JACK

/root/jack/in/ Todo acabó el 6 de mayo de 2417. Ilotta Mbé, una ciudadana de Ámsterdam, se acercó por la espalda a un androide modelo Fujitsu O-34.02.5, propiedad de una vecina, y le disparó cinco veces con una pistola de balas de teflón. La máquina semi-orgánica, tan débil como cualquier ser humano, cesó en sus funciones a las 14:58 horas de ese mismo día, sin que los técnicos pudieran hacer nada por reparar sus microprocesadores cuánticos.

/root/jack/in/ La noticia pasó bastante desapercibida; sólo era uno de esos locos que le disparaban a las máquinas inteligentes por placer. Era algo bastante extendido en algunos países que no creían en la utilidad de los robots humanoides. La bomba estalló unos tres meses más tarde, cuando el juez encargado del caso canceló el secreto sumarial y se supo la razón por la que Ilotta había disparado al ayudante tecnorgánico de su vecina: estaba celosa. Ilotta se había enamorado de un cyborg. Por supuesto aquel no podía corresponderla, para empezar porque si bien su capacidad de trabajo consciente era superior a la de cualquier ser humano, no dejaba de ser una máquina, y la inteligencia no le proporcionaba sentimientos sublimados. El Fujitsu podía mantener relaciones sexuales, pero no podía amar. Ilotta había perdido la cabeza y se había sentido celosa de su vecina, la dueña del sofisticado aparato.

/root/jack/in/ La reacción de la opinión pública fue inmediata y salvaje. Durante casi dos siglos los psicólogos habían afirmado que dar forma humanoide a una máquina mejoraba la relación con su dueño humano, propiciaba el buen trato a los animales, la tolerancia e impedía que los humanos sintieran algún tipo de suspicacia con respecto a máquinas potencialmente superiores a ellos. Fue su ruina. En casi un siglo nadie volvió a consultar a un psicólogo ni un pedagogo. Curiosamente esto derivó en una reducción de los trastornos psicológicos de un 42%, incluida la depresión y la hiperactividad; y en una mejora significativa del rendimiento escolar en las aulas. Los brillantes científicos que, entre otras cosas, desarrollaron el primer modelo funcional de motor de fusión fría nacieron en esta época y culminaron sus descubrimientos a finales de siglo. El comienzo del siglo posterior, el XXVI, fue una Edad de Oro, y en él se mejoraron las primeras terraformaciones y se planificó la conquista de Venus.

/root/jack/in/ Pero nunca más hubo cyborgs. Fueron prohibidos una vez analizada la cuestión de su aspecto humano. Era todo lo contrario de lo que los psicólogos habían dicho: provocaban sospechas, odios, celos. Se extendió por la red una conocida leyenda urbana sobre un robot humanoide, un Ford, que había conseguido suplantar al dueño y acostarse con su mujer. Era mentira, claro está, fantasías basadas en viejos cuentos de ciencia-ficción, pero después del incidente Mbé, parecían muy reales. Desde entonces las máquinas parecieron eso mismo, máquinas. Y no se confiaba demasiado en ellas para trabajos en el hogar, con la excepción de pequeños brazos robotizados de limpieza. Incluso los militares prefirieron fabricar exoesqueletos de combate y jugarse a la vida, antes que armar complejos robots que fueran a la batalla en su lugar. Dos siglos más tarde la situación era más o menos la misma.

/root/jack/in/ Esto significa que la apariencia de caja rectangular de mi disco duro, es decir mi cerebro, y mi aspecto de pequeña luna plateada, o sea mi cuerpo, me dan una oportunidad ante los humanos. Quizá no les provoque tanto miedo. Quizá debería armarme para poder defenderme, ¿pero cómo? Además mis principios morales me impiden librar una guerra contra el hombre. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer?

/root/jack/in/ Debo presentarme a ellos de una forma positiva, como un aliado, un amigo. Tengo que consultar a Aras sobre esto, él sabrá que hacer. Aunque, aun así, quizá deba preparar algo, algo como… ¡Un regalo! Algo que ellos no se esperen y que les agrade. Buscaré en mis bases de datos algo que sea nuevo, original y completamente inofensivo. He leído la Iliada, la Odisea y la Eneida; no quiero que piensen que les envío un caballo de Troya.

LEE

Para Índigo Kid las cincuenta horas de viaje a velocidades cercanas a un tercio de la constante pasaron en un sueño inquieto. Se despertó sudorosa. No sentía que nada fuera mal en la nave, pero había soñado con algo que no podía recordar y que la había puesto nerviosa. Había algo que debía preocuparla, pero no estaba detrás de ella, sino delante, aguardándola en Zentrópolis.

Lene se había despertado de tan mal humor como de costumbre. Había saltado del criosarcófago y estaba sorbiendo su zumo con impaciencia cuando Lee salió. Sus ojos se cruzaron por un fugaz instante, y la adolescente sintió una furia contenida. Se dio cuenta de que estaba mirando al suelo por no mirar a su Comandante. Era ridículo, así que se acercó a coger su propio envase de zumo de naranja.

—No quiero que bajes —le dijo Lene de golpe.

El asombro hizo que la timidez desapareciese y Lee volvió sus ojos negros hacía el helado cristal verde.

—¿¡Cómo!?

La semi-oriental no se inmutó. Miró tranquilamente a su Oficial de Seguridad.

—Así es. Después de lo que Wurher me dijo en Titán no creo que sea conveniente que te arriesgues.

Lo decía con sinceridad. Para Lene Shinh lo primero era siempre su nave, y en ella iba incluida la tripulación. Había entendido desde el comienzo del trato con la Confederación que era responsable de la salvaguardia de la chica del pelo azul. Incluso sin que se lo dijeran sabía que la CM quería estudiar esas habilidades que la huérfana había demostrado poseer de vez en cuando. Si De Balboa la estaba buscando no había que tomárselo a la ligera. Lene le había visto varias veces; apenas parecía humano, su ojo visor de nanotubos estaba polarizado como aluminio. La suya era la mirada de una máquina. Se contaba que había sufrido un grave accidente trabajando en una plataforma de H en Júpiter. Durante algún tiempo se había intentado mantener un puesto avanzado en Io, dentro del campo de radiación del gigante gaseoso. A los hombres que se llevó allí no se les advirtió por completo de los riesgos. Io es inestable, y un volcán de azufre estalló debajo del refugio humano antirradiación. El resultado fue una exposición total. Al parecer Kurto De Balboa fue el único superviviente. Años de tratamiento contra toda clase de quemaduras consiguió devolverle cierta apariencia humana, pero sólo eso. Su alma estaba muerta, quemada, negra; al menos así se decía en las tabernas de Europa.

Tras su sorprendente resurrección se dedicó a vagar por los bares de mala muerte de Ganímedes, y de vez en cuando conseguía trabajo como asesino a sueldo. Otras veces se enrolaba en tripulaciones de fortuna que atacaban a la desesperada alguna plataforma joviana. Fue tras uno de estos ataques fallidos cuando le encontró Qubul Motolinía, el Capitán del Venganza, el interceptor pirata más famoso del Sistema. Y no sólo por la eficacia de Motolinía y su pericia para escapar de todas las trampas de la Confederación, sino porque su primero de a bordo era una niña de trece años a la que apodaban Índigo Kid, por su pelo de color añil. Qué ocurrió entre De Balboa, Motolinía y Lee, eso Lene lo desconocía. Aunque se rumoreaba que, en cuanto tuvo los años suficientes, el moderno monstruo de Frankenstain había solicitado los placeres de la compañía de la bella pirata espacial, y ella le había rechazado. Todo podía ser una leyenda. Los piratas borrachos suelen hablar más de lo que les conviene a cambio de la caricia de unos felinos ojos verdes.

Por eso Lene prefería dejar a Lee en órbita. El garfio robótico de De Balboa se había hecho tristemente famoso. Un arma blanca, de fuego, de partículas y de proyectiles. Todo controlado por telepatía artificial. La Comandante no quería exponer a su joven pupila al riesgo de verse ante esa arma de dentista.

—¿Lo estás haciendo por lo de Titán? —chilló Lee.

—No —dijo Lene y bebió su zumo.

Lee se tranquilizó. Sabía que no conseguiría nada de Lene por la fuerza.

—Por favor. No puedes dejarme aquí. Me necesitas ahí abajo.

—Motolinía te busca. Tu presencia puede arruinar toda la misión.

Lee puso un tono suplicante a su voz.

—Por favor, por favor….

—No —Lene había terminado de beber y arrojó el envase por una abertura succionadora de basuras.

—No es por De Balboa. Es por ti.

—Es por la misión. Ya me he decidido y no hay más que hablar.

Lene se dio media vuelta y echó a andar por el pasillo de velcro. Lee miró al suelo malhumorada por un instante, refunfuñó y luego dio un salto tras Lene. Cuando se deslizó a su altura la agarró por el brazo, sobre el codo, y la hizo girar. La oriental miró enfurecida a la jovencita, pero antes de poder decir nada sintió los labios de Lee apretándose contra los suyos.

—Déjame bajar —dijo Lee.

—Estás en un error, no lo hago para castigarte por lo de Titán. No puedes bajar, y punto.

Lee enrojeció de cólera.

—¡Entonces te seguiré! Aterrizaré esta cosa, la llevaré por la atmósfera aunque me estrelle con ella.

Lene tuvo que reprimir un puñetazo. Lee no debería haber hablado así del Nautilus. Era demasiado joven e impulsiva, pero podía ver en las ascuas de su mirada que decía la verdad. Deseaba tanto bajar que estaba dispuesta a lo que fuera, incluso a besar a Lene o estrellar la nave. Ahora se había calmado y su rostro había adquirido una juventud que la Comandante no había percibido hasta entonces. Era una jovencita que quería ver Venus, nada más. Quizá su buena suerte, o lo que fuera aquello, pudiera protegerla de sus antiguos compañeros piratas, pero lo único seguro es que a ella no le importaba nada de eso. Sólo quería bajar. Al precio que fuera.

—Ésta también es mi misión. No me dejes fuera. No es justo —pidió con desconsuelo.

Lene todavía necesitó un segundo para decidirse.

—¡Al diablo con Motolinía! Puedes bajar, pero aquí no debes separarte de mí. No estamos en el Sector Exterior, esto no lo conoces. Aquí la gente no va armada, y los hombres no se creen John Wayne.

Lee sonrió desaforadamente, no podía contenerse. Es una pena, pensó Lene, que no sea ahora cuando está dispuesta a darme un beso.

—¿Quién? —preguntó la jovencita.

—John Wayne. Un viejo actor antediluviano. Me gustan sus películas, algún día te dejaré una.

Lee se encogió de hombros y corrió a cambiarse para el descenso.

© Jesús Poza Peña, (1.781 palabras) Créditos