Por suerte, Humberto y sus amigos habían tomado la delantera a las huestes de Botark. Humberto, conocedor de la historia del renegado androide, antiguo asistente del Dr. Takión, se regodeó contándosela a Lester y Daniel. Sin ponerse de acuerdo, los tres estaban en una habitación de un hotel discutiendo las posibles soluciones a tomar.

—¿Qué ventajas tenemos? —preguntó Humberto y él mismo se contestó—, en primer lugar, conocemos al enemigo...

—¿Qué desventajas tenemos? —le interrumpe Daniel, remedándole en tono burlón—, en primer lugar, conocemos al enemigo, así que sabemos que nos odia y tratará de matarnos en la primera oportunidad... Vamos, Betico, despierta, estamos embarca’os y, para colmo, Takión lo único que hace es temblar como una gelatina.

En efecto, tras su desmayo, el doctor había caído en una crisis histérica de la cual no había forma de sacarlo. a petición de Edgar, quien se brindó para acompañarlo pero Humberto no le permitió ir, Takión fue trasladado a un balneario donde sería atendido urgentemente en busca de su pronta recuperación.

—Bueno, bueno —intervino Lester, abortando la disputa que estaba al comenzar—, sin discusiones, que no se está repartiendo teléfonos ni televisores.

Daniel no estaba muy dispuesto a dejar de exponer su punto de vista:

—Dinos, Betico, tú que sabes por dónde le entra el agua al coco, ¿cómo rayos vamos a combatir sin ejército? o mejor, ¿cómo hacemos para escaparnos y regresar los que quedemos vivos una vez que acaben con este prostíbulo a escala planetaria?

—¿Cómo te atreves a llamar así a esta gente que tan bien nos ha atendido? —le reprende Humberto—. Eres más cínico y desconsiderado...

—Ya, dejen de discutir, que fajarnos entre nosotros mismos no va a resolver el problema —les interrumpe Lester, calmando otra vez los caldeados ánimos.

Daniel hace una inspiración profunda, cierra los ojos y expele lentamente el aire por su nariz y la entreabierta boca, produciendo un sonido parecido al ronroneo de un gato. Medio minuto después, cuando ya tenía al borde de la locura a los otros dos, se calló y abrió los ojos:

—Técnicas de relajación yoga, muy eficaces para atormentar a los que te rodean.

—Ya lo comprobamos —dice Lester— y te acabas de salvar de recibir el cocotazo yoga más grande del Universo.

Se ríen al unísono los tres. Daniel retoma la conversación.

—Bien, hasta el momento sabemos que los Botarks son robots replicados de uno original que tenía muy mal genio. Vienen un montón de ellos en una nave grandísima, que también es una copia, pero mucho más grande, de la de Takión. ¿Vienen acá a destruir el planeta o sólo a llevarse a los Achepés? —dirige la pregunta a Humberto, quien, junto a Edgar, se había reunido con los dirigentes de Ael Matpr para conseguir toda la información que hiciera falta.

—Lo más probable es que arrasen con todo esto culpándolos de haber ayudado a los fugitivos.

—OK, sigo... Como aquí no hay ejército ni nada que se le parezca, ¿sabrán eso los Botarks? no me preocupa desconocer el armamento que poseen los androides pues aunque vengan sólo con palos nada tendremos nosotros para defendernos. ¿Por qué no agarramos nosotros mismos a los Achepés y los botamos pa’l carajo de aquí? A lo mejor se le quita la molestia a los Botarks y se van sin atacarnos... Es una posible solución —dijo con voz baja, notando la siniestra mirada de sus amigos.

—Da, si no vas a tener pensamientos positivos, mejor te callas —le recrimina Lester.

—En la Universidad, siempre que yo pensaba positivamente, era la respuesta incorrecta y me desaprobaban... Ya sé, ya sé, no hablo más.

—Mira —dice Humberto en un tono que presagiaba pronta tormenta— coge el portafolios de Edgar que, increíble pero cierto, dejó olvidado aquí y llévaselo. Él debe estar en algún salón de protocolos por ahí, ya que lo invitaron a dar unas conferencias y tú sabes cuánto le encantan a Edgar los discursos. Búscalo porque, sinceramente, no recuerdo exactamente dónde me dijo que iba a estar.

Daniel, en medio de un suspiro, echó manos al portafolios y se encaminó al vestíbulo del hotel. Los otros dos retomaron el análisis de la candente situación sin despedirle siquiera. Ya en el vestíbulo, Daniel decidió que sería una buena idea tomarse algunos tragos antes de encontrar a Edgar, Total, el gordo bien puede regresar si que lo ayuden. Así discurriendo se plantó frente a la puerta de un elevador, oprimió el botón de llamada, entró, esperó que se cerrara la puerta y, del panel, oprimió el primer botón que se le ocurrió...

El silbido y la brillante luz amarilla le cogieron por sorpresa.

—¿Quién rayos está tirando fotos? —pensó, molesto—. ¿Esto es un elevador o una casilla de esas para fotografiarse?

Le dio una patada a la puerta al mismo tiempo que la abría para salir. Despotricando contra los Botarks, Achepés y todos los dioses del Universo, desanduvo sus pasos hacia el vestíbulo y otra vez la sorpresa le ganó la pelea: el vestíbulo había desaparecido, Daniel se encontraba parado en un pasillo ancho cuyos extremos perecían perderse en el infinito, con múltiples puertas a cada lado.

—¡Ñoj, era un elevador de verdad! —se le escapó en voz alta—. La puerta del bar debe ser aquella ancha.

Era la cuarta puerta en la pared izquierda, contando a partir de la del elevador, en cuanto se detuvo ante ella, ésta automáticamente se abrió. El interior estaba oscuro, como todo bar que se respete, pero apenas avanzó dos pasos el local se iluminó por completo y... nada de bar, botellas, mesas y borrachos, sino un montón de pantallas, teclados paneles lumínicos había allí. Una voz femenina, fría y seca como de solterona bordeando la cincuentena, le detuvo al instante:

—¡Quédese quieto donde está! Ha entrado usted al Cerebro Central, este local tiene Acceso Limitado. Identifíquese. ¿Quién es usted y qué desea? De su respuesta depende su vida.

—Eh... yo... yo —tartamudea Daniel— soy el técnico de mantenimiento... —el corazón se le quiere salir por las sienes— y vengo a dar el mantenimiento planificado...

—No hay mantenimiento alguno planificado para este momento —le interrumpe la Voz.

—Bu..., bueno, yo de eso no sé nada, yo sólo cumplo órdenes y a mí me dijeron que tocaba el mantenimiento aquí...

Algo que parecía el cañón de un arma se movió, apuntándole al pecho.

—También traje las últimas actualizaciones del sistema operativo, parches de seguridad, los nuevos codecs de vídeo, actualizaciones de antivirus y algunos juegos ‘crackeados’ —disparar al aire era la única opción que tenía.

—No me interesa nada de eso —la Voz cambió un tanto el tono—. Botark me consigue todo eso gratis.

Ahora sabía Daniel adónde lo había llevado el elevador. Decidió continuar con la historia que ya había empezado:

—Está bien, no hay problemas, si es así me voy para la nave de FJSI, donde no son tan arribistas y aceptan la mayoría de las cosas que uno les lleva e incluso atienden mejor a uno, hasta merienda nos dan. No obstante —levantó un dedo como amenazando, pero inmediatamente lo bajó al notar que el arma seguía sus movimientos—, dame un Hago Constar de que yo vine y se negaron a recibir el mantenimiento y a copiar las actualizaciones.

—A ver, a ver —el tono de la Voz continuó perdiendo dureza—, enséñame uno de los juegos esos que dices.

—Ahora sí que se puso malo esto —se dijo Daniel—. Me agacho como que voy a abrir el portafolios, cojo impulso y salto hasta el pasillo.

Y, como si le hubieran leído el pensamiento, la puerta a sus espaldas se cerró. Tragó en seco, pero así y todo se agachó y abrió el portafolios... Ante sus ojos apareció la colección de DVDs pornográficos de Edgar. Eso y sólo eso, casi un centenar de discos, era el contenido de famoso portafolios del cual su amigo no se separaba ni para dormir. Dominando los temblores, Daniel escoge al azar un disco y se acerca a una consola.

—¿Dónde lo pongo?

Inmediatamente en la consola se abre una bandeja de discos ópticos. Ni dos segundos después Daniel, cruzados índice y pulgar de cada mano, escucha la Voz:

—Eso no parece ser un juego.

—¿No? —se hace el sorprendido—. Seguro que puse otro en vez del que era..., es que aún no los he etiqueteado con lo que contienen. Dame ese y déjame buscarte el de los juegos.

—No, deja —ahora la Voz tenía un tono camaraderil—, pon los demás ahí —le dice y de una esquina avanza hacia Daniel un aparato parecido a una victrola o tragadiscos.

Uno a uno los depositó todos. A medida que caían en sus correspondientes bandejas se dejaba oír el sonido característico de los lectores ópticos de alta velocidad.

—Ahora —se dijo Daniel, preparándose para morir.

Cerró sus ojos, infló el pecho y trató de no pensar en nada, sobre todo de no pensar en el miedo que sentía.

(...)

Un minuto..., dos..., tres..., diez..., veintidós, cincuenta y siete... y nada sucedía. Daniel miró al arma que le apuntaba y le dedicó una de sus más amistosas muecas. Hizo varios movimientos con sus brazos y nada, no se movía. Dio un paso lateral derecho y el arma seguía inmóvil. Cruzó los dedos de la mano izquierda, dio media vuelta, llegó hasta la puerta, la abrió y, sudando a mares y al punto de desmayarse, salió al pasillo.

© Sitrom Rogir, (1.563 palabras) Créditos