Aquello parecía no tener fin. Cada vez que Orcas libraba exitosamente un obstáculo, de improviso aparecía otro que parecía ser más complicado e infranqueable. Empezó a creer que quizá fueran ciertas todas esas ideas que rondaban la cabeza de Meser sobre los dioses y su intervención en el destino de los hombres, y que él había tildado de supercherías. De ser ello cierto, en algún momento de su vida debió cometer una gravísima ofensa contra una divinidad poderosa que ahora se cobraba su venganza.

Con una resignación poco habitual en él, Orcas preguntó a Nantórer:

—¿Cuál es ese problema al que te refieres?

—En conformidad a lo que me pediste, pasé la tarde en el puerto espacial. Visité los mostradores de las compañías importantes y en cada uno de ellos recibí la misma respuesta: ninguna viaja directamente a Talamant, todas hacen escalas de varias semanas en Viardesos, Nevaleáns y Ecspont.

—Pero ¿podríamos llegar a tiempo para la audiencia?

—Sólo si la tramitación fuera expedita, lo que es un hecho poco usual según me han dicho. Por ello no quise comprar los pasajes hasta haberlo platicado contigo.

—En pocas palabras —concluyó Orcas desanimado—, carecemos de billetes y la posibilidad de llegar pronto a Talamant no está en nuestras manos. Me parece que las posibilidades de éxito son escasas. ¿No es así, Nantórer?

—Me temo que si —respondió taciturno.

—Bueno, lo mejor que podemos hacer por el momento es irnos a dormir. Mañana estaremos en mejores condiciones para decidir lo que vamos hacer.

Por más que lo procuró, Orcas no pudo descansar. Cada vez que lo intentaba, los recuerdos de lo sucedido en ese día regresaban a la par que sentía como la opresión en el pecho aumentaba poco a poco hasta llegarle a sofocar. Entonces, abría los ojos y se quedaba mirando al techo por un tiempo hasta que el ciclo volvía a iniciarse.

Desesperado, buscó una respuesta preguntándose qué hubiera hecho su padre en dicha situación. A ciencia cierta no lo sabía pues había muerto cuando él era pequeño; de hecho, lo conoció muy poco y todo lo que sabía de él era gracias a lo que su madre le había comentado ocasionalmente. Al pensar en ello, recordó que una de los dichos que su padre repetía con mayor frecuencia era no hay mejor trabajo que el que es hecho por uno mismo. Cierto, la frase era una queja pero que en aquel momento bien podía ser un consejo útil.

—A primera hora iré al puerto espacial —murmuró decidido—. Ya veremos si no soy capaz de comprar un par de billetes a Talamant.

Cuando Orcas terminó de arreglarse, Nantórer ni siquiera se había levantado. Le dejó una nota en la que le solicitaba que pidiera a su asistente, Reneiwec de la Casa Azgrab, toda la documentación necesaria para la apelación en vista de que pronto viajarían a Talamant.

El puerto espacial quedaba lejos y Orcas no quería correr riesgos. Si ya había recibido un anónimo, ¿quién le garantizaba que el autor de la amenaza no lo estuviera siguiendo? Optó por utilizar el transporte público en vez de su monoplaza por considerarlo más seguro.

En la recepción del hotel, entró a una cabina azul. La puerta se cerró y una voz asexuada dijo:

Bienvenido al Sistema de Ayuda Ciudadana y de Transporte de la Ciudad de Montaira. ¿Cuál es su destino?

—El puerto espacial de Montaira.

Un mapa del lugar envolvió la cabina.

—El edificio cuenta con cinco terminales. ¿Desea ser transportado a una en particular?

—Si, a la que se encuentre más cerca del área de Tránsito Intraimperial.

Deposite 20 céntimos de auren, por favor.

Orcas hizo el pago y, de uno de los costados, salió un pequeño visor que se acomodó en su rostro. Un rayo de luz roja pasó repetidamente por sus ojos.

Terminal A del puerto espacial de Montaira. Fin del viaje. Que tenga un buen día.

Al abrirse la puerta, salió a un circulo de grandes dimensiones cuyo perímetro era ocupado por las oficinas y los mostradores de las compañías que ofrecían sus servicios de transporte a otros planetas del Imperio Talamita.

A sus espaldas, encontró un plano tridimensional del edificio. Se encontraba en el primero de tres pisos unidos a manera de resorte, todos ellos iguales en tamaño y en distribución, no así en cuanto a las líneas espaciales que los ocupaban. Era evidente que las empresas estaban situadas en función de su categoría. Mientras que la primera planta era ocupada por las más importantes y famosas (como Talamant Express, Cruceros Aleutia-Viardesos, Aleutia Spax, ASCRUTAL, Imperespacial, entre otras), en la última se encontraban las menos conocidas y confiables.

—Entre todas estas compañías —dijo sin despegar la mirada del plano— debe haber alguna que viaje directo a Talamant. Y sólo hay un modo de encontrarla...

Orcas caminó con calma al mostrador más cercano.

—Sea bienvenido a Aleutia Spax, señor —lo recibió el robot sobrecargo—. ¿En qué podemos servirle?

—Necesito con urgencia dos billetes para Talamat.

—No hay problema, señor —respondió el autómata—. Tenemos dos plazas disponibles en el vuelo 907643-B que parte pasado mañana a las 9:17 horas. El costo es de catorce mil quinientos aurens por persona en cabina individual. Le informamos que la tarifa le permite hacer el pago hasta tres horas antes del despegue e incluye impuestos, espacio para un robot personal, alimentos, bebidas, acceso gratuito a todas las áreas de la nave, servicios ilimitados de videomensajería instantánea, transbordos, reserva de hotel en el planeta de destino y transportación puerto espacial-hotel.

—¿Y cuándo llega a la capital?

—A partir de este año hemos suprimido la escala de Viardesos, por lo que el tiempo de viaje se ha reducido a un promedio de tres semanas, señor.

—¿Alguna de sus naves viaja directamente a la Talamant? —preguntó Orcas desanimado y temeroso de la respuesta que pudiera recibir.

—Lo lamento, señor.

—¿Habrá otra compañía que preste ese servicio?

—Ninguna, señor.

Dio las gracias y se dirigió a otros mostradores, en los que, de manera invariable, obtuvo la misma respuesta. En un principio, y ante la negativa, ponía buena cara y agradecía por la atención recibida; sin embargo, poco a poco el buen talante fue desapareciendo y las palabras de agradecimiento se transformaron en murmullos de desánimo.

En muchas ocasiones había escuchado que el mundo era injusto y ahora lo estaba viviendo en carne propia. A pesar de ello, no se dio por vencido y quiso subir al segundo piso. Tenía la certeza de que ahí no encontraría algo a modo, pero tampoco era uno de esos hombres que gustaran de dejar los trabajos a medias.

—Si las cosas no se me daban, al menos que me quede la tranquilidad de que hice todo lo que estaba en mis manos —se dijo a sí mismo al subir al ascensor.

El escenario era parecido al del primer nivel, a excepción de que en éste la mayoría de los mostradores eran atendidos por humanos. Más allá de ello, así como de las colas que tuvo que hacer y de la ironía con la que algunos despachadores respondieron sus preguntas, su suerte no cambió.

Fatigado e impotente, se sentó en una de las bancas del segundo piso y cerró los ojos. Quería estar en Bolecia supervisando los trabajos de cosecha y bromeando con Samed y sus muchachos o en casa, organizando las Fiestas Patronímicas junto a los demás primogénitos de la familia Pereiro. Deseaba en ese momento poder cambiar su vida por la del primero que pasara sin importar que se trata de un recolector de basura solcariano o de un eremita ralikiano.

—¿Tan malo ha sido tu día, hijo?

Abrió los ojos. Frente a él se encontraba un hombre viejo, regordete y calvo que vestía ropas y galones de capitán y jugueteaba alegremente con una pipa de Boagam, de aquellas que, una vez cargadas con yerbas bolish, provocaban los sueños más bellos y sensuales sin necesidad de estar dormido.

—¿Qué dijo?

—¿Qué si tan malo ha sido tu día? —el anciano repitió—. Perdonarás mí franqueza, pero te ves peor que una piltrafa.

—Así me siento —confesó abatido.

—¿Tan grave es la situación?

Jamás había visto a aquel hombre, pero había algo en él que le inspiraba confianza.

—La historia es sencilla. Debo ir a Talamant lo antes posible para arreglar un problema apremiante y no hay ni una sola línea espacial que haga el viaje directo. Y es que para mi, cada escala en Viardesos, Nevaleáns o Ecspont representa una oportunidad perdida para arreglar mi situación.

—¡Esos miserables jamás cambiarán! —gruñó el hombre al sentarse junto a Orcas—. ¿Sabes por qué lo hacen, hijo? ¡Por el puñetero dinero! Las naves atracan en un puerto, bajan al pasaje y no reinician la travesía hasta que se encuentran llenas de nuevo. Ellos nunca pierden.

—Conoce bien el tema.

—Cómo no si trabajé 30 años como capitán en Imperespacial.

—¿Y qué pasó?

—¡Demontre, qué pregunta es esa! Pues lo de costumbre. Cuando decidieron que ya no les era útil, me dieron una patada en el culo. ¡Tontos! pensaron que lanzaban a la calle a un anciano que se iba a dejar morir y, en cambio, aquí me tienes dándoles lata con el Auriga Dorado.

—¿El qué? —dijo curioso Orcas.

—El Auriga Dorado, mi nave. ¿Te vas a pasar todo el día haciendo preguntas absurdas o prefieres hablar de negocios?

La hosquedad del anciano resultó graciosa a Orcas. Era como si estuviera frente al capitán Sedrecas, aquel héroe infantil famoso por las aventuras que corría a bordo de su nave Noirelas. No le cabía le menor duda de que el personaje que estaba sentado a su lado bien pudo ser el modelo en el que el creador del capitán Sedrecas se inspiró.

—El asunto es el siguiente, hijo —prosiguió el hombre—. Te puedo llevar directamente hasta Ecspont, donde tendrás muchas más opciones para llegar a Talamant. Te advierto que el Auriga Dorado es una nave austera que dista de ser un palacio flotante, aunque tampoco es una de esas mierdas que ofrecen las compañías del tercer piso. Partimos hoy a las 19:00 horas en punto y la llegada a Ecspont está programada para dentro de 10 días. Es lo mejor que podrás encontrar en todo el puerto espacial.

—Al menos es lo mejor que me han dicho este día —expresó Orcas reavivado—. Ahora bien, somos dos pasajeros y un robot...

—Me queda una cabina doble disponible —interrumpió el capitán con una gran sonrisa— por veinte mil aurens. El hojalatoso viaja gratis, cortesía de la casa —le guiñó el ojo—, y el pago se hace al momento de subir a la nave. ¿De acuerdo, Orcas?

—¡Hey! ¿Cómo sabe mí nombre? —le increpó.

—¿Acaso no te cansas de preguntar patochadas? —le respondió el capitán—. Lo sé porque desde ayer no he hecho otra cosa que ver tu rostro y tu nombre en cada noticiario, diario y esquina de esta ciudad. Eres el personaje más famoso de Aleutia, hijo.

Orcas no salía de su asombro. Aquella si que era una verdadera sorpresa.

—Preséntense a las 18:00 horas —prosiguió el anciano— en el andén 20 de la sala de Tránsito Intraimperial y pregunten al vigilante por el capitán Krolets y el Auriga Dorado. Él les indicará él lugar donde encontrarnos. Sean puntuales, que no acostumbro a perder el tiempo con los morosos, aunque se trate del mismísimo demonio Sarem y de su corte. ¡Rediós!

Cerraron el trato con un apretón de manos. Era poco el tiempo y muchos los pendientes que Orcas debía arreglar. Regresó a toda prisa al hotel y encontró a Nantórer trabajando con Reneiwec, su ayudante. Después de informarle que partirían a Ecspont dentro de unas horas, acordaron verse a la hora y en el lugar propuestos por Krolets.

Después visitó la oficina central del banco Mutual Aleutiana. Con la ayuda del director general, y amigo de la niñez, Senpouls de Codán, retiró los 250,000 aurens que había depositado tiempo atrás en la cuenta de Melltroth de Pereiro; un ardid, y tradición familiar reciente, que su bisabuelo ideó para proteger a la Casa en tiempos de adversidad como los que estaba pasando entonces.

Entró a la cabina de transporte público del banco y se trasladó a Todo Robot, la única tienda en Montaira que se especializaba en la venta de androides.

—Adelante, señor. Siéntase como en su casa —dijo el encargado al verle.

Orcas se sorprendió pues no esperaba encontrar a un ser humano en una tienda como esa.

—¿En qué podemos ayudarle?

—Parto en unas horas a Talamant y requiero los servicios de un robot protocolar. ¿Sería tan amable de informarme cuál es el mejor que tiene?

—Por supuesto. El último modelo de la serie DECS supera, sin duda alguna, a los demás en cada una de sus especificaciones.

—¿Y su costo es de...?

—185,000 aurens

El rostro de Orcas se desencajó.

—Tal vez la cifra le pueda parecer exagerada —se defendió el vendedor—, pero piense que se está llevando un robot que domina la totalidad de los protocolos imperiales; tiene registradas cada una las reformas que éstos han sufrido hasta el presente mes; habla, escribe y traduce todas las lenguas vivas y muertas del Imperio y posee una unidad de apoyo jurídico en caso de que usted necesite asesoría en la materia. Por si ello fuera poco, su dispositivo erudito, localizado en la parte posterior de la nuca, está contenido en una célula termoplástica que, en el improbable caso de una falla energética o mecánica, puede ser extraída e insertada fácilmente en cualquier unidad lectora existente. Además...

—Deténgase —suplicó Orcas—. No es necesario que continúe. Me llevo uno.

—Muy buena elección, señor. Aguarde aquí un momento, por favor.

Menos de cinco minutos después, el encargado regresó acompañado por un androide antropomórfico construido con una aleación poderosa de titanrixta y argentum, amalgama que daba un brillo muy especial a su cuerpo, a la par que lo hacía agradable al tacto.

—Este es su nuevo robot protocolar.

—Soy Faeridi —se presentó el robot— y es para mi un gran honor poderle servir a partir de hoy, amo.

—¿Vio eso? —preguntó Orcas fascinado—. ¡Habla y gesticula igual que una persona! ¡Simplemente, asombroso!

—Y si lo desea, podemos transfigurar las facciones del rostro y su unidad de voz para que se parezcan a las suyas.

Orcas estuvo tentado a aceptarlo, pero se negó. Lo que menos necesitaba era un autómata que se pareciera a él.

—No le mentí cuando le dije que era el mejor del mercado —afirmó el vendedor.

El joven pagó con gusto los 185,000 aurens, Si bien el gasto era más fuerte de lo que había planeado, estaba seguro que era una inversión que le sería de gran ayuda en el futuro.

Faeridi y Orcas salieron de la tienda y caminaron hasta la cabina más cercana. Se disponían a entrar cuando el segundo notó que tocaban su hombro; se volteó pero, antes de que pudiera ver a alguien, recibió un fuerte golpe en la cara al que siguieron, una vez que cayó al suelo, una serie de violentos puntapiés.

Antes de perder el conocimiento, alcanzó a escuchar:

—¡Quítale el dinero y larguémonos de aquí!

© Íñigo Fernández, (2.531 palabras) Créditos