No fue como esperaba.
No hubo ángeles tocando trompetas celestiales, no escuchó voces ni vio luces estroboscópicas; ni siquiera acudió algún poeta clásico para enseñarle el camino hasta el mundo terrenal.
Saltó dentro de la luz y luego nada. Oscuridad.
Por lo menos hasta que llegó el dolor.
La sensación general era de entumecimiento, pero la nariz y la espalda, los riñones para ser exactos, le dolían como si alguien hubiera jugado a médicos con una gillette oxidada. Lo cual, como analogía, no dejaba de estar peligrosamente cerca de la verdad.
Intentó moverse pero, aunque notaba que los músculos le respondían, no pudo hacerlo, algo se lo impedía. Abrió los ojos, no sin temor, esperando encontrar de nuevo un sinfín de niveles y de luces de colores relampagueando a su alrededor. El mundo real, el de cientos de olores, colores y ruidos, se abalanzó sobre Lucas despertando sus sentidos y golpeando sus neuronas con un mazo sensorial.
—¡Zorra de mierda! —gritó alguien fuera de su alcance visual. Una violenta ráfaga de disparos acompañó las palabras.
La situación resultaba extraña. Lucas tardó unos segundos en comprender dónde y cómo estaba. Dónde, en una especie de ambulancia, volcada y agujereada; cómo, atado a una camilla. No sabía de que manera, pero no había volcado con el vehículo; mantenía la horizontal correcta en el lateral derecho, sobre un montón de instrumental médico destrozado.
—¿Es que no puedes morir? —escuchó de nuevo.
—Lo que pasa es que tú no puedes matarme, querido. No es exactamente lo mismo.
Era la voz de Sally.
Una figura vestida con uniforme negro cruzó frente al portón trasero de la ambulancia. Lucas lo reconoció como el hombre que había intentado negociar con él junto a la fuente, el jefe de los corporativos. Tenía un fusil de asalto en las manos y apuntaba a alguien que el detective no podía ver. De todas formas, tenía que soltarse. Las correas no estaban muy fuertes, pero aún así le apretaban las muñecas y los tobillos. Podía intentar una cosa, a Foucault le había salido, ¿no?
Inclinó su peso sobre la mano derecha, torciendo el pulgar hacia abajo. Se dio un pequeño impulso y se lanzó sobre la articulación, que cedió con un sonoro crujido. Decir que no le dolió sería inexacto, pero entre el calmante y los nervios quemados, su umbral de sufrimiento se había alargado considerablemente. Con el pulgar dislocado logró sacar la mano de la correa. Ahora tocaba ponerlo en el sitio, cosa que hizo con la otra mano. El procedimiento resultó algo menos doloroso, pero igual de desagradable. Con las manos libres, desató las correas de los pies y trató de ponerse en pie, con resultados poco satisfactorios, sólo logró mantener la vertical, apoyado como pudo en el suelo de la ambulancia. Inspiró profundamente antes de atreverse a asomar el morro fuera del vehículo.
El ambiente en el exterior resultaba tenso y poco atrayente, al menos para el tipo del uniforme. Sally parecía agresivamente operativa y había conseguido un rifle, posiblemente de uno de los mercenarios muertos que adornaban el asfalto. El intercambio de disparos obligó a Lucas a mantener la cabeza agachada.
Sally saltó tras un coche aparcado en la acera mientras el mercenario corría hacia una de las furgonetas negras. Lucas sintió una gran impotencia mientras pensaba qué podía hacer y si debía hacerlo. A fin de cuentas, no le debía nada a Sally excepto un intento de asesinato.
Mierda, pensó antes de tomar una decisión.
—¡Sally! —gritó, corriendo fuera de la ambulancia.
—¡Agáchate, idiota! —respondió ella, cubriendo de balas la furgoneta negra.
El detective cruzó los escasos veinte metros que le separaban del androide y se lanzó al suelo.
—¿Estás loco? ¿Acaso querías morir?
—Tal vez habría sido una mejoría, me duele absolutamente todo —dijo Lucas sinceramente.
—Ya, claro. Eran tres tipos, me he cargado a dos pero el que parece el jefe es un perro viejo. Como tenga un lanzagranadas en la furgoneta nos va a joder vivos.
—Si lo tuviera, ya lo habría utilizado.
—Entonces, si no está huyendo, ¿qué cojones hace ahí dentro?
Dimitri sangraba. Abundantemente. No le quedaba demasiado tiempo para intentar terminar la misión. Y no es que le importase demasiado quedar bien ante sus jefes después de muerto, era una cuestión de profesionalidad y, sobre todo, amor propio.
La caja esperaba en el fondo de la furgoneta. El mercenario sacó la llave digital y la aplastó contra la tapa, pulsando el interruptor biométrico programado para que sólo reconociera sus huellas. El zumbido del servomotor que levantaba la tapa le tranquilizó, haciéndole sonreír. Dentro de la caja, sobre un montón de bolsas protectoras rellenas de silicona, había un maletín. Marcó la combinación para desbloquearlo con la mano izquierda, el brazo derecho ya estaba completamente inútil. Una luz verde se iluminó en la cerradura. Agarró el maletín y se sentó en el suelo de la furgoneta. Levantó la tapa. El mecanismo era simple, un pequeño interruptor protegido por una carcasa de plástico. La vista se le nubló. No, todavía no, pensó. Aún me queda algo que hacer.
—Creo que deberíamos irnos —dijo Lucas. Estaba impaciente, cansado y dolorido. No le importaba aquel tipo en absoluto.
—Si le dejamos marchar, presentará un maravilloso informe sobre nosotros a sus jefes. Uno de esos informes que terminan con nuestras fotos en el centro de una bonita diana.
—Me importa un rábano. Sólo quiero irme a casa.
Sally apartó la mirada de la furgoneta y clavó sus ojos, bonitos ojos pixelados y mecánicos, en los de Lucas. Asombro. Incredulidad. Odio.
—¿Qué has hecho con el, Lucas?
—¿La verdad? No lo sé. Supongo que no pudo recuperarse de un error grave del sistema. No me importa. Sólo era una puta máquina.
—No lo entiendes, ¡yo soy una puta máquina! —gritó Sally. Lucas pensó que si hubiera estado programada, habría llorado en aquel momento. Pero no lo estaba. El androide no podía llorar, pero Sally sí.
—No —dijo en voz baja.
—¿Qué?
—He dicho que no. No eres una puta máquina.
La carcasa de plástico acabó manchada de sangre mientras Dimitri la apartaba. Respiró hondo y apretó el interruptor. Ahora no había vuelta atrás.
Un impulso EMP no puede verse. Ni sentirse. Pero puede seguirse por sus efectos. El primero suele ser la oscuridad, al eliminar toda fuente eléctrica de luz; el segundo suele ser el silencio.
Claro que todo lo anterior sólo es aplicable a los seres vivos.
Sally notó cómo perdía el control de sus funciones motoras, su mente, la mente del androide, se desvaneció en la nada en una fracción de segundo. Sally, oculta en las tripas tecnificadas del Parrot, volvió a la conciencia de sus sensores fijos. Arrancada y devuelta al mundo.
El cerebro de Lucas, sin embargo, recibió la onda EMP, preparada y fijada específicamente para Focault. La sensación resultó ser comparable a tener un montón de metal fundido dentro del cerebro. Que al cabo, era lo que tenía. Sus sinapsis alcanzaron el límite del dolor. El sistema no aguantó más. Y cayó.
Cuando llegó la primera ambulancia, Dimitri estaba muerto. Tenía el dispositivo entre las piernas y un gesto de triunfo en la mirada. El cuerpo androide de Sally estaba quemado y destrozado sobre la acera.
Y Lucas estaba vivo.
Le preguntaron qué había pasado. Dijo que una pelea entre bandas mafiosas. Declinó ir al hospital, dio sus datos como testigo y se alejó, tambaleante, por una de las calles sucias y estrechas que componían la ciudad vieja. Sacó una tarjeta con un coche dibujado y presionó el símbolo de llamada. A los diez minutos un taxi maloliente paró para recogerle.
—¿A dónde, jefe? —dijo el taxista, bajando el volumen de la radio—. Por lo que veo, al hospital.
—No —dijo Lucas—, llévame al bar que cierre más tarde. Y que no sea el Parrot —añadió.
—Claro, jefe. Al Santa Cruz. Volando.
La cabeza le iba a estallar, la ciudad regalaba silencio. Pero por lo menos parecía que todo funcionaba allí dentro.
—¿Ha escuchado la radio, jefe? Dicen que han puesto una bomba o una mierda de esas. Pero yo no he escuchado nada. ¿Usted que cree?
Lucas tragó saliva mezclada con sangre antes de contestar.
—Yo creo que me tomaré una copa.