—¡Tres días! No lo puedo creer —dijo Thims de regreso en la suite —. A penas si tenemos tiempo para prepararnos —se dejó caer en el sillón más cercano.

—No exageres. Tampoco hay mucho que preparar —Orcas cerró la puerta del cuarto.

—¿Cómo puedes decir eso, cariño, tratándose de una Audiencia Real? —cuestionó Sorade—. ¿Acaso no te das cuenta de que vas a estar frente a nuestro Emperador?

—No hace falta que me lo recuerdes —la tomó de la mano y sonrió—. Es más, aunque estuviera aquí Lice Nnantórer tampoco habría mucho que hacer más allá de presentarme ante su majestad y exponerle el caso.

—Se me ocurre que tal vez Faeridi pudiera hacer las veces de un Lice... —dejó escapar el pensamiento la mujer.

—Lo lamento, ama —intervino el androide—, pero ello es imposible. Está estrictamente prohibido que aconseje al amo Orcas en otra materia que no sea la protocolar.

A la respuesta siguió un silencio gélido que fue roto por una risotada del joven Pereiro:

—¡Ja, ja, ja! Quisiera traerles un espejo eónico para que pudieran verse los rostros —expresó con alborozo—. Quiten esas caras de una vez y tengan confianza. Verán que todo sale bien.

Poco tiempo después, se retiraron a sus habitaciones. Si bien Orcas se sentía tan agotado como en muy pocas ocasiones, lo cierto es que la emoción de saber que la aventura llegaría pronto a su fin le impedía dormir. Harto, se levantó, caminó hasta la sala y se detuvo frente a un ventanal. Era auténtico y no como aquellos holográficos que suelen distorsionar la imagen al estar cerca de ellos. Entonces, observó, ensimismado, las calles de Talamant, frías, ambarinas y tan desiertas que dudó por un instante que fueran las mismas por las que Faeridi y él caminaron horas atrás.

Una mano en el hombro lo sacó de su arrobamiento..

—Bonita vista, ¿verdad? —expresó Thims con cierta emoción.

Orcas se volteó.

—¿Qué haces aquí?

—Lo mismo que tu, zoquete. Matar el tiempo hasta que el insomnio me pase.

Los amigos se sentaron y siguieron observando aquel paisaje vivo en silencio. Thims salió de la estancia y regresó pronto a ella con una botella de potente licor de maíz sin diluir y un par de copas en las manos.

—No hay mejor manera de acabar con la vigilia que con unos buenos fogonazos —el grumete sirvió las copas bajo la mirada complaciente de su amigo—. ¡Salud!

Las vaciaron de un solo trago.

—¡Joder! Nunca antes mejor usada la palabra fogonazo, Thims —Orcas colmó nuevamente las copas mientras que gesticulaba cómicamente.

—Así que el buen Orcas no acostumbra a beber... ¡Brindemos por ello!

Apuraron sus bebidas otra vez

—Al menos no esta clase de venenos... ¡Agh...! —sacudió la cabeza.

El grumete quiso llenar otra vez los recipientes, pero el joven Pereiro lo impidió poniendo la mano sobre el suyo.

—Venga, Orcas —lo animó—. No me des la tabarra y tómate otra.

—Bueno, que sea la última —empezaba a arrastrar las palabras—. Pero esta si nos la bebemos despacio.

—¡A sus órdenes, capitán! —Thims recordó sus tiempos de grumete.

Sirvió los tragos y preguntó:

—¿Cómo están esos nervios?

—Bien —Orcas fue tajante en su respuesta—. Estaba un poco nervioso el día del juicio en Montaira. Ahora ya no.

—Yo lo estaría en tu lugar. Digo, es mucho lo que tienes que perder.

—Lo sé —dio un sorbo a su copa—, pero sé que todo saldrá bien. Mientras más pienso en los obstáculos que afrontamos y en las carencias que padecimos más creo que recibiremos la justa recompensa. No puede haber otro premio a nuestra persistencia y esfuerzo que no sea ese.

El grumete se limitó a terminar su copa para atestarla nuevamente de licor.

—Conozco ese gesto —dijo Orcas—. Será mejor que lo digas.

—Porque soy tu amigo, te seré franco. No dudo que en tu mundo funcionen así las cosas —expuso Thims con aire sombrío—. En el mío no. Ahí no hay más justicia que la del poderoso y recompensa mayor que la de conservar la vida al menos por otro día... En fin, ya tuvimos esta conversación y no tiene sentido desempolvarla en estos momentos.

—Tienes razón; sin embargo, hay algo más —remató su bebida. Mientras más la ingería, mejor pasaba por su garganta—. Anda, sírveme otro poco... Toda esta historia empezó por el dinero y por temor a perder todo lo que mi familia tenía, no lo voy a negar —los brazos le pesaban y le costaba trabajo hablar—, Y en este momento, sin saber lo que vaya a suceder en unos días, doy la gracias a Ralike por ello.

—Creo que ya no te voy a servir más —amenazó Thims mareado—. Estás más borracho que una cuba, amigo.

—Amigo, no —corrigió—. ¡Hermano! Tu y yo somos hermanos con vínculos más fuertes que los que la sangre da. A eso me refería antes. Puede ser que lo pierda todo, pero lo que nadie me puede quitar es tu amistad y el amor de Sorade.

—Yo... —el grumete intentó sin éxito contener las lágrimas— debo confesarte que muchas veces desee que jamás llegáramos a Talamant Lo sé, soy un egoísta —se limpió las mejillas con las manos—, pero no me puedo imaginar como será mí existencia cuando esto haya terminado.

El joven Pereiro lo abrazo y lloró con él pues lo comprendía. Había estado tan atareado saliendo de un problema para meterse a otro que, en realidad, nunca tuvo tiempo ni interés de pensar en el futuro. Temía extrañar a Thims tanto como que su amada Aleutia, con su vida monótona y exenta de sobresaltos, le quedara chica o, bien, que no fuera del agrado de Sorade...

Después de llorar por un buen rato y de jurarse lealtad eterna, los hermanos regresaron a sus dormitorios rezumando licor por cada uno de sus poros.

El día de la Audiencia Real llegó. En tanto que Orcas y sus acompañantes se vestían para la ocasión, Faeridi hacía las últimas recomendaciones.

—Cuando lleguemos a la antesala de la Cámara Real, nos separarán. La ama Sorade y el señor Thims ocuparán una tribuna especial. Ahí, según lo indica el protocolo, deberán sentarse, guardar silencio y observarnos fijamente mientras dure el proceso. Nosotros seremos llevados al estrado principal donde el amo Orcas expondrá su caso y recibirá el veredicto del Emperador. Cuando exponga su caso, amo, hágalo con la cabeza gacha y la vista puesta en el suelo; en cambio, cuando sea su Majestad quien hable, levante el rostro y mírelo directamente a los ojos. ¿Entendido?

Orcas apenas si movió la cabeza. Pocas veces en su vida había tenido una resaca como aquella.

—Le recuerdo —observó al joven Pereiro—, que mi trabajo concluirá cuando lo haya presentado formalmente; a partir de ese momento, usted tendrá que defender su causa solo. ¿Quedó claro?

Orcas asintió suavemente.

—Un consejo más —añadió Faeridi—. Siempre que se dirija al Emperador hágalo utilizando las fórmulas Su Alteza Serenísima o Su Serenidad al inicio de su intervención. Sobra decir —se dirigió a todos— que debemos ser muy cuidadosos pues una falta en el protocolo, por muy pequeña que sea, podrá ser motivo suficiente para que el Emperador falle en contra del amo Orcas.

Un reactor de lujo los esperaba en la puerta del hotel. Aquello parecía excesivo a Thims pues, afirmó, que resultaba más económico y rápido caminar rumbo al Palacio; sin embargo, Faeridi fue enfático al señalar que el protocolo establecía que, dada la dignidad de la Casa Pereiro en Aleutia, Orcas debía hacer una llegada ostentosa.

—En este planeta el fondo es forma y la forma fondo —Sentenció Faeridi mientras cerraba la puerta del transporte.

Un cuarto de hora después, llegaron a un edificio de dimensiones titánicas. Pintada en blanco y rojo, la construcción era tan alta que atravesaba las nubes y parecía perderse en el cielo infinito. Su base era grande, inabarcable, y comprendía la totalidad del centro de la ciudad de Talamant. Imponía a quien la visitaba por sus dimensiones y por ser la sede del poder político central y residencia oficial del Emperador, cierto, pero también sobrecogía por lo que representaba: era el signo palpable de la grandeza y el poder Imperiales.

Cuando entraron al Palacio fueron recibidos por un Maese Grado Ocho, un funcionario protocolar de bajo nivel, que los llevó sin dilación a la Cámara Real, donde fueron recibidos por uno Grado Cinco que, conforme lo dicho por Faeridi, pidió a Sorade y Thims que lo acompañaran a la tribuna. Poco después reapareció el hombre.

—Sean tan amables de seguirme, caballeros —dijo con la frialdad propia de un androide.

Caminaron a través de un pasillo iluminado que terminaba frente a un gran portón. Un gesto del Maese bastó para que éste se abriera. Cuando Orcas atravesó el umbral emitió un silbido de asombro que hizo que Faeridi le llamara la atención.

Entraron a un recinto que debía medir, lo menos, medio estadio de circunferencia. A su alrededor, decenas de tribunas se apilaban en una silenciosa espiral humana cuya cima era coronada por un domo áureo del que pendía el escudo de la familia Imperial: una estrella blanca de diez picos, que representan a los planetas que conforman al Imperio, y una corona de plata en su centro con la leyenda Imperio, Unión y Orden.

El centro de la estancia se encontraba cubierto por una alfombra con detalles y vivos multicolores que, vistos desde las alturas, mostraban a la concurrencia los sucesos más importantes que habían tenido lugar en el reinado de Panarcas II. Un pasillo hecho con los bustos de los emperadores más importantes en la historia de Talamant separaba el estrado de los demandantes del Imperial.

Orcas y Faeridi ocuparon su puesto dejando un lugar libre, el que debía ocupar Lice Nantórer de haber estado con ellos. Pasada la impresión inicial, el joven Pereiro se sintió tranquilo. Creía saber que detrás del oropel y de las medidas descomunales que tenía delante no había ninguna diferencia entre aquella sala y la del juicio en Montaira.

Esta si es cuestión de fondo y no de formas —pensó Orcas.

Un robot asistente subió al otro estrado y gritó con fuerza:

—¡Señoras y señores, con ustedes, el CCXLI Emperador de Talamant, X Marqués de Lublina, XXVIII Archipatres de Blisos, IV Bichope de Dables, II Comarcal de Doevi, Chancelar Único de Sener y Roits, Vicrois Universal y padre de todos los talmantinos. Su Alteza Serenísima, Panarcas II! ¡Todos de pie!

Las luces se apagaron y, de manera repentina, la cúpula de oro se abrió por el centro. Una figura dorada con los brazos extendidos y las piernas cruzadas descendía lentamente al tiempo que, del suelo, emergían dos individuos encapuchados y vestidos de negro que se sentaron en los extremos del estrado imperial. El personaje áureo ocupó el sillón central y, sin perder su aire mayestático, habló mientras la estancia volvía a iluminarse.

—Este es vuestro padre que se hace presente una vez más ante vosotros, hijos míos, para impartir justicia; la misma justicia que, por vuestros defectos, no sois capaces de administrar ni de respetar. Como el generoso progenitor que soy, me he hecho acompañar por dos fieles servidores para que sean testigos de mi magnanimidad en este acto con el que, también, os recuerdo que debéis aspirar a los mejores dones si ambicionáis estar cada día más cerca de mí.

Hizo una mueca fingida de alegría y continuó:

—A la diestra se encuentra Panaelios, vuestro futuro padre y heredero al trono —el joven se quitó la capucha—. Y, a la siniestra, un hermano vuestro que ha consagrado su vida al servicio del Imperio: el virrey Alicord de Xemijo —descubrió su rostro y dedicó a Orcas una sonrisa maliciosa.

¡Alicord en Talamant! —se dijo el joven Pereiro—. ¿Pero qué demonios hace ese jodido al lado del Emperador?... ¡Estúpido de mi! Debí pensar que algo como esto podría suceder estando Alicord por medio.

—Querido... —los ojos de Panarcas II se pasearon discretamente por el monitor en la mesa—. Orcas de Pereiro, he leído el expediente de tu caso y tu petición al fin ha sido escuchada. Ahora que te encuentras ante tu amado emperador deposita en mi tu confianza de la misma forma en la que un hijo la deposita en su padre. Dime, ¿qué es lo que te acongoja?

—Su... Serenidad —Orcas no podía ocultar su nerviosismo—. Es del conocimiento de todos que la Familia Pereiro ha servido fielmente a sus antepasados desde que el Imperio fuera fundado y que si nuestra Casa es una de las más prósperas de Aleutia, ello se ha debido, exclusivamente, a la generosidad con la que los Emperadores nos han premiado a través de los milenios. Sabemos, por que así lo hemos vivido, que no existe en todo el universo juez más justo y benévolo que Su Alteza Serenísima.

Dio una fuerte bocanada de aire para tranquilizarse y prosiguió:

—Venimos para evitar que la reputación de Su Serenidad sea ensuciada con un vil despojo que la Familia Dortmidord, bajo el cobijo de ese traidor que está sentado con usted —señaló al virrey de Aleutia—, está tramando en contra nuestra.

—¿A qué despojo te refieres, hijo? —el Emperador ni siquiera se alteró ante la acusación que Orcas lanzó contra Alicord.

—Su Alteza Serenísima, desestiman el fallo emitido, hace más de dos mil años, por el virrey aleutiano Namedí a través del cual se reconocía el derecho que tenía Taino de Pereiro a heredar de su padre, Lord Mahcoc de Dortmidord, las tierras de Bolecia. Exigen, además, una indemnización tan absurdamente alta que no podemos pagar ni aún vendiendo todas nuestras posesiones. Por si ello fuera poco, sé de buena fuente que en el juicio celebrado en Montaira, Alicord agració a la parte demandante a cambio de la mitad de los beneficios obtenidos.

—¿Podemos conocer el nombre de la fuente a la que te refieres, hijo?

—Su Serenidad, se llama Cahel de la Casa de Codán —respondió Orcas con aplomo— y es el secretario de Alicord.

Sin dejar de sonreír, el virrey se aproximó al Emperador para susurrarle algo en el oído.

—He sido notificado de que el hermano Cahel de Codán ha fallecido —expresó el soberano—. En consecuencia, nada de lo dicho o hecho por él puede ser tomado como evidencia en esta audiencia, querido hijo.

El joven Pereiro lo sabía pero ello no era lo que más le preocupaba. No tenía idea de cómo actuar teniendo a Alicord delante pues era notorio que el virrey había movido sus piezas con el cuidado suficiente para evitar que cualquier asomo de duda o de sospecha recayera en él. Reconoció que su rival tenía el triunfo entre sus manos y que sólo un milagro, mucho mayor que cualquier otro que hubiera tenido lugar a lo largo del viaje, podría arrebatárselo.

—Entonces, Su Alteza Serenísima —Orcas se sentía derrotado—, no tenemos nada más que decir a nuestro favor.

—¡Un momento, majestad! —gritó un encapuchado desde la primera grada—. El representante de la Casa Pereiro no miente.

Por primera vez se pudieron escuchar murmullos agudos y acelerados que rompieron con el silencio imperante en la sala. Ante aquella falta protocolar, Panarcas II no pudo contener un gesto de ira que pronto se transformó en uno de sorpresa a raíz de que el desconocido decidiera mostrar su rostro.

—¡Gran Ralike! —gritó Orcas—. ¡Sire Arrodendo! —empezó a sudar frío—. Pero... ¿qué está pasando, Faeridi?

—Lo ignoro, amo. No tengo registrado en mi base de datos un suceso como este.

—Sire Arrodendo, esta si que es una sorpresa grata —expresó el monarca intentando recuperar su solemnidad habitual al tiempo que se ensombrecía el rostro del virrey de Aleutia—. ¿A qué debo la intervención de un hermano tan querido?

—¿Por qué el Emperador se refiere a él con tanta deferencia después de lo que hizo? —preguntó Orcas al robot.

—Se me ocurre una explicación posible, amo. Arrodendo debe ser uno de sus espías más importantes. Sólo así se entiende que no lo haya mandado aprehender y ajusticiar conforma a la ley por este desplante.

El Sire observó al emperador adustamente y dijo.

—Su Excelencia. El hombre que está sentado a su izquierda no es digno de confianza. Ha utilizado el cargo que usted tuvo a bien otorgarle para velar por sus intereses personales y no por los del Imperio. Cuento con elementos que demuestran que Alicord de Xemijo y Taluc de Dortmidord actuaron conjuntamente en contra de la Casa Pereiro.

—¿Acaso violaron alguna ley al hacerlo o a raíz de ello?

El comerciante negó.

—¿Algo más que quieras decirnos, Sire Arrodendo? —inquirió Panarcas II con desinterés.

—Una cosa más, Su Excelencia —se acercó a Orcas—. Conozco a la familia Pereiro desde hace varios años, también estoy al tanto de la buena fama que posee entre los habitantes de Aluetia, así que respondo por la intachable calidad moral y ética de su representante.

Después de que acabara la intervención, el monarca lo observó, inmutable.

—Tus palabras son conmovedoras. Nacen de un corazón piadoso que, día a día, te permite estar más cerca de mi, hermano. Sé que lo dices es verdad del mismo modo como es verdad que fue gracias a ti que tu protegido se encuentra hoy ante mi presencia.

A continuación, el Emperador preguntó a Alicord:

—Y tu, hermano, ¿tienes algo que decir?

El virrey recuperó la compostura.

—Excelencia. Más allá de las calumnias que se han vertido en nuestra contra —dijo molesto—, mismas que refutaremos en su momento y por los canales adecuados, aseguramos y juramos que no hubo irregularidad alguna en el juicio celebrado entre las Casas Dortmidord y Pereiro y que, asimismo, actuamos conforme a la ley.

Panarcas II cerró los ojos, puso las palmas de las manos sobre las sienes y pronunció una oración antigua. Hecho lo anterior, extendió los brazos y se elevó por encima de las cabezas de Alicord y de Panaelios arrancando expresiones de asombro en el público.

—¡Callad, insensatos! —vociferó—. ¡Vuestro padre os va a comunicar su veredicto!

© Íñigo Fernández, (2.991 palabras) Créditos