Julia había sacado las consolas portátiles de las salas de ordenadores conectándolas en el Centro de Control y en el Centro de Mantenimiento. De esta forma, cada tripulante podía seguir las operaciones sin necesidad de molestar o ser molestado.
Excepto Carla, que seguía manteniendo su consola convertida en un mosaico de ventanas, los demás habían ampliado hasta los límites máximos de la pantalla una ventana con la imagen que recogía la cámara exterior.
Muy cerca del pecio, la Caja de Zapatos y el Queso de Bola se mantenían frente a frente a una distancia de escasamente cinco kilómetros. Desde su llegada, unas dos horas antes, la situación se había mantenido inalterable.
Únicamente, la potencia de las transmisiones entre ambas naves se había reducido casi al mínimo, pero nadie le había dado mayor importancia a ese hecho. Considerando la distancia que las separaba, resultaba inútil derrochar energía en los canales de comunicación.
Overend había decidido no intentar entrar en contacto mientras las intenciones de los recién llegados no estuvieran claras. En un principio, no pensaba esperar demasiado para averiguar que había llevado al Queso y a la Caja hasta allí, pero la situación se estaba prolongando de una manera que empezaba a resultar desesperante para todos.
Jennes se había tranquilizado un poco, pero era quien peor soportaba la situación.
—¿Por qué no se mueven? ¿A qué esperan? Como no pase algo pronto me voy a empezar a cagar en Dios.
Julia, por contra, era la viva imagen de la despreocupación.
—Tú tranquilo, chaval. Cuando tenga que pasar algo, pasará.
—¿Y si ellos están esperando a que seamos nosotros los que demos el primer paso? Podemos quedarnos aquí hasta que se colapse el Universo.
—Podemos, pero no creo que tengamos que esperar tanto. En cualquier caso, me tiene un poco desconcertada la inactividad de nuestros amigos. Carla, ¿continúan manteniendo los canales de comunicación abiertos?
—Sí, y transmitiendo sin parar. Pero ahora resulta más difícil capturar algo. Han bajado casi al mínimo el nivel de las señales y además han abierto más canales.
Raúl carraspeó suavemente.
—¿Qué tal si sacamos el Mosquito? Sería interesante disponer de un primer plano.
Jennes chilló histérico.
—¿Y que lo confundan con un misil? ¡Estás loco!
Overend se estiró en su sillón.
—Jennes tiene razón. De momento cualquier movimiento que hagamos puede ser interpretado como un gesto hostil. Esperemos.
Zoe chascó los dedos.
—Estoy con Raúl. Damos por hecho que nos han localizado y que nos observan. ¿No se os ha ocurrido pensar que a lo mejor ni siquiera se han enterado de que estamos aquí?
—Imposible. Estamos demasiado cerca como para que no nos hayan visto o localizado en sus radares, o lo que usen para detectar cuerpos extraños.
—Si es así, no han demostrado ningún interés. No me parece muy normal.
—Yo diría que están decidiendo que hacer. Después de dos horas sin moverse, y habiendo incrementado la cantidad de transmisiones como lo han hecho, supongo que deben estar manteniendo una especie de conferencia o reunión.
Carla se inclinó aún más sobre su consola conteniendo la respiración.
—Me parece que os han oído. Han cortado todos los canales menos uno de los estrechos y el de banda ancha.
—¿Y eso qué significa?
—Que han dejado de hablar y van a empezar a actuar.
Pasaron cinco minutos sin que nada ocurriera. Jennes se agitaba impaciente en su sillón.
—Estoy harto y tengo sed. ¿Alguien quiere beber algo?
—Agüita rica. Estoy seca.
—Anda, tráeme a mí también.
—¡Y a mí!
—Ya que estás puesto, trae para todos.
Jennes dejó su consola y salió del Centro de Mantenimiento.
—Tenéis un morro que os lo pisáis. Avisadme si pasa algo interesante.
—Descuida.
En el momento en el que les llegó el ruido de cacharros desde la cocina empezó la actividad.
Un lateral de la Caja de Zapatos se deslizó hasta dejar al descubierto un par de alvéolos rectangulares. De ellos salieron dos replicas a escala de la Caja de Zapatos que se dirigieron inmediatamente hacia el Queso de Bola.
Zoe aulló eufórica.
—¡Jennes! ¡Ya han empezado!
El ruido de los botes de agua al estrellarse contra las paredes del corredor precedió a la aparición precipitada de Jennes.
—¿Qué ha pasado? ¿Vienen hacia acá?
—No. De la Caja han salido dos..., transbordadores, pero se dirigen hacia el Queso. ¿Y el agua?
—Que le den por culo al agua. Quiero ver esto.
—¡Tío, eres la hostia! Si dices que la vas a traer, tráela.
Jennes volvió rezongando sobre sus pasos, recogió los botes caídos y regresó distribuyendo el agua entre la tripulación.
—¿Me he perdido algo?
—No mucho. No parecen tener mucha prisa.
—Deben ser los reyes de la pachorra. Se toman todo con una tranquilidad espantosa.
—Mirad eso. Uno de ellos ya ha llegado hasta el Queso.
—¿Se puede saber qué hace?
El primer transbordador se había acercado hasta encastrar su frontal en una cavidad del casco del Queso. El segundo transbordador se quedó tras el primero, posiblemente esperando a que su gemelo se retirara para efectuar la misma operación.
Julia sacudió la cabeza, como intentando desprenderse de algún pensamiento molesto.
—Me da la impresión de que están descargando algo. ¿No os parece?
Raúl asintió.
—Yo diría que sí. Aunque también pueden estar cargándolo.
—Desde aquí no hay forma de saberlo.
Carla resopló frustrada.
—¿No se puede ampliar esa imagen?
—No. El aumento está al máximo.
Carla desahogó toda la tensión acumulada en una perorata casi inteligible.
—¡Esto es un desastre! La cámara exterior es un cacharro inútil, el telescopio no funciona, el ordenador se avería en el momento más inoportuno, los multípodos son material de desecho, nos prohiben volver a la Base y para colmo, cada vez me duele más la cara.
Overend suspiró hondamente.
—No te quejes tanto y pon más atención en lo que pasa ahí fuera.
—¡Ya tendremos tiempo de sobra para estudiar las grabaciones!
—Puede que sí y puede que no.
Zoe hizo que todos volvieran de nuevo su atención hacia las consolas.
—¡Eh! El primer transbordador ya ha terminado y se retira.
—Ahora debería tocarle al segundo.
Lentamente, ambos transbordadores intercambiaron sus posiciones. Mientras el segundo de ellos se pegaba al Queso, el primero esperó a corta distancia.
Zoe se echó atrás violentamente.
—Esto no tiene explicación. Si ya ha acabado ¿Qué hace ahí?
Jennes se volvió hacia ella esbozando una sonrisa.
—Compañía, no te jode. Es posible que no se fíen demasiado los unos de los otros, y prefieren tomar todas las precauciones posibles para evitar cualquier jugarreta.
—Muy inteligente. Puede que hasta tengas razón.
—Esperemos a ver que ocurre.
La maniobra del segundo transbordador se prolongó unos minutos más que la del primero. Cuando acabó, se retiró del casco del Queso y, en formación con el primer transbordador, volvieron a la Caja de Zapatos.
Zoe seguía revolviéndose inquieta.
—¿Qué querrán hacer ahora?
Raúl suspiró con excesiva hondura.
—Seguramente se meterán en los alvéolos y de vuelta a casa.
—¿Sin hacernos los honores?
—Tal y como se están desarrollando las cosas, me temo que sí.
Como había predicho Raúl, los transbordadores llegaron hasta la Caja de Zapatos acoplándose cada uno en su respectivo alvéolo. Sin embargo, no se cerró la compuerta exterior.
—Esperan algo.
—¿De quién?
—De nosotros, por supuesto.
—Sigo diciendo que hay que abrir un canal. Enviarles lo que sea, pero demostrar de una vez que estamos aquí.
—Pienso igual. Deberíamos dar el primer paso.
Overend se rascaba la barbilla indeciso.
—No sé que hacer. Nada parece indicar que les interesemos. Ni nos han enviado una señal de advertencia, ni han intentado abrir un canal de comunicaciones, ni siquiera se han acercado con uno de los transbordadores. O con los dos, por si acaso mordiéramos.
Raúl dio una palmada frotándose las manos a continuación.
—Yo ya he dicho lo que pienso.
Julia, también parecía indecisa, aunque más segura de la postura a tomar.
—Creo que, por el momento, estamos haciendo lo mejor. Observar, observar y observar. Al fin y al cabo no dejamos de ser un grupo de prospección.
Carla masculló entre dientes.
—Menudos prospectores, dan con la veta y se dedican a mirar y no tocar.
—Qué queréis que os diga. Podemos votarlo. ¿Quiénes están a favor de enviar un mensaje?
Carla y Raúl votaron por intentar el contacto. Jennes, Zoe, Julia y Overend por permanecer a la expectativa.
Overend resopló aliviado.
—Tema zanjado. Carla, ¿cuál es el estado de los canales entre el Queso y la Caja?
—Siguen manteniendo uno digital y el analógico. Cada vez me resulta más plausible que el digital sea algún tipo de control de navegación. Es posible que los ordenadores de ambas naves estén en continúo contacto para mantener la formación.
Julia asintió.
—Es probable. El analógico sería, por tanto, un simple canal de órdenes.
Jennes parecía decepcionado.
—Pues vaya leche. Decenios esperando un contacto con civilizaciones más avanzadas que la nuestra y nos encontramos con una pandilla de albañiles y herreros que todavía usan comunicaciones analógicas.
—Menos es nada. Seguro que cuando entremos en contacto con ellos pensarán que somos una caterva de majaderos al permitir incluir tíos como tú en las tripulaciones.
—Anda y vete a tomar por culo.
Raúl cortó de raíz la pelea al elevar la voz más de lo necesario.
—¡Se mueven otra vez! ¡Los transbordadores vuelven a salir!
Zoe tragó saliva.
—Ahora sí, compañeros, haced un pis y encomendaos a Santa María de la Mar Océana porque esto va en serio.