Dicen que con el progreso se acerca el urbanismo del futuro, pero la realidad apuntaba a que el urbanismo del pasado se resistía con fuerza al progreso. Al otro lado del río se extendían barrios enteros de los que nadie quería oír hablar en las elegantes reuniones sociales de empresarios y banqueros. Las calles estaban parcheadas y los edificios pedían a gritos que les quitarán el traje de tubo de escape con el que los pintaban todos los días. Durante algunos años la inmigración musulmana, principalmente marroquí, ocupó los barrios del interior de la ciudad; cuando la especulación yuppie reclamó los edificios, la marea se desplazó extramuros. A los cinco minutos de entrar en Nuevo Benimaclet, Lucas se encontró transportado a cualquier calle del centro de Casablanca. O al menos eso suponía, ya que lo más lejos que había llegado en su vida de detective barato era a Barcelona.

Varios cuidadores de esquina susurraban a su paso:

—¿Hash? ¿Hash?

Vendían de todo, desde hachís a neurococa. Al pasar entre dos de ellos, Lucas sintió como si traspasara a los guardianes de alguna antigua tumba. El callejón que se extendía ante él parecía ya pertenecer a otro mundo. El mundo de Ozcan Ozcoka, el Turco.

La Kashba era un local, si es que podía llamársele así, cuya entrada estaba teatralmente dispuesta al fondo de un callejón en el que ni las ratas merodeaban. No había guardias en la puerta, no hacían falta; nadie en su sano juicio intentaría entrar allí con intención de montar un espectáculo. A menos que ese espectáculo incluyera su propia muerte, de una forma lenta y dolorosa.

—Parece que hemos llegado —dijo un Marlowe recién aparecido, ajustándose la gabardina.

—Es difícil equivocarse. Sólo tienes que seguir a la mugre.

La puerta del local estaba abierta. Al entrar las luces se hicieron rojas como la sangre y varios tipos, de los que no son buena compañía, giraron un segundo sus cabezas con gesto desaprobador. Una puerta lateral insinuaba figuras tumbadas en el suelo, sorbiendo sus vidas con opio. A Lucas le sorprendía siempre que siguieran existiendo fumaderos como aquel, en una época en que el número de drogas sintéticas no cabría en una guía de teléfonos. La autodestrucción no tenía límite, tomara el aspecto que tomara.

Al fondo del local se esparcían caóticamente un sinnúmero de pequeñas mesas de té y cojines mullidos. Lucas agachó la cabeza, sabía que era mejor no mirar demasiado a las personas que frecuentaban el local: más de uno podía tener la desagradable costumbre de arrancar ojos y luego comérselos.

—Lucas, mi amigo. Ven, ven. Siéntate aquí conmigo.

Era el Turco. Su voz siempre le recordaba la de Jabba en la Guerra de las Galaxias. Qué demonios, todo él era un gigantesco Jabba con un fez y gafas negras en medio de la oscuridad.

—Hola, Turco. Cuanto tiempo.

Lucas se acercó hasta una mesa apartada de las demás. Dos de las cinco chicas que ocupaban los cojines alrededor del Turco desaparecieron como por arte de magia.

—. ¿Hologramas, Turco? ¿Tan mal te va el negocio?

El gordo mafioso sonrió, dejando ver sólo la fila superior de sus dientes amarillentos. Una de las chicas que quedaban pasó un brazo por detrás de Lucas y empezó a tocarle de una manera que dejaba en entredicho su honra y su virtud.

—Sólo estaba guardando las apariencias. En cuanto dejo un sitio libre, los incautos acuden como moscas a la miel.

—Me hago una idea —dijo Lucas, apartando suavemente a la joven—. Hoy no, chata. Vengo por negocios.

La chica sonrió y volvió a pegarse al Turco. Ellas nunca hablaban, dando pie a rumores de lenguas cortadas y similares. Lucas no lo creía así, dudaba mucho que al Turco le interesaran sin una lengua larga y flexible.

—. ¿He de suponer que el señor Foucault está presente en la reunión?

Hammer asintió con la cabeza y dejó de mirar el escote vertiginoso de la muchacha de al lado.

—Si que lo está. Y a juzgar por su expresión, creo que empieza a sentir la necesidad de poseer un cuerpo propio.

—Ya me han contado lo tuyo. Implantación cerebral externa, ¿dolió mucho?

—Nada que no curen un par de aspirinas y algo de dinero. ¿Tienes preparado el equipo para Foucault?

—Siempre al grano, ¿verdad? Creo que deberías relajarte un poco. Te veo algo desmejorado. ¿Qué tal Sally?

Maldito cabrón. No podía aguantarse, necesitaba hurgar en sus heridas. Esperando que saltara… Como antes. Pues bien, no pensaba darle el gustazo.

—A Foucault no le interesa mi vida, Turco. ¿El equipo está o no?

—Tengo todo preparado para la descarga, solo intentaba mostrarme cortés.

—Por supuesto, Turco. Te lo agradezco, pero comprenderás que el hecho de soportar una inteligencia artificial chillona en mi cabeza puede producirme cierta ansiedad nerviosa.

El Turco sonrió de nuevo. A Lucas le ponía nervioso. En realidad a Lucas le ponía nervioso cualquier gesto que el Turco hacía. La sensación de cuervos apoyados en sus hombros le invadió completamente. Los chicos del Turco se adivinaban revoloteando a su alrededor.

—Creo que sería mejor que siguiéramos con ésta conversación en mi despacho —dijo el Turco iniciando el proceso de levantarse. Desde luego, era un espectáculo que ni Lucas, ni muchos de los presentes, había presenciado nunca.

La habitación a la que el Turco se había referido como su despacho era un cuartucho infecto al lado de los fumaderos. La humedad era tan alta que Lucas notaba toda su ropa pegada al cuerpo. Y la visión de un Hammer envuelto en gabardina a su lado incrementaba esa sensación de calor sofocante.

—Bonito picadero —dijo Lucas, aflojando el nudo de su corbata—. ¿Lo alquilas como sauna?

—Me gusta el calor —contestó el Turco arrastrando su mole hasta una silla—, me hace sentir vivo.

—Pregúntale al gordo si tiene el dinero preparado —dijo Hammer con su mejor cara de tipo duro. Lucas agradeció en silencio que sólo el pudiera oírle, pocos le habían dicho gordo al Turco y vivido para seguir hablando.

—El señor Foucault pregunta por su dinero —dijo Lucas.

Uno de los sicarios del Turco, grande, silencioso y desagradable, se adelantó. Llevaba un maletín de cuero negro, cantos dorados y de combinación manual. El mafioso lo abrió lentamente. Parecía estar disfrutando con la situación.

—Aquí tengo un millón de euros alemanes… Directos desde algún lugar de Suiza. ¿Cuánto te vas a sacar por esto, Lucas? ¿Diez mil?

—Cien mil —gruñó el detective—. Y creéme, está mal pagado.

La sonrisa del Turco volvió a aparecer, ésta vez acompañada de un ligero jadeo que, en algunos círculos de logopedas, podría ser identificado con una risa.

—No lo discuto. Es más, me parece que es cierto lo de que estás mal pagado. ¿Sabes por qué? —se relamió el Turco—. Porque los términos de la operación han cambiado un poco.

—. ¿Qué? —dijeron a la vez Lucas y Hammer.

—Digamos que he encontrado a alguien muy interesado en el señor Foucault… Alguien a quien no le interesan tanto los datos como el propio, como llamarlo, envoltorio.

A Lucas se le atragantó la escasa saliva que le quedaba. Si no le interesaba el volcado de datos, quería decir que querían la cosa que le habían metido en la cabeza. Y dudaba mucho de la capacidad del Turco para extraérselo sin desparramarle todo el cerebro en el proceso.

—. ¿Qué está pasando, Lucas? ¿El gordo nos está chuleando? —preguntó Marlowe.

—. ¿Chuleando? Nos quiere joder vivos —contestó Lucas, sacando la pistola de su funda.

—. ¿Una pistola? —se asombró el Turco—. No te creía tan estúpido.

El Turco se hubiera asombrado de lo estúpido que podía llegar a considerarse Lucas, pero no llegó a comprobarlo. Uno de los hombres del gordo, acercó una porra eléctrica al brazo del arma. Antes de poder levantarlo, la descarga le entumeció los músculos y le agarrotó el hombro.

—No le deis en la cabeza —dijo el Turco con su sonrisa torva—, vale millones.

El suelo se acercó a Lucas a gran velocidad. Los primeros golpes hicieron daño, luego, sin saber bien el porqué, dejaron de hacerlo. Notaba los impactos, pero no el dolor.

—Creo que es hora de que duermas, Lucas —dijo Hammer, con expresión preocupada.

Y, de repente, se hizo de noche en su cabeza.

© Alfredo Álamo, (1.372 palabras) Créditos