En el umbral de la entrada se veía una figura alta y fornida, enfundada en una larga y resplandeciente túnica de colores. Pese a la capucha que cubría su cabeza, se alcanzaban a distinguir un rostro ajado, cubierto por cabellos níveos que cuidadosamente caían hasta alcanzar la altura de la cintura. Era evidente que ese hombre era un sacerdote del culto de Ralike.
El extrañó levantó su brazo y, amenazador, señaló a Thims.
—Cuida tus palabras, blasfemo. No sabes lo que dices —amenazó hierático.
Orcas y Soarde se abrazaron asustados, en tanto que el grumete, ante la sorpresa, dejó de sollozar y se puso de pie.
—Lo... lamento —fue lo único que pudo decir.
El religioso caminó hacia el grupo y, bajando su capucha, añadió:
—Jamás olviden que Ralike, en su inmensa grandeza y sabuduría, se mutiló voluntariamente para que de él emanara la existencia misma. Entonces —dijo en tono paternal—, ¿cómo puedes pensar, frate
, que se haya olvidado de ti? ¿No será, más bien, que tu te has olvidado de él? —le dio una cachetada suave a Thims.
En tanto que la escena tenía lugar, Sorade murmuró a Orcas.
—¿De dónde salió este chifletas?
—Lo ignoro —contestó en voz baja y sin mover un ápice la cabeza—, pero debemos trabajarlo. Es nuestro boleto de salida.
Faeridi se aproximó al extraño e hizo una reverencia.
—Apelamos a su comprensión, prate
, para que disculpe este lamentable episodio, producto del infortunio y de la maldad que nos rodea. Viajábamos en una caravana rumbo a Ecspont cuando sufrimos un penoso accidente que nos dejó al borde de la muerte entre blasfemias y peleas.
El hombre los observó en silencio. Metió sus manos por el cuello de la túnica, sacó el rectángulo equilátero que colgaba de su cuello y lo levantó por encima de la cabeza.
—Aghos Hin O Gord es el nombre que el gran Ralike ha querido darme.
Faeridi comentó a sus compañeros:
—Ahora, todos de rodillas y, en el momento que baje las manos, cada uno pasará con él, se inclinará, besará el símbolo, dirá la frase: querido prate, el Gran Ralike ha querido que mi nombre sea...
y regresará.
Uno a uno desfilaron ante Aghos siguiendo al pie de la letra el protocolo indicado por el robot. Terminadas las presentaciones, y por instancia de Orcas, Faeridi explicó al sacerdote:
—Magnánimo patre
, apelo a tu generosidad y te ruego que te apiades de este grupo de humildes devotos y...
—No digas mas —le atajó—. ¿Con qué derecho podría dejarles aquí si el propio Ralike auxilió a Margensus, su eterno rival, cuando yacía moribundo en el campo de batalla? —los ojos de Orcas, Sorade y Thims se iluminaron—. Si no les importa viajar a Ecspont hacinados por unos días y con la compañía de un grupo de viejos patres
, entonces nuestra nave también será suya —era la primera vez que sonreía.
Nada más dejar las ruinas fueron alcanzados por otros dos sacerdotes que no perdieron tiempo en interrogar a su compañero en el lenguaje de Los Iniciados. La noticia dada por Aghos fue bien recibida por el primero de ellos, no así por el otro que, después de varios aspavientos, no tuvo más alternativa que obedecer la decisión tomada por su superior.
Caminaron por una amplia avenida hasta llegar a lo que el devenir dejó del otrora majestuoso templo de Ralike. En medio de las ruinas, como si se tratara de una mala pasada del destino, yacía uno de los portentos más grandes que la tecnología humana era capaz de crear: un Thalops 5.5, el vehículo de recreo más rápido, más eficiente y más confortable del mercado.
—¡Y yo que pensaba que la Thalops 5.5 era un mito! —Thims se frotó los ojos—. Creo que me voy a desmayar.
—No digas tonterías y mejor camina —le ordenó Sorade, quien iba a su costado—. Sólo nos falta que piensen que estamos enfermos y nos dejen aquí varados.
Al subir a la embarcación, Orcas quedó maravillado. Aquella era, y por mucho, la más lujosa que conocía. Todo en ella, hasta el detalle más insignificante, era buen de gusto. Ahora empezaba a comprender que la vida religiosa también tenía ciertas ventajas y comodidades que, según lo visto, no eran nada despreciables.
Aghos los llevó a su camarote, una estancia tan amplia que superaba en tres veces el tamaño de la nave guía que les llevó al planeta. En ella, había camas suficientes para atender a un pequeño regimiento de pasajeros deseosos de dormir entre sábanas de seda y cobertores de pieles naturales.
—Pero patre
—exclamó Sorade deslumbrada—, ¿a esto le llama hacinamiento? Si es un auténtico palacio. ¿Verdad, muchachos?
Orcas y Thims asintieron mientras que el anciano negaba con la cabeza.
—Ralike, El Único, gusta de ser espléndido con cada una de sus criaturas y nosotros, sus emisarios, tenemos que serlo también. Por ello, deberán disculparnos —pasó la mano sobre el pecho— si ponemos un compartimento a su disposición. Cuando iniciamos nuestra Santa Peregrinación no teníamos en mente regresar con invitados.
De la misma forma explicó, con un tono gentil y firme a la vez, que consideraran la nave como un espacio acogedor y de libertad absoluta en el que sólo existían dos reglas fundamentales: respetar los horarios de las comidas y de las oraciones, y no conversar con los otros patres
pues estaban en proceso de purificación.
Solos de nuevo, los viajeros escogieron las camas y reconocieron el camarote que, en realidad, se asemejaba más al cuarto de un hotel lujoso en Talamant que al camarote de un vehículo espacial.
—Lo único que lamento —dijo Orcas recostado— es que un ateo de mí calibre se vea obligado a orar.
Sorade le besó en la boca:
—Creo que un estímulo podría ser de ayuda al ateo.
Volvió a besarlo pero ahora con pasión. Orcas perdió el control y se dejó llevar por el momento. Buscó, urgido, la lengua de su amada a la par que sus manos recorrían lentamente el cuerpo de ella explorando y disfrutando cada ápice de su geografía. Sorade correspondió besando, a veces, y mordisqueando, en otras, el cuello de un Orcas que exhalaban profundos gemidos de dolor transformado, por el deseo, en placer.
Ese arrebato empezaba a incomodar a Thims
Vaya si estarán calientes
—reflexionó— que no les importa ser vistos
.
Sin embargo, cuando escuchó que Sorade, a la sazón semidesnuda, decía: lo quiero ahora, cariño
, no esperó más.
—Faeridi —se levantó—, acompáñame a recorrer la nave.
—¿Es necesario? —respondió observando a los amantes—. El cortejo humano me resulta fascinante; aunque puedo suponer que la fase del apareamiento debe serlo aún más. Si no le molesta, preferiría quedarme y presenciar el proceso.
—Pues te quedarás con las ganas —tomó a Faeridi por uno de sus brazos de metal y lo sacó de la habitación—. Entérate, pedazo de chatarra, que entre los humanos la observación de eso que llamas apareamiento no está bien vista.
—No lo entiendo. En las redes hay miles de millones de referencias sobre espectáculos de apareamiento humano, y no parecía que el amo Orcas y Sorade tuvieran grandes reparos en ser contemplados.
—¡Oh! ¡Cállate ya!
Un par de horas después se encontraban sacerdotes y laicos cenando en el salón comedor, atendidos por un enjambre de robots de servicio que iban y venían, siempre con las manos ocupadas, para evitar que en la mesa faltara algo. En ella sólo se podían encontrar platillos tan deliciosos y exquisitos como la sopa de nido de gorrión, liebres a la Tobruc, vísceras de las tres regiones, oveja Huizka con salsas de tomillo y perejil, lágrimas de alondra al fuego lento o panecillos de fructosa rellenos con crema de piloncillo. ¡Y qué decir de los vinos! Para seguir alegrando sus paladares, los comensales tenían a mano diez tipos de caldos que comprendían desde el más suave y dulce hasta el más áspero y seco.
Finalizada la cena, los sacerdotes chasquearon los dedos y apareció el robot maitre que puso delante de ellos una pequeña copa de barro. Mientras recitaban una oración mistérica, cada uno tomó su copa, sacó un punzón de su túnica y se hizo un corte profundo en la palma de la mano. Con una paz asombrosa, dejaron que la sangre fluyera hasta que los recipientes quedaron llenos. A continuación, el androide les aplicó un jumento que detuvo el sangrado y llevó las copas fuera de la estancia.
Si bien Orcas intuyó que la escena tenía un carácter ritual, no por ello dejó de serle repulsiva. Sin embargo, no tuvo necesidad de decírselo a Anghos, quien lo notó enseguida.
—Siguiendo el ejemplo del Poderoso Ralike —explicó—, y como sus factotums que somos en este mundo, nuestra obligación es la de mutilarnos después de cada alimento para permitir que la vida de otros seres fluya.
El joven Pereiro y Thims comprendieron a lo que se refería el viejo, no así Sorade quien preguntó:
—¿A qué se refiere exactamente con la frase permitir que fluya la vida de otros seres
?
El sacerdote de los aspavientos bajó la mirada e hizo un gesto socarrón con el que puso en evidencia su desprecio por los visitantes.
—Frate —expresó con voz paternal—, ¿puede existir más prodigalidad que la de nutrir con la propia sangre a los animales que nos sirven de alimento?
Poco a poco, la mano de Sorade dejaba de apretar con fuerza la de Orcas.
—¿No querrá decir que lo que comimos...? —sintió que el estómago se le revolvía y salió corriendo del comedor.
Los sacerdotes intercambiaron miradas de complicidad a la par que Thims no paraba de reírse por lo ocurrido. No obstante, la repentina aparición del robot maitre con otras tres copas bastó para que la diversión se transformara en angustia.
—¿También nosotros debemos mutilarnos, patre? —escondió las manos debajo de la mesa.
Aghos ofreció los recipientes a sus huéspedes.
—Finalizar la cena sin un digestivo no hace bien ni al cuerpo ni al alma—aseveró—. ¿Alguno gusta un Licor Silfídico...?
El viaje fue, y por varias razones, una de las pocas experiencias gratificantes que Orcas tuvo desde su partida Montaira. Por un lado, en Sorade descubrió un alma que, como la de él, estaba ávida de ser amada y de conocer el amor verdadero, ese que lo consume a uno al tiempo que lo incita a hacer cualquier tipo de insensateces para dar gusto al ser querido; el mismo que permite observar con optimismo la realidad a través de la siempre grata mirada del nosotros
y que, de igual modo, es capaz de purificar y de ennoblecer el alma del ser más ruin.
Por el otro, aunque sus opiniones sobre la religión no cambiaron, reconocía que Aghos le abrió los ojos a un mundo que, desde la muerte de su padre, desdeñó más por prejuicio que por conocimiento de causa.
En ese un universo todo lo existente, animado o inanimado, compartía una misma esencia que había emanado de Ralike y que a él regresaría al final de los tiempos. Asimismo, Orcas aprendió que el signo de Ralike era el triángulo pues representaba Los tres principios, fundamento que establecía que el camino hacia el Gran Dios tenía que pasar, y bajo este orden, por el placer, el sacrificio y la sublimación. Sólo así manera, abundó Aghos, cuando los sacerdotes mueren se transfiguran en aitudes
, seres espirituales que integran la corte de Ralike al tiempo que se encargan de hacer cumplir su voluntad entre los hombres.
Después de cuatro jornadas que, en realidad fueron unas vacaciones en las que Orcas y sus amigos no tuvieron otra preocupación que la de estar puntuales en el comedor y orar, aterrizaron en el puerto espacial de Ecspont. Como despedida, Aghos los bendijo con la oración de El Dios justo y misericordioso y les recordó que, en cada una de sus acciones y de sus pensamientos, tuvieran siempre presente al Gran Ralike.
—Ahí se va mi sueño —Thims no pudo disimular su tristeza mientras salían del puerto—. Esa si que era una nave de verdad.
—Anímate —le dio un codazo Orcas—. Quién te asegura que en el futuro no vayas a tener una igual o mejor.
—Además —dijo Sorade abrazando al joven Pereiro—, para eso tienes de amigo a Orcas.
Los tres rieron, no así Faeridi que, por más que lo intentaba, seguía sin aprehender la esencia del humor de los seres humanos. ¿Por qué había situaciones que, sin tener gracia aparente, les resultaban hilarantes y, en cambio, otras que siendo ingeniosas de por sí, no eran capaces de arrancarles una sonrisa o una carcajada?
Ecspont era una ciudad de piedra. Las casas, las calles, los establecimientos, las aceras, todo estaba construido con una variedad de materiales pétreos que daban un cierto aire de vejez que contrastaba con el semblante moderno de las demás capitales regionales del Imperio.
Entraron en el primer albergue que se atravesó por su camino. Era un hostal de semi lujo que contaba con dimensiones nada despreciables. Cerca del zaguán una mujer de mediana edad, cuerpo rollizo, pelo recogido y cara de pocos amigos, atendía la recepción
—Buenos días —Orcas la saludó con la mejor de sus sonrisas—. Acabamos de llegar a la ciudad y buscamos hospedaje. Quisiéramos saber si cuenta con una habitación disponible.
—Que sean dos —Thims se acercó al mostrador.
Un silencio pesado cayó.
—¿Por qué dos cuartos? —quiso saber el joven Pereiro.
—Una para ustedes —señaló a Orcas y Sorade— y otra para nosotros. Quiero pensar que, no obstante lo sucedido en la nave de Aghos, ustedes desean disfrutar su intimidad sin la presencia de un amante despechado y de un robot preguntón y voyeurista. ¿Me equivoco?
El rostro sonrojado de Sorade demostró que no mentía.
—No me hagan perder el tiempo. ¿Uno o dos cuartos? —les urgió la encargada.
—Dos —contestó Orcas resignado.
—¿Por cuántas noches?
Los tres se miraron sin saber qué responder.
—Pues... —dudó el joven Pereiro.
—La respuesta es para hoy, hijo —le reprendió.
—Dos noches —se apuró a decir Thims—, con opción a una más.
La mujer se agachó y reapareció poco después con dos llaves que lanzó sobre el mostrador.
—Habitaciones 69 y 70 —indicó con desdén—. Son cien aurens por día y por cuarto y necesito que me dejen un depósito a cuenta de setenta y cinco aurens.
A pesar de se trataba de un timo, el grumete no quiso más problemas. Tomó las llaves, sacó el dinero y, tal como hiciera la empleada, lo dejó caer con displicencia. Ya se marchaban a sus cuartos cuando Orcas dio la media vuelta y regresó a la recepción.
—Una molestia más. ¿Sabe dónde puedo encontrar a Sire Albandur?
—¡Me cago en Ralike! —bufó la encargada—. ¡Cómo quieres que lo sepa! ¿Acaso me viste cara de sabelotodo?
A la mañana siguiente, Orcas y Faeridi salieron del hostal para buscar a Sire Albandur. La tarea no debía ser difícil pues era de suponer que, tratándose de un buen amigo de Arrodendo, fuera una persona muy conocida en Ecspont.
Por instancia del robot, iniciaron la búsqueda en el lugar donde más posibilidades de éxito tendrían: el mercado central. Organizado en un sistema de cuadrículas perfectas, el mercado cobijaba a cientos de diminutas islas que se hallaban separadas entre si por una corriente de compradores que, con tranquilidad, se desplazaban de una a otra caprichosamente.
La pareja se detuvo en un puesto de alfombras de Satrop y preguntaron a su dueño sobre el paradero de Sire Albandur.
—¿Quién lo busca? —contestó desconfiado.
—Traemos un mensaje urgente de un amigo suyo —Orcas evadió la pregunta con sequedad.
—Salgan y tomen la Avenida del embarcadero —contestó después de pensarlo varias veces—. Al llegar a la esquina con la Calle Capitán Loganal doblen a la izquierda y caminen por ella hasta alcanzar la Plaza Sedane. Verán, frente a ustedes, un edificio de muchos pisos con una marquesina que dice Impex de Ecspont. Ahí encontrarán a Sire Albandur.
—¿Tomaste nota de las instrucciones Faeridi?
—Si, amo.
—Una cosa más —el hombre les mostró una filosa navaja textil—. Como me entere de que me han sacado la información con engaños, les juro que no habrá poder humano que los libre de mi venganza.
El joven ignoró la amenaza y ordenó a Faeridi que le acompañara. Salieron del mercado y recorrieron la Avenida del embarcadero. Al doblar en la esquina con la Calle Capitán Loganal, cuatro hombres, con los rostros ocultos tras una gruesa capa de piel artificial, salieron a su encuentro.
—¡Sujeten al humano! —ordenó el más fornido.
—¡Sal pronto, Faeridi —gritó Orcas—, y ve por...!
Un golpe en la boca del estómago le impidió terminar la oración. Ya en el suelo, un mar de brazos y de piernas se abalanzó sobre él, al tiempo que una voz aguardentosa decía:
—Desde Montaira estabas advertido que dejaras las cosas como estaban, y ¿qué has hecho? lo que te ha venido en gana —acomodó un fuerte puntapié en las cotillas de Orcas—. ¡Estúpido! A ver si te queda claro de una vez que ya no va a haber más oportunidades, amenazas, accidentes o golpes. Paras aquí, amiguete
—le escupió— o te reviento más pronto de lo que dices mierda.