El caos en el mundo empeora, desastres y conflagraciones bélicas asolan a la Humanidad, que trémula, sobrevive como mejor puede en la superficie de su depauperado planeta en tanto es presa de la depresión. Muy frágil es el destino de la Humanidad. El peligro también la acecha desde cualquier oscuro y olvidado rincón del Universo. Pero la esperanza no está del todo perdida, Gaia, el espíritu de la Tierra, ha elegido ya a su paladín.

—Betico, ¿por fin le metiste mano a La China, aquella del cuerpazo, la que trabajaba en Contabilidad? —sexta vez que, de distintas formas, Edgar hacía la misma pregunta a Humberto.

Tres mozos acompañaban a Humberto en aquel banco del Parque de los Coches, acompañándose dos de ellos con sendos vasos de ron barato y el otro con uno de... ¡¿jugo...?! Sí, efectivamente, jugo, ¡qué templanza! Podríamos dejarlo para luego, pero como en más de una ocasión nos toparemos con estos amigos, lo mejor es presentarlos ahora. Ese que, con melancólica amargura, hunde sus ojos en un vaso de jugo de naranja, es Lester; aquel que sostiene su trago con fuerza y no ha apartado su mirada desconfiada y vigilante de la botella de ron, es Daniel, compañero inseparable de Edgar, el gordo con expresión de intelectual que permanece de pie junto a Humberto, quien, estrujando su vieja gorra rosada, confiesa con angustia a sus amigos:

—¡Mis mellizos me están matando! —suspira—. Oriannita me asegura que, aunque yo nunca lo noté, ya tuvo un novio. ¡Un solo novio en sus 25 años! ¿Se imaginan eso? A Arián le ha dado por estudiar Estilística y aunque la hembra desde sus 10 años practica judo, él jura que no puede hacer ningún esfuerzo porque le dan palpitaciones. Si lo agarro con amigos extraños soy capaz de estrangularlo —pone la gorra en el banco y continúa quejándose—. Para colmo de males, hace seis meses que mi suegra se mudó a vivir con nosotros, después del suicidio de su último (el cuarto ya) marido. Mi mujer pesa más de 250 kilos...

—Parece un sumatori —bromea Daniel en un vano intento de alegrarlo.

—Sí —contesta Humberto—, ella practicó sumo en su juventud, y ustedes mismos han visto cómo toda esa humanidad me vigila constantemente y me atosiga con sus celos enfermizos. A ver, ¿me falta alguna desgracia?

—La vida es una barca —sentencia Edgar, ya sentado, con su turbia mirada clavada en los árboles del parque.

Lester, quien, fiel a su sobrio espíritu, no había probado alcohol mas sí casi dos litros de jugo de naranja, lo cual influía desastrosamente en su carácter, se extraña de la poética frase que ha salido de la boca de Edgar y lo mira intrigado.

—Eso dijo Calderón de la Mierda —añadió el filósofo de barrio.

Junto a Lester, Daniel berrea musicalmente algo que suena como I feel rain pouring down y se inclina para vomitar mientras se limpia del brazo la saliva que Edgar ha hecho caer sobre él. Éste le da un codazo que interrumpe sus arcadas.

—¡Mira qué nenas vienen ahí!

Efectivamente, dos bellísimas mujeres se acercan al cuarteto.

¿Ustedes son hombres?

—Hola —saludan—, ¿ustedes son hombres?

Lester las mira furioso, alguien como él, educado y disciplinado con la brutal orientación filosófica de los Minamoto originales, y encima con tan gran cantidad de jugo de naranja nublándole el cerebro, no podía sufrir que se dudara así de él, por lo que, temerariamente, decidió rumiar su cólera en silencio y dejar que fuera otro el que respondiera.

[...]

Horas antes, a escasos (dos o tres cuando más) kilómetros del parque, sobre la azotea del único edificio de ocho plantas de la ciudad, una nave tomó tierra y tornóse invisible de inmediato. Sus dos tripulantes, aún invisibles como la nave, descendieron a la calle y, por unos instantes, permanecieron confundidos. Por la misma acera en que estaban, en su dirección, se acercaba Edgar persiguiendo a una mulata de prominentes posaderas, no la pudo alcanzar, por lo que le gritó una grosería erótica que a ella pareció agradarle y se alejó con una risotada. Los alienígenas sonrieron y echaron a andar tras él.

[...]

Edgar revisa a las chicas con mirada de experto, enseña un colmillo libidinoso, se acaricia la barriga y es Daniel quien responde:

—A ver, ¿cuál es la duda?

Se frota las manos Edgar.

—Pero, ¿ustedes son hombres o no? —insiste una acariciándose, coqueta, su pelo rojo fuego. La otra, trigueña y de ojos azules, mira al grupo curiosa.

El rostro de Lester adquiere una expresión feroz y Humberto se mueve incómodo en el banco. La trigueña se acerca a su compañera y le susurra:

—. Parece que sí son hombres, ve a lo otro.

[...]

Varios siglos atrás, en el sistema planetario Saty, cuyo astro principal está situado en la periferia de la constelación Cabellera de Berenice, se habían terminado las guerras, para siempre. La bonanza económica resultante emparejó a todos los habitantes del casi centenar de planetas naturales y artificiales del sistema y dio comienzo a una era de armonioso desarrollo material y espiritual: la era de la paz y el amor.

En este estado de utopía convertida en realidad, sin saberse cómo, la Moda —así, con mayúsculas— pasó, de simple entretenimiento frívolo a mundial tirano que esclavizó a todos los habitantes de Saty. Como infecciosa epidemia, todo era susceptible de ser contagiado con la moda: la ropa, la música, la forma de hablar, los electrodomésticos, las artes, en fin, todo caía bajo el influjo del tirano rector del estatismo o los incesantes cambios.

La catástrofe llegó cuando se dijo Ahora está de moda ser homosexual, la natalidad, en poco más de 12 años, drásticamente se redujo a casi un octavo de lo normal para cesar completamente durante los siguientes dos años. Esta situación alarmó a algunos círculos intelectuales y políticos, pero ¿quién se atrevía a estar fuera de moda? Obviamente, tenía que buscarse ayuda externa entretanto se esperaba por un milagro que cambiara tan infausta tendencia en la moda.

Secretamente se envió una nave a explorar las galaxias vecinas y se otorgaron plenos poderes a sus dos tripulantes para tomar cualquier decisión que ellos determinaran solucionaría el problema.

[...]

La pelirroja entreabre sus labios y los recorre sensualmente con la punta de su lengua. A Edgar, literalmente, se le cae la baba, Daniel siente sus orejas ponerse calientes y otra parte de su cuerpo le exige inmediata atención. Lester se debate entre el deber y el deseo y Humberto, por segunda vez en la noche, quita el vaso a Daniel, se da un trago de ron e inmediatamente saca una botellita de enjuague bucal de la que toma un buche para hacer gárgaras que luego escupe no muy disimuladamente.

Complacida con las diversas consecuencias de su actuar, la del ígneo pelo continúa su ataque:

—Buscamos un hombre fogoso, resistente, que pueda complacer a varias mujeres al mismo tiempo.

Una bomba atómica causaría menos efecto que aquella frase, sobre todo en los tres amigos de Humberto, pues éste es inmune a toda insinuación erótica que no proviniera de su esposa. Lester se rebeló contra sí mismo, levantó su mirada hasta enfrentar a la del flamígero pelo, infló el pecho, determinado a luchar por su papel de hombre para, al instante, desinflarse y retornar a su eterna figura de derrotado. Edgar sacó su sonrisa más siniestro-libidinosa, la de los momentos especiales y se recostó al respaldar del banco desabotonándose la camisa y mirando alternadamente a las muchachas. Daniel, suspicaz, se decía Aquí hay gato encerrado, esto tiene cara de cámara oculta o performance de estudiantes de teatro... que me la corten si no hay trampa en este negocio, miró a todos lados para descubrir el posible auto con la cámara y micrófonos ocultos pero descubrió otra cosa que le dejó sin respiración.

[...]

Al fin los datos colectados por los radares, analizados por las computadoras, comenzaron a dar resultados. Apareció una zona de alta probabilidad de planeta habitado. Hacia allá se dirigieron. A medida que se acercaban disminuía el nivel de incertidumbre en los datos, hasta que no quedaron dudas de que habían encontrado lo que buscaban. ¡Qué suerte! Las exploraciones de años antes no se habían equivocado, estaban en presencia de un sistema solar con vida cuya base genética era muy similar a la de Saty. Un solo planeta en cuestión, pero eso no importaba, los radares mostraban gran diversidad de formas de vida, bastaba sólo una suficientemente compatible para cumplir los objetivos de la misión.

¡Eureka! —o como esté de moda en Saty— gritaron a una los expedicionarios, varias construcciones artificiales rodean al planeta. Eso significa que existe al menos una especie racional que ha alcanzado alto nivel tecnológico. ¡Manos a la obra! La nave madre parquea en el único satélite natural y ellos inmediatamente van al planeta en una pequeña nave de exploración.

[...]

Aquel escuálido niño llegó al barrio pocos días después de haber cumplido ocho años. Sus padres habían perecido ese mismo día en un accidente de autos y los familiares decidieron que él fuera a vivir con su abuela materna. Alegres, los niños de la cuadra rodearon el camión de la mudanza, formando algarabía con cada cosa que de él se bajaba y entraba a la antigua casa. Preguntaban y preguntaban por todo, hasta que vieron bajarse de la cabina al niño, su mirada triste les sumió en silencio y dispersó a la mayoría en un santiamén. Sólo quedó una niña, quien le miró y sonrió y, al no recibir respuesta, suspiró y desde ese momento decidió tomarlo bajo su protector corazón.

Aún cuando en aquel entonces Regina del Castillo vel Hartmann tenía seis años, todavía recuerda cada detalle de aquel día.

Nadie, nadie, ninguna pelandruja me lo va a quitar —se dijo rechinando los dientes—. Que se vayan a buscar maridos al quinto infierno... Y esos tres borrachos frustrados me las van a pagar de una vez, ahora mismo verán...

Ver a aquella mujer con porte de trasatlántico rabioso que hacia ellos se dirigía fue lo que trastornó a Daniel, así que dio la voz de alerta:

—Ahí viene Gina Malacara, escondan la botella.

Pero a Regina en ese momento no le preocupaba el alcohol, ni los problemas de supervivencia en Saty, ni la sábana de Turín, nada de eso; dio un soberano empujón a la pelirroja, quien cayó de bruces sobre Lester, que aprovechó para tocarle los senos a su gusto mientras se separaban. La trigueña enfrentó a la atacante para pedirle explicaciones pero como respuesta recibió un tirón de pelo que casi la desmaya del dolor.

—Vas a tener que usar peluca de ahora en adelante, so perra —le dijo Regina con furia, en situaciones críticas su educación formal se iba al diablo.

Humberto trató de calmar a su esposa, pero la excusa No estamos haciendo nada, mi amor ha sido ya tan usada por tantos infieles que ni siquiera se emplea en novelas rosa.

Edgar y Lester habíanse repartido a las muchachas

Mientras Daniel se alejaba un poco de la refriega, pasando por sobre el respaldar del banco, con la botella de ron cuidadosamente acunada en sus brazos, Edgar y Lester habíanse repartido a las muchachas y cada cual abracaba a la suya desde atrás en un vano intento de separarlas del huracán en que se había convertido Regina. Empujones y manotazos iban y venían entre ellas tres, en medio de un ambiente que se caldeaba cada vez más. La pelea habría terminado en empate si a Regina no se le hubiera ocurrido tomar ventaja agarrando a la vez los escotes de sus contrincantes y, dando un halón hacia abajo, logró desgarrarles sus vaporosos vestidos.

—¡Madre mía! ¿Qué estoy viendo? Les juro que eso de ahí NO va en las mujeres.

Nunca juzgues un libro por su portada, dice una vieja canción, y con razón pues en Saty la diferenciación genérica tomó su propio camino, obviamente. Como esto no era sabido en la Tierra, la interpretación de los hechos, para nuestros cuatro amigos y Regina tomó dos vertientes distintas.

—¡Maricoooones! —gritó ésta a voz en cuello—. ¡Hay seis mujeres por hombre en Cuba y a ustedes lo que les gusta es la p...! {lo que sigue es impublicable}

Rápidamente Edgar y Lester soltaron amarras y retrocedieron con caras de nofuiyo. Miraron a Daniel para ver su reacción, pero éste andaba ocupado en la transportación del contenido de la botella hacia su estómago. Se volvieron para mirar a las muchachas, digo, muchachos, que se alejaban corriendo como endemoniados, perseguidos por Regina y sus improperios. Corrieron a gran velocidad hasta las cercanías de su nave, donde ésta los teleportó hacia la cabina. Despegaron hacia la Luna, donde les esperaba la nave principal y de ahí salieron pitando para nunca más regresar.

De esta forma nuestra amada Humanidad fue salvada de perecer víctima de los siniestros planes de los exploradores de Saty... Aunque sé de tres personas que con gusto se hubieran brindado para ser siniestrados por planes como ésos.

© Sitrom Rogir, (2.149 palabras) Créditos