—Estimados televidentes, debido a dificultades técnicas, nos vemos imposibilitados de ofrecerles el filme EL GRAN DICTADOR programado para el espacio "Clásicos del séptimo arte" de esta noche, en su lugar transmitiremos...
.
—Seguro que ponen una rusa —interrumpió Edgar.
—¡Cállate! No dejaste oír lo que iban a dar —se quejó Humberto.
—Hace un montón de años, gordón, que no ponen películas rusas en la TV cubana —sentencia Daniel.
—Gracias a Dios —le apoya Lester.
—¿Qué rayos tuvo que ver Dios con la perestroika o el Período Especial? —se altera un poco Edgar.
—Tú no sabes —rápido le replica Lester, católico desde niño.
—Edgar, ¿por alguna casualidad te están haciendo el PPI? —atacó Daniel por el flanco izquierdo
de Edgar, en clara alusión a la meteórica carrera de éste en su centro laboral actual, donde había comenzado como Especialista en Informática y en poco menos de seis meses ya era Director General.
—Claro que tendrá que vender sus principios, si es que le queda alguno —remató Lester, logrando callar a Edgar.
Los cuatro amigos se habían reunido en la casa de Humberto, aprovechando que la esposa de éste estaba de viaje con un grupo de sus alumnos, para charlar un rato en esa noche de miércoles que tan aburrida se presentaba. Esta vez, inconcebiblemente, no mediaban bebidas alcohólicas en la reunión, tal vez debido a que todos deberían levantarse temprano al otro día para ir a sus respectivos trabajos. Discusiones como la reciente eran comunes entre ellos, sin que éstas lograran otro efecto que afianzar aún más su amistad. Siendo Edgar, Lester y Daniel de la misma edad que sus hijos, Humberto prefería la compañía de éstos en vez de la de sus contemporáneos. Por su parte, los tres jóvenes siempre encontraban en Humberto una opinión juiciosa e inteligente sobre cualquier tema y este amigo les resultaba el complemento perfecto para las locuras en que siempre andaban metiéndose.
—Mira eso, con la bulla que tienen ustedes dos y Betico se durmió —dice Daniel a sus dos compinches, haciéndoles señas para que bajen la voz. Éstos asintieron de buena gana, bajaron un poco el volumen de la TV y prestaron los tres atención al durmiente Humberto, que balbucía algo en sueños.
—Humberto Bonsembiante Deodato —decía aquella hermosa mujer—, nuevamente acudo a ti en busca de ayuda... Una terrible guerra está teniendo lugar no muy lejos de nosotros. Los fieros e implacables atacantes han logrado acorralar la última resistencia en un planeta, al cual te dirigirás pronto, y están a punto de exterminarlos a todos. Si ellos ganan, ya nada podrá detenerles y su próximo objetivo será la Tierra.
—S-s-sí —apenas lograba decir Humberto, embelesado con aquella voz suave, sugerente y sensual.
—Por supuesto que no estarás solo, he elegido compañía para ti.
—¡No! —recobró su compostura— no, por favor... es decir, ¿es obligatorio?
Una sonrisa de culpa aparece en las facciones de Gaia.
—Está bien... ¿quién deseas que vaya contigo?
(...)
Lester y Edgar recorrían la nave de punta a cabo, asombrados, aún renuentes a creer en lo que veían. Daniel había comenzado el husmeo junto a ellos pero perdió todo el interés en cuanto llegaron al salón de cómputo, allí abandonó a los otros dos y se quedó conversando con las operadoras de las computadoras. Por su parte, Humberto mantenía un animado diálogo con el capitán, quien parecía muy complacido con los visitantes.
—No pasó mucho tiempo entre el descubrimiento del takión, partícula mucho más veloz que el fotón, y la construcción de esta nave propulsada por ellos, Dr., dígame, ¿cómo pudo lograrlo? —Humberto tenía un arrobado aspecto en su rostro debido a que, al fin, había logrado hacer la pregunta que durante años atormentara su cerebro.
El viejecito con cara de niño y cómico peinado, su interlocutor, llamado por todos en la nave Dr. Takión, se tomó su tiempo para responder:
—Elemental, querido Watson, inscribí el proyecto en la Batalla de Ideas... Porque si lo hubiera dejado en la Asociación de Innovadores terminaba engavetado.
—Ah, ya entiendo —asintió Humberto, ahora más confundido que antes—. ¿Cuánto tardaremos en llegar?
—Unos tres días terrestres, o poco menos si logramos aprovechar los pliegues espacio-temporales.
—No sabía que el espacio-tiempo estuviese ajado —ensayó Humberto un chiste.
—Ja, ja —varias carcajadas al unísono le demostraron que fue entendido—, pobre de quien tenga que almidonarlo y plancharlo— acotó el Dr. Takión, provocando otra tanda de risas.
En ese ambiente festivo continuó la charla, a la cual se unieron Edgar y Lester luego de su periplo. Desenfadadamente ellos expusieron sus opiniones acerca de todo lo visto y recibieron detalladas respuestas para cada una de sus preguntas.
—¿No falta uno de ustedes? —pregunta el Dr. a Humberto.
—Daniel encontró computadoras y no saldrá de allí ni aún torturándolo —responde Lester.
Más carcajadas sacuden los cristales de la cabina de mando y otras partes de la nave que escuchaban la conversación a través de los intercomunicadores. Humberto no pudo evitar decirse a sí mismo Esta gente se ríe de cualquier cosa
y pensó que le gustaría trabajar en un lugar así. Edgar aprovecha la situación para contar varios chistes de la gran colección que guarda en su prodigiosa memoria, por precaución no tocó los políticos, cuando uno tiene un cargo administrativo debe cuidarse mucho, así que abrió la gaveta
de los verdes, su especialidad... En resumen, las risas tomaron el control de la nave.
De esta forma el tiempo y el espacio se comprimen, cosa sabida desde hace mucho sin necesidad de que científico alguno publique una teoría al respecto tras años de derretirse los sesos, por lo que a todos sorprendió escuchar por los altavoces:
—Faltan dos horas para arribar a nuestro destino, todos a sus puestos... Repito: faltan dos horas para arribar a nuestro destino, todos a sus puestos.
La impersonal voz de la computadora central repitió unas seis veces más el mensaje, como para que fuera aprendido de memoria. Ante la indecisión de los visitantes, el Dr. Takión les asignó sus tareas:
—Daniel, por favor, dirígete al salón principal de cómputo, por si necesitan tu ayuda. Lester, ve con los navegantes y Edgar y Humberto se quedan aquí conmigo.
—Los radares de largo alcance captan tres naves que se nos acercan. Aún están muy lejanas para poder identificarlas positivamente —avisan por el altavoz—, esperamos que ellas mismas se identifiquen dentro de seis segundos.
Al cabo de ese tiempo:
—Resultado de identificación: tres naves estándares —no militares— procedentes del planeta Tessli VNRA-07. Les hemos enviado nuestra ID y esperamos respuesta en 2. 3 segundos.
Tic, tac:
—Seremos recibidos en el planeta. Nos solicitan permiso para acoplamiento y recepción de sus representantes.
—Positivo, proceda según corresponde —ordenó el capitán.
Un plomizo silencio tomó el control de la cabina de control a la entrada de los representantes. Una... dos... tres damas en apuros
, oh please, god, help me
, se dijo Lester y ya iba a pegarle un cabezazo a la pared cuando el recuerdo de previas experiencias le hizo mantener la calma.
En efecto, las tres bellísimas mujeres traían una conmovedora expresión de desaliento en sus rostros. Al acercarse el Dr. Takión a una de ellas, ésta rompió a llorar sin miramientos. La que parecía ser la principal se dirigió a Edgar, creyendo, equivocada, que era éste quien comandaba la nave.
—Saludos, extranjeros, bienvenidos a Ael Matpr. Gracias por acudir a nuestro llamado.
No es necesario decir que éste no la sacó de su error ni falta hace tampoco describir la lasciva sonrisa con que le contestó:
—Ha sido todo un placer, querida dama, y le aseguro que cumpliremos con nuestro deber aún a costa de nuestras vidas. Nuestra prioridad aquí es salvar vuestro planeta... ¿cómo es que se llama?
—No hay frase en tu idioma con significado similar, una traducción aproximada estaría en la palabra lujuria
rodeada de calificativos que aumentan la sensación.
El gordo no entendió muy bien lo que se le había dicho, pero sí lo que se le quiso decir, pues se le dilataron las pupilas y fosas nasales y, a pesar de la climatización artificial, gotas de sudor aparecieron en su frente y sienes. Iba a seguir hablando, pero Humberto le interrumpió:
—¿Quiénes son tus enemigos? ¿Dónde están ahora? ¿Cuáles son sus características? ¿Son muchos?
Ante tantas preguntas las embajadoras comenzaron a llorar al unísono. Al cabo de unos minutos de lágrimas, sollozos y gemidos, una de ellas se recompuso, secó su cara con el pañuelo que diligentemente Lester le tendió, pidió disculpas, sacó un pequeño objeto de entre sus senos, abriólo, miróse en él y retocó su peinado y maquillaje. Luego sonrió como si nada hubiera pasado y habló:
—Crueles como nadie en este Universo. No sabemos de dónde provienen ni cuáles son las razones de su extremada beligerancia....
—Conviene hacer un poco de historia —le interrumpió la primera— para que nuestros amigos, ¿podemos considerarles amigos? —preguntó a la concurrencia y continuó sin esperar respuesta— conozcan lo desesperado de nuestra situación... Los habitantes de Ael Matpr vivimos del turismo, específicamente el dedicado al ocio y entretenimiento. Toda una red de instalaciones apropiadas al efecto cubre nuestro planeta en cualquier medioambiente imaginable: montañas nevadas, desiertos, cuevas, intrincadas junglas, cumbres borrascosas, etc., con el personal necesario para satisfacer todas —resaltó esta palabra— las necesidades de nuestros clientes. Aquí están representadas todas las especies racionales con posibilidades de traslación en nuestra galaxia y otras cercanas, con el fin de que el cliente se sienta lo mejor posible durante su estancia. Es un gran honor para nuestros trabajadores complacer cualquier —resaltó esta palabra— deseo de sus clientes.
Hizo una pequeña pausa para que su discurso penetrara en las mentes del auditorio visitante.
—Como comprenderán —tomó la palabra ahora la que no había hablado hasta entonces— aún siendo esta industria altamente rentable, la sola idea de la guerra nos repugna. De ahí que nunca hemos mantenido un ejército, propio ni alquilado, ni hemos invertido en armamento... Por cierto, muchos convenios de solución de conflictos bélicos, pactos, alianzas pacifistas, etc., han sido firmados en los salones de nuestras instalaciones, y luego celebrados como corresponde —dijo esto último lanzándole un guiño y una provocativa sonrisa a Lester, lo que le disparó su tensión arterial hasta casi matarlo.
—Un tácito acuerdo —siguió diciendo con su sensual voz— entre todas las razas nos protegió siempre, algo similar a aquello de no te pelees con el cocinero
. Nunca se nos envidió ni ambicionó....
—¿Y qué ha provocado este cambio? ¿Por qué se les amenaza ahora? —le preguntó Humberto.
—Hace dos años los principales gobernantes del sistema Achepés llegaron a nosotros como turistas. Cada cual escogió el alojamiento de su preferencia y las opciones que le interesaban. Hasta ahí no pasaba nada raro, pues lo mismo hace todo el que viene aquí, lo que no sabíamos era que Achepés estaba siendo atacado y que ellos simplemente prefirieron huir y esconderse acá antes que dar la vida por sus habitantes, tal como siempre les dijeron que estarían dispuestos a hacer.
—Me suena conocido ese caso —intervino Daniel, quien se había llegado hasta allí en busca de algún refrigerio—. Por cierto, ¿cómo se llaman los atacantes?
—Botark....
¡BUM! Sonó el cuerpo del Dr. Takión al chocar contra el piso, desmayado al oír el infame nombre.