El desafío no está en beberse una botella de bourbon. Ni siquiera en salir andando del bar por tu propio pie mientras te bamboleas como si tus piernas fueran de mantequilla. No. El desafío, el verdadero reto, está en mentirte a ti mismo diciendo que ésta botella no tiene nada que ver con todas las otras. Que esto es diferente. Que no volverá a ocurrir. Y creértelo.
Lucas no era capaz de eso. Sabía perfectamente que cada trago era igual que todos aquellos tragos y que en el fondo de cada vaso seguía saboreando el sabor amargo de la autocompasión.
—¿Sabes Foucault? —dijo, apoyando los codos sobre la barra del bar—. Creo que desde que te conocí, todo va cuesta abajo. Me taladran la cabeza, me empujan por la basura, me persiguen, me pegan, me traicionan... ¿Porqué yo? ¿Era el único detective de segunda en la ciudad?
—Estas hablando en voz alta —dijo Hammer, perdiendo la mirada en el fondo de un vaso de güisqui.
—¡Claro que sí! —se burló Lucas—. Todos los borrachos podemos hacerlo, hablar solos, reír, llorar, cantar... Somos los putos payasos de la sociedad.
—Creo que voy a activar el catalizador de tu riñón, ya has pasado demasiado tiempo borracho. Intentaré suavizar el efecto.
Lucas dejó un par de billetes arrugados encima de la barra. Los bares eran los últimos locales que aceptaban metálico, todos los demás negocios cobraban a través de las tarjetas y los chips de negocio. Pero en los bares todavía recogían las monedas oxidadas y los billetes manchados.
—No te cortes, franchute. Actívalo.
A medida que las calles se abrían ante Lucas, callejones, avenidas, cruces de caminos, los productos químicos de la bomba renal empezaban a extenderse por su sangre. Las luces volvían a activarse, los coches recorrían su camino con las ventanillas subidas y ya no quedaban madres. La realidad volvía a combarse con cada miligramo de alcohol que desaparecía de su cerebro.
—¿Siempre es así? —dijo Foucault—. Quiero decir, ¿ser humano es esto?
—No, chico. Esto es ser un estúpido. Lo de ser humano, si quieres que te diga la verdad, no tengo ni idea de qué puede ser. Por lo que he visto, tú podrías ser más humano que yo. Al menos tienes algo de esperanza.
Foucault procesó aquellas palabras con cuidado. Como siempre, lo mensajes de Lucas eran contradictorios y sin sentido; quizá en eso consistía ser humano: en la contradicción pura y dura.
La plaza del árbol estaba vacía con la excepción de un par de punkies ya mayores. Tocaban la flauta, tenían un perro y pasaban neurococa. El cartel del Blue Parrot todavía no estaba iluminado.
—¿Quieres hablar con ella, verdad? —dijo Foucault.
—En realidad no. Es ella la que quiere hablar conmigo.
—Y no podría ser en otra parte, claro.
—Esa es su casa. No podría ser en otra parte. Y es la intermediaria, supongo que le gustará comprobar que su mercancía está intacta.
Cuando Shasha abrió la puerta trasera, no dijo nada. Ni siquiera levantó la vista para mirar al detective. Dentro todo estaba por arreglar, el olor era el característico de un bar a primera hora de la mañana. Alcohol, humo reconcentrado, sudor rancio y un elemento inclasificable, como a sueño perdido y aplastado en el suelo.
—Ella te está esperando arriba, Lucas —dijo Monk, apareciendo de la nada—. Me gustaría decirte algo, pero no tengo palabras.
—Sólo quiero una cosa de ti, Monk —contestó Lucas, contemplando la enorme mole del samoano—. Ésta vez, no me pegues en la cara.
El despacho de Sally, al contrario que el bar, estaba limpio y ordenado. Ella estaba esperando, sentada en su sillón de cuero, las manos apretadas y la mirada fruncida. Cuando Lucas entró, extendió las manos y sacó un cigarrillo.
—Hacía tiempo que no te veía tan nerviosa, Sally —dijo Lucas, acercando su gabardina a una silla.
—No me vengas con tonterías —contestó ella—. Sé que has hablado con Pons, el muy cerdo es incapaz de callarse nada, así que supongo que lo sabes.
—Sí, me lo contó con una sonrisa.
—Necesitaba el dinero.
Lucas soltó una carcajada.
—¿Dinero? Di mejor que necesitabas joderme.
—No eres tan importante.
La expresión de Lucas relampagueó.
—¿Porqué, Sally? ¿Por tocarte?
La ira se apoderó del rostro de la mujer, se levantó y dio dos pasos para ponerse frente a Lucas. Levantó su mano derecha y lanzó una bofetada contra Lucas. Éste no hizo nada para evitarla y, como en un sueño, la mano de Sally atravesó el rostro de Lucas, se pixeló y volvió a formarse unos segundos después.
—¿Qué coño...? —articuló Hammer.
—¡Te odio! —dijo Sally mientras una lágrima le recorría el rostro, acababa en el mentón y se lanzaba al vacío, para desaparecer en la nada a unos cuarenta centímetros del suelo.
—¿Dónde estás ahora? —preguntó Lucas, con expresión sombría.
—La unidad principal está negociando con el Turco para que no se coman tu hígado para cenar. La secundaria está con Pons, concretando los pagos.
—¿Ella es una IA? —preguntó incrédulo Foucault.
—Algo así. Es la imitación neural de Sally. Una simulación de mi mujer muerta.
Sally había vuelto a su mesa, señaló una consola portátil y trató de enjugarse las lágrimas.
—Ahí tienes todos los datos que necesitas sobre el intercambio de información. Deberías ocultarte los dos próximos días, lejos de mí, lejos de tu casa, ¿está claro?
—Muy claro.
—Espero que después de la transacción no tenga que volver a verte.
Lucas alcanzó la consola y la guardó en el bolsillo. Recogió su gabardina de la silla y asintió con la cabeza.
—Créeme si te digo que lo último que quiero es caer de nuevo.
Monk abrió las puertas. Era hora de irse. Lucas agachó la mirada y salió de la habitación. En la calle ya era noche cerrada y la luna estaba oculta tras un filtro de nubes anaranjadas.
De nuevo las calles se estrechaban.
Foucault escogió con cuidado las palabras y el momento adecuados para hablar con Lucas. No quería forzarle a hablar ni tampoco que sintiera la necesidad de emborracharse de nuevo, aunque podía sentir esa ansiedad incluso a través del cortafuegos que separaba sus mentes. No fue hasta una hora después, cuando Lucas ya parecía cansado de vagar entre penumbras, cuando lo intentó.
—Lucas, ¿qué ha pasado? No logro entenderlo.
—Ella es una simulación, ya sabes que existen, ¿no?
—Sí, se hacen a partir de recuerdos. Pero nunca dejan de ser imágenes, secuencias...
—Pues Sally no fue de esas. La recrearon por completo a partir de mis recuerdos, de mi memoria. Tiene conciencia de sí misma, ¿entiendes?
—Creo que sí, pero es imposible.
—Pues vale. Tú también eres imposible, ¿sabes? Y estás dentro de mi cabeza arruinando mi vida.
—¿Cómo murió tu mujer?
Lucas miró a Hammer con cara de pocos amigos.
—Yo la maté.