La barra del Santa Cruz tenía más muescas que un confesionario de Boston. Lucas se arrimó, por no decir que se arrastró penosamente, hasta uno de los taburetes. Tardó unos segundos en recordar si conocía a la camarera; qué demonios, conocía a todos los camareros de la ciudad.

—Eva —dijo a la menuda chica morena que peleaba con los vasos tras la barra—, un bourbon.

—Hombre, Lucas. Dichosos los ojos. ¿Tú no lo habías dejado? Al menos eso se rumoreaba por ahí.

—Los rumores sobre mi muerte son algo exagerados.

—Ya veo. ¿Cuatro rosas para tu funeral?

—Con hielo, a ser posible.

El líquido ámbar se deslizó entre los huecos que dejaban los hielos, apilados en una especie de escalera hacia el cielo. Lucas dejó que empezaran a fundirse antes de llevárselos a sus labios y tomar una pequeña muestra.

Un chispazo martirizó el maltrecho sistema nervioso del detective, que a duras penas evitó soltar el vaso. Lo dejó encima de la barra y negó con la cabeza.

—El implante no —murmuró—, el implante no. Después de todo esto, ¿por qué no se ha fundido? Total, por algo más de plomo en la columna...

—Ya te dije que era un implante militar, ¿recuerdas? —dijo Mike Hammer, ocupando el taburete de al lado—. Con, entre otras funciones, blindaje EMP. Que es lo que, supongo, alguien ha utilizado.

Lucas le miró, incrédulo.

—Y encima me he vuelto loco.

—No, no creo. Al menos no mucho más de lo que ya estabas y, desde luego, no gracias a mi.

—Tú tendrías que estar muerto.

—¿Qué es lo que acababas de decir... los rumores de mi muerte...?

—No es posible.

—En realidad sí que es posible. Y no tendría que estar muerto, para ser exactos tendría que estar almacenado a unos trece milímetros de tu riñón izquierdo. Pero el sistema ahí dentro —señaló Foucault, alargando un dedo hacia la cabeza del detective—, falló unos microsegundos —Foucault aprovechó para realizar una pausa dramática—. Si, no me mires con esa cara, tu mente se desconectó por el dolor. Que puedo decirte, apareció un rayo de luz, salté dentro y me encontré en medio de un sistema que se derretía a pasos agigantados.

—De eso sí que me di cuenta —dijo Lucas, llevándose una mano a la cabeza.

—Ya, bueno. El caso es que aquí estoy, socio. De nuevo en la brecha, los dos juntos contra la injusticia. ¿Qué me dices?

Lucas negó con insistencia mientras dejaba el vaso en la barra.

—No creo. Coge el dinero, el mío, el tuyo, lo que quieras. Iremos a buscar un cuerpo que te sirva. Quizá logremos contactar con esos tipos suizos...

—Eso si que va a ser difícil.

—Estoy dispuesto hasta empeñarme con el Turco, lo que quieras. Incluso a Sally le puede interesar la idea de recuperarte.

—Creo que los dos deberíamos evitar a Sally durante un tiempo.

—Si es para librarme de ti, me da igual que intente sacarme el corazón con una cucharilla.

—Es que la cosa se ha complicado bastante. Ya no me ejecuto sobre ti, me ejecuto contigo.

De nuevo la jerga informática. El dolor de cabeza de Lucas subió un par de grados.

—No tengo ni idea de lo que me estás diciendo.

—Mira tu vaso de bourbon —señaló Foucault—. ¿Ves el hielo? Yo soy el hielo, ¿ves el bourbon? Tú eres el bourbon. Ahora están separados y dentro del mismo vaso, pero si dejas que el calor actúe...

—Los hielos se derriten y se mezclan con el licor. ¿Te has derretido en mi cabeza?

—Aproximadamente, sí.

—Hijo de puta.

—No te lo estás tomando bien, socio. Míralo por el lado bueno, ahora tienes a tu disposición una de las mejores unidades tácticas disponibles, preparada especialmente para infiltración electrónica, rastreo de comunicaciones, y ataque a cifrados fuertes. Piénsalo, cuando no tengas trabajo tampoco te aburrirás; los canales porno te saldrán gratis.

Un grave y desgarrado sonido a guitarra vieja, sin duda la de Ry Cooder, inundó el local con un blues sureño y sucio.

—¿Puedes hacer que me tome el bourbon sin que me explote la cabeza? —preguntó Lucas, volviendo a centrar su atención en la bebida.

—Por supuesto.

—Pues por ahora no hace falta que hagas nada más —dijo Lucas, mientras el licor empezaba a aguarse.

Fuera empezó a llover con un sonido aterciopelado, las nubes ocultaban las estrellas que, seguramente, no tenían nada que alumbrar aquella noche.

Tan sólo faltó un burdo solo de saxofón, tocado por algún ocasional músico callejero al que no le importara la lluvia, para que la historia terminara mientras la cámara se elevaba, alejándose del Santa Cruz y perdiéndose en la noche.

Pero no lo hizo. Al menos, no mientras quedaran sueños que malgastar en la ciudad vieja del río fantasma y las palmeras sucias.

Fin - Alfredo Álamo - 14 de diciembre de 2004 (799 palabras) Créditos
© Alfredo Álamo, Créditos