(Regresemos al hotel, un poco antes, justo en el momento en que Daniel entraba al transportador)

Lester y Humberto reanudaban el análisis de la difícil situación en que se hallaba Ael Matpr. Decía Lester:

—Por desgracia, Daniel, como siempre, tiene razón.

—Anjá —asiente Humberto— él es perfecto encontrando el lado malo de todo. Pero no por eso vamos a sentirnos derrotados ya, tenemos que buscar una solución. Y yo creo que si co...

La puerta de la habitación se abrió de repente con gran estrépito, una mucama, con cara descompuesta y todo el pelo en desorden, entró corriendo:

—¡Nos atacan! ¡Corran, sálvese quien pueda! —con la misma agarra a Lester por el cuello del pulóver—. ¡Que no cunda el pánico! ¡Todos tranquilos! —le gritó en la cara, le planta un beso en la boca y, soltándolo, vuelve a correr y se arroja por una ventana de la habitación.

Los dos amigos corren a mirar por la ventana, pensando lo peor, habían olvidado que estaban en la planta baja y la mucama ya se estaba incorporando del cantero de flores donde había caído. Sin mirar atrás volvió a correr pidiendo ayuda a gritos. Un centenar de metros de ancho tenía el jardín que rodeaba al hotel y luego tenía una alta cerca que le aislaba del exterior, nada de ello importó a la desquiciada mucama, quien llegó a la cerca en pocos segundos y le saltó por encima con tanta facilidad como si de esquivar un pequeño charco se tratara.

Humberto miró a Lester con cara de asombro, ambos se encogieron de hombros al mismo tiempo y salieron de la habitación hacia el vestíbulo. Nadie, ni un alma había allí. Sintieron abrirse una puerta en algún piso de arriba, inmediatamente miraron hacia allá y vieron a Edgar salir de una habitación, abotonándose la bragueta.

—Oigan, tremendo lío hay allá afuera —decía, a medida que bajaba las escaleras saltando los escalones de tres en tres.

—¿Te dejó algo de sangre la vampiresa? —le preguntó Lester, en cuanto Edgar junto a ellos, mirándole el cuello lleno de mordidas y arañazos.

—Eran dos —es la jactanciosa respuesta del gordo, y se disponía a deleitarse relatándoles sus hazañas pero Humberto le dejó con los deseos, mandándole a callar con un gesto imperioso.

—Vamos a averiguar qué está pasando. Que no se nos olvide para qué estamos aquí.

La entrada del hotel daba a una pequeña plazoleta en la cual desembocaban también seis calles. Caos es una palabra demasiado pálida para calificar el espectáculo que se presentó ante los atónitos ojos de los tres amigos. Seres de todas las formas imaginables corrían, volaban o saltaban en completo desorden, chocaban entre sí, frenéticos se golpeaban unos a otros entre sonidos más variados aún que sus formas.

La histérica muchedumbre no disminuía, al contrario, aumentaba a cada instante, con el consiguiente progreso exponencial del desorden. De repente todos se paralizaron, justo en medio de la plazoleta, tras un relámpago blanco-azulado, apareció una docena de Botarks disparando a todo lo que se movía, y a algún que otro objeto que no se movía, por si acaso quería moverse.

—¡Mierda! —dijeron a una Lester y Edgar.

La confusión llegó al máximo posible y lo sobrepasó. Humberto, consciente del peligro que corrían si eran descubiertos, ya sea por los Botarks como por los atacados, indicó por señas a sus compañeros que debían separarse.

—Tú te quedas —le susurra a Lester—, inventa algo rápido, si no lo haces, estamos fritos.

Arrancó a corre por una calle lateral y Edgar hizo lo mismo por el lado contrario. Un robot advirtió la maniobra de este último y comenzó a dispararle, pero el miedo movía las cortas piernas del gordo a velocidades hiperlumínicas y pronto estuvo fuera del campo visual del androide. Intrigado, éste avanzó hacia el hotel.

Lester retrocedió hasta esconderse tras una gruesa columna en la entrada, por donde debía pasar el Botark. La velocidad que llevaba la máquina permitió a Lester apoderarse del brazo armado y, con un rabioso irimi kote gaeshi lo lanzó al suelo, donde lo inmovilizó con una rodilla en el cuello, mientras le controlaba el brazo con un ushiro ude garame. Entre quejidos, el robot abrió su mano y dejó el arma en poder de Lester, quien la agarró e inútilmente intentó dispararla sobre la cabeza de su presa. Las armas de los Botarks sólo funcionaban cuando eran manejadas por éstos.

Al aterrado robot sus dolores no le permitieron enterarse de que su captor le había dejado libre y cuando dejó de lamentarse ya Lester salía a toda velocidad por la puerta trasera del hotel.

(...)

Edgar se detuvo sólo cuando sintió que estaba a punto de caerse desmayado. Se había alejado unas siete u ocho cuadras de la plazoleta y ya no sentía el ruido del tumulto aquel. Se sienta, casi derrumba, en un quicio para tomar aire y darles un descanso a sus estresados pies. ¡BRUM-BU-BUM! Un estruendo sobre su cabeza le sobresalta, la certeza de que no se debía a un trueno le obliga a mirar, aunque ya imagina lo que sucede: los Botarks destruyen las naves que tratan de escapar del planeta.

—¡Mal rayo los parta a todos! —maldijo en voz alta al ver como una casa era destruida completamente al caerle encima un gran pedazo de una nave.

Se acercó a ver si había sobrevivientes pero consideró muy difícil que quedara alguien vivo en el humeante hueco que sustituyó a la casa, así que sólo se asomó al borde del hoyo para quedar bien consigo mismo. En eso estaba cuando notó, con el rabillo del ojo, un movimiento a lo lejos. Rápido se tiró al hueco y poco a poco sacó su cabeza sólo lo suficiente para ver una pareja de Botarks escoltando entre ellos a un prisionero con las manos esposadas. Se agachó y echó mano a un pedazo de metal.

Me agacho, le meto un macanazo al que esté más cerca, le quito el revólver y neutralizo al otro —delicadamente esbozó su plan de ataque.

En el momento oportuno, cuando el grupo pasaba por su lado, Edgar ejecutó el plan.

—¡Quietos! —gritó Edgar.

—¡Un violador! —gritó el primer Botark y echó a correr.

—¡Un usuario! —gritó el prisionero, Achepé por más señas, y también tomó las de Villadiego.

Así que el trancazo se lo ganó el segundo androide, quien, aterrado, sólo había cerrado sus ojos y tratado de esconder su cabeza entre los hombros.

—¡Ay! ¡Ay! —gritó al recibir el primer golpe—. ¡No me des tan duro en la cabeza que yo padezco de migrañas!

Inmisericorde, Edgar le arrebató el revólver y con éste y el improvisado garrote daba golpes por doquier al infeliz robot.

—¡No me golpees más, por favor! —rogaba el Botark—. ¡No me desfigures la cara! Haré todo lo que pidas, pero deja de golpearme...

Al escuchar las palabras mágicas lo que pidas cierta zona del cerebro de Edgar tomó el control y le obligó a detener la golpiza.

¿Continuará? (1.163 palabras) Créditos
© Sitrom Rogir, Créditos