CABO
Kaila Shatter todavía tenía una pequeña duda. Había encerrado a sus compañeras en una pequeña y cómoda celda situada en el PMN, una enorme sala similar en tamaño al laboratorio, pero equipada para el control y navegación. La celda ocupaba el mismo espacio que el refrigerador en el Laboratorio. Luego había preparado todas las puertas para permitir el acceso de los insectoides a esa celda, que sin duda tenía el fin de aislar a los amotinados o practicar interrogatorios.
Una de las paredes de la celda tenía un doble espejo de cristal marciano blindado. No era más grande que la pantalla panorámica del labo, pero permitía vigilar toda la sala. Kaila esperaba que los insectoides no pudieran atravesar el espejo, pero tratándose de vidrio marciano incluso se preguntaba si podría quebrarlo a tiro limpio.
Al otro lado Lene y Lonneke se abrazaban. Kaila no había permitido a ninguna de las dos que se vistiera de nuevo, más que nada porque quería tener a Lene encerrada lo antes posible para evitar que le hiciera alguna jugarreta. La marciana sopesó por última vez las posibilidades de cumplir su misión sin hacer aquello. De nuevo no halló una solución favorable. Ahora lo que más temía era el mensaje que Lonneke había enviado por todo el Sistema. Si había alguna nave cerca, si lo habían oído y llegaban antes que sus refuerzos….
No había otra salida.
A Lene le hubiera gustado adoptar una actitud paternalista con su amante. Pero Lonneke no temblaba, no lloraba, ni siquiera parecía nerviosa. De hecho después de besarse nada más se vieron en la pequeña celda le había dicho con voz firme y clara:
—Tranquila amor mío, será rápido. No sentirás nada. No duele.
Lene se había quedado tan confundida que no había sido capaz de articular palabra. Si no hubieran estado en semejante situación la Capitana habría tenido que reconocer no sólo que Lonneke estaba madurando a mucha velocidad, sino que además era la mujer más asombrosa que había conocido.
Del otro lado del espejo de indestructible arena marciana llegó una voz severa:
—¿Estáis listas? Los insectoides ya están llegando. Ahora abriré la puerta.
La compuerta se abrió y docenas de insectoides invadieron la celda blanca e inmaculada. Los monstruos trepaban por el cuerpo de las chicas y las hacían caer. Lamían con fuego azul todo el cuerpo de las jóvenes. Pronto las humanas no pudieron moverse ni sentir la quemazón de los lametazos. Los insectoides comenzaron a depositar sus huevos.
Las mucosidades de color marrón se alargaban y acortaban a medida que un pseudópodo abandonaba a alguna de las chicas y otro le sustituía Las gargantas se agitaban con la horrible deposición. Todo era un amasijo de carne y tentáculos en el que era difícil saber exactamente qué estaba ocurriendo, excepto que los insectoides corrían por todas partes. Todo alrededor era un hormiguero de bichos que no paraban de moverse buscando parasitar a las humanas.
Más allá del cristal Kaila no parecía satisfecha, una mueca entre asco y horror perfilaba su cara siniestramente iluminada por la claridad que entraba de la celda. Tan absorta se encontraba en esa imagen alienígena y voraz que no se dio cuenta de que ya no estaba sola.
—Detenlos, zorra —dijo Lee.
Kaila dio un paso atrás, la voz le había dado un pequeño susto. Rápidamente echó mano al fusil de taquiones que llevaba en su funda, pero sus dedos no llegaron a tocar la culata. Lee sostenía una de las espadas cortas de asalto en la mano, y con celeridad cegadora la había apuntado hacia la marine. Kaila, como todos, había oído rumores, quizá nada más que leyendas urbanas, sobre la prodigiosa habilidad de Índigo Kid con los cuchillos.
—Tú —susurró Kaila—, ¿cómo has escapado?
Lee sonrió.
—Vuestro ordenador está jodidamente vivo, y loco además. Quería impedir lo que estás haciendo, pero no era capaz de evitarlo él mismo. Él me despertó.
—¡Mierda! —masculló Kaila entre dientes.
¿Pero qué le pasaba a ese trasto? ¿Sería posible que de verdad el ordenador experimental tomara sus propias decisiones en contra de la programación? Lo único que Kaila sabía es que se encontraba en una situación realmente difícil. Trató de amedrentar a la pirata, que sin lugar a dudas era más joven que ella.
—¿Crees que podrás acertarme con eso antes de que desenfunde? Esto es el arma de partículas definitiva. Te partiré en dos, pequeña.
A la vez acercó su mano al cañón de taquiones. Lee había visto estos mismos gestos cientos de veces, y su instinto le decía una cosa; Kaila se sentía atrapada, era capaz de atreverse a disparar. Sin embargo no se dejó impresionar, calculó sus posibilidades y decidió que ella era más rápida. No había ninguna auténtica razón empírica para deducir aquello, simplemente Lee lo percibía en su interior.
—Yo de ti no lo intentaría, en el sector exterior no me tienen precisamente por un problema pequeño.
Ahora sí estaba en un lío. Kaila imaginaba que sería más rápida con su arma, pero todas esas historias sobre Índigo Kid… Su confianza zozobró. El farol le había fallado. Si ahora se rendía quizá los refuerzos llegaran y la misión no se fuera del todo al carajo, pero eso era un factor externo; ella debía controlar la situación. Una tenue e irónica sonrisa se dibujo en su rostro mientras en su fuero interno reía: una niña, con un cuchillo muy grande, un arma de asalto. No puede ser más rápida que un infante de marina. Y yo que estaba preocupada, por un momento he llegado a preocuparme, sí.
Los ojos de Kaila eran castaños, los de Lee negros como el vacío. Sólo había pasado un segundo, pero era un universo de tiempo, de hecho, era el último segundo.
Kaila completó el movimiento y empuñó el arma. No le dio tiempo a sacarla por completo de la funda; Lee, manos invisibles, le arrojó la espada, que le atravesó el cuello. La sangre cayó a borbotones y Kaila se desplomó llevándose una mano a la empuñadura del arma que la había matado.