El hombre fue tajante en su respuesta y para demostrar que no bromeaba, ordenó a sus acompañantes que rodearan a los extraños. Obedientes, levantaron los arpones amenazadoramente y dieron vueltas alrededor de los extraños para estrechar el ya de por sí pequeño cerco.

Orcas vio en el rostro de los atacantes la decisión de quien sigue, con lealtad y sin cuestionamientos, las órdenes de alguien que es admirado al tiempo que temido. Tuvo la sensación de que esa gente no tendría reparo alguno en quitarles la vida; y sospechó que no era la primera vez que lo hacían. Posiblemente otros viajeros que habían llegado al poblado tuvieron una suerte similar a la que les esperaba. Aunque el destino de los cuatro estuviera ya escrito, el joven Pereiro se negó a aceptarlo.

—Dile —ordenó a Faeridi— que tuvimos un accidente y qué sólo necesitamos agua, comida y un lugar donde pasar la noche. Tiene mi palabra de que mañana mismo, antes de que amanezca, nos marcharemos de su aldea.

Cuando el robot terminó de hablar, el hombre frunció el ceño y mandó a los hombres que se detuvieran. Puso la palma de la mano en la frente y, con los ojos semicerrados, lanzó lo que a todas luces era una pregunta.

—Desea saber, amo Orcas, si nuestro accidente tiene que ver con la nave que cayó cerca de aquí.

—¿Qué esperas para decirle que sí, tonto? —le apuró Sorade.

La respuesta causó gran revuelo entre los lugareños. Dejando a un lado la actitud hostil mostrada, posaron sus armas en el suelo y, sonrientes, sostuvieron un intenso diálogo en el que el tipo alto tuvo la última palabra.

—Dice ser el jefe del pueblo y que están interesado en adquirir los restos del vehículo, amo. También pregunta qué queremos recibir a cambio.

—¿Y para qué querrán estos pobres diablos un montón de chatarra y de hierros retorcidos? —reflexionó en voz alta Thims.

—Da igual. Basta con saber que es algo que aprecian mucho —masculló Orcas pensativo.

—Pues soy de la idea —habló Sorade decidida— que, si les importa tanto, debemos obtener el mayor provecho. Al menos yo les sacaría un viaje a la ciudad de Neacpes.

Al joven Pereiro no le pareció mal aquella idea, así que ordenó al robot que la comunicara al líder. Éste no dudó en aceptarla y su gente celebró con una serie de gritos gruesos, originados de lo más profundo de sus gargantas, que se transformaron en una solo voz cadenciosa y con tintes festivos.

A continuación, se acercó a Faeridi, por considerarle la cabeza del grupo y se presentó ante él como Marchepol, dirigente de Véquiavia. Le dio a los visitantes, que ya no extraños, la bienvenida y les informó que podrían hospedarse con él hasta que la siguiente expedición comercial zarpara al puerto de Neacpes. Para sellar el acuerdo, los dos se tomaron de la cintura e hicieron un juramento.

La casa de Marchepol era tan austera por dentro como por fuera. Las paredes no tenían más adorno que media docena de ventanas cubiertas por igual número de cortinas de escamas de pescado. La única estancia existente estaba pobremente amueblada pues contaba con un par de baúles, unas cuantas esteras y una pequeña alacena con ollas, platos, vasos y cubiertos. La cocina apenas se componía de una hoguera, ubicada en el centro de la estancia, y de una parrilla que colgaba desde el techo.

Como muestra de hospitalidad, les convidó una fuente de pescado ahumado acompañada por rollos de alga y pequeños rectángulos de peje seco. Para saciar su sed, les sirvió una bebida fermentada que poseía un agradable sabor salado.

—Extraño, pero rico —comentó Thims tras apurar de un solo trago su vaso—. Faeridi, ¿por qué no le preguntas al grandulón de qué este brebaje?

—¿En verdad desea saberlo, señor? —inquirió el robot.

—No me hagas perder el tiempo y haz lo que te ordené —protestó.

Tras un breve diálogo con el anfitrión, el robot respondió:

—Es un licor tradicional fabricado con vísceras de pescado y sargazos.

El grumete sintió nauseas y vomitó en repetidas ocasiones hasta que dejó vacío su estómago. Para evitar que el gesto fuera tomado como una descortesía, Orcas aseguró que su amigo se sentía mal a consecuencia del viaje y que pronto se repondría.

El jefe comprendió lo que sucedía y se disculpó diciendo:

—Quisiera ofrecerles agua pero el planeta es tan inhóspito, y nosotros tan pobres, que lo único que tenemos es el pecceauca.

Para Orcas la estancia en Véquiavía resultó ser contrastante. Por un lado, no podía llevar con paciencia la pérdida de tiempo, y de posibilidades, que suponía estar varado en aquel pueblo de pescadores; cada instante ahí representaba una oportunidad menos de ser recibido por el Emperador.

Sin embargo, también reconocía que el encuentro con una realidad tan diferente a la suya era, por demás, excitante. Mientras Sorade y Thims dormían, él gustaba de pasar las veladas platicando, con la ayuda de un Faeridi igualmente fascinado, con Marchepol. De este modo, supo que los vequiavanos eran un pueblo celoso de las tradiciones y de las costumbres, de ahí que no gustaran de acoger a los extraños y que desde sus orígenes se consagraran al trabajo en el mar y a profesar el culto a Nutasar, demiurgo del universo que regía el destino de los hombres y que había ordenado a éstos levantar un templo de hierro en el Risco Sakro.

Cuatro días después, los visitantes zarparon rumbo al puerto de Neacpes por el mismo muelle desvencijado que encontraron a su llegada. Viajaban en un barco de palma de mediano tamaño con velas hechas de un papiro muy resistente y tenían, por compañía, cientos de cajas de pescado ahumado y a dos jóvenes pescadores, Morcell y Petrio, que hacían las veces de mercaderes. Según lo dicho por Marchepol en la despedida, Orcas y sus amigos no tendrían de qué preocuparse dado que el viaje sería corto y transcurriría en completa calma.

El Océano de las Ánimas, llamado así por los habitantes de Véquievia en honor de aquellos que murieron ahogados en él a lo largo de los siglos, era un espejo de infinitas dimensiones que no perdía detalle alguno del paisaje que reflejaba. Ante la calma transmitida por esa balsa de agua prístina, los viajeros coincidieron en que los sufrimientos padecidos bien habían valido la pena.

Dado que era poco lo que se tenía que hacer en la nave, Morcell y Petrio les enseñaron a pescar en alta mar utilizando un sedal corto y un anzuelo de hueso de pescado. Explicaron que con ello lograban hacerse de comida fresca y evitar el aburrimiento propio de la travesía.

Desde la primera jornada se hizo costumbre que, una vez terminada la pesca, cada uno procediera a preparar sus presas para cocinarlas. En ese punto, resultaba gracioso observar como Faeridi intentaba abrirlos, vaciarlos y desescamarlos cuando lo único que conseguía era machacar los peces hasta convertirlos en una pulpa amorfa y desagradable.

—No fui diseñado para estos menesteres —se justificaba ante las risas de los otros—. Debo recordarles que soy un robot protocolar y no una factoría andante. Además, éste cuerpo era obviamente de un robot de carga, no de un manipulador, vean que manos. —concluía con un tono que sonaba más a reproche.

Terminado el ritual de la preparación, se reunían en torno a una parrilla en el centro de la nave donde cada uno asaba su pescado. Una vez que éste se encontraba en su punto, se seguía la tradición véquiavana de cortarlo por la mitad y compartirlo con quien estuviera sentado a la izquierda.

En las noches, mientras Faeridi se sentaba con Morcell y Petrio para platicar alrededor del fuego, Orcas, Sorade y Thims se acostaban en la proa y pasaban largas horas platicando mientras observaban las estrellas.

—No cabe duda que es más bonita la vista —dijo Sorade abstraída— de aquí para allá —señaló el cielo— que al revés.

—A mí me pasaba lo mismo que a ti —respondió Thims—, pero con los años aprendí a disfrutar más el paisaje estelar desde el espacio.

—No lo sé —era el turno de Orcas—. Cuando contemplas las estrellas desde tierra te sientes nimio frente la naturaleza, como si fueras un grano de arena en una playa infinita. En cambio, cuando lo haces desde el espacio no puedes dejar de sorprenderte por estar ahí y, aunque sea por un instante, te invade la sensación de que eres el amo de todo cuanto existe.

Callaron y dejaron que sus oídos fueran arrullados por la sinfonía marina que les rodeaba.

—¿Y hace mucho que son amigos? —reanudó ella la conversación.

—¿Tu qué crees? —respondió Thims festivo y sin ánimo alguno de molestar—. Digo, porque después de habernos espiado en el cuarto de compostura te habrás podido hacer una idea

—Tonto —le dio al grumete un leve golpe con el codo—. Lo pregunto en serio.

—Poco menos de un mes —respondió Orcas.

—¿En serio? ¡Quién lo dijera! —exclamó interesada—. A ver, muchachos, suelten la sopa y sean generosos con los detalles, que la noche es aún joven.

Los amigos contaron la historia de su encuentro en el Auriga Dorado, lo que derivó, gracias al severo interrogatorio al que fueron sometidos, en dos narraciones detalladas de sus vidas que robaron, en varias ocasiones, más de una lágrima a Sorade.

—Ahora que ya tienes idea de quienes somos —concluyó Thims—, nos corresponde saber quién eres, listilla.

Su rostro se emsombreció.

—Provengo de un pequeño pueblo al norte de Ecspont que vive de la agricultura y del comercio con los poblados vecinos. Mi familia ha sido la encargada de escribir y de preservar la memoria clánica durante milenios y una vez que mí padre muera me corresponderá, por ser su descendiente más joven, continuar con su labor.

El nuestro es un clan que se caracteriza por la confianza entre sus miembros y con los clanes vecinos; somos gente de paz que hace siglos dejó las armas porque descubrimos que no necesitamos de ellas para sobrevivir.

—Suena como si se tratara de un paraíso —manifestó Orcas asombrado.

—Lo es, al menos hasta que un día, como aconteció hace cinco años, se presenta en él una horda de piratas que, no conforme con robarnos lo poco que tenemos, decide secuestrar a todo el que pudo para esclavizarlo.

—Pero si de eso hace ya tanto tiempo, ¿por qué sigues hablando en presente de tu aldea y tu gente? —cuestionó Thims.

—Pues porque siguen siendo mí aldea y mí gente sin importar cuán lejos me encuentre de ellos. Una vez que se nace en Gotmalaris, siempre se será un gotmalarita se esté donde se esté. Es un sentimiento muy profundo que nos es inculcado desde que somos niños.

—¿Qué pasó con los otros secuestrados? —preguntó el joven Pereiro—. ¿Estaban con nuestros compañeros de viaje?

—No, murieron con los años. Como comprenderán, el régimen de mucho trabajo y poca comida no favorece la longevidad —explicó con un deje de sarcasmo.

—¿Cómo te las apañaste para sobrevivir? —Thims se aproximó a ella.

—En ese momento mi cuerpo ya no era el de una niña... —se sonrojó—. Errolas, el jefe de esos bastardos, se fijo en mí para que fuera su prisionera personal —enfatizó—. Yo seguía siendo una chiquilla, le tenía pavor y..., en fin, permitía que me hiciera conmigo lo que quería.

—¡Aberrante! —exclamó el grumete. Hizo una pausa y, tras pensarlo con cuidado, se animó a preguntar—. Pero, ¿cuándo nació la Sorade que conocemos? Ya sabes, la mujer aguerrida que hoy nos acompaña —le pasó el brazo por el hombro.

A Orcas no le agradó aquel gesto de Thims.

—Cuando me cansé de recibir golpes sin deberla ni temerla. Entonces pensé que si tenía que elegir entre que Errolas me golpeara porque se le daba la gana o que lo hiciera por algún motivo, mejor me quedaba con la segunda opción.

—Fue así como fuiste a dar a la jaula en la que te encontramos, ¿me equivoco? —conjeturó el joven Pereiro.

Sorade soltó una risotada:

—Llevaba ahí una semana porque Errolas me descubrió revisando sus pertenencias. ¡Vaya cómo se puso! Me persiguió por la habitación lanzándome cuánto tenía a la mano y gruñendo maldiciones. Cuando logró alcanzarme, se hallaba tan cansado que ni pudo golpearme, sólo dio la orden de que me enjaularan en el hangar. Es tan tonto —hizo un gesto de desprecio—, que ni siquiera se enteró de que le había robado su llave electrónica...

Sorade empezó a reírse como si aquello se tratara de una anécdota lejana y, al hacerlo, rompió con la tensión imperante.

—Al menos —remató Thims divertido—, ninguno de nosotros tiene una vida aburrida, lo que es de agradecer. Por cierto, eso me recuerda una vez que...

Los tres siguieron charlando animadamente hasta que el sueño los alcanzó poco antes de que amaneciera.

En la cuarta jornada de navegación, se toparon con otras embarcaciones que, lentamente, fueron apareciendo con mayor frecuencia en una clara señal de que la ciudad de Neacpes se encontraba cerca; si bien no fue hasta que el sexto día despuntó que al fin apareció ante ellos el majestuoso puerto, con su muelle central abarrotado de marineros y de vendedores que iban y venían llevando a cuestas sacos y paquetes con mercancías. A sus costados, los desembarcaderos trabajaban sin cesar atracando, descargando y volviendo a cargar las embarcaciones lo más pronto posible para recibir cuanto antes a las que impacientemente esperaban su turno.

No será el puerto de Montaira —reflexionó Orcas— pero tampoco está nada mal.

Tras una despedida emotiva, Morcell y Petrio dejaron a sus acompañantes en el fondeadero más cercano.

—Henos aquí —dijo Thims grandilocuente con los brazos extendidos—, en un puerto desconocido y sin un rumbo que seguir. Si esto no es libertad, que alguien me explique lo que es. ¿Cuál es el siguiente paso a seguir, Orcas?

Éste se aclaró la garganta y contestó

—Faeridi y yo debemos continuar con nuestro viaje a Talamant y no puedo pedirles que me acompañen, amigos. A ti, Thims, ya te quité una vez la posibilidad de disfrutar tu libertad y, por la amistad que nos une, no pienso hacerlo de nuevo; tu Sorade, aprovecha la ocasión para regresar a casa y estar al lado de tu padre...

© Íñigo Fernández, (2.378 palabras) Créditos