La noticia cayó como un balde de agua fría. No podían esperar dos meses y pretender llegar a Talamant con el tiempo necesario para tramitar la Audiencia Real. Dadas las circunstancias, lo mejor era arreglar por su cuenta el viaje a la capital imperial.

—Ha sido muy amable al recibirnos, Sire Albandur —reconoció el joven Pereiro con cortesía a la par que él y Thims se ponían de pie—, pero comprenderá que en este instante no podemos perder el tiempo.

El comerciante los observó divertido y dijo:

—Que el ánimo no decaiga, muchachos.

—¿Pero no nos acaba de decir que la última caravana partió ayer y que la siguiente lo hará en un par de meses? —preguntó el grumete desconcertado.

—Estás en lo correcto, hijo. Lo que no implica que no puedan partir mañana mismo en mí nave para unirse a la caravana en un par de días —hizo un giño.

Volvió a llenar su copa.

—Son jóvenes —prosiguió— e impacientes; y aunque esa enfermedad se va con los años, voy a darles un consejo: jamás olviden que el hombre sabio es aquel que escucha pacientemente y evita, a toda costa, anticipar o interpretar las palabras de su interlocutor —exageró al pronunciar la r final—. Y ahora, si no disponen de otra cosa, caballeros...

Mientras Sire Albandunr, Orcas y Thims ultimaban los preparativos del viaje, Sorade y Faeridi se alistaban a salir de compras.

—Harapos —se quejó la mujer tras revisar el equipaje de los tres—. Necesitamos vestir algo decente si deseamos que el Panarca nos reciba.

—Está en lo correcto, ama.

—Acompáñame, Faeridi —ordenó—. ¡Nos vamos de compras!

—Pero...

—Nada de peros. Haces lo que te ordeno o te desconecto...

Visitaron las tiendas del sector comercial de Ecspont, desde las especializadas en el protocolo imperial hasta las más lujosas. Después de tres horas, regresaron al hostal con varios paquetes, en su mayoría de Sorade, que Faeridi cargó en una muestra notable de equilibrio que ningún ser humano hubiera capaz de llevar a cabo.

—Aún sigo sin comprenderlo —manifestó ella a la par que el robot dejaba las compras sobre la cama.

—¿Qué, ama?

—Pues esto —abrió la bolsa con las vestimentas protocolares y sacó una túnica color crema—. ¿Cómo se puede presentar una en el Palacio vistiendo una tela tan áspera y sobria? Ante ella, los mendigos de Koltrán, parecen grandes señores.

—Forma parte del protocolo, ama.

—Disculpa —respondió molesta—, pero no tiene sentido.

—Es muy simple —respondió Faeridi sin variar el tono de su voz—. Dado que el Panarca es el hombre más poderoso del Imperio, quien se encuentra ante él debe mostrar humildad en todos los sentidos, desde la forma en la que se expresa hasta la manera en la que viste. Mientras menos ostentosas sean las túnicas que se portan en su presencia, es mayor el respeto que se le demuestra.

—¡Vaya que si eres un sabihondo! —dijo Sorade con un dejo irónico.

—Es mí trabajo —se limitó a contestar.

La mujer separó los contenidos de las bolsas y de los paquetes en dos montones pequeños, los de Orcas y Thims, y uno grande, el suyo.

—Disculpe, ama, ¿puedo hacerle una pregunta?

—Tu dirás —respondió ella sin prestarle atención.

—Cuando esto acabe, ¿qué será de mi? Acaso ¿el amo Orcas y usted ya han hablado de lo que harán conmigo?

Dejó de preparar su equipaje y se sentó en la cama. Faeridi le tomaba por sorpresa pues jamás pensó que tuviera capacidad para preocuparse por el futuro. De no ser porque sabía que delante tenía a un robot, hubiera jurado que quien le preguntaba era un hombre temeroso del porvenir

—¡Por favor! ¿De dónde sacas esa idea tan absurda? —quiso salirse por la tangente.

—Disculpe, ama, pero no creo que sea absurda. A lo largo de estas semanas he aprendido más del comportamiento humano que lo que la mejor programación es capaz de enseñar. No obstante, sé que el tema es complejo y que tanto su comprensión como su estudio son difíciles para un robot. Por ello, desearía seguir al lado del amo Orcas y del suyo una vez que mis servicios hayan llegado a su fin.

Entonces, Sorade se compadeció de Faeridi.

¿Estás loca o qué? —se dijo—. ¡Obsérvalo! Es un androide fabricado con metal y circuitos, no una persona. ¡Trátalo como tal!

Sin embargo, no pudo.

—Lo veremos en su momento —hizo un esfuerzo para que su voz tuviera un deje de desinterés—. Y no me des más lata, por favor.

A la tarde siguiente, los cuatro abordaron el transbordador que les llevaría hasta la caravana de Sire Albandur. Después de dos días, tenían la caravana ante ellos.

Maniobras de aproximación iniciadas —indicó el piloto automático por el altavoz—. Tiempo aproximado de aterrizaje: 37 minutos y 42 segundos.

Con suavidad, el vehículo se inclinó hacia estribor permitiendo a sus ocupantes observar la aún lejana caravana. En la medida en que se aproximaron a ella, descubrieron que no guardaba parecido alguno con la de Saireb. No había naves guía y nodriza, apenas una que, según los cálculos de Orcas, debía ser tan alta como la torre del puerto espacial de Montaira y tan larga como tres estadios atléticos.

—No me puedo imaginar la energía que se necesita para hacer que ese monstruo despegue de tierra —expresó asombrado.

Thims intentó, inútilmente, ahogar una carcajada.

—Ahora te resulto chistoso —le recriminó el joven Pereiro—. Al menos puedo saber qué es lo que te hace tanta gracia.

—¡Caramba! —no podía contener la risa—. Nunca he visto a alguien tan poco conocedor de las naves.

—Ya que su ilustrísima es toda una conocedora del tema, ¿sería mucho pedirle que se dignara señalar a este, su humilde servidor, en qué radicó su falla? —arremetió con mala leche.

—¿Se lo dices tu —señaló a Faeridi—, o yo?

—Percibo que, como suele decirse vulgarmente, el horno no está para bollos; así que preferiría que usted lo hiciera, señor.

—No hay problema —sonrió—. Orcas, hasta un niño de pecho sabe que, por su peso y sus dimensiones, las naves de esa categoría solo pueden trasladarse de una estación espacial a otra. Un monstruo como éste jamás podrá despegar de tierra salvo que —hizo un gesto sardónico— las leyes de la física hayan cambiado en las última semanas.

—¡Era sólo un comentario! —dijo el joven Pereiro enfadado. Digno, dio la espalda al grumete y tomó por la cintura a Sorade. Instantes después, reconoció el ridículo que acababa de hacer con una carcajada franca y ruidosa que desató las risas de Sorade y Thims.

Conforme el vehículo se acercaba, apareció una pequeña mancha a babor de la caravana que fue creciendo poco a poco hasta convertirse en un portal que se cerró una vez que la nave lo atravesó. Cuando los pasajeros desembarcaron, una comitiva formada por dos robots y el capitán los esperaba.

—Sean bienvenidos al Sire Dercámer —el hombre dio un paso hacia adelante e hizo un saludo marcial—. Soy el capitán Raisabú, Reservista de la Tercera Unidad de la Fuerza Espacial Talmantina, Primer piloto de Impex de Ecspont y Responsable Absoluto de la caravana.

Orcas correspondió la cortesía haciendo una presentación, lo más formal posible, de cada uno de sus acompañantes.

—Deben estar cansados por el viaje, así que no los entretengo —Raisabú no perdía su apostura—. Estos robots personales estarán a su servicio mientras dure su estancia y los llevarán a la suite principal para que descansen. Si no disponen de otra cosa —miró su reloj—, tengo que marcharme.

—Una pregunta, capitán —expresó Thims con un tono gentil poco habitual en él—. ¿Cómo se enteró de nuestra llegada?

Raisabú lo miró inmutable y, sin pestañear, respondió:

—No se imagina las maravillas que pueden hacer los pilotos automáticos de última generación. Con permiso —dio la media vuelta y se marchó.

La suite principal ocupaba el nivel 11 en su totalidad y se encontraba a un costado del puente de mando. Más que un habitáculo, aquello era un palacete interestelar cuya opulencia hacía recordar los cuentos infantiles del Visir Bremdi. A las diez y seis estancias y recámaras, de todos los tamaños y estilos, se sumaba el mismo número de baños; tres cocinas; cuatro comedores; una piscina; cinco fuentes de electrorelajación; un pequeño jardín tropical y otro de coníferas enanas; dos salas de esparcimiento que contaban con cien escenarios virtuales de recreación histórica y ficticia, cinco millones de registros visuales y musicales y un salón de lecturas con cien mil títulos; cinco cámaras de termoterapia lumínica; ocho guardarropas generosamente surtidos y una cuadrilla de diez robots domésticos a su entera disposición.

—¡Redios! —expresó un deslumbrado Thims—. ¡Esto es justo lo que me recetó el doctor! —se dejó caer en neumático para estirarse perozosamente—. Me parece que ya le estoy tomando gusto a la vida de ricachón.

—Con una casa como esta, querido, te daría ahora mismo el sí... y algo más —Sorade rozó con su lengua la oreja de Orcas logrando que éste se sonrojara.

—Ya estuvo bueno de tanta palabrería... —el joven Pereiro cambió de tema—. Mejor que cada uno escoja una recámara y descanse. Faeridi se encargará de todos los preparativos para la comida.

—Es mí deber recordarle, amo que...

—Lo sé, que eres un robot-protocolar y no uno doméstico —recitó de burlonamente—. Si sabes cómo dirigirte a un emperador, no te resultará difícil coordinar los trabajos de la cocina.

—Si les parece, podemos encontrarnos en ese comedor —el grumete señaló al de menor tamaño— en un par de horas.

Orcas y Siared estuvieron de acuerdo.

La comida se desarrolló en un ambiente de alegría y cordialidad. Entre bocado y bocado, vertían algún comentario sobre la fastuosidad de la suite o de la generosidad mostrada por Sire Arrodendo al prestárselas. Ni aún Orcas, con su posición social, creía que existiera tanto lujo en algún rincón del Imperio. Era evidente que el concepto de riqueza en su familia era diferente al de los comerciantes. Los Pereiro sólo trabajaban para crearla y acumularla. Cierto, vivían bien, pero sin lujos pues estos eran considerados desembolsos fútiles que favorecían el despilfarro. En cambio, entre los mercaderes, la suntuosidad era un premio al trabajo agotador, la manera más sencilla de alegrar una existencia que, por ley, se encontraba excluida del matrimonio y de la paternidad.

La sobremesa se animó con la llegada de tres tazas humeantes y espumosos Pulad, bebida compuesta por café, chocolate y unas cuantas gotas de esencia Tewino.

—¡Qué me cuelguen si miento, pero esta es la mejor comida que he hecho mi vida! —el grumete dio un breve sorbo a su taza.

—Me alegro, pero será mejor que no te acostumbres —le recomendó su amigo—. Pronto llegaremos a Talamant y dudo que podamos pegarnos una vida como ésta.

—Al menos podemos disfrutarla mientras sea posible —añadió Sorade dulcemente—. Eso no tiene nada de malo, cariño.

—Además —se defendió Thims—, ¿quién dice que no podré tener algo así cuando funde mí compañía de transportes?

—¡Bien dicho! —le aplaudió ella.

Orcas sonrió con cierta satisfacción al escucharlo. Era bueno que su amigo no se hubiera olvidado de su sueño.

—Hablando del viaje —comentó serio el joven Pereiro para cambiar de tema—, creo que tenemos un as bajo la manga.

Sorade y Thims no comprendieron a lo que se refería.

—Si es cierta la suposición de que nos están vigilando —prosiguió—, dudo mucho que los espías sepan que estamos en la caravana.

—¿Quieres decir —Sorade acabó su taza de Pulad — que no nos han seguido hasta aquí?

—Son dos cosas diferentes —repuso Orcas—. Meto mí mano al fuego de que ahora hay espías en esta nave, de ello no me cabe la menor duda. Sin embargo, estoy convencido de que no están al tanto de nuestra presencia.

—Entonces, ¿qué es lo que sigue? —Sorade dejó su taza sobre la mesa.

—Quedarnos en la suite por el resto del viaje.

—¡Un cautiverio! No lo puedo creer. ¡Al fin soy libre y me sometes a un maldito cautiverio! —espetó furibunda.

—¿Qué tiene de malo? —dijo con calma el grumete—. Al menos es mucho mejor que aquella jaula de castigos en la que te encontramos, ¿verdad?

—Es cierto, cariño —justificó Orcas—. Piensa que sólo se trata de un pequeño sacrificio.

La mujer les echó una mirada de irritación y, después de gritar ¡hombres tenían que ser!! salió corriendo del comedor.

Al tiempo que Faeridi y Thims se distraían jugando en la sala de esparcimiento, Orcas se retiró. Agotado por el viaje, se dirigió a la recámara con el único deseo de dormir; sin embargo, ignoraba que Sorade tenía otros planes.

Al entrar al dormitorio se encontró con la luz tenue y vibrante de las velas que se encontraban desparramadas por el suelo mientras que cientos de pétalos de rosas, de jazmines y de violetas tapizaban la cama y la perfumaban con sus delicadas fragancias. Cuando Orcas cerró la puerta de la estancia, Sorade salió del baño. Estaba completamente desnuda y en sus manos portaba un par de copas del afrodisiaco vino de Zarquil. Le dio una a su amado y brindó:

—Por la reconciliación de los amantes.

Sorade hizo chocar las copas y, sin esperar a que éste probara la suya, unió sus labios a los de él en un beso de lascivia que nunca antes había dado a hombre alguno...

Aquella noche hicieron el amor como si fueran dos animales en celo que dejaban, al fin, aflorar la pasión y lujuria contenidas por semanas. A diferencia de la primera vez, en esta no hubo consideraciones o reparos; fue una lucha incesante, en medio de efluvios y de gritos de excitación, para provocar en el amante esa muerte pequeña que se apodera del cuerpo y lo sume en el placer más intenso.

Al final del encuentro, los amantes se abrazaron y pronto se sumieron en un sueño profundo y reconfortante del que Orcas fue arrebatado por un ruido. Aún amodorrado, abrió un ojo y alcanzó a ver que una figura se movía. Pensando que era una broma de Thims, quiso en levantarse pero, al intentarlo, sintió que unas manos fuertes se posaban en su cuello para asfixiarlo.

© Íñigo Fernández, (2.351 palabras) Créditos