus manos en la culata de sus armas. Pero ya era tarde. Lee entró en modo Índigo Supo de inmediato que ninguno quería dispararle, Pero el más veterano iba a sacar el arma. Lee corrió y llegó a él justo cuando la pistola salía de la funda. No fue difícil quitársela. La antigua pirata apuntó al otro soldado que todavía estaba armado.
—¡Alto! —le dijo—. No me obligues a hacerte daño, por favor.
El hombre trocó su gesto de firmeza en una mueca se desesperación. Lee se le había olvidado abandonar su Percepción Índigo antes de hablar. Nunca debía hablar mientras estaba en Índigo. El soldado había sentido las palabras más allá de sus receptores auditivos, dentro de su misma cabeza. Una orden gentil, pero una orden al fin y al cabo, que pretendía obligar a la mente de aquel hombre a hacer algo que no quería. De ahí la súbita reacción. El soldado se llevó las manos a la cabeza como si le doliera. Y Lee, alarmada, volvió a la percepción común.
—¿Qué le ha hecho? —dijo el militar desarmado.
—No es nada, ha sido sin querer. Se le pasará enseguida.
—Su voz... —dijo el otro—. Estaba dentro de mí...
—Vamos —dijo Lee—. Esto no es necesario. Lo único que quiero es salir de aquí. Me largo y vais a ayudarme.
Minutos después Lee caminaba por el paseo central del jardín trasero vestida de soldado raso. Se había puesto unas gafas de sol y recogido la larga melena bajo la gorra de militar. Nadie parecía fijarse en ella. El soldado más veterano de los dos que la habían descubierto caminaba a su lado. Muy firme, quizá demasiado.
—Eh, relájate —susurró la chica—, voy a pensar que lo estás haciendo a propósito.
El hombre bajó la cabeza un poco y Lee se conformó con eso. El improvisado plan estaba saliendo a las mil maravillas. Siempre había sido afortunada con este tipo de situaciones. De hecho casi estaba disfrutando del paseo. Los puestos de control de salida estaban unos cuarenta metros más allá. Esa confianza fue fatal. Lee, un poco preocupada por lo que le había hecho al otro soldado, había renunciado a usar la Percepción Índigo salvo que fuera estrictamente necesario. Si lo hubiera hecho habría sentido los distintos sensores de identificación que medían las facciones de todos los que pasaban por allí y obtenían imágenes holográficas de sus retinas. Una alarma silenciosa se puso en marcha. Uno de los sujetos que avanzaba por el paseo central trasero tenía prohibida la salida al exterior del complejo. Unos guardias se adelantaron discretamente. Otros se reunieron detrás de la pareja. Cuando Lee vio los que se congregaban delante temió lo peor. Podía hacer varias cosas, todas en modo Índigo, pero habría que utilizar la fuerza. Poco a poco dejó de caminar. Un oficial se acercó y dijo:
—Sabe que no puede estar aquí, teniente. Por favor, no me obligue a arrestarla. No podrá escapar.
Si hubiera podido, pero no quería luchar contra ellos. Toda la presión acumulada cayó sobre ella: Las dos semanas de entrenamientos y pruebas exhaustivas, la amenaza de que su mal comportamiento afectara a sus nuevas amigas, la desesperación de estar encerrada, la inmadurez de una chiquilla de diecisiete años... Todo a la vez. En lugar de entrar en Índigo y saltar por encima de los guardias, se puso a llorar. De pie, ocultando su cara detrás de una mano. Pero las lágrimas eran bien visibles para todos los militares que se le habían acercado, que la cercaban.
Eleonora Visq vio esto desde una alta ventana del edificio Sunan Dipak estaba detrás de ella. Los médicos y científicos no habían dejado todavía de quejarse. La expresión de la Almirante era grave pero altiva. El lama cerraba los ojos, se diría que era capaz de saber lo que pasaba sin tener que verlo.
Abajo, el soldado secuestrado por Lee se apartó de ella rápidamente. Mientras algunos se interesaban por su estado y él les hablaba del otro hombre, atado y amordazado en una esquina detrás de la puerta trasera, otros, especialmente el oficial que se había dirigido a ella, seguían mirando a Lee y no sabían qué hacer. No se atrevían a tocarla ni a detenerla. De pronto apareció Helvar Scotton.
—¿Qué está pasando aquí? ¿A qué viene este jaleo?
Todavía llevaba el teléfono en la mano. El oficial que había hablado le informó.
—No lo sé, señor. La teniente, nos ordenaron detenerla, pero no sabemos que le ocurre.
En ese momento Scotton se percató de la presencia y estado de Lee. Habló como para sí mismo:
—¿Qué es esto?
Y luego añadió con voz recia:
—¡Deje de llorar, Teniente! ¿Dónde cojones se ha creído que está?