LONNEKE
El sargento de marines hizo un alto levantando el puño cerrado. Todo el maldito desierto parecía tranquilo. No se movía ni un alma, el único sonido era el del viento sobre el seco terreno. ¿Qué podía haber visto? Lonneke no dejaba de sorprenderse ante la habilidad de los soldados confederados. A veces le parecía incluso que eran un poco como Lee, que se adelantaban a lo que iba a suceder. Pobre Lee, encerrada estas dos semanas en ese horrible centro experimental de la Tierra. En el cuartel general de la Confederación de Mundos.
Claro que allí, en Exotierra, era peor. Los bichos estaban por todas partes. Sin embargo, los satélites instalados por el Thalion apenas captaban su actividad en el planeta. Era como si todos hubiesen corrido para estar cerca de los humanos. Eso hizo a Lonneke recordar que debía extraer de su funda y amartillar la Steyr M-B87 que el sargento de marines le había dado. Era un buen arma, con poco retroceso, escasos peso y tamaño, y que usaba balas perforantes de acero; muy adecuadas para tratar con los insectoides. Los otros, cuatro infantes más su sargento, portaban rifles de asalto Kinetics SAR 222 con mira de punto tricolor; un sistema que combinaba captación del movimiento (punto azul) búsqueda sónar (punto verde) y la clásica guía láser (punto rojo) El sónar focalizado a corta distancia era un elemento de reciente invención. En la jerga militar se lo conocía por el curioso sobrenombre de el murciélago. Se usaba para el combate submarino en los mundos del Sector Exterior, o para guiar tropas en lugares donde una luz podía ser comprometedora.
En principio lo había usado el primer equipo de marines llegado a Exotierra en las vigilancias nocturnas. Pero pronto se dieron cuenta de que los ultrasonidos producían tanto dolor en un bicho como los propios disparos. Fue una suerte, pues la Confederación se evitó enviar armas de rayos, caras y grandes, a Exotierra; y las sustituyó por fusiles adecuados para la lucha en altas gravedades. Los soldados, en numerosas ocasiones, no desperdiciaban ni una cartucho, simplemente rociaban el área donde suponían que estaban los insectoides con señales de sus murciélagos. Y estos salían de la arena retorciéndose y chillando horriblemente hasta morir.
Lonneke también llevaba una mira de triple punto en su Steyr, pero prefería no tener que dispararle a nada. Lo que realmente le hubiera gustado en ese momento habría sido estar allá arriba, en el cielo de aquel seco e inhóspito planeta, en el Thalion con Lene. Pero algo le había ocurrido a uno de los receptores de señales satélite en Nueva Zimbabwe, el asentamiento humano en las ruinas que el fallecido Doctor Long había descubierto, y ella había tenido que bajar allí para comprobar la navegación y orientación de los satélites, ya que entre los científicos que habían sido trasladados al planeta hasta el momento no se contaba ningún experto en navegación espacial.
No le gustaba nada dejar a Lene a solas en la gran astronave con Aras y menos aún con Joe Terho. Pero no había más remedio.
La pista de aterrizaje de la lanzadera del Thalion, ahora bautizada como Turin, el hijo de Húrin Thalion en la literatura de Tolkien, estaba a unos cuatrocientos metros del comienzo de la sinuosa subida a la ciudad en ruinas, y había que atravesarlos con escolta.
El sargento de marines observó la mira de su fusil de asalto, señaló un punto con dos dedos e hizo una señal al hombre más próximo como si se cortara el cuello. El soldado enfocó allí su mira ultrasónica y tres insectoides aparecieron saltando de sus madrigueras en la tierra helada. Los otros marines enfocaron allí sus armas y dos de los bichos apenas pudieron hacer otra cosa que retorcerse y agonizar. Tardaban unos minutos en morir. Pero el tercero echó a correr con la velocidad de un auténtico insecto y se lanzó sobre Lonneke.
Los marines cercanos a su líder no pudieron hacer nada. El sargento se giró para apuntar, pero el bicho estaba justo delante de la bellísima venusiana. Sólo quedaba un infante, el que actuaba como escolta directa de Lonneke. Éste iba normalmente detrás de ella, se trataba del mismo chico joven, casi imberbe, que la había acompañado en sus visitas anteriores. Apenas hablaba y ponía gran cuidado en no tocar nunca a la Navegante. Los marines de la Confederación eran ante todo disciplina. Puede que en una taberna le hubiesen hecho proposiciones a la hermosa nativa de Venus, pero no aquí. Se contaban historias de peleas memorables en determinados locales.
De todas formas Lonneke no podía esperar a ver que hacía su guardaespaldas. El bicho había saltado sobre ella, si la alcanzaba con sus mandíbulas de dientes planos como cuchillas le haría un agujero en el pecho. Con rapidez levantó la Steyr, hizo lo que pudo por apuntar y falló tres disparos. Por fortuna el marine que la escoltaba tenía más aplomo y cazó al monstruo habitante del vacío en pleno vuelo. Una ráfaga lo hizo retroceder tres metros. No se movió más.
La chica del pelo plateado se llevó la mano al pecho en el lugar donde el bicho habría impactado contra ella, y respiró agitadamente.
—¿Se encuentra bien? —preguntó el jovencísimo infante de marina.
Lonneke no pudo articular palabra, pero consiguió asentir.
Se reanudó la marcha. Comenzaron a subir por el curvilíneo camino amurallado que llevaba a las ruinas donde la anterior tripulación del Thalion fue infestada con los huevos de los insectoides. Muchas cosas habían pasado desde entonces. Lonneke recordó de nuevo la noche de presentación del Thalion.
Los rayos láser se alzaban a gran altura. Había muchísima gente en perpetuo movimiento. Políticos, militares, periodistas, sobre todo periodistas; con sus cámaras holográficas y sus micrófonos direccionales. Un funcionario iba llevando de aquí a allá a la tripulación de la astronave. Les presentaron a muchas personas: políticos sobre todo. Incluido el Secretario General de la Organización de Mundos Unidos, un brasileño de color llamado Esteban Assunçao. Lonneke quedó especialmente impresionada por el porte marcial de la Comandante en Jefe de Fuerzas Militares en Tierra de la Confederación Terrestre; una pelirroja llamada Elke Teagle. Le pareció muy bonita, pero aun así no podía quitar los ojos de Lene.
Los habían vestido a todos con unos llamativos uniformes de gala al estilo de la Confederación, donde las partes grises, que se cruzaban en el pecho, habían sido sustituidas por brillantes telas plateadas. Lee iba de negro y cuero, en la vieja tradición de los marines espaciales, y por una vez no le había hecho ningún arreglo a su uniforme.
Se hallaban en el módulo giratorio de la Plataforma Espacial Amistad. El gigantesco Thalion podía observarse a través de una ventana panorámica. Delante del vano habían puesto un pequeño escenario tapizado de rojo con sillas y un atril con micrófono. Lene, Lonneke, Lee, Aras y Joe permanecieron sentados mientras Assunçao les presentaba; y de pie mientras Eleonora Visq hacía su discurso:
—Señor Secretario General, señores presidentes, miembros de la prensa, señoras y señores; como Jefa del Estado mayor de la Confederación de Mundos tengo el placer de presentarles la primera nave interestelar creada por el hombre.
Se oyeron murmullos persistentes.
—... el viaje entre las más lejanas estrellas ha sido desde antaño una aspiración del ser humano. Su consecución no ha sido fácil. Quiero asegurar a los mundos del Sistema Solar, aquí y ahora que, a pesar de que el navío Thalion fue construido en secreto por terroristas marcianos, tanto su diseño y planificación, como sus costes fueron asumidos por la Confederación. Quiero de este modo desmentir los rumores que aseguraban que ésta era una nave secuestrada. En todo caso es una nave recuperada y puesta al servicio de una causa noble. Anuncio de este modo, que el Thalion dedicará sus esfuerzos a la búsqueda de mundos inexplorados y fértiles para la vida humana, y sólo se usarán en la guerra en caso de grave conflicto.
De nuevo los periodistas hicieron comentarios que la JEM se apresuró a acallar.
—... voy a ser muy breve. Luego podrán hacer las preguntas que deseen. Ahora voy a presentarles a la tripulación. Puedo asegurarles que son un grupo perfectamente adiestrado y que han prestado servicios de gran valor a la Confederación, incluido el propio rescate del Thalion.
Los tripulantes se pusieron en pie. Los flashes de las cámaras cegaron por unos instantes a Lonneke, que apenas pudo mantener la sonrisa.
—...la Capitana, Lene Shinh, con casi quince años de experiencia en viajes espaciales que ha sido reincorporada al servicio activo en las Fuerzas Armadas con el grado de Comandante. La Navegante, Lonneke Sivilay, graduada en la Escuela de Navegación Espacial de Nueva Egea. Su misión es la más importante, ya que no solamente debe trazar los rumbos del nuevo bajel, sino también cartografiar el espacio que explore.
El rumor de la belleza de Lonneke ya había llegado a todos los mundos del Sistema, y los fotógrafos se cebaron especialmente en ella. A la joven venusiana no le gustó nada ser el centro de atención. La cosa fue bien distinta con Lee:
—...Lee Zalduendo —la JEM carraspeó, incómoda por el discursito propagandístico que estaba a punto de soltar—, ya conocen a la famosa ex-pirata espacial Índigo Kid. Su intervención fue decisiva a la hora de recuperar el Thalion. Eso le ha valido el indulto completo y su incorporación al Cuerpo de Infantería de Marina de la CM con el grado de Teniente.
Fue la culminación de la noche. Los periodistas de abalanzaron contra el pequeño escenario. La luz de la sala palideció ante la de las cámaras. Pero Lee, al contrario que Lonneke, no dejó de sonreír, miró a todas las cámaras que pudo frente a frente y adoptó algunas poses militares un tanto exageradas. Algunos periodistas lanzaron al aire sus preguntas, casi todas relacionadas con la reciente irrupción en la Internet de unos vídeos en los que se veían a la nueva teniente de marines bailando de forma erótica en un famoso club de Venusburgo.
—...aras Ludovicus, Licenciado en Física Cuántica por el MIT, Licenciado en Informática por la Universidad de Copenhague. Trabaja actualmente en el proyecto de Inteligencia Cuántica del Instituto Max Planck en Alemania. Contribuyó a la propia construcción del navío a través del diseño del ordenador cuántico IBM Smart 3.0. Su función a bordo será el manejo y cuidado de dicho instrumento sin el cual el viaje interestelar sería imposible.
El interés por los miembros masculinos de la tripulación fue mucho menor, y cuando Aras levanto una mano para saludar, el murmullo se apagó, lo que le hizo sentirse algo ridículo.
—... Joe Terho, Ingeniero Aeroespacial por la Universidad de Yale, Ingeniero Industrial por la Universidad de Valle Marineris. Participó brevemente en la construcción de prototipo del Thalion luego copiado por terroristas y es quien mejor conoce sus particularidades. Se encargará de su mantenimiento en todos los aspectos no relacionados con el superordenador cuántico de a bordo.
»Eso es todo. Ahora el profesor Ludoviqus les pondrá al tanto del funcionamiento del Motor de Incremento de Masa y de las funciones del ordenador IBM Smart 3.0.
Los periodistas volvieron a arremolinarse frente al estrado con su cháchara ensordecedora. Lonneke se sintió algo atemorizada y estuvo a punto de darle a mano a Lene. Aras se detuvo ante el atril y pasó un rato antes de que pudiera comenzar a hablar.
Pero todo el lujo y la fama estaban ya muy lejos. Era el tercer viaje en dos semanas a Exotierra. Habían trasladado allí a unos cien técnicos y científicos y el mismo número de marines, aparte de alimentos, material de construcción, de investigación y de vigilancia. El revuelo había sido enorme cuando se publicaron los objetivos de la misión del Thalion, mayor incluso que el día de su presentación. Lonneke podía imaginarse que la Internet estaría en aquellos mismos instantes echando chispas con el caudal de información equívoca e interesada que miles de grupos de las más distintas tendencias estarían vertiendo sobre Exotierra y los exohumanos.
Sin embargo en Nueva Zimbabwe todo era silencio y paz. Los atareados astroarqueólogos iban y venían en silencio o charlando en conversaciones privadas. En la casa prefabricada que se había destinado a proveeduría y cantina se oían algunas voces de soldados jugando a las cartas. Eso era todo. Lonneke volvió a ver las ciclópeas obras de mampostería alienígena que ya no le asombraban, ni siquiera el edificio cónico que habían bautizado como la Sala de los Hombres Voladores.
El capitán Achille Nikolic, jefe militar del campamento, se acercó al verla e hizo el saludo militar.
—Señorita Sivilay, como siempre es un placer tenerla en nuestro humilde recinto. ¿Qué la ha traído hoy hasta aquí abajo?
La primera vez que el guapo capitán se había inclinado para besarle la mano Lonneke había sonreído ante la anticuada muestra de cortesía. Hoy apenas le resultó un trámite molesto.
—Se les ha vuelto a averiar la antena de recepción del satélite de Navegación. Tendré que volver a orientarla. Deberían ustedes solicitar el traslado de un técnico experto, así yo no tendría que pasarme las tardes como en un ascensor.
El capitán de pelo moreno y ensortijado esbozó su más reluciente sonrisa.
—¿Y privarnos de sus gratificantes visitas? Nunca, o no soy soldado.
Volvió a besar la blanca mano venusiana. Lonneke suspiró y volvió a desear estar en órbita, junto a su amada Lene.