Siguieron golpeándole con fuerza hasta que el tipo de la voz arguadentosa intervino:

—¡Suficiente! —ordenó a sus secuaces—. Larguémonos de aquí.

Mientras los hombres se marchaban riendo y comentando morbosamente los pormenores del trabajo, Orcas lamentó no haber perdido el conocimiento como en Montaira tiempo atrás. Y es que, mientras le tundieron, no supo qué era peor: si el sufrimiento causado por las patadas y los puñetazos o la tortura de saber que el siguiente golpe sería más doloroso que el anterior.

Exhausto y con el cuerpo adolorido, hizo un gran esfuerzo para ponerse de pie con el auxilio de un muro. Esperó a que alguno de los transeúntes se dignara a ayudarle al ver el penoso estado en el que se encontraba; sin embargo, la gente, acostumbrada a escenas de ese tipo, pasaba cerca de él sin prestarle atención.

En un intento de regresar al hostal, deambuló por la calle como si se tratara de un alma que penaba en un mundo de sombras y de ruidos incomprensibles que, paulatinamente, nublaban su entendimiento. Apenas pudo dar unos cuantos pasos cuando, desfallecido, cayó en la acera. Lo último que escuchó antes de perder el conocimiento fue a alguien pronunciando su nombre.

Durante las siguientes jornadas Orcas guardó cama en un estado de semi inconsciencia continuo que transcurrió entre periodos prolongados de agitación, producto de una fiebre que no cedía, y otros, muy breves, de calma. Si bien en ese tiempo Faeridi, Thims y, principalmente, Sorade se encargaron de velar día y noche por su salud, lo cierto es que ninguno de sus cuidados hubiera sido de utilidad de no haber contado con los servicios de Chaflors.

En el momento en que Faeridi y Thims recogieron a Orcas, el robot sugirió que lo llevaran a un hospital, idea que desestimó el grumete pues, por tratarse de una gresca callejera, la Policía Imperial tendría que intervenir. Consideró que lo más conveniente era llevarlo de regreso al hostal. Cuando llegaron, la encargada se limitó a mirarlos de reojo y a ordenar a un mozo que fuera por su cuñado, el doctor Chaflors.

—Es uno de los mejores médicos de la ciudad y, además, es muy discreto —dijo la mujer mientras ordenaba las llaves de los cuartos—. Sus honorarios son elevados, pero al menos tendrán la garantía de que dejará lo mejor que pueda a su amigo.

—El dinero no es problema, ¿entiende? —arremetió Thims con rabia.

Horas después Chaflors revisaba a Orcas en la habitación. Tras practicarle un examen exhaustivo, emitió su diagnóstico.

—Su amigo tiene rotas tres costillas, la tibia derecha, el peroné izquierdo y el cúbito de ambos brazos —comentó con gravedad—; cuenta, además, con algunas fracturas en los dedos de las manos y los pies y tiene el bazo reventado, lo que a su vez le ha causado una hemorragia interna de consideración. En cuanto a los emolumentos —añadió con el mismo tono—, éstos se pagan por adelantado y ascienden a treinta y cinco mil aurens; ahora que si no tienen la suma —hizo una pausa—...de buen agrado aceptaría al robot como pago —Faeridi dio un paso hacia atrás.

Molesto por la falta de sensibilidad del galeno, Thims fue a su cuarto y regresó pronto con el dinero.

—Aquí tiene, mata sanos de mierda —pagó al médico—. Con la pequeña fortuna que ha cobrado, más le vale dejar a mi amigo como si se fuera un recién nacido... o, de lo contrario, tendrá que vérselas conmigo...

—Sus amenazas sobran en este momento —contestó el galeno mientras contaba los billetes.

—No lo amenazo. Digamos que he aprendido con rapidez la cortesía ecspontiana.

El trabajo de Chaflors fue brillante. Inyectó a Orcas una sustancia fibrinígena que, según comentó, le repondría en pocas horas la sangre perdida. Con la ayuda de un laboratorio portátil, creó réplicas exactas de los huesos dañados y del bazo, mismas que pudo implantar en su lugar gracias a la técnica de diferenciación atómica, procedimiento que permite modificar la composición molecular del cuerpo para extraer órganos y colocar en su lugar implantes sin correr peligro de infecciones o rechazos posteriores.

En la mañana del quinto día Orcas volvió en sí. En un principio se sobresaltó pues no recordaba dónde se encontraba ni sabía los motivos por los que le dolía el cuerpo, aunque le bastó con ver el rostro de Sorade para serenarse.

—Hola, bello durmiente —lo besó en los labios.

Él devolvió el gesto con una sonrisa y se sentó en la cama, no sin experimentar un breve dolor en los brazos y el tórax.

—No te preocupes, cariño —le dio un vaso con agua que vació de inmediato—. El doctor dijo que las prótesis te dejarán de doler en unos cuantos días.

—¿Doctor? ¿Prótesis? —preguntó extrañado.

Faeridi entró al cuarto. Cuando vio despierto a Orcas, se acercó corriendo a él y expresó:

—¡Oh, amo! No se puede imaginar el placer que representa verlo despierto y más recuperado. Debo avisar al señor Thims de este prodigio.

El joven Pereiro no pudo agradecer la bienvenida al robot dado que éste desapareció veloz para regresar poco después acompañado por el grumete.

—¡Jóder, chico! —exclamó sonriente—. Pensé que no ibas a salir de ésta.

—¡Thims! —le reprendió ella.

—Es la verdad Sorade —se defendió—. Qué mejor que podérselo decir en su cara.

Tras un breve silencio, Orcas se tocó la cavidad costal y preguntó:

—¿Alguno de ustedes sería tan amable de informarme qué diantres me pasó?

En una descripción larga y detallada, los tres lo pusieron al tanto de lo ocurrido desde que fuera golpeado por la banda de rufianes hasta el tratamiento recetado por el doctor, pasando, claro está, por los sustos que se llevaron tanto al ver llegar al robot sólo así como al encontrarlo en la calle sangrando y con la ropa hecha jirones. Mientras escuchaba, el joven Pereiro alcanzó a recordar algunas escenas de la celada de la que fue víctima.

Terminado el relato, pidió a Sorade otro vaso con agua que volvió a apurar en un instante.

—Thims, tenías razón —dijo Orcas quejumbroso—. Hay personas que se han tomado la molestia de sembrar el viaje con los accidentes necesarios para evitar que lleguemos a Talamant.

A continuación, los puso al tanto sobre la amenaza que recibió el día del juicio, del asalto que sufrió antes de abordar el Auriga Dorado y de la advertencia que aquella la voz le había lanzado: Paras aquí, o te reviento más pronto de lo que dices mierda.

—De ser correcta la hipótesis, señor —explicó Faeridi—, las implicaciones serían aún peores.

—¿En qué sentido? —quiso saber Sorade.

—Si analizamos el viaje en su conjunto descubriremos que la constante es la imposibilidad de llegar a nuestros destinos en un solo trayecto en la medida en que habitualmente hay algo o alguien que nos lo impide. Si asumimos que ello es producto de uno o varios individuos que nos han vigilado, entonces tendríamos que hacernos la pregunta: ¿para qué lo hacen?

—La respuesta es obvia, pedazo de chatarra —advirtió Thims—. No se necesita ser genio para saber que desean evitar que lleguemos a Talamant.

—De ser así —prosiguió el androide—, ¿no hubiera sido más sencillo acabar de una vez por todas con nosotros? Oportunidades han sobrado y, sin embargo, siempre hemos salido adelante. En consecuencia, resulta evidente que nuestros vigilantes desean que lleguemos a Talamant cuanto más tarde sea posible.

Hubo un silencio.

—¿Acaso la suerte no pinta nada aquí? —Orcas dejó escapar un quejido apagado.

—Por supuesto que también hemos corrido con suerte, no cabe duda de ello; pero, según mis cálculos, éste no es un factor determinante del viaje.

Aún debilitado, el joven Pereiro se levantó de la cama con la ayuda de Sorade y caminó hasta el robot.

—¿Estás diciendo que todo este tiempo han jugando con nosotros al gato y al ratón?

—Las probabilidades son altas.

—¿Qué tanto? —preguntó el grumete.

—Redondeando, un noventa por ciento.

Lo dicho tenía sentido para el joven Pereiro. Las coincidencias asombrosas, los accidentes recurrentes, los rescates providenciales, todas ellas parecían ser piezas de un rompecabezas que pese a que poco a poco iba tomando forma, seguía plagado de interrogantes

¿Quién o quiénes se encuentran detrás de esta chanza? —volvió a cavilar Orcas—. ¿La Casa Dorthmidord? Sus miembros suelen ser irreflexibles y gustan de jugar sucio cuando creen que tienen posibilidades de ganar, aunque siempre lo hacen dentro de los márgenes de la ley. Además, ninguna familia de su rango se aventuraría a llevar a cabo una acción tan notoriamente burda para apropiarse de lo que los tribunales ya le han otorgado...

—¿Qué vamos a hacer? —Sorade interrumpió sus reflexiones a la par que lo abrazó con fuerza.

—Se me ocurre que podríamos disfrazarnos —dijo Thims ocurrente— o, mejor aún, recurrir a los servicios de Chaflors y hacernos una cirugía óseo-reconstructiva. Tal vez de este modo podríamos perder a los espías.

—Lo dudo —señaló el joven Pereiro—. Por mucho que cambiemos seguiremos siendo un blanco fácil. ¿A cuantas mujeres conocen que se hagan seguir por dos hombres y un robot? —Sorade y Thims sonrieron—. De igual forma, tampoco tendría sentido desgastarnos pensando si Kroltes, Marchepol, Saireb, Aghos Hin O Gord...

—...Sire Arrodendo —añadió Thims con causticidad.

—Sire Arrodendo —repitió tras una pausa casi imperceptible— y todos quienes nos ayudaron o ayudarán en el futuro forman parte de esta intriga.

—Dirán que soy necia, pero... ¿qué vamos a hacer? —insistió Sorade.

—Lo acostumbrado, dulzura —Orcas la besó en los labios—. Si Faeridi tiene razón, entonces no correremos peligro.

—¿Y si está errado? —el grumete se mostró preocupado.

—No lo sé, Thims. Honestamente, no lo sé.

Dos días más de convalecencia ayudaron a que la salud de Orcas mejorara lo suficiente para poder salir a las calles de Ecspont y buscar a Sire Albandur; pretensión que sólo pudo llevar a cabo después de que sostuviera una discusión con Sorade que culminó cuando Orcas aceptó que Thims lo acompañara.

Gracias a que Feridi todavía conservaba las instrucciones dadas por el vendedor de alfombras del mercado, no les fue difícil dar con la Plaza Sedane. Entraron al edificio Impex de Ecspont y quedaron impresionados ante el lujo que imperaba en la recepción. En una primera impresión, las paredes parecían ser de espejo, pero bastaba con verlas más detenidamente para darse cuenta que eran grandes bloques de plata pulida a mano. Por techo tenía una bóveda de crucería que, tapizada con mosaicos coloridos de Coviader, los mejores del Imperio, narraba la historia del comercio talmantino desde sus orígenes, cuando el mítico Sir Edgar Longland creó el primer emporio de Talamant, hasta la fundación de la Sociedad Imperial de Comercio en el año 3261.

En el fondo, un robot recepcionista y un r, custodiaban el acceso al edificio.

—Buenos días —dijo el primero—. Bienvenidos a Impex de Ecspont. ¿En qué puedo servirles?

—Buscamos la oficina de Sire Albandur —contestó Orcas con cortesía—. Traemos un sobre para él.

—Si lo desea, puede dejarlo conmigo. Me encargaré de que lo reciba en el transcurso del día.

—No es posible. Nuestras instrucciones son que se lo demos a él en propia mano —arguyó el grumete.

—¿Puedo ver el sobre, por favor? —intervino el robot guardían.

Orcas se lo dio. Una vez que terminó de analizarlo, indicó al otro androide:

—Está limpio. Déjalos pasar.

—Diríjanse a la Dirección General. Elevador 10, piso 35. Que tengan un buen día.

—Los robots son los únicos seres educados en este pueblucho —aseguró Thims con su habitual socarronería al subir al ascensor.

Más amplia que la recepción, y con las paredes tapizadas con telas finas de Ueckag, la Dirección General era un lugar acogedor. En primera instancia, Orcas lo atribuyó a la conjunción armoniosa de la alfombra roja con los sillones de piel natural y los altos libreros que tocaban el techo. No obstante, pronto se dio cuenta que la razón era otra. Justo delante de la única puerta en la estancia, un escritorio era ocupado por una secretaria de carne y hueso. Al darse cuenta de ello, el joven Pereiro dio un codazo a su amigo, quien emitió un chiflido de admiración y masculló:

—¡Si que este Sire cuenta con mucho dinero! Mira que darse el lujo de tener una secre humana —añadió lascivo —... tan rica.

—¡Haz el favor de callarte, hombre! Te va a escuchar. De aquí en adelante seré el único que hable. ¿Entendido? —el grumete asintió.

Fueron lo suficientemente ruidosos como para que ella advirtiera su presencia.

—¿En qué puedo servirles? —preguntó con una voz que endulzaba al oído.

—Venimos a ver a Sire Albandur —respondió Orcas.

—¿Tienen una cita con él? —tomó la agenda electrónica.

—No.

—Lo lamento, pero el Sire está muy ocupado y sólo recibe visitas con cita previa —dejó la agenda en su lugar.

—Aún así, insisto en verlo, señorita. Traemos un mensaje urgente para él.

—Imposible.

—Es de parte de Sire Arrodendo —explicó el grumete.

La secretaria mostró sorpresa al escuchar el nombre. Nerviosa, se puso de pie y dijo:

—Esperen un momento, caballeros.

Abrió la puerta y, después de unos minutos de ausencia, reapareció sonriente.

—Sire Albandur los recibirá. Pasen por favor, caballeros.

Orcas y Thims pasaron a la oficina del comerciante. Era la habitación más grande que el grumete hubiera visto en su vida. Consideró que bien podían caber ahí tres naves del estilo del Auriga Dorado con los módulos de alojamiento incluidos. Por su parte, Orcas no pudo despegar la vista de las vitrinas dispersas a lo largo del cuarto, mismas que exhibían objetos tan antiguos que algunos, como un motor pequeño de combustión interna, un antiquísimo procesador de ordenador o, lo que parecían ser restos de la primera nave colonizadora, habían sido creados en la lejana tierra.

—Así que me traen noticias del buen Arrodendo, muchachos —comentó desde el fondo de la estancia un hombre obeso que vestía una túnica dorada con bordes de plata. Estaba sentado en un amplio sillón circular en cuyo centro se hallaba una mesa de la que sobresalía una botella de Bejarle s, licor tradicional que se obtenía de la fermentación de diversas flores, cereales, néctares y verduras indígenas—. No sean tímidos y siéntense conmigo, así podremos platicar mientras le damos calor al cuerpo con una copita de Bejarles.

Los amigos se sentaron y de buen agrado aceptaron la copa.

—¿Cuál es su categoría? —preguntó el comerciante a Thims.

—Me temo que no le comprendo —tardó en contestar.

Sire Arrodendo arqueó la ceja.

—Veo que no son comerciantes... Interesante... ¿puedo saber cómo conocieron a Arrodendo?

Orcas narró con brevedad la manera en la que conoció a Sire Arrodendo, su encuentro en la estación de tránsito Pucarúa así como las vicisitudes padecidas junto a sus amigos.

—Toda una odisea, si señor —exclamó entretenido—. Nunca se puede viajar con Arrodendo sin tener una aventura como la suya, muchachos —lanzó un suspiro sonoro—. Si les contara todas las que vivimos juntos tardaría más de tres vidas juntas en hacerlo. No se pueden imaginar cuánto quiero a ese bribón y lo que extraño recorrer el espacio con él... Claro, el tiempo pasa, uno envejece, prefiere llevar una existencia más sencilla y cómoda y empieza a vivir de los recuerdos... —suspiró otra vez—. ¿Podrían darme el mensaje, hijos?

El joven Pereiro sacó el sobre de su túnica y lo extendió al comerciante, quien lo leyó con calma, asintiendo algunas veces, negando en otras o, bien, abriendo los ojos a manera de sorpresa. Cuando terminó de leer, dejó el papel en la mesa y se sirvió otra copa.

—Debes sentirte muy orgulloso —señaló a Orcas—. Pocas veces he visto que Arrodendo se exprese tan bien de alguien y que tenga con él un gesto como este. ¿Sabes lo que me pide?

Pese a que creía saber su contenido, Orcas respondió que no.

—Que les asigne una cabina, a ti y a tus amigos, en la primera de mis caravanas que salga a Talamant. Añade, también, que él se encargará de todos los gastos generados por su transportación, lo que me parece una auténtica estupidez pues sabe de sobra que sería incapaz de cobrarle un solo auren.

—¿Podemos contar con su ayuda? —dudó Thims.

—¡Por supuesto, hijo! —vació su copa—. Aunque es una lástima.

—¿Qué? —Orcas sintió que las piernas se le aflojaban.

—Pues que no hayan llegado antes. Ayer partió una caravana a Talamant y la siguiente no saldrá sino hasta dentro de dos meses...

© Íñigo Fernández, (2.731 palabras) Créditos