Al despertarse, tenía la cabeza como si un par de tipos hubieran jugado al fútbol con ella. La cama le era familiar, así como el resto de la habitación: el Blue Parrot. Y con ese reconocimiento volvieron, como un vendaval, los recuerdos del día anterior. Se incorporó hasta alcanzar un paquete de cigarrillos y trató de encenderse un pitillo, recordando también, al llevárselo a los labios y dar la primera calada, que él no fumaba.
—Venga, chico —dijo Mike Hammer—. No hay nada como un buen cigarro para empezar el día.
Trató de ignorarlo y apagó la colilla en el cenicero. Se puso en pie, algo mareado, y entró en el cuarto de baño. Inspeccionó la herida de la frente con ojo crítico; al menos le habían cambiado el vendaje y puesto nuevo cicatrizante. Aún pasarían unos días antes de que se curara del todo, tendría que tener algo más de cuidado: nada de vertederos por un tiempo.
Sobre una silla descansaban unos pantalones grises, una camisa, una chaqueta de fieltro algo desgastada y sus viejos zapatos. El sombrero estaba colgado en la percha que guardaba la puerta. Lucas se vistió sin prisa, había visto la hora en el reloj de muñeca: las seis de la tarde. La verdad es que se encontraba mejor, unas horas de sueño y ropa limpia siempre le hacían sentirse como nuevo. Ahora solo le hacía falta un buen café.
Shasha sonrió al ver entrar al detective en la cocina. Aún no habían abierto el local, pero ya estaban preparando comida para la hora punta.
—. ¿Café, Lucas? ¿Negro, amargo y caliente?
—Veo que te acuerdas.
—Muchos desayunos juntos cerrando el local y tratando de despejarte.
Y, como en todas aquellas ocasiones que decía Shasha, el café le recorrió el cuerpo en un segundo, terminando de despertar las pocas neuronas sanas que le quedaban.
—. ¿Y ella?
—No llegará hasta las diez —dijo Shasha volviendo a sus fogones—. Me dijo que no esperaba que te quedaras, así que...
—Ya, entiendo. De todas formas, tengo un caso entre manos. Puede que más adelante me pase una noche.
—A todos nos gustaría eso.
—. ¿A todos?
—Si. A todos.
Lucas sonrió sin mucho convencimiento. Shasha era un buen tipo, pero a veces no se enteraba de cómo funcionaban las cosas. Ella no quería verle, al menos todavía no. Quizás algún día, pero por ahora era demasiado pronto.
—. ¿Recuerdas nuestro trato? —dijo Hammer, interrumpiendo sus pensamientos.
Lucas apuró el café y se despidió de Shasha. La puerta trasera le llevó al callejón que, a la luz del día, parecía aún más sórdido y mísero que durante la noche. Era uno de esos lugares que no cambian nunca, pase lo que pase.
—Tengo que ir a mi oficina antes de ver al Turco. Hay un par de cosas que me gustaría comprobar.
—Si, bueno. Creo recordar que un detective sin pistola es como un aparcacoches borracho.
—. ¿Dónde leíste eso? No parece de Chandler.
—En realidad es mío. ¿No te ha gustado?
—Si, claro. Mucho.
No esperaba que se lo creyera, pero por lo menos mantuvo callado a Foucault durante un buen rato.
La oficina de Martell estaba en un edificio viejo cerca del centro. No era ninguna maravilla, pero los ascensores funcionaban, el aire acondicionado era bueno y el alquiler no resultaba descabellado. La puerta estaba desencajada y un agujero ocupaba el lugar donde debiera estar el pomo.
—Menudo desastre —murmuró Lucas al entrar. Todos los chips de datos estaban tirados por el suelo y la consola no tenía buen aspecto.
—Bueno, los detectives privados estáis acostumbrados a esto, ¿no? Registros misteriosos, secuestros en la madrugada...
—Pues no, la verdad es que no suele ser del todo normal. Fíjate, el calvo que contrataste se llevó mi whiskey. ¿Te das cuenta?
Lucas hizo un registro general, no faltaba nada más. La pistola estaba en el armero, ¡en su sitio! El azar tenía un sentido del humor que a Lucas no le gustaba demasiado. Comprobó el cargador y se puso la cartuchera. Era reconfortante, aunque lamentaba no poder pegarle un tiro a Foucault sin volarse la cabeza.
—. ¿Cuándo iremos a ver al Turco? —preguntó Foucault, volviendo a su imagen de Bogart.
—Ésta noche. Antes quiero cenar algo.
—¿Qué coméis los detectives? Un perrito caliente o una hamburguesa bien sangrante, ¿verdad?
—Estaba pensando mejor en unos tallarines Won-Fu.
Foucault no dijo nada. Estaba decepcionado.
—El restaurante de Chen está en la esquina. No tardaremos demasiado.
El barrio estaba ya casi desierto a esas horas, las oficinas cerraban pronto y solo los noctámbulos y los perdidos deambulaban por las calles. Al salir del edificio soplaba un viento de poniente, cálido y pegajoso.
—. ¿El señor Martell? —dijo alguien tras él.
Como respuesta, Lucas se giró lanzando un puñetazo. El golpe alcanzó en pleno rostro a un tipo grande, vestido con traje y chaqueta. Sin dejarle tiempo a reaccionar, le agarró de un costado y lo lanzó contra la pared. Un par de golpes más en los riñones terminaron por minar su resistencia.
—. ¿Pero qué haces? Podría ser un cliente.
—Que hubiese venido en horas de oficina. Tal y como va el asunto, dudo que este tipo viniera para que averiguara quién se trabajaba a su mujer.
El detective se agachó sobre el hombre y abrió su chaqueta. Ropa reforzada, pistola alemana… Algo no le gustaba. Exploró la zona maxilar del hombre, tenía un bulto rugoso. Un implante de comunicaciones. Eso sólo podía decir dos cosas, un agente corporativo o uno de los chicos de operaciones encubiertas del ejército. En cualquier caso, no solían actuar en solitario; tenía que moverse. Y deprisa.
Avanzó unos pasos hasta la siguiente esquina, la dobló y salió corriendo. Si llegaba hasta la calle de detrás podría despistarles. A su espalda empezó a sonar ruido de fondo, motores encendiéndose y pasos acelerados.
—Calculo unas tres unidades —dijo Foucault—. Sigue recto hasta el siguiente cruce y luego gira a la derecha…
—. ¿Quieres callarte de una vez? —le interrumpió Lucas, girando hacia la izquierda.
—Si sigues por aquí llegarás a un callejón sin salida.
—Espero que ellos tengan el mismo mapa que tú.
El fondo de la calle estaba cerrado, pero a un lado se hundían unas escaleras que llevaban a una puerta metálica. Lucas saltó hacia ella y la golpeó con fuerza.
—. ¡Chen! —gritó—. ¡Abre, joder!
El ruido de los motores se acercaba, Lucas empezó a sudar a chorros. La puerta seguía cerrada.
—. ¿Ves? Tenías que haber girado a la derecha…
Un sonoro crujido acompañó a la puerta en su movimiento. Dentro sólo se adivinaba oscuridad y olor a glutamato. Lucas terminó de abrir y entró rápidamente. Alguien cerró por él.
El almacén del restaurante de Chen nunca le había parecido tan acogedor.
—Hola Lucas —saludó un chino de mediana edad—. Hacía tiempo que no entrabas por aquí, ¿de vuelta a los negocios?
—Algo así. ¿Podrías ocultar la puerta?
—Por supuesto, ya lo he hecho. El holograma sólo durará cinco minutos, ¿será suficiente?
—Si, supondrán que giré a la derecha —sonrió Lucas antes de entrar en el restaurante—. ¿Tienes unos tallarines Won Fu para mí?