Excepto Zoe y Carla, acomodadas en unos sillones suplementarios que sólo se habilitaban para los saltos, el resto de los tripulantes ocupaban las consolas del Centro de Control y del Centro de Mantenimiento.

A Overend, como Coordinador de la expedición, le correspondía la Consola de Navegación. Julia, por antigüedad, se ocupó de la Consola de Impulsores, mientras que Raúl y Jennes se habían echado a suertes las otras dos.

Desde la Consola de Observación, Raúl contemplaba el pecio mientras esperaba el fin de una segunda batería de pruebas, a la que debían someterse todos los sistemas inmediatamente antes de iniciar el salto.

Carla, a su lado, no podía hacer más que tragar saliva hasta que Overend diera la orden de partir.

—¿Qué pasa ahora? ¿Por qué tardamos tanto en arrancar?

Raúl contestó sin mirarla.

—Hay que estar seguro de lo que se hace y de que todo está en perfecto estado. A ninguno le gustaría acabar convertido en una singularidad relativista.

—¡No me digas! Ya sois lo bastante relativos y, sobre todo, sobradamente singulares.

—Qué simpática.

—Y sólo con pensar que dentro de una hora os voy a perder de vista para siempre, más todavía.

Overend levantó el pulgar por encima de su hombro señalando a Carla.

—¡Vosotros dos! ¡A callar! Sólo me faltaba que me anduvieran tocando las narices a última hora.

La voz de Julia llegó hasta ellos a través del corredor.

—¡Eh! ¿Qué pasa en el Centro de Control?

Overend habló a través del canal de órdenes.

—¿Por qué voceas, bonita?

—Porque me da la gana. Dejaros de gilipolleces y vamos a acabar con esto de una vez. ¿Queda algo por verificar?

Overend se frotó las manos satisfecho.

—Por mí parte ya está todo listo. ¿Qué dices tú, Julia?

—Todo preparado.

—¿Jennes?

—Vámonos de una puta vez.

—¿Eso qué significa?

Jennes resopló impaciente.

—¿Quién hablaba hace un rato de tocar las narices?

—No te he preguntado eso.

—Todo listo y preparado. Señor Coordinador.

—Perfecto. ¿Raúl?

—Aquí está todo en orden. Bueno, casi todo. Esta mierda de espectrómetro sigue presentando los reflejos del pecio. Y cada vez más juntos.

—No importa. Eso no afecta para nada a la navegación. ¿Preparados? ¡Nos vamos! ¡Julia! ¡Enciende los impulsores!

Julia tocó la pantalla del monitor en el punto donde la palabra INICIO se mostraba en brillantes letras bermellón sobre fondo gris. Casi instantáneamente, un estremecimiento profundo recorrió toda la nave. Habían empezado a acelerar.

Overend suspiró aliviado.

—Nos queda un buen rato hasta llegar a la velocidad de salto. ¿Alguien se sabe algún chiste?

Raúl se removió inquieto en su sillón.

—Yo. Atiende; juraría que los reflejos del pecio están cada vez más cerca el uno del otro.

—Déjalo. Me gustaría ver como el ordenador simula el choque.

Zoe bostezó. Fue un bostezo largo y agudo, casi como un aullido. Después paladeó su propia saliva.

—¡Puag! Carla tiene razón. El reciclador debe estar hecho una pena. La boca me sabe a cieno.

Jennes carraspeó nervioso.

—Raúl. ¿Has mirado el análisis de los reflejos?

—No me seas capullo. Claro que no.

Jennes volvió a carraspear.

—¿En qué ventana están?

—No hay ventana abierta. Míralos tú mismo.

Jennes abrió una ventana para examinar los análisis que el espectrómetro estaría generando de las dos imágenes espurias.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Inspiró profundamente y volvió a hablar. El temblor de su voz era evidente.

—Echadles un vistazo. Ventana Quince.

Nadie le hizo caso. Estaban todos pendientes de las palabras de Julia.

—...al encontrar el pecio fuimos a desembalar los multípodos, ¿y a qué no sabéis que nos encontramos? ¡Robots excavadores! El coordinador de aquella expedición era Perakis, ¿os acordáis de él? pues el tío estaba empeñadísimo en que teníamos que certificar el pecio fuera como fuera. Así que nada, acoplamos los impulsores a los robots y los mandamos a examinar aquel montón de chatarra, pero al llegar, como no les habíamos reprogramado, simplemente se dedicaron a reducir a virutas todo lo que encontraban a su paso. Entonces se me ocurrió que...

Jennes insistió.

—Mirad la ventana Quince, por favor.

—¿Qué pasa contigo ahora?

—Pues que me den por culo si esos reflejos son reflejos. Y que me maten si son pecios.

—¿Qué dices?

—¡Qué miréis la ventana Quince, joder!

Con parsimonia Raúl abrió la ventana que Jennes les había indicado. Estudió el contenido y después, golpeó repetidamente el borde de la consola.

—¡Hostia! ¡Hostia puta! ¡Me cago en todos los muertos de todos los directores de la Agencia!

Overend se volvió molesto hacia él.

—Vale, chaval. Ya sabemos que sabes jurar. ¿Qué dicen esos análisis?

Durante algunos segundos sólo se escucharon las voces ansiosas de Zoe y Carla.

—¿Qué pasa?

—¡Eh! ¡Qué también existimos! ¿Qué se ve por ahí?

Raúl se pasó la mano por la cara. Tal y como había dicho Jennes los reflejos se movían hacia el pecio desacelerando gradualmente. El análisis demostraba que uno de ellos estaba construido básicamente de la misma forma que el pecio, mientras que el otro era totalmente metálico.

Rió nervioso.

—Esos reflejos... Seguramente sean naves de la Agencia.

Julia también había examinado los análisis. Al contrario que Raúl, se mostraba fría y tranquila.

—Y un jamón. Son naves, pero no de la Agencia. Una de ellas está construida con el mismo material que el pecio. Necesitamos un modelo de las dos.

Jennes había trabajado intensamente en ello.

—Los tengo en la ventana Dieciséis. Esto es..., joder, ¡esto es la hostia! Parecen un Queso de Bola y una Caja de Zapatos.

Los esfuerzos de Jennes confirmaron lo que todos temían. Los reflejos no eran reflejos. Ni siquiera eran pecios. Se desplazaban a velocidad decreciente hacia el pecio y, en consecuencia, hacia ellos mismos. Uno de ellos era una esfera perfecta, diez veces más pequeña que el pecio y construida, según el análisis del espectrómetro, con la misma técnica y materiales. Cemento mezclado con polímeros en grandes cantidades y, además, metales ligeros y plástico, mucho plástico.

La otra nave, en contraste con la primera, era un enorme paralelepípedo metálico en el que el acero parecía ser el material básico de construcción.

Overend no tardó mucho en tomar una decisión.

—¡Nos quedamos! Hay que saber qué o quién va en esos peci..., naves. Julia, invierte el impulso. Raúl, pon todo lo que puedas a grabar, si con la cámara exterior no basta, saca de nuevo el Mosquito. Jennes envía un SUB a la Agencia. Diles que estamos a punto de hacer un Contacto.

Julia intervino rápidamente.

—Espera Jennes. Overend, ¿no querías un descubrimiento que nadie te pudiera cuestionar? Ahí lo tienes.

Overend, nervioso, lo pensó unos instantes.

—Sería perfecto... En fin. Mándalo. Y pide... ¡Ja! ¡Refuerzos! Una cosa es que me den por culo los listos de la Agencia y otra muy distinta que tenga ganas de quedarme en pelotas delante de..., bueno, de lo que sea eso.

Jennes no podía ocultar su inquietud.

—¡Enviar un SUB! ¿Y por qué no enviarnos nosotros mismos? No sabemos a que vienen esas cosas. Imaginaros que han pensado que les íbamos a robar el pecio y han salido a escape para reventarnos de un zambombazo. Yo no quiero estar aquí cuando eso pase.

Zoe se rió de los temores de Jennes.

—Eres un capullo. Estarían en su derecho porque al fin y al cabo eso es lo que pensábamos hacer. Anda, que si no hubiera sido por el tamaño del pecio se iba a quedar ahí.

—¡Con más razón deberíamos largarnos cuanto antes!

Overend restalló impaciente.

—¡Vamos, Jennes! ¡Manda ese SUB de una vez!

—Que conste que lo hago bajo protesta.

—¡Que tío más pesado! ¡Hazlo constar! ¿Quién más quiere reclamar?

Jennes empezó a redactar el mensaje sin esperar a que alguien le secundara. Todos se habían apiñado en las consolas observando los modelos de las naves que se aproximaban.

La tensión era palpable. Ninguno se atrevía a hablar, y sólo la cantinela de Jennes dictando el mensaje rompía el silencio.

Carla se había echado materialmente encima de Raúl y abría y cerraba ventanas buscando y cotejando todos los datos que recogían los sensores de la nave.

Raúl se sorprendió a sí mismo mirando con avidez el trozo de piel que dejaba ver el mono entreabierto de Carla.

—Apártate un poco, ¿quieres? Como sigas tan cerca de mí acabaré por ponerme cachondo.

Carla gritó con toda la fuerza que le permitían sus pulmones.

—¡Déjame la consola, imbécil! Estamos a punto de efectuar un contacto ¡El Primer Contacto! y sólo piensas en... en eso.

Raúl se levantó para dejar que Carla ocupara su lugar frente a la consola.

—Cualquier momento es bueno. Y más ahora. Si Jennes está en lo cierto, sería la última vez.

—¡Déjame en paz!

Overend, pensativo, se rozó suavemente el mentón.

—¿Sabes que tienes razón? Zoe, bonita, ¿qué te parece si aprovechamos estos momentos de incertidumbre para...?

—Vete a cagar. Esto es más interesante que esa cosa que tienes entre las piernas.

—Era sólo una sugerencia. ¿Cuánto tiempo calculáis que tardaran en situarse a una distancia prudencial?

Carla abrió una nueva ventana e hizo trabajar intensamente al ordenador.

—Si tú y yo entendemos lo mismo por distancia prudencial, unas cinco horas, seis como máximo.

Overend, recuperados el aplomo y la tranquilidad, se levantó de la consola.

—Perfecto. Ya que no vamos a saltar y esto va para largo, me voy a comer. Como tienen tanto interés en el asunto, Zoe y Carla se quedan vigilando. Los demás, conmigo.

© Francisco José Súñer Iglesias, (1.571 palabras) Créditos