De camino a la biblioteca, Orcas imaginó los escenarios posibles que podría encontrar a su regreso a Aleutia. En realidad, no eran muchos y todos, más allá de la sutileza en las formas o de los eufemismos utilizados, llevaban al mismo punto: la gran pena que este fracaso causaría a Zaringa.

Con desgano, y sin tomarse la molestia de tocar la puerta, el joven Pereiro entró cabizbajo a la biblioteca y con el único deseo de regresar a su habitación lo antes posible. El ruido provocado por las risas apagadas y el incesante choque de las copas llenas llamó su atención. Levantó la vista y encontró sentados en un amplio y mullido sillón circular a Sire Arrodendo, Sorade, Thims, Faeridi, un desconocido y... ¿acaso soñaba...? ¡Lice Nantórer! Pero, ¿qué clase de broma de mal gusto era aquella? ¿Su abogado estaba en Talamant y no le había ayudado en el juicio? ¿Qué relación existía entre él y Arrodendo? ¿Quién era ese extraño que le acompañaba?

Callado, se acercó a Thims, le arrebató la copa de la mano y la bebió de un solo trago sin siquiera darse la oportunidad de paladear su contenido.

—Sire Arrodendo, ¿puede decirme qué diablos pasa? —preguntó amenazadoramente al tiempo que se sentaba.

—¡Orcas, haz el favor de comportarte! —Sorade le reprendió.

Mientras que los otros guardaron silencio, el comerciante se puso de pie y, sin poder ocultar su gozo, respondió:

—¿Es así cómo recibe a Nantórer, nuestro amigo en común, señor mío? En verdad que es una lástima, más aún considerando las buenas nuevas que le trae.

—¿Amigo común? ¿Nuevas? —preguntó extrañado—. Creo que me he perdido de algo —añadió con más calma— y ya es tiempo que me pongas al tanto de ello, Nantórer.

El abogado se disponía a hablar cuando Arrodendo lo interrumpió:

—Déjeme que sea yo quien se lo explique —dijo cortés—. El inicio de esta historia fue fortuito. Visitaba Aleutia cuando se celebró el juicio entre su Casa y la Dorthmidord, hecho que llamó poderosamente mi atención pues, conociendo a su padre y la reputación de su familia, sé que los Pereiro nunca han sido amigos de los litigios y, mucho menos, de las trampas.

Orcas asintió.

—Aquello me pareció muy extraño. ¿A qué se debía que, tras dos milenios de distancia, la Casa Dorthmidord deseara revertir un fallo en su contra? Claro está que después de presenciar el giro extraordinario que tomó el juicio y el fallo que le acompañó, confirmé mis sospechas de que se había tratado de una celada en la que, como tiempo después confesarían al propio emperador los jueces Merlos de Torid y Zatrax de Tesfón, participó el virrey Alicord.

—¿También fue fortuito nuestro encuentro? —quiso saber Orcas.

Faeridi no dudó en responder:

—Las probabilidades de que así halla sido son del 1.63%, amo.

—El robot está en lo correcto —reconoció Arrodendo—. Con la ayuda de Krolets logré que viajaras en el Auriga Dorado.

—¿Por qué lo hizo? ¿Por qué se tomó tantas molestias por mi?

—Ya te lo he dicho —dijo con tono paternal—. Aprecio mucho a la Casa Pereiro; además, es parte de mi trabajo y representó particularmente un gusto para mi —guiñó un ojo—.Todo marchaba bien hasta que nos encontramos con los piratas. Aunque nuestro encarcelamiento y tu fuga complicaron mis planes, tampoco puedo dejar de reconocer que, al menos la prisión, me resultó de gran ayuda. Ahí tuve la oportunidad de charlar con Nantórer y de enterarme de que sus posibilidades de éxito en la Audiencia Real eran nulas.

Orcas lanzó al abogado una mirada furibunda.

—No lo culpe —prosiguó Arrodendo—. Hizo lo que cualquier litigante que se precie de serlo hubiera hecho en su lugar: apelar para obtener más tiempo. Cuando conseguí que el Premier Volcodo nos liberara de nuestro cautiverio, puse en manos de Nantórer todos los medios posibles para que regresara a Aleutia y buscara algún documento, ley o argucia legal que ayudara a su causa, señor mío. También acordamos que lo mejor sería dar por perdida la Audiencia Real, acogernos al plazo de gracia y presentarnos en la Apelación Definitiva.

Orcas no respondió. Se encontraba sumido en un mar de dudas en el que su cabeza trabaja aceleradamente en un intento por procesar el cúmulo de información que acababa de recibir. Ignoraba si Arrodendo le mentía ahora o si lo había hecho en el pasado, del mismo modo como tampoco podía asegurar a dónde quería llegar el comerciante. ¿Le estaba diciendo que todo se hallaba perdido o que, por el contrario, aún tenía una esperanza?

—Sé que esta es una plática de dos —intervino Sorade con cierta timidez—, pero ¿cómo fue que volvió a dar con Orcas? Nos las vimos negras para escapar de los piratas y sobrevivir al intento.

El comerciante volvió a colmar su copa antes de contestar.

—Lo sé, señora mía, lo sé —saboreó el vino generoso de Tabruc—. Pero recuerde que esa es parte de mi labor y que tengo informantes por todo el Imperio; ello sin contar con el hecho de que dispongo de los recursos necesarios —puso la mano en su frente mientras pensaba—, digamos que para obligar a los piratas a que me hagan ciertos trabajitos en aras de nuestro monarca.

El grumete fue el único que pareció entender la referencia.

—¿No querrá decir que usted les ordenó que atacaran...?

—¿...la caravana de Saireb? —lanzó una carcajada—. Por supuesto, hijo mío. Obligarlos a hacer una escala en la estación de tránsito Pucarúa era la única opción que tenía para continuar con mi plan.

El joven Pereiro tomó la única copa vacía que se encontraba en la mesa y se sirvió generosamente.

—Veo que ya se han aclarado algunas interrogantes de nuestro viaje —sentía cómo el vino bajaba por su garganta—, sin embargo, aún queda por responder la más importante: ¿qué fue lo que encontraste, Nantórer?

Éste sacó el expediente de su portafolio, se levantó y pasó las manos por su túnica para eliminar las pequeñas arrugas que se habían formado.

—Antes de hablar sobre el producto de mis pesquisas, Orcas, considero que es importante que estés al tanto de ciertos antecedentes.

—Si no hay otro remedio —respondió remilgoso Orcas.

—Considérate afortunado de que alguien te los explique y no, como me pasó a mí, de tener que encontrarlos fraccionados en infinidad de textos tan viejos como la tierra misma —pese a molestarse por el comentario, Nantórer mantuvo la calma—. En el tiempo en el que se celebró el litigio de restitución testamentaria entre las Casas Dorthmidord y Pereiro, el sistema legal del Imperio se regía por tres modelos: el aleutiano, el talmantino y el terráneo. Cada corte tenía libertad plena para administrar e impartir justicia con cualquiera de ellos sin tener que rendir cuentas a nadie. Esta situación sumió al Imperio en un pantano legal que, a su vez, favoreció la corrupción e ineptitud de quienes participaban en los procesos, incluidos los virreyes.

—¿Los virreyes? ¡Vaya! —Sorade lanzó un chiflido de asombro.

—Así es. Era práctica común que cuando el virrey presidía un juicio, no integrara con corrección el expediente del mismo ya fuera por omisión, por deferencia o por prebendas.

—Un momento —intervino Thims—. Concediendo que lo que usted dice es verdad, Lice, ¿acaso no sería una tontería? Si un juez o un virrey dicta un fallo injusto en mí contra, apelo al Derecho de Audiencia Real y resuelvo el problema. ¡En menudo lío los metería!

—En ese entonces no habrías podido —dijo el abogado.

—¿Si? ¿Quién me lo hubiera impedido? —Thims lo retó.

—La ley —Nantórer sonrió—. En esa época no existía el Derecho de Audiencia Real.

El grumete reconoció su derrota bajando la cabeza.

—En el 2229 d.f. se puso en práctica la Reforma de Doconar, para poner en orden en el sistema legal talmantino al hacer un código y crear el sistema que actualmente nos rige. Con ella se obligó a los presidentes de los tribunales a ser más cuidadosos en la celebración de los juicios y en la integración de los expedientes so pena de encarcelamiento y de degradación del rango de la Casa; también se creó la figura del consejero substituto y se erradicaron prácticas de dudosa legalidad como la de los alcances.

—¿Los qué...? —preguntó Orcas.

—En un momento te explico. La cuestión es que —Nantórer terminó su copa— pese a que la reforma cumplió cabalmente su cometido, lo cierto es que estaba trunca pues no contemplaba la reparación de los daños provocados por las autoridades judiciales en el pasado. Así, el Emperador Janceck V creó, en el 2358 d.f., el Derecho de Audiencia Real y estableció que todas las personas que hubieran participado en juicios celebrados con anterioridad podrían acogerse al mismo. Claro está que muchas de las familias importantes no quisieron hacer uso de esta facultad. Unas no encontraron el sentido a reabrir heridas que el tiempo había cicatrizado; otras, en cambio, ignoraban su historial jurídico y desistieron de investigar en sus archivos personales o en los imperiales.

—Muy interesante, Nantórer, muy interesante. Te felicito —Orcas usó un tono socarrón—. Y ahora que nos has demostrado cuánto sabes de leyes, tal vez pudieras ser tan amable de informarnos ¿cómo diantres se relaciona todo eso con mi caso?

Sorade quiso volver a regañar a Orcas, pero Faeridi se lo impidió:

—Es mejor que no lo haga, ama. Sólo empeorará las cosas.

Ella reconoció que el robot estaba en lo correcto.

Nantórer observó al comerciante y dijo:

—De tal palo, tal astilla. Estará de acuerdo que es igual de impaciente que el padre, ¿no es así?

—Me parece que más —respondió Arrodendo.

—Pensándolo bien, tal vez tenga razón —concluyó el abogado e, ignorando esta breve interrupción, prosiguió—. El juicio de restitución testamentaria en cuestión se llevó a cabo bajo el modelo jurídico aluetiano, mismo que, entre otras tantas de sus peculiaridades, permitía a los consejeros que se encontraran enfermos no asistir al tribunal el día en que se emitía el fallo virreinal.

—Disculpe, Lice Nantórer —dijo Faeridi—, pero lo que acaba de decir no ayuda en nada al amo Orcas, pues confirma que el fallo del virrey Namedí carece de valor legal.

—No necesariamente —respondió el abogado y todas las miradas se posaron en él—. Que no asistieran ese día no implicaba que el fallo fuera ilegal. Es aquí donde entran los alcances. El consejero enviaba una carta al virrey en la que le notificaba de su mal estado de salud, mientras que en otra el alcance, es decir, un documento que contenía su firma y la leyenda Don bon uz, Frat: dale un buen uso, hermano, lo que equivalía a dar al virrey un voto en blanco.

Hizo una pausa para tomar aire y continuó.

—Haciendo mis investigaciones, descubrí que Maituc de Véracer cayó gravemente enfermo al final del juicio y que se vio impedido para firmar el fallo; hecho que no descartaba la posibilidad de que hubiera enviado al virrey un alcance.

—Pero, de haber sido así, ¿no tendría que estar el dichoso alcance en el expediente? —preguntó Orcas.

—Cierto..., a no ser que el virrey Namedí no lo hubiera integrado en él, eventualidad que bien pudo darse dado el caso al que hice referencia antes.

Emocionado por aquello, Thims tomó la botella y, olvidando sus modales, bebió de ella un gran sorbo de vino.

—Entonces, ¿qué fue lo que hizo? —el grumete ahogo un eructo.

—En caso de existir, el alcance debía haberse traspapelado; así que no tuve más opción que pasar semanas enteras en el Archivo General de Aleutia buscando en los fondos documentales de esa época...

—... hasta que, por fin, lo encontraste, ¿verdad, amigo? —el joven Pereiro terminó la frase con un tono de esperanza.

—Lo lamento,... pero no, no lo hallé... —comentó apesadumbrado—, aunque... —su rostro se iluminó— si pensé en revisar el archivo personal de Maituc pues recordé que, cuando un consejero enviaba su alcance, debía guardar una copia autentificada del mismo. Para mí fortuna, las Casas Amolpar y Véracer siempre han mantenido buenas relaciones, así que Broscars, descendiente directo de Maituc, me permitió de buen agrado consultar su acervo familiar. ¿Y qué creen que encontré?

Abrió el expediente y sacó un papel:

—¡El alcance, Orcas! ¡el maldito alcance! —gritó eufórico—. ¿Te das cuenta de lo que significa este papel? ¡Tu Casa se ha salvado!

Sorade y Thims corrieron a abrazar a Orcas mientras que éste se dejaba caer en suelo llorando sin poderse controlar. ¡Qué bueno era recuperarlo todo cuando lo creía perdido! ¡Qué feliz era por estar vivo y por ser querido por personas que, como ellos, tanto se había preocupado por él y por su familia. No podía hablar de la emoción, mucho menos agradecer a Arrodendo, Nantórer, Thims, Sorade y hasta al hojalatoso de Faeridi por el apoyo brindado a lo largo de esa aventura.

El comerciante se aproximó a él y le habló como lo hace un padre:

—Llora todo lo que quieras, hijo, lo mereces. Y nunca olvides que siempre habrá a tu alrededor gente que estará dispuesta a ayudarte cuando más lo necesites. Eso es justo lo que uno cosecha cuando siembra con la bondad y justicia con las que tu, y tu familia, lo han hecho..

Orcas le respondió dándole un fuerte abrazo y un beso en la mejilla. Era la primera vez, desde que tenía cinco años, que sentía a su padre al lado.

Aquella tarde soplaba un viento frío en el puerto espacial Talamant. Reunidas en el hangar de Sire Arrodendo, tres personas intentaban paliar ese sentimiento extraño que nace cuando la alegría y la tristeza se apoderan del cuerpo.

—Así que este es el final de nuestra aventura —dijo Thims mientras forzaba una sonrisa—. Creí que este momento no llegaría.

—Cierto —se lamentó Sorade—. Es como si estuviéramos condenados a ir de un lado al otro por el resto de nuestros días. ¿Saben que es lo peor de ello? Que ya le estaba tomando gusto a ese tipo de vida.

—¡Pero qué pasa con ese ánimo! —Orcas quiso ser jovial—. Sólo piensen en todos los lugares que recorrimos, las culturas que tratamos, las personas que conocimos, los amigos que hicimos y el amor que... al menos algunos encontramos... —a continuación bromeó con Thims—, lo siento hermano, más suerte en la próxima.

—Tranquilo, galán —le dio un codazo Sorade—, que, si te descuidas un poco, te dejo por él —se acercó al grumete y le plantó un sonoro beso en la boca. Sonrojado por aquel gesto sorpresivo, Thims parafraseó:

Lo siento hermano, más suerte en la próxima.

Los tres apenas si sonrieron. No tenían ánimo para festejar ese o cualquier otro chiste.

—¿De verdad que no quieres acompañarnos, Thims? —preguntó Orcas afligido a la par que Sorade lo abrazaba para animarlo—. Ya sabes que en Aleutia hay muchas oportunidades para crecer; además, cuentas con mi apoyo para...

—No insistas, Orcas, es mejor así —los ojos del grumete se nublaron—. Aquí se encuentra el futuro, al menos el mío, y quiero labrármelo yo sólo. ¿Qué puedo hacer? Tienes un amigo que es feliz siendo más necio un asno de Kaldar.

Faeridi se asomó desde la entrada de la nave para avisar a los viajeros que estaban a punto de despegar. Con lágrimas en los ojos, Sorade y Ocas se despidieron de Thims y subieron al vehículo tomados de las manos.

Minutos después, el nebuloso cielo de Talamant era rasgado por un bólido que, veloz, se dirigía al espacio para cumplir su misión, una misión que se hallaba...camino de Aleutia.

FIN

(Ciudad de México. Junio de 2004 a Junio de 2005)

© Íñigo Fernández, (2.596 palabras) Créditos