Orcas intentó una y otra vez zafarse, pero aquellas manos eran demasiado fuertes. Resignado, pensó que pronto moriría, y así hubiera ocurrido de no ser porque Sorade se apresuró a buscar a Thims. Cuando el grumete entró en la recámara, corrió hacia el extraño y le dio un puntapié en la cara que le abrió el labio y le hizo caer inconsciente.

Faeridi también llegó a la habitación. Encendió las luces y ayudó a Sorade a incorporar al joven Pereiro, mientras que Thims sometía al intruso.

—¡Veamos qué tan valiente eres, so cabrón! —lo retó en tanto que ataba sus manos con el cable de una lámpara—. Claro, resulta muy fácil atacar a un hombre dormido, —lo golpeó en el pecho—; pero, ¿qué tal si sus amigos lo defienden? —ahora en el cuello—. A que ya no es igual, ¿verdad?

Lentamente, Orcas recuperó la conciencia y se levantó.

—Tranquilízate —dijo sofocado—. Este tipo tiene las respuestas a muchas preguntas y no quisiera perderlo por una hostia mal dada —respiró con dificultad—. Será mejor que lo pongas en un sillón.

El grumete lo arrastró por el suelo colocándolo, con un descuido premeditado, en la butaca. Con cautela, Orcas se aproximó a él y observó su rostro ensangrentado por un largo instante.

—Lo conozco —nervioso, el joven Pereiro dio vueltas en círculo—. Es la misma persona que vi el día que abordamos a la caravana de Saireb.

—Al menos sabemos —concluyó Sorade más serena— que se trata de un espía.

—Ya... pero hay algo más, cariño —reflexionó en voz alta y sin despegar la vista del extraño—. En ese entonces su rostro me pareció familiar... Puedo jurar que conozco a este tipo de otro lado.

—¿Te acuerdas de dónde? —quiso saber Thims.

Orcas hizo un repaso mental de los distintos episodios vividos a lo largo del viaje pero no tuvo éxito alguno. Era obvio que debió conocerlo cuando vivía en Aluetia, antes de que se viera obligado a peregrinar por el espacio, antes de que su familia se sumiera en despojos, preocupaciones y... ¡juicios!

—¡Es el secretario de Alicord de Xemijo! —gritó sorprendido.

—¿Alicord de qué? —preguntó Sorade.

—Se refiere al virrey de Aleutia —explicó el grumete.

—¡Ven aquí, Faeridi! —ordenó el joven Pereiro—. Haz el favor de grabar la plática que voy a tener con nuestro invitado.

—Si la petición se relaciona con el juicio, lamento informarle que las grabaciones no son tomadas como pruebas en las Audiencias Reales, amo —advirtió el androide.

—Limítate a hacer lo que te ordeno —respondió Orcas—. Y tú —se dirigió a su agresor—, ¿por qué querías asesinarme?

Éste no habló; sólo se limitó a apretar los labios y a retarlo con la mirada. No obstante, Orcas no estaba de ánimo para estos juegos, así que cerró la mano y lanzó un puñetazo que dio de lleno en la mandíbula del extraño arrancándole un grito de dolor.

—De modo que tus padres no te ensañaron los buenos modales, ¿eh? No importa, conmigo los aprenderás —cerró los puños—. Dime porqué querías asesinarme —insistió.

Al no recibir una respuesta, la ira se apoderó de él. Lo golpeó repetidamente en la cara, el abdomen y el bajo vientre a la par que gritaba enajenado: ¡Habla de una vez, bastardo! La escena asustó de sobremanera a Sorade pues el Orcas que veía no era el hombre tranquilo, gracioso y, en ocasiones, circunspecto del que se había enamorado; por el contrario, delante de ella se encontraba un energúmeno que, con el rostro encendido, descargaba su furia contra un individuo a la sazón indefenso.

—Será mejor que intervenga, señor —sugirió Faeridi al grumete—. De lo contrario, no dude que el amo termine por matarlo.

Thims coincidió con el androide. Se acercó a Orcas y lo sometió abrazándolo por la espalda.

—Ahora eres tu quien se debe tranquilizar —le dijo con calma sin soltarle.

—¡No puedo! —vociferó a la par que procuraba liberarse—. ¡Él es el causante de nuestros sufrimientos! ¡Es el responsable de todas las incidentes que hemos padecido! ¡Él es... es...!

Una sólida bofetada de Thims le hizo volver en sí.

—Vete a la cocina —le pidió a Sorade— y trae un vaso generoso del vino más fuerte que encuentres. Orcas, siéntate ahí —apuntó hacia un sillón lejano— y deja que me encargue de la situación. Faeridi, ¿sigues grabando?

—Si, señor.

—Excelente —el grumete se volvió amenazadoramente hacia el extraño.

—Como puedes ver, ni mí amigo ni yo somos muy pacientes. Será mejor que empieces a hablar.

El castigo infligido al extraño había surtido efecto.

—Pretendía... —dijo entre jadeos— amedrentar a Orcas... jamás asesinarle.

—Al fin nos estamos entendiendo, amigo —le dio una palmada en el hombro—. Pero aún no nos dices qué es lo que te trae por aquí —asió con fuerza su barbilla.

El hombre lanzó un escupitajo con sangre a manera de respuesta.

—Con lo bien que íbamos —Thims fingió lamentarse—. Tal vez esto te ayude a seguir cantando —le propinó tremendo golpe en la garganta que estuvo a punto de hacerle perder el conocimiento.

—Alicord —masculló exhausto—. Todo esto ha sido su idea. —hizo una pausa para recuperar el aliento—. Él se puso de acuerdo con la Casa Dorthmidord para despojar a la Familia Pereiro de sus posesiones y dividirlas en partes iguales, él me solicitó que investigara los resquicios legales que favorecieran su causa y fue él quien me ordenó que siguiera a Orcas y utilizara todos los recursos necesarios —enfatizó— para impedir que llegara a tiempo a Talamant.

¡Al fin misterio se empieza a desvelar! —reflexionó Orcas mientras se levantaba de la butaca—. De modo que las amenazas y las vicisitudes formaban parte de un plan ideado por el virrey de Aleutia y orquestado por su secretario para evitar que pudiera presentarme en la Audiencia Real en el plazo contemplado por la ley.

—¿Cómo te las ingeniaste para seguirnos? —Orcas preguntó más tranquilo.

—Con los contactos adecuados y muchos aurens por delante —Cahel esbozó una sonrisa con cierto aire de tristeza—. Piratas, asesinos, vendedores, servidumbre, policías, hosteleros y hasta sacerdotes; todos pueden ser comprados si se les llega al precio.

Thims dudó si aquellas palabras eran una confesión honesta o si, por el contrario, se trataba de una manifestación de cinismo. Fuera lo que fuere, estaba satisfecho pues Cahel había hablado más de lo que esperaba.

—¿Qué vamos a hacer con el pajarillo? —susurró a su amigo—. Me parece que ya cantó la tonada entera.

—Coincido contigo —Orcas paseaba la mano por su barbilla—. No quiero correr riesgos, así que lo vamos a liberar.

—¿Bromeas?

—En lo absoluto. ¿Qué prefieres? ¿Que lo matemos y corramos el riesgo de que el capitán de la caravana o la Policía Imperial nos detengan? ¿o que lo recluyamos en una habitación y le demos la posibilidad de que termine su trabajo? Ninguna de esas opciones es viable para mí. De todas formas, la gente de Alicord ya sabe que estamos aquí.

—¿La gente de Alicord? —Thims ignoraba a lo que se refería Orcas.

—No serás tan ingenuo como para pensar que Cahel es el único espía del virrey que se encuentra en la caravana, ¿o si?

Su amigo guardó silencio. Orcas liberó a Cahel con la amenaza de que si intentaba de nuevo poner en riesgo tanto su misión como su vida, no tendría piedad y acabaría con él. Hecho lo anterior, dijo:

—Ha sido una noche muy larga. Será mejor que regresemos a la cama e intentemos dormir un poco. Faeridi que quedará haciendo guardia.

—Si, amo.

Si bien se volvieron a acostar, ninguno pudo descansar por el resto de la noche. Cuando los fanales de medio ciclo se encendieron para indicar que un nuevo día empezaba, la alarma de emergencia estalló en tanto que un coro de pisadas violentas y aceleradas retumbaba a lo largo del techo de la suite. Molesto por el alboroto, Orcas llamó a Feridi.

—¿Qué es lo que sucede? —bostezó.

—Lo ignoro, amo.

—Pues averígualo.

Minutos después el robot estaba de regreso.

—Hace menos de una hora se registró un asesinato, amo. Vi el cuerpo y no tengo la menor duda que se trata de Cahel de Codán.

—No me sorprende —respondió Orcas con la certeza de que detrás de aquella muerte se ocultaba la mano de Alicord—. ¿Aún conservas la grabación?

—Si, amo.

—Pues déshazte de ella. —se acostó y abrazó a Sorade.

Cuatro jornadas más tarde, los viajeros arribaron al puerto espacial de Talamant. Con grandes dificultades, se abrieron paso entre el mar de gente hasta alcanzar la salida.

—Faeridi, a partir de este momento, nos encontramos en tus manos —expresó Orcas sonriente.

—Si, amigo —le secundó el grumete—. Así que no vayas a defraudarnos.

—Lo primero es establecernos en el mejor hotel que podamos costearnos; a continuación, visitar la Oficina de Audiencias, entrevistarnos con un funcionario y pagar los derechos correspondientes.

—Un momento —Sorade encaró al androide—. ¿Dónde quedó toda esa basura de la humildad con la que me mareaste en Ecspont?

—Hay que mostrarse humilde ante el emperador, cierto; no así con los burócratas. Los empleados públicos atienden mejor a los acaudalados y dan preferencia a sus solicitudes, previo pago de una... pequeña gratificación. Señor Thims, sería tan gentil de informarme a cuánto asciende nuestro capital.

Éste, levantó sutilmente la cabeza y entrecerró los ojos.

—A ojo de buen cubero..., poco más de veintiocho mil aurens.

—Suficiente para hospedarnos en un hotel cómodo, lujoso y cercano al Palacio de Gobierno. El Castillo de Talamant es una buena opción.

Un reactor los transportó al hotel. Ahí, Faeridi se encargó de reservar una, y no dos como era costumbre, habitación por tres semanas, decisión que ninguno de sus acompañantes objetó dado el elevado costo de la misma —cerca de mil aurens al día.

Después de que se instalaran en la espaciosa habitación, Orcas vistió sus mejores ropas y, acompañado por Faeridi, se dirigió a la Oficina de Audiencias. Cuando llegaron a ella, el robot le advirtió:

—El trámite es sencillo, amo, pero el protocolo indica que es necesario que usted guarde silencio mientras tiene lugar el mismo.

La oficina era un cuadrado de amplias dimensiones que tenía tapizadas sus paredes con pequeños habitáculos en los que un ejército de burócratas de bajo grado atendía demandas provenientes de todos los rincones del Imperio.

Se formaron en el cubículo que ostentaba la leyenda Audiencias Reales. Sector Aluetia. Las dos personas que estaban delante de ellos fueron atendidas con relativa rapidez por un hombre alto, delgado, calvo y con un rostro poco amistoso. Cuando llegó el turno de Faeridi y Orcas, les preguntó sin siquiera observarlos:

—¿Nombre del solicitante?

—Orcas de la Casa Pereiro.

—¿Motivo de la solicitud de audiencia?

—Reclamo del fallo dictado en el juicio de restitución testamentaria entre las Casas Dorthmidord y Pereiro.

—¿Nombres de los representantes legal y protocolar del solicitante?

—Lice Nantórer de Amolpar y Faeridi de la serie DECS.

—¿Domicilio en la ciudad?

Castillo de Talamant, avenida Emperador Eolios V, número 2371, habitación 132.

—Son veinte aurens.

Faeridi dejó dos billetes sobre el mostrador. Cuando el funcionario terminó de capturar los datos, levantó la vista y explicó al androide:

—Ya sabe que estos trámites suelen ser muy lentos. Además, el Emperador se está recuperando de una enfermedad grave por lo que sólo asiste a una, a veces dos, audiencias por día —hizo una pausa—. Es evidente que siempre existe la posibilidad de acelerar el papeleo..., pero eso resulta considerablemente oneroso y está fuera del presupuesto regular de la administración. Ya sabe, hay que pagar horas extra a los funcionarios, invertir en el necesario material de oficina, alterar los horarios del personal de limpieza al tener todavía ocupados los despachos...

—¡¿Acaso cree que mí cliente es un pobre diablo que puede darse el lujo de perder el tiempo esperando?! —Faeridi alzó ligeramente la voz—. Tal vez no me escucho decir que es miembro de la familia Pereiro, una de las más respetables de Aleutia y cuya generosidad es conocida por todos.

Detrás del la ventanilla, el hombre esbozó una sonrisa torva y asintió.

—Por ello, mi amo no tiene objeción en contribuir al presupuesto de la administración en la medida necesaria —discreto, le dio un sobre—, como una muestra del agradecimiento que le guarda al cuerpo funcionarial que tanto se desvive por la buena marcha del Imperio.

—Acepto tan valiosa donación —contestó el funcionario después de revisar su contenido—, con la promesa de que en menos de tres semanas su representado será llamado.

De regreso al hotel, Orcas preguntó a Faeridi:

—¿Cuánto le diste al tinterillo ese?

—Lo usual en estos casos: quinientos aurens, amo.

—¡Quinientos aurens! —lanzó un grito de sorpresa—. Pero si eso es una pequeña fortuna.

—¿Estaba dispuesto a esperar un mes o más?

—Sabes que no —reconoció—. ¿Al menos estás seguro de que cumplirá con su parte?

—Tan seguro como que él y sus compañeros viven de eso, amo. Si no cumplen lo prometido, el negocio se les viene abajo.

Esa noche Orcas y sus amigos decidieron celebrar su llegada a Talamant cenando en el lujoso restaurante del hotel. Al pasar por el mostrador de la entrada, el recepcionista se les acercó.

—Señor Pereiro, acaba de llegar este sobre la Oficina de Audiencias para usted.

Al abrirlo, Orcas no podía creer lo que estaba viendo. ¡Era un citatorio!

—Si que debe tener un buen amigo en el gobierno para haber recibido respuesta con tal prontitud —expresó respetuosamente el encargado

—Ya..., pero ¿quién será ese amigo? —caviló en voz alta Sorade.

© Íñigo Fernández, (2.245 palabras) Créditos