LONNEKE
—Prométeme que tendrás cuidado —dijo Lonneke.
—Sabes que sí —le contestó su amada.
Lene estaba preparando sus cosas. Llenaba la última bolsa de mano con ropa para transportarla al Nautilus. Realizarían su viaje al Sector Exterior en la vieja corbeta. Lene era bien conocida en la zona, y la aparición de su nave no debía representar, en principio, alarma alguna para los traficantes de Hidrógeno.
—No te arriesgues, Lene, esta es una guerra estúpida y que no nos incumbe.
La Comandante se giró aceleradamente.
—¿Qué no nos incumbe? Le incumbe a todo el mundo. Ese Rubirak es un loco, cree que los marcianos son superiores al resto de los humanos. Cree que son una nueva raza. Quiso infestar la Tierra con los bichos.
Lonneke, que permanecía sentada en una silla, se levantó. Su rápido parloteo sirvió para calmar la ira que veía surgir del interior de Lene:
—Lo sé, lo sé. Me refería, quería decir... A nuestro amor. No le incumbe a nuestro amor. Quiero decir que nuestro amor es más importante que las razas o los mundos.
Lene la miró con compasión. Era la criatura más hermosa que había visto. Todos los marines, marinos, oficiales y técnicos que la habían visto en Amistad, habían perdido el corazón al instante. Lonneke recibía constantemente cartas de amor, correos electrónicos de amor, mensajes de telefonía de amor y toda clase de regalos; desde los clásicos bombones o las flores, hasta sortijas y diamantes naturales de los altos oficiales. Pero Lonneke no abría las cartas ni los mensajes, y devolvía los regalos; era de Lene, sólo la amaba a ella, sólo le pertenecía a ella. Eso hacía sentir muy afortunada a la terrestre, pero se daba cuenta de que debería sentir algo más, algo más profundo y sincero. Sin embargo estaba deseando iniciar el viaje con Lee. Aunque la belleza de la venusiana eclipsaba todo lo que tenía alrededor, Lee era muy especial y tan joven que Lene no podía resistirse. En algún lugar acallado de su conciencia se arrepentía de su infidelidad, pero aquella misma noche, mientras hacía el amor a Lonneke había imaginado la tersura de la piel de diecisiete años, la frescura de besar unos labios nuevos, la alegría de enseñarle como era el amor entre dos mujeres y la pequeña gloria de que a aquella hermosa joven no la iniciaría un hombre, sino ella misma.
—Lucharé contra todos esos marcianos locos para que siga existiendo nuestro amor.
Lonneke se quedó un segundo como pasmada. Esa frase podría haberla dirigido Lene a cualquier mujer, entregada como estaba a sus pensamientos, pero Lonneke no dudó de que se refiriera exclusivamente a ella ni un instante. Se acercó lentamente, con una expresión en el rostro que habría derretido de amor a un australopitecus, y besó a la única criatura que había amado o podría amar jamás.
LEE
Helvar Scotton manejaba las armas con la soltura de un amante experimentado en la ciencia del cuerpo del objeto de su amor. En el Sector Exterior el retroceso de un arma de fuego te podía dar un buen susto, por eso el alto, casi un metro noventa, militar mostraba ahora a su alumna de pelo azul el funcionamiento de los modelos Winchester de baja velocidad.
—El modelo 2705 sólo dispara dardos. La masa es tan pequeña que apenas necesita que se le imprima fuerza. La justa para llegar al enemigo y clavarse en la piel. Por supuesto su uso sobre armaduras es inútil. No podrán atravesar nada más duro que el cuero corriente. Su carga eléctrica paralizará y atontará al objetivo durante 42 segundos.
Lee no sabía por qué le miraba extasiada, ni por qué de pronto le interesaban las armas de fuego. Ella no las había necesitado jamás.
—Ésta es la escopeta de postas Firecat. Su uso es el corriente, pero asegúrese de estar sujeta al disparar o saldrá despedida. Ni se le ocurra usarla en gravedad cero.
El paternalismo de Scotton hirió a Lee. ¿Qué se creía éste? Ella había viajado con los piratas más sanguinarios del Sistema. Por supuesto que no iba a disparar un arma con retroceso en el espacio. De hecho no tenía ni la más mínima intención de utilizarla.
—Ésta es la joya de la corona. Hemos imitado el sistema de rayos de taquiones marciano. Acaba de empezar la producción en serie. De hecho el Nautilus está equipado ahora con un cañón de este tipo. Estos rifles portátiles... Hay uno para Shinh y otro para usted, pueden perforar el blindaje de una nave con suficiente tiempo de exposición. Lleve cuidado.
Lee no puedo menos que sonreírse.
—Bien —dijo Scotton—, ¿alguna duda? ¿Por qué sonríe?
Lee no supo qué contestar.
—Por nada.
Scotton pareció relajarse y también sonrió. Sus dientes eran de una rectitud y blancura deslumbrantes.
—Considera usted que no necesita armas de fuego.
No era una pregunta. Lee no contestó.
—Conozco la leyenda. Índigo Kid no usa armas, excepto sus cuchillos arrojadizos. Su boomerang.
Lee se levantó. Sus movimientos eran felinos, de hecho sintió que sus caderas se desplazaban demasiado de un lado a otro. ¿Pero qué estoy haciendo? pensó. Sin decir palabra abrió su cajón de la armería. En él, perfectamente encajados en espuma estaba su pequeño arsenal: seis dagas arrojadizas de quince centímetros de acero con filo de titanio, ocho shuriken de cuatro puntas y dos boomerangs de madera. Scotton cogió una de las estrellas. Sus cuatro brazos estaban bastante elaborados, sólo tenían un filo curvado por un lado, como los sables.
—Muy interesante. Nuestros marines también usan cuchillos arrojadizos en combate de microgravedad. ¿Son efectivos?
—¿Los shuriken? —la chica del pelo azul volvió a sentarse.
Scotton afirmó con la cabeza.
—Son armas defensivas. Una distracción, un medio de bloquear un rayo láser o cegar al adversario.
—Deduzco que por eso sus estrellas sólo tienen un filo.
—Así es.
Scotton siguió admirando las armas. Empuñó uno de los boomerangs con evidente maestría. Luego sacó uno de los cuchillos. Eran negros, con un pequeño filo. Lee debía confiar mucho en su capacidad con aquellas armas para usarlas de esa longitud, se quedaría corta con la mitad de las armaduras corporales, por no hablar de aquellas hechas a base de polímero de tela de araña. En esas rebotarían. Scotton ignoraba que cada vez que había tenido que usar sus cuchillos Lee había acertado en alguna parte desprotegida o descubierta. Era capaz de visionarla un segundo, menos que eso, y luego acertar. Pero el vicealmirante pensó que era un armamento escaso para la misión que iban a llevar a cabo, y se le ocurrió algo. Sí, tendría que avisar a la Tierra, pero aún faltaban horas. Podría conseguirlo a tiempo.
Se volvió para anunciar su marcha a la Oficial de Seguridad y la sorprendió mirándole como recelosa. Los ojos de Lee registraba los movimientos, la pose y la firmeza del militar. Lo estaba escrutando con todas sus fuerzas.
—¿Le ocurre algo, señorita?
Para sorpresa del Vicealmirante Lee respondió:
—¿Alguna vez ha tenido que hacerlo?
—¿El qué?
Lee hizo un leve gesto con el mentón en dirección a las armas.
—¿Luchar en el espacio? Muchas veces.
Scotton pareció cansado de pronto.
—¿Y? —interrogó la jovencita.
Scotton recobró su aplomo, se irguió y comenzó a desabrocharse el uniforme, que llevaba abotonado en una línea sobre el lado izquierdo del pecho. Lee no sintió una excitación amorosa, sino una especie de curiosidad morbosa. Se levantó lentamente, con la mano adelantada hacia el pecho del vicealmirante. Por un instante sus dedos confundieron las caricias del abundante vello con el recorrido de varias cicatrices, casi todas de láser, aunque había una en el costado izquierdo, cerca de la cadera, que procedía de un arma de filo, seguramente de un machete. Lee parecía hipnotizada con las heridas de guerra hasta que una profunda voz la sacó de su ensimismamiento.
—Sable de asalto titanio. Tuve suerte de no perder todas las tripas. Prácticamente todo mi intestino es nuevo.
Estaba muy cerca el uno del otro. Tanto que Lee podía oler la menta del aliento de Scotton si miraba hacia arriba.
—Pudo haber eliminado las cicatrices, reconstruido también la piel.
Los ojos grises de Helvar Scotton revelaron en su profundidad el sufrimiento del pasado.
—No —dijo—, me recuerdan el dolor. Lucho para que otros no tengan que sentir el dolor.