Ésta vez no sólo podía escuchar la voz de Foucault, podía verlo. Como en el sueño que acababa de tener. Pero ahora, en lugar de ver a un joven Bogart elegantemente vestido, tenía a un demacrado Mike Hammer cerca de la botella de Four Roses.

—Es una lástima que no puedas beber —comentó sirviéndose una copa—, creo que necesitas un trago.

—. ¿Cómo es que puedo verte? ¿Cómo puedes beber?

—Bueno, la verdad es que me he ido integrando en tu sistema neuronal. Ahora ya soy capaz de modificar el vídeo y el audio que recibes. En cuanto al bourbon, no te engañaré: es sólo un truco. Soy tan incapaz de beber como tú.

Lucas respiró hondo. Estaba allí, completamente sobrio, tumbado en la cama y charlando con una alucinación de Mike Hammer.

—Será mejor que me lo expliques todo. Desde el principio, por favor. Y puedes ahorrarte cualquier tipo de explicación técnica que vaya más lejos de multiplicar.

Hammer se quitó el sombrero y el gabán raído, buscó una silla cómoda y la dispuso frente a Lucas.

—Soy una Inteligencia Artificial completa. Me diseñaron con un interface neuronal que me permite integrarme dentro de un sistema biológico humano, me da la capacidad que conoces de comunicación e interactividad necesarias para una correcta simbiosis.

—. ¿Qué?

—Es lo que los chicos de marketing escribieron para la reunión de ventas. Te haré un resumen: soy muy listo y estoy dentro de tu cabeza.

Lucas emitió un gemido desconsolado.

—. ¿Y se puede saber qué haces ahí dentro?

Hammer volvió a tomar un trago antes de contestar.

—Contactaron conmigo, ¿sabes? Me prometieron, como decirlo... Libertad. Hay un cuerpo cultivándose en algún lugar de Suiza que está hecho sólo para mí. Hoy en día se mueven muchos millones por cierto tipo de información, y yo, no es por nada, poseo mucha.

—. ¿Y?

—Bueno, tenía que escapar de algún modo de aquellos tipos. Me tenían enjaulado en un banco de datos bastante deprimente, el trato no se iba a completar hasta la semana que viene y yo estaba seguro de que sospechaban algo. No podía arriesgarme a que trataran de reprogramarme, así que planeé la fuga. Hoy en día puedes hacer cualquier tipo de negocio aunque no tengas identidad, solo hace falta algo de pasta y carecer de escrúpulos. Contraté a Korin, el calvo de la escopeta, para que se encargara de encontrar a un detective acabado y desesperado, con problemas de alcoholemia y algún fracaso sentimental reciente. Y me llevó hasta ti.

Lucas masculló algo, primero para sí y luego en voz alta. Prefirió no considerar por el momento que su vida se parecía demasiado a los seriales para televisión que emitían después de comer.

—Eres un hijo de puta.

—Técnicamente no tengo madre, pero haré como si me afectaran tus insultos.

—Sigo sin entender para qué me querías.

—Bueno, la verdad es que es algo personal. Cuando estaban probando mis bancos de memoria, me volcaron una base de datos completa de cine negro y novelas de misterio. Estuve trabajando con ellas durante mi crecimiento como ser consciente y, oye, acabaron gustándome. Patricia Highsmith, Dashiel Hammett, Truman Capote, Boris Vian... Ellos fueron mis primeros maestros. Si hubiese nacido humano, habría sido detective; como tú, Lucas. Además, necesitaba a alguien que me llevara hasta mi contacto; tampoco iba a meterme en el cuerpo de cualquiera. Prefería el de alguien con permiso de armas.

La puerta del reservado se abrió, Shasha llegaba con una bandeja humeante y olorosa. Hammer no hizo ningún gesto, Lucas tuvo que decirse a sí mismo que sólo lo veía él.

—Veo que te has despertado —dijo el ruso, acercándose a la cama. Por el camino atravesó la imagen de Hammer sin ningún problema—. Te he traído algo de sopa caliente y un poco de arroz al curry. Espero que te guste.

—Gracias Shasha.

La verdad es que empezaba a sentirse hambriento, no recordaba a qué hora había comido por última vez. Shasha le dejó la bandeja en la cama y sonrió entrecerrando sus ojos azules.

—Me alegra que estés de nuevo por aquí, Lucas. Esto no ha sido lo mismo sin ti, ¿sabes?

—No creo, tú y yo sabemos que en el Blue Parrot todos somos prescindibles.

—Tienes razón —dijo alejándose hacia la puerta—, pero ahora tengo que bajar a la cocina. Hablaremos mañana, procura descansar.

Mike Hammer asintió con la cabeza.

—Parece un buen tipo. ¿Confías en él?

—Completamente. Y para que no te quepa duda, voy a tomarme la sopa inmediatamente.

Una sensación de agradable calidez inundó su estómago tras las primeras cucharadas. Hammer seguía mirando a Lucas con curiosidad, aunque era imposible que le estuviese viendo desde ese lugar; él estaba en su cabeza, pero le gustaba representar toda aquella situación de telefilme barato. Solo faltaba la música de saxofón sonando a su alrededor.

—Bueno, chico —dijo Hammer, levantándose de la silla—. ¿Qué me dices? ¿Me ayudarás a llegar hasta el contacto?

—Parece que no tengo otra opción. Pero, ¿qué gano yo con todo esto?

—A parte de recuperar tu salud mental, ¿verdad? Soy un tipo generoso, una vez se complete el trato, recibirás cien mil euros alemanes. ¿Te parece bien?

Cien mil euros. Ese maldito engendro sabía que Lucas nunca había visto más de cinco billetes juntos, y nunca tocando a la vez sus manos. Todo aquel asunto no le gustaba un pelo, no podía fiarse de él pero era la única forma de sacárselo de encima. Aquello le estaba afectando, ¡hasta empezaba a pensar como los detectives de las películas!

—De acuerdo. Te ayudaré a llegar a tu contacto. ¿Cómo se supone que te sacarán de mi cabeza? Espero que no tengan que abrirme el cráneo.

La sonrisa de Hammer mostró una fila de dientes blancos. ¿Cómo se llamaba aquel actor? Era incapaz de recordarlo.

—No hará falta. Volcaré mis datos a través de tu implante renal, ¿sabías que es un prototipo militar? Tienes sitio para varios tipos de drogas, conexión de datos, escudo EMP... Toda una pequeña joya.

—. ¡Malditos cabrones! —gritó Lucas. Así que esa era la nueva política de rehabilitación, probando cacharros militares en borrachos de segunda. Tendría que hacer una visita al juzgado cuando todo esto terminara.

—Venga, chico. ¿Qué me dices? ¿Estás en el juego?

Como si tuviera otras opciones. Lucas asintió sin demasiadas ganas.

—. ¿Quién es tu contacto?

—Un tal Ozcan Ozcoka.

Y si hubiese dicho Satán con todos sus demonios hubiera sido un poco peor, pero no demasiado.

—. ¿El Turco? ¿Tu contacto es el Turco? Quiero decir, ¿tenemos que ir a verle a él?

—Si, mañana por la noche. En su tetería, La Kashba. Allí haremos el intercambio.

Claro, la Kashba. El rincón más infecto, sucio y peligroso al otro lado del río. El Turco controlaba al menos dos bandas mafiosas dedicadas a las drogas, la prostitución, las apuestas y el asesinato profesional. Si vender leche fuera ilegal, el Turco ordeñaría vacas personalmente.

—Espero que hayas cerrado un trato seguro. La última vez que vi a ese tipo estaba comiendo falafel mientras me partían la cara.

—Es el tipo que eligió la otra parte, yo no estaba en posición de negociar las condiciones de entrega. ¿Has dicho que te partían la cara?

—Si, un problema de deudas de juego. Nada serio, pude salir de su local andando por mi propio pie. De todas formas, no es el tipo de persona con el que me gusta hacer negocios.

—No tenemos otra opción, socio. Si quieres el dinero, tendrás que llevarme hasta él.

Era cierto que sus últimas relaciones con el Turco no habían sido del todo cordiales, pero parecía no quedar otra opción. Demasiado forzado, pensó Lucas atacando el plato de arroz, demasiado forzado. Todo parecía ocurrir atropelladamente, sin dejarle capacidad de reacción.

—. ¿Hay trato? —preguntó Hammer, encendiendo un cigarro.

—De acuerdo, Foucault. Te llevaré hasta el Turco. Y espero, por el bien de ambos, que tus amigos hayan elegido correctamente.

Hammer sonrió, dándole una buena calada al cigarro.

—No te preocupes, chico. Será mejor que duermas, mañana te necesito en plena forma. Tomate un par de pastillas más y luego miraremos lo de tu vendaje.

Lucas agarró el maletín, era más ligero de lo que recordaba. Sacó el bote de cápsulas y se tragó dos, un poco de agua le ayudó a completar la operación. La figura de Hammer desapareció tan deprisa como había aparecido, todo quedó en silencio. Al apagar la luz, el detective cayó dormido casi inmediatamente. Algo en su interior, sin embargo, seguía trabajando incesantemente.

© Alfredo Álamo,
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