Jamás le habían gustado las despedidas. Le resultaban dolorosas y, además, nunca sabía qué decir en ellas. Por ello, consideró que lo mejor era hacerlo de manera rápida, así que, sin permitir que sus amigos pudieran replicar, les dio un fuerte abrazo y se dio la media vuelta acompañado por Faeridi.

Cruzaban el puente que comunicaba a los dos sectores del puerto sin saber con certeza a dónde se dirigían ni lo que iban a hacer en el futuro, cuando escucharon unos gritos a sus espaldas.

—¡Esperen, esperen! —vociferaban Sorade y Thims—. ¡Deténganse!

Corrían descompuestos, con los rostros desencajados por un esfuerzo que, era evidente, no estaban acostumbrados a realizar. Cuando alcanzaron a Orcas y Faeridi, les faltaba el aliento para hablar.

—¿A qué se debe esto? —preguntó asombrado el joven Pereiro.

—Verás —dijo Thims jadeante—. Después de que nos dejaste Sorade y yo dialogamos, y llegamos a la conclusión de que no podíamos dejarte solo.

—Exacto. Además —añadió ella— tienes un talento especial para meterte líos. Solo nunca llegarás a Talamant.

Orcas celebró el reencuentro con una sonrisa. Aquel detalle era tan conmovedor que tuvo que esforzarse para contener las lágrimas. Por primera vez en su vida sintió que tenía no uno, sino dos amigos verdaderos que se interesaban por él, y no por lo que representaba.

—Ya que volvemos a estar juntos, lo primero es buscar alguna posada y descansar. Se me había ocurrido que, quizá podía... podíamos —corrigió— empeñar el cuerpo de Faeridi para obtener algunos aurens.

El robot giró la cabeza con una rapidez asombrosa.

—¿Perderlo otra vez, amo? —pareció quejarse—. En verdad que no lo entiendo. Me compró para ser su robot protocolar y, hasta ahora, sólo me ha cambiado de cuerpo y puesto a desempeñar actividades que son indignas para mí.

—Tranquilo Faeridi, que esto nos ayudará —expresó Sorade al tiempo que encajaba sus cortas pero afiladas uñas en el antebrazo izquierdo. En un aparente acto de automutilación, logró desprender una porción considerable de su piel y, sin embargo, en vez de que emanara un chorro de sangre, cayó una lluvia de billetes nuevos.

—¡Hay que ver las maravillas que hoy se pueden comprar! —dijo Sorade mientras contaba el dinero.

Los amigos quedaron atónitos.

—Son 400 aurens —los puso en manos de Orcas—... ¿Por qué me miran de esa forma, muchachos?

—¿De dónde sacaste la pasta? —le preguntó Thims.

—¿No se los he contado?

Ambos negaron con la cabeza.

—¡Vaya olvido! Bueno, para ser breve les diré que es una cortesía de Errolas —sonrío maliciosa.

—Con esto podremos conseguir un hospedaje decente —expresó Thims a la par que tomaba el dinero de la mano de Orcas y lo guardaba en su bolsillo.

—Ya, pero no nos alcanza ni para comprar un solo billete a Talamant —añadió su amigo.

—¡Pamplinas! —respondió el grumete confiado—. Es cuestión de hacer trabajar al dinero, y yo sé cómo conseguirlo. Pero antes, necesitamos un lugar donde hospedarnos.

Como esa época del año se celebraban las fiestas del mes de Matzur, y cientos de comerciantes se reunían en Neacpes, resultaba casi imposible encontrar un alojamiento decente. Los viajeros insistieron una y otra vez hasta que encontraron, en uno de los barrios más pobres del puerto, una habitación libre en la posada El viajero feliz. El patrón del lugar, un hombre regordete y parlanchín, los recibió con una perorata en la que aseguraba que era un hombre compasivo en general y más aún con los extranjeros, tras lo cual les exigió, y por adelantado, el pago de la nada piadosa suma de 50 aurens por cuatro noches en un maloliente sótano que tenía una hornacina mohosa por armario y tres montones de paja por camas.

Una vez acomodados, Thims expresó que necesitaba salir un momento para poner en práctica su plan y pidió a Sorade que le acompañara. Por su parte, Orcas se quedó en el cuarto,dando vueltas, pateando con furia el suelo y suspirando repetidamente.

—¿Pasa algo, amo? —preguntó Faeridi.

—¡Nada! —estalló rabioso—. ¡No pasa absolutamente nada! ¡Y, si no tienes nada mejor que hacer, déjame tranquilo de una maldita vez! —se dejó caer en su cama y cerró los ojos.

Claro que si pasaba algo, pasaba desde el viaje a Neacpes pero, a diferencia de aquella ocasión, ahora lo asumía. Sentía celos de Thims y de la manera en la que Sorade le correspondía; además, aquello era injusto pues fue él, y no el grumete, quien conversó con ella y la consoló cuando más lo necesitaba. Sabía que su actitud era irracional y exagerada, pero le daba igual. ¡No todo en la vida es razonamiento! ¿Y los sentimientos? ¡¿Dónde quedan los sentimientos?! ¡Que se vaya a la mierda la razón! gritó desesperada su voz interior.

Poco acostumbrado a episodios catárticos como ese, el cuerpo de Orcas se relajó paulatinamente hasta caer en un sueño profundo que ni la llegada ruidosa de sus amigos fue capaz de interrumpir...

* * *

El anciano se abrió paso entre la muchedumbre que esa mañana se había congregado en la plaza principal. Con gestos desmedidamente exagerados, se agachó para activar el sistema electroimánico de la maleta. Cuando ésta quedó suspendida en el aire, la abrió para dejar al descubierto las decenas de frascos de distintas formas, tamaños y colores que contenía.

No fueron pocos los curiosos que se detuvieron para observar a aquel hombre estrafalario que vestía una camisola roja y una capa púrpura que, ocultaba, parcialmente, un rostro adornado por una larga y nívea barba. A manera de complemento, dos largos guantes blancos cubrían sus delgadas y temblorosas manos hasta la altura de los codos.

Una vez que se formó un corrillo abundante de mirones el personaje habló:

—No sean tímidos y acérquense —dijo con voz trémula—. Todo lo que aquí tengo es para ustedes.

La gente se aproximó fascinada.

—Acabo de llegar de la recóndita región de Siona, tierra donde vive el terrorífico mago Tembrepes. Y créanme cuando les digo que debí hacer lo imposible para salvar la vida y regresar. Crucé montañas gélidas, desiertos abrasadores, comarcas en las que jamás se ha visto al sol y mares infestados de criaturas que ninguno de los aquí presentes es, ni siquiera, capaz de imaginar. Debí padecer siete años en las lóbregas mazmorras del castillo del mago y escapar de las feroces garras de sus sabuesos infernales, capaces de matar al hombre más valiente con su mirada —calló para observar las caras de asombro entre el público—. Muchos de ustedes se estarán preguntando en este momento que fue lo que me llevó a padecer tantos suplicios, tormentos y privaciones. Pues bien, hice todo lo anterior, y más, con la única finalidad de poder traer hasta aquí el que, por milenios, ha sido el secreto más celosamente guardado por el cruel Tembrepes.

La multitud contenía la respiración con la boca abierta.

—¿Quién no sufre males del espíritu? —preguntó—. ¿Quién no ha sentido el dolor producido por el amor no correspondido? ¿Quién está librre del rechazo amoroso? ¿de la muerte del ser amado? ¿de la envidía? ¿de la ira? ¡Ninguno de ustedes puede mirarme a la cara y decirme: Yo no lo he sufrido, maestro Khalixk! Pero no hay razón para apenarse dado que eso es normal, o al menos lo había sido hasta ahora, queridos hermanos, pues aquí —señaló los frascos— tengo la solución para cada uno de los padecimientos del alma. Se preguntarán ¿cuánto cuesta tan portentoso prodigio? Pues bien, les contesto que para mis queridos hermanos de Neacpes su valor no es de cien, ni de noventa, ni de cincuenta aurens; tan sólo de 10. Pero, díganme, ¿qué son 10 míseros aurens si, a cambio, pueden resarcir al alma?

—¿Y también al cuerpo? —quiso saber un individuo en la primera fila.

—¿Acaso me toma por un matasanos, hermano? —contestó con un tono de enfado que arrancó las carcajadas de gentío.

—Pues yo no lo creo nada. Es usted un charlatán —dijo un marinero joven. Acompañado por su esposa, dio un paso adelante y encaró al maestro Khalixk.

—Conozco a los de su clase —prosiguió—. Creen que porque somos pobres nos pueden desplumar con facilidad.

—¿Cómo te llamas, hermano?

—Cancelabus.

—¿Y cuál es tu problema?

—Ninguno que pueda arreglar.

—Su padre murió un año atrás —respondió, tímida, su esposa.

—Y la pena aún te embarga, ¿verdad? —el marinero asintió a regañadientes—. Lo tuyo es un mal de muerte y se soluciona con esta pócima —tomó una rosácea y se la dio—. Bébela enfrente de todos, hermano, y siente cómo el alivio regresa a ti.

El pescador tomó el brebaje con cierta cautela. Conforme lo bebía, su rostro perdió la rigidez inicial y esbozó una sonrisa. La esposa gritó:

—¡Milagro! ¡Es un milagro! Es la primera vez que lo veo sonreír en meses

—¿Cómo te sientes? —preguntó el anciano.

—Muy... extraño... Es como... si hubiera perdida una gran carga.

—La has perdido, hermano.

El público aplaudió extasiado ante el prodigio operado; sin embargo, un sujeto ricamente ataviado intervino:

—Pero son tontos o qué. Se trata de un montaje. El tal Cancelabus ha de ser un compinche de este bribón. ¡Por favor!

El maestro Khalixk no se inmutó. Miró al hombre y, con desprecio, inquirió:

—¿Quién eres?

—Soy Malinj, el comerciante más importante de Neacpes. Todos aquí me conocen —hizo una pausa y se puso a su lado—, y por ello te reto a que me demuestres que tus menjurjes funcionan.

—Muy bien, ¿qué aflicción te aqueja, hermano?

Alguien gritó:

—Hace veinte años le dieron calabazas y desde entonces es un amargado.

Más carcajadas se escucharon mientras que el viejo tomaba un frasco naranja.

—Tómalo —le dio una palmada en la mejilla— y que la calma esté contigo.

Malinj cerró los ojos y bebió de un solo golpe el contenido. Pasaron algunos instantes antes de que volviera a hablar:

—¡El hombre no miente! ¡Es un auténtico hacedor de milagros! —expresó maravillado y con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Gran Ralike! ¡Me ha curado! ¡Soy libre de nuevo!

En tanto que la concurrencia se abalanzaba con dinero en mano sobre el pobre de Khalixk, Cancelabus y su esposa salieron sonrientes de la plaza principal y caminaron por sus alrededores hasta perderse en un callejón sombrío. Con calma, se cambiaron de ropa y caminaron, tan alegres como antes, hacia El viajero feliz.

Al anochecer, Thims regresó a la posada con las manos cargadas. Entró a la habitación, saludó y dejó los bultos en su cama.

—Ya no me acordaba de lo cansado que puede ser este trabajo —se estiró perezoso—, pero, al menos, valió la pena.

Orcas y Sorade lo miraron silenciosamente mientras sacaba de su bolsillo un puñado de billetes para contarlos.

—Setecientos cuarenta. No está mal para una jornada de trabajo —expresó alegre.

Sus compañeros se acercaron complacidos. Ninguno de los dos creía que se pudiera hacer dinero de esa forma.

—Es una pequeña fortuna —Sorade no quitaba la vista del tesoro—. Pronto seremos unos ricachones.

—Precisamente eso es lo que hay que evitar —respondió el grumete—. Las siguientes jornadas serán mucho mejores, pero el negocio no da para mucho. En tres o cuatro días, la gente se dará cuenta de todo y no va a estar precisamente contenta. Si no nos hemos largado para entonces y no queremos caer en las manos de una turba furibunda, entonces deberemos quedarnos ocultos en el cuarto hasta nuestra fecha de partida.

—Jamás pensé que supieras tan malas artes. ¿Cómo las aprendiste? —inquirió Orcas.

—Algo bueno debía tener Krolets, ¿no? —expresó pícaro —. Además, es un ardid muy sencillo cuyo truco radica en los guantes. Basta con impregnarlos con un hipnótico cutáneo de acción inmediata, tocar al cliente y darle una orden velada del estilo ahora siente cómo la calma regresa a ti para que esté bien por unos días.

—Si es tan fácil, ¿para qué necesitaste de nuestra ayuda? —Sorade le reprochó con tono amistoso.

—Bueno, un poco de apoyo moral al inicio nunca sobra —expresó con rostro de niño regañado, causando la risa de sus amigos.

A primeras horas de la mañana, Orcas y Sorade visitaron el puerto espacial. Sabían que con un presupuesto tan pobre como el suyo, y del que ignoraban con precisión su monto, las posibilidades que tenían eran limitadas. Obviaron los mostradores de las compañías de primera y de segunda clase, así como los de las independientes, de las que Orcas, gracias a su experiencia en el Auriga Dorado, no quería saber nada. La única opción viable era recurrir a los servicios de las caravanas espaciales, que aunque se desplazaban con lentitud al menos eran seguras y poco onerosas.

La época era mala para abandonar el planeta dado que las fiestas llegaban a su fin y todos los medios para viajar estaban colmados de comerciantes ansiosos por regresar a sus planetas. A pesar de ello, la pareja corrió con suerte pues, tras algunos intentos fallidos encontró, en un pequeño negocio de caravanas dirigido por el capitán Saireb, una nave guía disponible.

—Tengo una cancelación de último minuto —confirmó con parquedad y sin levantar la vista el capitán Saired, un hombre calvo, de edad mediana y complexión delgada—. Pero yo voy a Ecspont, no a Talamant. El viaje dura 8 jornadas completas.

Como Orcas y Sorade se interesaron en los servicios de Saireb, el capitán les expuso las condiciones del viaje.

—La mitad del importe debe ser pagada ahora si desean que les guarde el lugar; ustedes son los responsables del mantenimiento de la nave guía; sólo hay espacio para cinco pasajeros, contados los androides; ningún vehículo se puede separar del resto; está prohibido pasar de una nave a otra, y siempre deberán tener un guardia permanente en su embarcación. Cualquier violación a estas reglas implicará el rompimiento inmediato del acuerdo sin la devolución del importe pagado. Por último, la salida es dentro de tres albas, justo cuando amanezca, en la puerta 3. ¿Entendido?

Los viajeros pagaron 750 aurens y, a cambio, recibieron una ficha que contenía la leyenda 22-O5. Reservado.

De regreso en la posada, Orcas y Sorade comieron un caldo de buey con especias picantes y una bandeja de conejos rellenos con verduras y legumbres de Numerhai a la que acompañaron con un espeso vino de la casa sazonado con frutas dulces. Terminada la comida, se enclaustraron en el sótano y esperaron a que llegara la noche para conocer las nuevas que traería Thims.

Acostado en su cama, Orcas observaba dormir a Sorade y no hacía otra cosa que reflexionar en torno a su situación. Si estaba enamorada de su amigo, ¿para qué decirle lo que sentía por ella? ¿Se atrevería a romper su amistad con Thims por Sorade? En cambio, si hablaba con él para explicarle la situación, ¿lo entendería? ¿acaso lo desaprobaría? Se hallaba sumido en este marasmo donde la razón y el sentimiento se enfrentaban, cuando el grumete llegó.

—Soy yo, Ábranme, por favor —gritó detrás de la puerta.

La primera reacción de Orcas fue asustarse. Faltaba mucho para el ocaso y tanta antelación no podía ser buena.

Sorade abrió los ojos pero creyó que seguía soñando. Un Thims lujosamente vestido y con las manos colmadas de regalos entró al cuarto seguido por un deslumbrante robot de cuerpo plateado y reluciente que cargaba otros tantos paquetes más.

—¡Pero qué demonios es esto! — exclamó ella al tiempo que se frotaba los ojos.

—¿Qué...? —alcanzó a decir el joven Pereiro sin salir de su sorpresa.

Thims se sentó, dejó las bolsas en el suelo y río a carcajadas.

—La suerte al fin nos sonríe, amigos —reveló entre risas—. Se acabaron nuestras penurias; a partir de ahora viviremos con los lujos que merecemos.

—Pues mucho debió trabajar hoy el maestro Khalixk —ironizó ella.

—¡Qué va! ¿Saben qué es lo bueno de hacerse pasar por viejo? Que las personas te tratan como tal. Al mediodía cerré el negocio para descansar y un par de timadorcillos se me acercaron para que jugara con ellos trinchete espacial. ¿Conocen el juego?

Ninguno contestó.

—Da igual, en otra ocasión se los explicaré. El caso es que les pedí que, por ser viejo y pobre, me dejaran ser el primero en repartir las cartas...

—¿Llevabas los guantes puestos? —se anticipó Orcas.

Thims puso cara de pícaro.

—Así es, y me bastó con decirles verán cómo pierden todas las manos para dejarlos más secos que el desierto. Cuando me di cuenta, estaba rodeado por un corrillo numeroso de jugadores que no dudaron en retarme después de que acabara con esos pilluelos.

—Disculpe, señor Thims —intervino Faeridi—, pero ¿ese robot es suyo?

—Lo compré en una tienda de empeño, pero no, no es mío. Querido Faeridi, estás frente a tu nuevo cuerpo.

—Con este cuerpo si que me podré presentar en la corte del emperador. Muchas gracias, señor.

—Un momento Thims. ¿Se puede saber cuánto ganaste? El robot y los regalos te habrán costado una fortuna.

—Son apenas unas menudencias —desestimó—. Es asombroso el vicio que los lugareños tienen con el juego.

—No te hagas el tonto y dime la cifra —su amigo empezaba a molestarse.

—Vale, no te sulfures, hombre. Son cuarenta y ocho mil cuatrocientos veintiun aurens ... gastos descontados.

Pasaron el resto de los días en la mayor discreción y sólo Faeridi salió de la posada una noche para eliminar en el incinerador más cercano todo rastro del maestro Khalixk y de sus ayudantes.

Aún faltaban horas para que amaneciera cuando los cuatro abandonaron con sus morrales al hombro el hostal. Caminaban a través de calles en completa clama con la seguridad de quien asume que no corre peligro por encontrarse bajo el cobijo de la noche. ¿Quién podría descubrirlos en ese desierto urbano? Nadie.

En las proximidades del puerto espacial, Thims tropezó y cayó de bruces en el suelo. Orcas y Sorade intentaron ayudarle pero un transeúnte se les adelantó.

—¿Se encuentra bien? —preguntó mientras lo levantaba.

—Si, es usted muy amable —se incorporó.

—Disculpe —dijo el extraño—, pero ¿no nos conocemos?

—Lo dudo. Es la primera vez que visito Ecpsont —respondió nervioso el grumete.

—Es que su voz me pareció conocida.

—Me confundes con otro, hermano.

Basto con que le dijera hermano para que éste lo reconociera.

—¡Usted es Khalixk! Pero su barba y su voz de viejo... ¿Dónde quedaron? —dudó por un momento hasta que se percató de lo que pasaba—. ¡Maldito estafador, prepárate para recibir tu merecido! —chilló fuera de sí a la par que se lanzaba contra Thims...

© Íñigo Fernández, (3.064 palabras) Créditos