Tiró el papel y se subió al vehículo. En otro momento, un ultimátum como aquel le hubiera amedrentado, tal vez hasta hecho desistir, pero en una situación tan desesperada como la suya aquello era impensable. Sentía curiosidad por saber quién era el autor de la amenaza, pero tenía otros asuntos en qué ocuparse.
Pidió al chofer que fuera lento para poder meditar sobre el problema que más le preocupaba, su madre. Tenía la certeza de que no podía comentarle lo sucedido y esperar que lo tomara bien, así que la única opción que le restaba era ser cuidadoso y justificar su ausencia futura con una mentira que no la hiciera sospechar; labor de por sí difícil pues Zaringa era de ese tipo de mujeres, pesimistas y desconfiadas, a las que bastaba con un titubeo o una duda en el momento preciso para descubrir la verdad.
Al llegar a casa, Orcas quedó sorprendido al ver que su madre lo esperaba en la puerta principal con Amilas y otros miembros de la servidumbre. Aún no tenía un plan y, no obstante, hizo acopio de valor y esbozó una sonrisa franca mientras bajaba del vehículo.
—Pero mamá, ¿qué estás haciendo afuera? ¿No ves que hace frío y te puedes acatarrar? Mejor entramos y ahí te platico todo.
Ni siquiera le dio oportunidad de contestar. La tomó del brazo y no la soltó hasta que entraron al cuarto de ella.
—Así que te fue tan mal —dijo Zaringa al cerrar la puerta— que ni siquiera te atreves a darme la noticia ante la servidumbre.
Orcas mantuvo la calma. Sabía que aquella era una de esas afirmaciones que su madre solía declarar como si se tratara de una verdad contundente.
—Pues estás equivocada, mamá —respondió sonriente—. El juicio fue rápido y el problema quedó resuelto.
—¿Nada más?
—Si. Nada más.
Su madre lo miró con fijeza.
—Y entonces, ¿por qué tardaste tanto?
La pregunta lo tomó por sorpresa. Debía darle una respuesta verosímil y rápida.
—Pues quise aprovechar el viaje para hacer una visita a nuestras bodegas en el puerto espacial —improvisó.
—Ajá... —respondió incrédula—. ¿Cómo las encontraste?
—Hechas un lío. El administrador no paró de quejarse para justificar el desorden. Que le faltaban hombres por las lluvias, que las autoridades del puerto eran unas impresentables, que las compañías de transporte no hacían las entregas a tiempo, que se necesitaba más dinero para el mantenimiento de las bodegas. En fin, me dio una serie de pretextos inaceptables. Pero ya está advertido que cuando acabe con los trabajos de cosecha en Bolecia, regresaré y, entonces, más le vale tener todo en orden si desea conservar su trabajo.
—No esta mal para haberlo inventado en el momento
—juzgó Orcas conforme la mirada de su madre se suavizaba paulatinamente.
—¿Es así como le dices a tu madre que te irás a Bolecia y que la dejarás sola de nuevo? —le reprochó.
¡La suerte le sonreía! Sin habérselo propuesto, contaba ahora con un pretexto para justificar su ausencia prolongada.
—Mamá. No empieces. Sabes cómo son estas cosas del campo y que si uno no está al frente de ellas... pues, simplemente, no salen bien. Recuerda lo que ocurrió hace 15 años con las inundaciones...
Los ojos de Zaringa se llenaron de lágrimas y abrazó a Orcas.
—¡No sé lo que me pasa, hijo —se justificó entre sollozos—, pero es que estos últimos días han sido tan difíciles!
Consoló a su madre con mimos, con palabras cariñosas y con la mentira de no había qué temer. Pasó poco tiempo para que su madre se tranquilizara. Mientras se quitaba las lágrimas con las manos, preguntó un poco más animada:
—¿Cuándo te marchas?
—Hoy mismo —respondió aparentando tristeza.
—Pues no te entretengo más. Me imagino que aún tienes asuntos pendientes que arreglar y no es mucho el tiempo que te queda.
Orcas guardó silencio.
—Y dale un beso a tu madre. A ver si así cambias esa cara de funeral, tontón.
El joven recordó que, cuando era pequeño, su madre solía pedirle un beso y llamarlo cariñosamente tontón
cada vez que le levantaba el castigo por alguna de las travesuras que hacía. Se sintió mal pues pensó que Zaringa lo estaba perdonando por aquella farsa.
Orcas salió del cuarto de su madre y pidió a Amilas que le preparase la maleta pues regresaba a Bolecia. También escribió dos cartas. Una a Meser en la que le informaba que su misión había terminado y le ordenaba que regresara a casa de inmediato. En la otra, notificaba a Samed que no podría supervisar los trabajos de cosecha por lo que lo nombraba responsable de los mismos y exigía que a nadie informara de su ausencia.
Para no levantar sospechas, pidió que preparan su monoplaza, tal como lo estilaba cuando visitaba las tierras familiares.
—Ya veré qué hago con este trasto cuando llegue a Montaira —dijo al cerrar el portaequipaje.
Orcas se dirigió hacia al sur, por el camino que llevaba a Bolecia, hasta que alcanzó al Cruce de Peonás. Se detuvo ahí por unos minutos y, cuando comprobó que nadie le seguía, tomó la ruta del este. Ese había sido el primer camino que comunicó a Montaira con la región austral del planeta; sin embargo, las necesidades comerciales y la construcción de la nueva carretera hicieron que, poco a poco, cayera en desuso hasta quedar en el mayor de los olvidos.
Tal vez aquello pudiera parecer un exceso, pero cualquier precaución que pudiera tomar no sobraba, más aún cuando pocas horas atrás había sido advertido
para que desistiera de llevar a cabo aquella empresa.
Anochecía cuando llegó a la ciudad. Mares de hombres y mujeres que salían de sus trabajos inundaban las calles del centro de Montaira. Orcas aprovechó la ocasión para perderse entre la muchedumbre. Estacionó su monoplaza en un callejón tres bloques atrás del Hotel Aleutia Imperial y sacó su equipaje. Anduvo a toda prisa y alerta, siempre vigilando por el rabillo del ojo si alguien le seguía, hasta que entró al hotel. En la recepción preguntó por el cuarto del lice Nantórer.
—Es el 433 —contestó el robot hotelero—. ¿Desea que anuncie su llegada?
—No, no es necesario —dijo Orcas agitado—. El lice está al tanto de mi visita.
—Pase, por favor.
Subió al elevador y apretó el número de la habitación. Una voz salió del panel de control.
—¿Quién es? —inquirió Nantórer.
—Soy yo —indicó Orcas con la esperanza de que esas dos palabras le bastaran para ser reconocido.
Así fue. Las ondas sónicas impulsaron la cabina y al abrirse ésta, Orcas apareció en la sala de recepción.
—¡Al fin apareces! —festejó el abogado mientras abrazaba al joven—. Creí que ya te habías olvidado de mí.
—No exageres, hombre —le reprochó—. Si no llegué antes fue porque tuve que arreglar algunos asuntos.
—¿Acaso uno de esos asuntos
se llama Zaringa?
Orcas pensó en informar a Nantórer sobre la amenaza que había recibido, pero no lo hizo pues sabía que con ello no arreglaría nada y sólo asustaría a la única persona que lo estaba ayudando.
—Entre otros más.
—Pues no te preocupes, que yo tengo la solución. Acompáñame.
Se dirigieron a la sala de visitas, una estancia pequeña y sin puertas que tenía cinco sillones rojos más o menos distantes que formaban un círculo perfecto. Al lado derecho de cada uno sobresalía un cilindro rutilante cuya altura llegaba al brazo de la butaca.
—Ponte cómodo, Orcas —le sugirió al abogado mientras se sentaba—, y pide algo para beber.
—Algo fresco no me caería mal —pensó el joven en voz alta—. ¡Una cerveza obscura de Andjor! —ordenó.
Al instante, la parte superior del cilindro se abrió y de él salieron una botella y un tarro helado. Nantórer, por su parte, pidió un vaso de tewis
, licor tradicional aleutiano producto de la fermentación de granos de cebada y de avena en aguamiel. Orcas sabía, por experiencia, que a pesar del delicioso sabor dulzón que tenía el tewis
, bastaban cinco copas para convertir, al menos por un par de horas, al hombre más fuerte y resistente del Imperio en un bulto balbuceante de carne y de huesos.
—Le he dado vueltas a este asunto —explicó Nantórer serio mientras saboreaba su bebida—, y hay un detalle que se nos ha escapado.
Orcas se puso rígido.
—Tramitar una Audiencia Real no es cosa de todos los días y, como te podrás imaginar, participar en una mucho menos. En Talamant, las oficinas de gobierno y la corte se rigen a través de una serie de protocolos y rituales que resultan desconocidos para la mayoría de los abogados, entre los que me incluyo. Una solicitud mal presentada, una petición erróneamente formulada o un comentario expresado en el momento indebido pueden ser razones suficientes para que en la Oficina de Audiencias desestimen una petición o, bien, para que el emperador Panarcas II falle en contra.
—Entonces, ¿qué es lo que procede? —inquirió sombrío.
—Lo de costumbre. Recurrir a los servicios de un robot protocolar que nos ayude a gestionar la audiencia como a llevarla a buen fin.
—Disculpa pero creo que hay algo que estoy perdiendo de vista pues primero dices que tenemos un imprevisto, pero luego me cuentas muy tranquilo que se puede resolver. ¿No se supone que toda solución a un problema debe ser motivo de satisfacción y no de seriedad?
El abogado acabó su bebida de un trago y pidió otra.
—Conozco un par de lugares donde alquilan y venden robots-protocolares para situaciones similares. Los androides se encuentran en buen estado y sus bases de datos son actualizadas con los cambios protocolares decretados. No obstante...
El abogado se calló.
—¿No obstante... qué? —Orcas empezaba a molestarse ante tanto misterio.
—Recurrir a los servicios de un robot protocolar de alquiler es útil cuando uno es un campesino rico de Saelceh o un comerciante diroceano de medio pelo, pero tratándose del representante de una de las Casas más importantes de Aleutia, como es la Pereiro, esta es una posibilidad impensable.
—¡Por Dios, Nantórer! —no se podía controlar—, sigo sin entender cuál es la dificultad.
—La cuestión no es el cuál
, sino el cuánto
. Hablo de la diferencia abismal que existe entre 1500 aurens que invierte el campesino o el comerciante para alquilar el robot protocolar y los 75000 aurens que deberás gastar para comprar uno; me refiero a que no tienes fondos, a que te han congelado tus cuentas y a que no puedo ayudarte en tal gasto.
Orcas apuró su cerveza, se levantó del sillón y deambuló por el cuarto hasta quedar frente al abogado.
—Que el dinero no te quite la tranquilidad. Ten la certeza de que cuento con los recursos suficientes para afrontar los gastos de la apelación, incluidos tus honorarios —Orcas guiñó un ojo.
—Ya..., sin embargo... —titubeó nervioso el abogado—, me parece... que... parece que tenemos otro problema...