Con el corazón en la boca, Thims se tiró al suelo en tanto que Orcas se ocultaba detrás una pila de cajas. Habían sido descubiertos y estaban acorralados en el hangar. Ya que la aventura perecía llegar prematuramente a su fin asumieron que nada ni nadie los podría salvar.
Volvieron a escuchar la voz.
—¿Pero dónde se han metido?
Orcas se percató de que algo no cuadraba ahí. Se trataba de esa voz que era tan...tan... tan... ¡¿Cómo no se dio cuenta antes?! Aquella era la voz de una mujer.
—¿Una mujer pirata
? —especuló—. ¡Imposible!
Se decía que en la historia del Imperio sólo existió una, Rosat Dirahidis, si bien no eran pocos los historiadores que negaban su existencia al asegurar que se trataba de un personaje mítico que, al igual que otros tantos, formaba parte folclore imperial.
—Solo hay una manera de salir de dudas
—se dijo—. ¿Quién eres? —le preguntó bajando la voz.
—Sorade del Clan de Aradod —gritó.
—¡Cállate! —susurró Orcas al borde del pánico—. ¿Acaso quieres que nos descubran los piratas?
La mujer lanzó una sonora carcajada.
—Descuida. Por las noche no acostumbran a venir por acá; además, a esta hora deben estar más borrachos que una cuba.
Orcas salió de su escondite y levantó la mirada al techo. En la bóveda del edificio, justo a la mitad, pendía una rectángulo desde el que se asomaban un par de brazos.
—¿Qué quieres de nosotros?
—¿Qué será, zopenco? —respondió mordaz la mujer—. ¡Que me liberen!
A la sazón, Thims estaba de pie. No podía creer lo que presenciaba.
—Ayúdame a bajarla —pidió Orcas.
—¿Estas loco? —estalló el grumete—. ¿Y si es uno de ellos?
—¿Podrías decirle a tu amigo —intervino Sorade— que sólo los niños y los idiotas creen en las mujeres pirata?
A Orcas le gustó el ingenio de la muchacha pero tuvo que contener la risa para no provocar más a Thims. Aguzó la mirada y se dio a la tarea de buscar los controles para bajar la jaula. Debían encontrarse en alguna parte, tal vez ocultos detrás de una pila de cajas o, bien, en un compartimento cercano a la toma central de energía.
Pasaron los minutos sin que pudiera hallar el dispositivo, hasta que, de manera repentina, escuchó un tenue sonido que provenía desde lo alto. La jaula descendía.
—Lo encontré por casualidad —se justificó Thims con tono seco.
Cuando la celda llegó al suelo, Orcas tomó una barra de estibador y rompió el candado electrónico de un fuerte golpe. La puerta se abrió y por ella salió una mujer joven y delgada con un rostro que, según lo que se podía observar en la penumbra, mostraba rasgos finos y poco comunes.
—Así que son mis salvadores —desilusionada, los examinó de arriba abajo—. ¿Cómo se llaman?
Orcas hizo las presentaciones.
—Soy Orcas de la Casa de Pereiro y este es mi amigo, Thims de la Casa Ciopal. Es para nosotros un placer muy especial conocerla, Sorade de Aradod.
—Si, si, para mi también —respondió desinteresada y fijando la vista en ellos—. Sus rostros no me son familiares. Ustedes no vinieron con el último grupo de prisioneros, ¿verdad?
El grumete se apuró a negar con la cabeza.
—Es una historia larga y no tenemos tiempo para contarla
—explicó Orcas—. Necesitamos liberar a nuestros compañeros de viaje; ¿sabes dónde se encuentran?
Ella asintió.
—¿Y podrías guiarnos a ese lugar?
—Si, siempre y cuando obtenga alguna ganancia —cruzó los brazos—. En esta vida nada se regala, un favor se paga con otra favor
—¿Por ejemplo? —preguntó a regañadientes Thims.
—No lo sé..., algo como —fingió pensar en lo que deseaba—... ¿qué podría ser?... ¡lo tengo! que me lleven con ustedes cuando escapen.
Thims, mostró una sonrisa fingida, e intervino en la conversación.
—Un momento, por favor.
Y se llevó a Orcas a un rincón.
—Escucha muy bien lo que te voy a decir. Esa mujer es mucho peor que Krolets —le advirtió—, te aseguro que lo único que sabe dar es problemas. Bajo ningún motivo la quiero conmigo, así que si aceptas su condición, tu cargarás con ella.
Sin esperar la respuesta de su amigo, lo tomó por el brazo y regresaron con Sorade.
—Trato hecho —contestó Orcas—. Ahora, si nos dispones de otra cosa, te seguimos.
Cruzaron el descampado a toda velocidad hasta quedar bajo el cobijo de uno de los trenes de aterrizaje del Auriga Dorado.
—Se encuentran ahí —señaló la construcción más grande y distante—. Por las noches hay tres o cuatro piratas de guardia, mientras que los demás, según les he escuchado decir, se retiran a un reducto que debe estar por los alrededores.
—¿Y como te has enterado de esas cosas? Si se puede saber —inquirió Thims suspicaz.
—Ya lo dijo tu amigo, la historia es larga y no hay tiempo para contarla
.
Prosiguieron su camino rumbo al hangar. Conforme se acercaban a él, Orcas notó algo extraño. Pese a carecer, en apariencia, de iluminación en su interior, algunos rayos de luz se filtraban por pequeñas hendiduras en el suelo. Recordó escuchar alguna vez que entre los piratas era práctica común poner capas de plomarán líquido en las ventanas para iluminar sus guaridas y evitar, de este modo, que los cazadetectores lumínicos y calóricos de la policía imperial dieran con ellas.
Al llegar a la parte trasera del edificio, Sorade sacó de su bolsillo una tarjeta pequeña, examinó su superficie a contraluz y la limpió con su túnica; a continuación, la pasó una y otra vez por la parte superior de la puerta hasta que consiguió abrirla.
—Lo importante —señaló Sorade después de haber entrado— es no hacer ruido y, ante todo, que no toquen...
El gruemte apoyó su mano en el marco de la puerta. Entonces una alarma se activó.
—¡Serás cretino! —le recriminó a Thims a la par que salían, de una estancia cercana, cuatro piratas borrachos y fuertemente armados.
Entre disparos y advertencias, los fugitivos huyeron por el descampado con la idea de salir de ahí lo antes posible. No estaban en condición de esconderse, mucho menos de encarar a los perseguidores y en ese momento se antojaba más interesante una huida cobarde que una muerte heroica pero inutil.
Orcas consideró llevar a sus compañeros a territorio conocido. Dada la frondosidad y oscuridad imperantes, el bosque sería un buen lugar para perder a sus perseguidores y salir con bien de aquella aventura; sin embargo, el plan se vio truncado cuando apareció frente a ellos un nuevo contingente de bandidos que, al escuchar la alarma, decidieron regresar al campamento para apoyar a sus compañeros.
Ante esta eventualidad, Sorader gritó:
—¡Por aquí!
Corrieron detrás de ella hacia el tercer hangar, aquel que era desconocido para Orcas y Thims. Entraron en él y atrancaron sus puertas con una sólida barra de acero de Trais. Registraron el interior hasta dar con una pequeña nave en uno de los laterales. Sin pensarlo dos veces, la abordaron.
—Estamos en tus manos —dijo Orcas a Thims con el aliento entrecortado cuando llegaron a la cabina—. Dependemos de ti para salvar nuestras vidas.
A continuación, se retiró al fondo para vigilar a la turba iracunda de bucaneros.
El grumete ocupó el lugar de piloto y revisó el panel de control y los mandos.
—Veamos lo que tenemos aquí —murmuró intentando mantener la calma—. Ya, todo es muy parecido a lo que había en el Auriga Dorado aunque hay algunas cosas que...
Los piratas, frenéticos, descargaban sus armas contra la puerta que no tardaría mucho en ceder.
—¡¿Qué diantres pasa allá? —vociferó Orcas desde la escotilla trasera—. ¿Por qué no nos movemos?!
—Tu amigo no logra echar a andar el cacharro —reveló Sorader, sentada tranquilamente atrás del grumete.
—Esto hay que hacerlo con calma si se quieren evitar los accidentes —explicó Thims—. Sólo dame un momento.
—¡¿Más tiempo, desgraciado?! —arremetió Orcas—. ¿Necesitas más tiempo? ¡Pues ve pensando en pedírselo a los trogloditas que están a punto de atraparnos!
Los reactores se encendieron en el instante en el que las puertas del hangar se abrían. Orcas corrió a la cabina de mando y ocupó el sitio del copiloto.
—Agárrense bien a sus asientos —advirtió Thims.
La nave se elevó a gran velocidad para atravesar el techo del hangar como si fuera de papel. Los piratas, poco habituados a dejar escapar una presa con facilidad, se dirigieron al almacén, sacaron una batería antiaérea e iniciaron el ataque. Preferían destruir su propiedad antes de permitir una fuga como aquella.
A pesar de la lluvia de misiles, Thims condujo el vehículo con gran habilidad. Ese era su día de suerte. No podía ser de otra forma, caviló, pues ya era justo que el destino le permitiera gozar de las bondades de la libertad recién adquirida. Bastó con el impacto de un proyectil para comprobar que estaba muy equivocado.
—¡Nos dieron! —vociferó Thims cuando la nave vibró con violencia.
Una luz aceitunada iluminó brevemente la cabina mientras que el sistema de emergencias se activaba:
—Pérdida de potencia en progreso; proceda a realizar aterrizaje de emergencia
.
—¡Y una mierda! —vociferó.
Otro misil estalló en la parte inferior del fuselaje.
El joven piloto reaccionó en un instante. Aceleró al máximo los reactores que todavía operaban y rectificó el sistema de alimentación motora para que el empuje se concentrara sólo en ellos. La maniobra era peligrosa, no cabía duda de ello. Un simple fallo en algún componente de los motores bastaba para que, en cuestión de milésimas de segundo, la nave y todo lo que se encontraba en ella se transformara en polvo espacial.
El vehículo perdió empuje y, por una fracción de segundo, quedó suspendido en el aire, lapso suficiente para que Sorade cerrara los ojos y viera pasar su vida por delante. Un impulso aún más potente que el anterior se apoderó de la embarcación despidiéndola con fuerza rumbo al espacio exterior.
Fuera del alcance de los piratas y con el sistema de gravedad artificial en marcha, los fugitivos se relajaron. Orcas extrajo de su bolsillo la célula termoplástica y se la dio a su amigo Thims.
—Cuando compré a Faeridi me dijeron que su célula se podía insertar en cualquier unidad lectora. Veamos si es cierto.
El alma
del robot se acopló a la perfección al dispositivo lector de la consola principal.
—Faeridi, Faeridi —dijo Orcas mientras se paseaba por la cabina mirando a todas partes.
Sorade empezó a reírse.
—¿Y a ti qué te pasa? —preguntó molesto.
—Si tan sólo pudieras ver la cara de bobo que tienes... —se justificó—, te aseguro que hasta tu mismo te partirías de la risa.
—Amo Orcas —sonó la inexpresiva voz de Faeridi en el sistema de comunicación—, es un gusto volver a escucharlo —hizo una pausa—. Percibo que mí cuerpo es diferente, ¿acaso el anterior no le gustó?
—En lo absoluto; fueron las circunstancias las que me obligaron a cambiarlo.
—Es bueno saberlo. ¿El Lice Nantórer está con usted?
—No. No nos fue posible rescatarlo de los piratas al igual que el resto de los pasajeros del Auriga Dorado.
—Es una lástima. Disfrutaba mucho su compañía.
—Yo también —manifestó Orcas—; pero, al menos, contamos con nuevos compañeros de viaje. El grumete Thims ...
—Es un placer, señor.
—Bienvenido, Faeridi —contestó Thims sonriente.
—... y también nos acompaña nuestra amiga Sorade.
—Mucho gusto, señora —saludó cortés.
Al acabarse las presentaciones, la cabina se sumió en un silencio sepulcral. Todos estaban cansados y sin ánimo de seguir la charla. Una vez más, Orcas tomó la iniciativa.
—No estamos en un lecho de rosas, así que más nos vale ponernos a trabajar de una vez. Ustedes dos —apuntó a Faeridi y Thims— hagan una evaluación de los daños sufridos mientras que yo buscaré comida y ropa.
La chica se puso de pie.
—Disculpa que cuestione tu maravilloso
plan —arremetió contra el joven Pereiro con su ironía habitual —, pero tiene un fallo. No me incluye.
—Ya lo dije antes. Esta mujer sólo nos va a traer problemas —bisbisó Thims.
—¡Y tú cállate de una vez, por tu culpa estuvimos a punto de morir! —le respondió arrebatada.
—Se acabó —intervino Orcas—. Sorade viene conmigo. Fin de la discusión.
Salieron del puente para iniciar la búsqueda. En vista de que el vehículo estaba compuesto por estancias pequeñas y una bodega de dimensiones extraordinarias, no era raro suponer que los piratas lo hubieran mandado fabricar de encargo.
Desde que diera inicio la época de oro de la industria aeroespacial talmatina, doscientos años atrás, surgieron en el mercado tantas compañías de construcción y ensamblaje, que el gobierno se vio rebasado y, simplemente, no pudo elaborar un registro fiable de las mismas. Como es de suponer, algunas optaron por operar desde la ilegalidad y prestar discretamente sus servicios a una clientela muy peculiar
, entre la que destacaba, por supuesto, la pirata.
El primer lugar que revisaron fue el almacén. No encontraron algo que les fuera de utilidad, apenas algunas cajas vacías, unos cuantos instrumentos de embalaje desperdigados por el suelo y un robot desvencijado que hacía años que había dejado de funcionar. Salieron para continuar sus pesquisas en el camarote contiguo que resultó ser el dormitorio.
—Estoy seguro de que aquí habrá algo que sirva —dijo Orcas buscando entre las casillas y los compartimentos—. ¡Gran Ralike! Cuánta falta nos hace un cambio de ropa.
—¿Nos? —replicó con cara de asco ante el olor rancio a sudor que desprendían las literas.
—Ajá, y tu vistes tus mejores galas, ¿no? Por favor, mírate en un espejo y convéncete por ti misma.
—Si hubiera uno en este cuchitril...
Orcas examinó la habitación con cuidado; la registró de arriba abajo sin perder detalle para hallar, al final, siete túnicas de tela sintética en un estado lo suficientemente aceptable como para vestirlas sin ser confundido con un monje contemplativo o un paria de la región ecspontiana de Tecunic.
Después de haber inspeccionado los cuartos de máquinas, de compostura, de recreo y de armas, llegaron, por último, la cocina. Era más espaciosa y, a diferencia del resto de los compartimentos, estaba ordenada y limpia.
—¿Alacenas o cámara de conservación radiónica?
Sorade respondió con un gesto de duda.
—Que si prefieres revisar las alacenas o la cámara —aclaró.
—Tienes una manera muy rara de expresarte, Orcas —le reprochó—. En fin... Puestos a elegir, me voy por la cámara de conservación.
Las despensas tenían poco que ofrecer, tan sólo cinco paquetes de conservas, ocho sobres de nutrientes sintéticos y una docena de ampolletas solubles de proteína alactosada.
—Estamos fritos —comentó Orcas—. Aquí hay comida para matar el hambre un par de días. Ojalá que hayas...
—Creo que ese no es nuestro único problema —respondió Sorade con la voz entrecortada...