El taxi fue dejando atrás las avenidas de circunvalación hasta el centro mismo de la ciudad. La música aflamencada retumbaba en los oídos de Martell, que miraba por la ventana cómo los edificios pasaban de la vanguardia a la ruina a medida que se adentraban en la ciudad vieja. Las calles se hicieron estrechas y serpenteantes, adoquinadas y sucias. Bares de puertas silenciosas y chicas de dudosa reputación componían el paisaje del barrio chino. Justo al dejarlo atrás empezaba El Carmen, una zona de ocio sobre la que el ayuntamiento pretendía no saber nada o, por lo menos, sobre la que intentaba que no se hablara demasiado. El coche atravesó con dificultad un par de encrucijadas donde la gente se amontonaba como un verdadero río humano, allí confluían casi todas las modas y estilos, separados solamente por uno o dos locales.

El Blue Parrot estaba casi fuera de todo aquel ajetreo, hacía esquina con el callejón del Gato, entre la calle Baja y la Plaza del Árbol. Un letrero de madera, sucio y carcomido, se aguantaba a duras penas sobre la puerta de acero que nunca permanecía abierta. Decía la leyenda que era el mismo letrero que utilizaron en Casablanca, para decorar el local donde se vendían pasaportes falsos. Sally nunca desmentía ese tipo de rumores, solo asentía y sonreía un poco.

—Hemos llegado, Jefe —dijo el taxista, frenando bruscamente. Martell tardó unos segundos en reaccionar. Empezaba a notar frío. A través de la ventanilla podía ver la entrada al local, nadie se quedaba curioseando por los alrededores. O ibas o no ibas, no quedaba espacio para la duda. Monk, el samoano de dos metros con frac blanco inmaculado que hacía de portero, influía mucho en esa situación.

—. ¿Cuánto le debo?

—Nada, jefe. Está todo pagado, propina incluida. Tenga —le extendió una tarjeta—, ahí tiene mi número. Si necesita un coche, no tiene más que llamarme, ¿de acuerdo?

Martell agarró la tarjeta, notaba las manos pegajosas y húmedas. Quizás debería haber tomado alguna de las pastillas del maletín, porque el bajón que estaba presintiendo se avecinaba con fuerza. Abrió la puerta del taxi y salió al aire rancio y viciado de la ciudad; casi fue una mejoría. Agarró el maletín y avanzó hacia el Blue Parrot, había más gente caminando por la calle pero a Martell le parecían fantasmas desdibujados que se movían a toda velocidad. Monk era un ancla visual, un objetivo que alcanzar entre todo aquel movimiento de luces y colores.

—Lo siento, señor —dijo Monk, levantando su enorme mano—. Creo que no se encuentra en condiciones de entrar en el local.

—Hola, Monk —dijo Lucas, tras tragar saliva con dificultad. Notaba como, poco a poco, le abandonaban las fuerzas.

—. ¿Martell? —se sorprendió—. Joder, tío, estás hecho polvo. ¿Qué te ha pasado? Bueno, da igual: entra por detrás, avisaré a Shasha.

La puerta trasera estaba al final del callejón del Gato, unos cuantos cubos de basura se adivinaban bajo una bombilla roja. Lucas avanzó hacia la luz apoyándose en la pared, el maletín le pesaba horriblemente y la cabeza pulsaba nuevamente con un ritmo sincopado. El olor a borracho indispuesto y a huevos podridos era insoportable, Lucas contuvo una arcada y procuró contener la respiración; mientras tanto, bajo la bombilla roja, se abrió una puerta.

—. ¡Lucas! —dijo una voz con fuerte acento ruso—. ¡Cuánto tiempo sin verte!

Era Shasha, el cocinero del Blue Parrot. Capaz de cocinar cualquier plato del mundo con un par de huevos, carne de soja y un puñado de especias. También era capaz de beber vodka como si fuera agua mineral, pero eso eran solo detalles: lo importante es que era un buen amigo.

—Hola Shasha —articuló casi sin fuerzas.

—Ven, pasa. Sally se alegrará de verte —hizo una pausa—. Cristo, Lucas, pareces un muerto viviente.

El ruso salió al callejón, era un hombre corpulento y de bigote poblado. Agarró a Martell como si no pesara más que un filete de trescientos gramos y lo introdujo en la cocina del Blue Parrot. Varios pucheros humeaban a fuego lento mientras dos pinches de cocina iban arriba y abajo con platos a medio preparar. La grasa salpicaba las paredes color verde y se acumulaba en el suelo como una segunda capa de azulejos, la temperatura pasó a ser asfixiante y Martell dejó caer el maletín.

—. ¡Rápido! —gritó Shasha—, ¡Ayudadme con él!

Las piernas se le aflojaron como serpentinas en una fiesta de quinceañeras, la inconsciencia acudió a él tan rápida como el suelo.

—No te preocupes, socio —resonó una voz familiar en su cabeza, justo antes de que llegara la oscuridad—. Te pondrás bien en seguida.

Los sueños de Martell no solían ir más allá de chicas en bikini, coches rápidos y canciones de Bruce Springsteen. Ahora estaba sentado en una silla de madera negra frente a un escritorio perfectamente ordenado; una gabardina y un sombrero colgaban en un perchero a su izquierda.

—Bueno, Martell. Parece que tienes un grave problema —dijo la voz, esa voz. Lucas se giró para ver de dónde venía, pero no había nadie. Al volver la vista al frente, sin embargo, estaba allí.

Era Humphrey Bogart.

—Escúchame, socio. Da igual en qué hayas estado metido hasta ahora: ha llegado el momento de que trabajemos juntos.

Era el jodido Humphrey Bogart hablándole en sueños. Bueno, para ser exactos era como Sam Spade en el Halcón Maltés.

—Espera un momento —dijo Martell, tratando de aclarar las ideas—. Esto no puede ser cierto. No me puede estar pasando a mí, no ahora que ya he pasado el delirium tremens.

—No intentes negar lo evidente —sonrió Bogart/Spade encendiendo un cigarrillo—. Tú y yo tenemos una relación muy estrecha, vas a tener que acostumbrarte.

—. ¿Relación? ¿Pero quién demonios eres tú?

—. ¿Yo? —volvió a sonreír Bogart mientras la cámara realizaba un contrapicado y el humo del cigarrillo rellenaba el plano—. Soy Foucault.

—. ¿Foucault? —repitió—. ¿Foucault? —volvió a repetir.

—. ¿Foucault? —dijo la voz de Sally entre el humo del cigarrillo.

Martell abrió los ojos. Rostro afilado, pelo largo negro, labios finos y ojos color vino viejo.

—. ¿Sally?

—No, el maldito Papa de Roma.

Eso lo confirmaba de forma definitiva, era Sally.

—Muy bien. Ahora que parece que estás despierto. Dame alguna razón para que no te patee el culo hasta el callejón. Y me refiero a alguna razón convincente.

Miró a su alrededor. Estaba tumbado en una cama, posiblemente en uno de los reservados del local. Había gente que pagaba sumas considerables por acceder a ellos, los utilizaban para jugar a póker, probar drogas prohibidas o recitar poesía barroca a las coristas. No llevaba puesta la misma ropa que cuando llegó y, en una pequeña mesa junto a él, estaba el maletín.

—Tú puedes patearme el culo siempre que quieras, Sally.

—. ¡Por supuesto! —sonrió—. ¡Y lo haré a la mínima oportunidad, tenlo por seguro!

—. ¿Y mis cosas?

—Si te refieres a ese montón de estiércol que llevabas puesto, Shasha se lo llevó para quemarlo. Creo que no quería que algún vagabundo muriera de asfixia al ponérselo —Sally cambió su gesto sonriente, mostrando preocupación—. Te hemos dado dos pastillas de las que había en el maletín, me he leído los cuidados de tu herida y te he cambiado el vendaje. ¿En qué demonios te has metido? ¿Intentaste vender tu cerebro y no lo quisieron?

—Un tipo calvo entró en mi oficina y me dejó inconsciente. Lo siguiente que recuerdo es que corría entre las colinas de la basura.

—Eso explica la mordedura de tu pierna. ¿Un almuerzo de negocios con la familia Stern?

—Sí, algo así. No nos pusimos de acuerdo en el menú.

Ella volvió a sonreír, cómo la echaba de menos. Prefirió no contarle lo de la voz en su cabeza, no después de cómo se habían separado la última vez.

—. ¿Quieres una copa?

—No puedo. El juzgado me metió un implante en la columna, si bebo un trago me dispara una descarga y además, elimina el alcohol.

Sally le miró, con una expresión entre el horror y la risa.

—. ¿Estás de broma? ¿Dejaste que te toquetearan el sistema nervioso? —dudó unos instantes—. ¿Funciona?

—Si, maldita sea. Funciona de maravilla.

—Entonces es posible que te deje quedarte un tiempo.

Eso era un golpe bajo, pero Lucas sabía que se lo tenía merecido. Sobre todo después de aquella última noche en el Blue Parrot. Apartó aquellos pensamientos, no le convenían, había gastado muchas botellas en intentar olvidarlos.

—. ¿Quién es ese Foucault?

—. ¿Qué?

—Si, hombre. Has estado gritando su nombre las últimas dos horas.

—Parece que es el tipo que mandó al calvo. Y que luego me dio el maletín. ¿Te suena de algo?

—En absoluto. Por cierto, la habitación y la ropa son cincuenta euros. Espero que no te importe que ya nos hayamos cobrado.

Lucas sonrió, incorporándose en la cama. Por lo menos el dolor de cabeza parecía haber desaparecido, ahora solo quedaba recobrarse un poco y mirar qué era lo que le estaba sucediendo.

—Shasha vendrá ahora con algo de comida —dijo Sally—. Ahora tengo que irme, estamos en plena hora punta y tengo que cantar.

—No te preocupes por mí, estaré bien.

Sally abrió la puerta, llevaba un vestido largo negro que ocultaba justo lo ella quería que, por otro lado, no era demasiado. Le lanzó un beso y desapareció, como todas las noches.

—Menuda mujer, socio —dijo Foucault, desde el fondo de su cerebro—. ¿Cómo es que la dejaste escapar?

—Cierra el pico, franchute —contestó Martell, ya sin inmutarse—. Tú y yo tenemos que aclarar un par de cosas.

—Claro, chico. No te pongas nervioso. ¿Qué es lo que quieres saber?

© Alfredo Álamo, (1.598 palabras) Créditos