La habitación olía a tabaco. Lucas llevaba más de tres horas esperando con la cámara digital a punto, sabía que la mujer de Vitelli saldría con su amiguito de un momento a otro. Apagó un nuevo cigarrillo en el cenicero y abrió otra cerveza. La calle rugía con la hora punta, según el horario del marido a ella le quedaba poco más de una hora para volver a casa del gimnasio. Gimnasio, se sonrió el detective, ahora lo llamaban así.

Las puertas automáticas del Plaza volvieron a tintinear en la sonda de Martell, la rubia teñida de escandaloso platino que estaba esperando asomó su lindo cuerpecito a la luz del día. El cachas que la acompañaba acarició su espalda y alguna cosa más, antes de desaparecer. Para entonces Lucas poseía ya cien megas de instantáneas. Posiblemente noventa y nueve de sobra, ya que con una foto en concreto parecía suficiente. Sobre todo si era en la que el cachas manoseaba algo más.

Con la satisfacción del euro ganado, Lucas desconectó las sondas que apuntaban a las puertas del hotel. Le hubiese gustado acceder al sistema de seguridad del Plaza, sobre todo a las cámaras de seguridad, pero sin Sally cerca era un negado para la informática.

Sally, suspiró Lucas; su vuelo llegaba a las cinco y cuarto desde Barcelona, hacía dos semanas que no se veían. Para unos recién casados, una eternidad. Pero dentro de nada estarían juntos en casa, abrazados, acariciándose besándose.

Con ese pensamiento terminó de guardar el equipo. Para mandarle la información a Vitelli necesitaba una conexión segura y la del motel no lo parecía en absoluto. La tarjeta de memoria centelleó entre sus dedos mientras la guardaba camino de la destartalada escalera. Siglo veintiuno y sin ascensor. El conserje le dedicó una mirada indiferente al verle salir. Ya había pagado, por adelantado, suficiente como para que le olvidaran a los cinco segundos de la transacción. Adoraba aquellos moteles.

El Tata a hidrógeno de segunda mano, a nombre de la empresa, por supuesto, seguía aparcado en la calle de detrás. Dos graffitis nuevos y una raspadura que agradecerle a algún simpático hijo de puta. No estaba mal, se acercaba bastante a la media. Los intermitentes parpadearon al reconocer la tarjeta de Lucas y la puerta del conductor desbloqueó el cierre magnético. Ahora a la oficina y luego a por Sally.

El primer golpe lo recibió en las costillas, por suerte para él ya que ahí todavía le quedaba algo de blindaje sano. El segundo lo lanzó por encima del Tata hasta llegar al otro lado.

—¿Te ha gustado, mirón hijo de puta? —saltó la voz ronca de algún matón con esteroides. Lucas no necesitó levantar la cabeza por encima del coche para deducir que se trataba del amante de la chica. Se le daba bien deducir, por eso era detective. Bueno, y para poder llevar pistola.

—Creo que deberías calmarte un poco —dijo Lucas sacando su pistola y tratando de rodear el coche—, es malo para la gente con la tensión alta.

De un par de zancadas el tipo alcanzó a Lucas tras el coche. Así, de cerca, parecía mucho más grande que a través del objetivo de la cámara. Sin embargo mostró más educación y cortesía al ver la nueve milímetros del detective.

—Hijo de puta —volvió a mascullar—, debería aplastarte la cara por hacerle esto a Linda.

—A mi no me mires, chico. El señor Vitelli está pagando su buen dinero para ver en que gasta su mujer el dinero del aerobic. Y por lo que veo no creo que le haga gracia que seas un entrenador personal... tan personal.

—Si le enseñas esas fotos a Vitelli, la matará. A mí también, pero a ella la torturará. ¿O es que no sabes quién es ese tipo?

—Bueno, supongo que tú si que debes saberlo. Y aún así te tiras a su mujer, ¿o no?

Vitelli. La verdad es que Lucas llevaba tiempo alejado de ese tipo de asuntos, pero no dejaba de ser plausible lo que decía el musculitos.

—¿Quién era el Don antes de Vitelli? —preguntó, sin dejar de apuntarle a algún punto entre la masa de músculos.

—Sandro el rovellat —contestó sin vacilar—. Lo sé porque trabajé para él en un par de ocasiones. Ya sabes, un poco de boxeo sin guantes aquí y allá. Vitelli se lo cargó hace un par de meses, dos matones lo acribillaron en el Parrot.

Recordaba la noticia del rovellat, por lo que parecía, el tal Vitelli era algo más que un importador con problemas de fadas. Importación-exportación, ¿cómo podía haber sido tan tonto?

—Puede que tengas razón. Joder, no me lo pones nada fácil. Mierda, mierda y mil veces mierda. No le diré nada a Vitelli, pero tú, tú —repitió—. ¡Deja de tirarte a su mujer! Creo que es un concepto sencillo, ¿no?

El tipo no dijo nada, bajó la cabeza y esperó.

—Y ahora lárgate antes de que me arrepienta y te pegue un tiro.

Se estaba ablandando con los años. O con el matrimonio. Lo cierto es que al ver correr a aquel mazas de gimnasio no pudo evitar sonreír. El amor triunfaba de nuevo. O algo así. Se sintió enormemente cursi. Afortunadamente, su coche olía a after shave del barato y a ambientador de pino. Cuando por fin recogió a Sally, ésta encogió la nariz y le pego en el hombro por no limpiar el coche. Eso era vida.

Dos semanas después, al recibir la llamada de Vitelli, el corazón dejó de latirle uno o dos minutos. La conversación fue corta, en realidad sólo habló Vitelli. Todos tomamos decisiones —dijo—, algunas más acertadas que otras. Espero que comprendas las consecuencias de las tuyas.

Sally no estaba en casa, ni conectada, ni con el móvil abierto. Lucas tardó dos horas en averiguar dónde estaba. Tampoco le extrañó la respuesta: en el Parrot.

La mafia controlaba el Blue Parrot, allí vivía el Don, allí sus amiguitas controlaban a varios políticos. Lucas cogió su pistola, dos cargadores y dejó todo pensamiento de supervivencia antes de coger el coche y poner rumbo al Carmen.

La seguridad del local no era mala, al contrario, era excelente. Sobre todo para un eventual ataque de alguna facción rival. Nadie, ni siquiera Vitalli, podía imaginar que Lucas avanzara hacia los dos tipos que guardaban la puerta pistola en mano y disparando a plena luz del día. Las alarmas saltaron mientras el detective seguía apretando el gatillo en el vestíbulo. Las cámaras de seguridad siguieron el rastro de muertos de sala en sala. Al acabar con el barman, le quitó la escopeta, la amartilló con una mano y trató de que el corazón no le saliera por la boca.

Cinco minutos después Lucas sangraba por dos heridas en el hombro, los últimos hombres de Vitelli atrancaban la puerta de la habitación de su jefe y de las chicas del coro no quedaba ni el olor a chanel número cinco. Martell tragó sus dos últimas pastillas de endorfinas y presionó con una compresa química sus heridas. Calculó que le quedaban dos horas antes de desmayarse. Confió en que fuera suficiente.

—¡Vitelli! —gritó, cargando de nuevo la escopeta—. ¡Dime dónde está ella y me iré!

Al otro lado de la puerta Vitelli, por primera vez desde que se convirtiera en Don, mostró miedo.

—¡Dime que no está muerta! —suplicó Lucas— ¡Dímelo!

Diez segundos.

Lucas disparó la escopeta en automático contra la puerta de madera. Las postas rebanaron la hoja y las sillas apiladas como si fueran de mantequilla. Las esquirlas volaron como metralla contra los hombres de Vitelli.

Cinco segundos.

El arma inteligente de Martell disparó tres veces contra el primer objetivo, destrozándole el cráneo y manchando de sangre el fondo de la habitación. Los siguientes diez proyectiles fueron en ráfaga cubriendo el arco donde dos tipos más levantaban sus armas. Vitelli se tiró al suelo. Martell le apuntó con la mano temblorosa por las heridas del hombro.

—Dime dónde está —masculló.

—No lo hagas, Martell —suplicó Vitelli—, por el amor de Dios, no lo hagas...

—Dime dónde está o juro que te mato aquí mismo.

—Abajo, en la cocina.

Las puertas de la cámara de congelación estaban cerradas. Cuando Lucas logró abrirlas el frío le golpeó en los huesos. Vitelli gimoteaba como una niña pequeña, el detective lo lanzó contra una esquina.

Sally estaba allí. En medio de la sala. Con su rostro de ángel congelado para siempre con una mueca espantosa. Lucas se arrodilló a su lado.

—Compréndelo, Martell —dijo Vitelli desde su rincón—. Si no lo hubiera hecho, nadie me tendría respeto. Me mentiste...

El sonido de la detonación resonó con un eco metálico entre las piezas de carne que descansaban inertes. El cerebro del mafioso se pegó a las paredes, congelándose casi al momento.

Las lágrimas de Lucas no llegaron nunca al suelo, abriendo surcos de sal en su rostro. La abrazó una vez más.

Decisiones equivocadas. Decisiones.

© Alfredo Álamo, (1.489 palabras) Créditos