El martillo reposaba sobre la consola de la Plataforma de Carga. Ninguno de los presentes mostraba excesiva impaciencia por conocer más detalles sobre el objeto que los meramente observables. Sólo Jennes, desde el Centro de Control, daba señales de inquietud.

—¡Eh, vosotros! ¿Queréis decirme que tiene eso de extraordinario? Yo sólo he visto un martillo, y sin mucha complicación técnica.

Carla ni siquiera miraba el martillo. Su análisis había sido rápido y contundente. Aquella herramienta estaba construida de hierro mezclado con una ínfima parte de carbono y sometido a algún proceso especial para aumentar su dureza y su resistencia a la corrosión.

Era un vulgar martillo de acero.

Overend se mostraba, por contra, ligeramente desilusionado.

—Al menos podemos concluir que los constructores del pecio no eran muy diferentes de nosotros.

Zoe le respondió con sorna.

—En lo que respecta a clavar clavos, desde luego que no. Pero reconoce que este martillo sólo nos dice que incompetentes y negligentes los hay en todo el Universo.

—¿Por qué piensas eso?

—El pecio está tan vacío como tu cráneo. Resulta evidente que lo sometieron a un meticuloso proceso de limpieza antes de dejarlo tirado ahí. El martillo, por tanto, nos demuestra que alguien no fue tan cuidadoso como debiera.

—No hay que ser tan negativos, al menos, gracias a esto, podemos hacernos una idea del tamaño y fuerza de los constructores. Por eso digo que no debían ser muy diferentes a nosotros mismos.

Para demostrar su afirmación, Overend cogió el martillo y lo blandió ante sí.

—¿No creéis que es así? Si entro en una ferretería, pido un martillo, y me quieren vender esto, me lo llevaría tan contento.

Raúl sacudió la cabeza de un lado a otro.

—Las ferreterías en las que compras deben ser penosas. ¿Cuántas clases de martillos y mazos te crees que puedes conseguir? Busca y los encontrarás de todos los tamaños, clases y diseños. Estoy con Zoe, este trasto no nos dice nada.

—Sois la hostia. ¿Qué tiene de malo este martillo?

Carla se enderezó sujetándose los riñones con ambas manos.

—Como veo que estáis dispuestos a discutir sobre el sexo de los martillos hasta el Juicio Final, me voy a dormir.

Se fue sin decir nada más, dejando al resto de los tripulantes en silencio.

Julia, que hasta el momento había mantenido la actitud más indiferente hacia el martillo, fue la primera en hablar.

—¿Qué? ¿Nadie tiene nada más que aportar a nuestra pequeña discusión exoarqueológica?

Jennes contestó desde el Centro de Control.

—Si me lo dejáis, digamos que un par de minutos, os prometo que lo usaré de la forma más apropiada.

—Quedamos en que esto se había convertido en una balsa de aceite, así que deja de hacerte el gracioso.

Overend examinaba el martillo con detenimiento. Nada en la expresión de su rostro dejaba adivinar si lo que veía confirmaba o refutaba las opiniones que mantenía sobre el objeto.

—En el fondo tengo que admitir que es un instrumento bastante tosco.

—Vaya, algo hemos avanzado.

Overend ignoró a Julia y continuó hablando.

—Comparado con la meticulosidad con la que está construido el pecio, este chisme parece fuera de lugar. El mango está soldado a la cabeza de cualquier manera, y me temo que ninguno de ellos estaba pensado para formar parte de un martillo.

—¿Cómo si lo hubieran hecho para salir del paso?

—Algo así. Supongamos que alguien necesitó una herramienta muy específica para un cometido concreto, y no le quedó otra salida que ingeniárselas como buenamente pudo.

Raúl había cogido el martillo y le daba vueltas intentando encontrar los indicios que habían llevado a Overend hasta aquella conclusión.

—Muy interesante. ¿Pero de dónde sacas eso?

—Observa la soldadura. No es precisamente un trabajito fino y delicado. El mango es un trozo de tubo cogido de cualquier parte, y la cabeza está mecanizada, de acuerdo, pero a saber que fue antes.

Raúl se mostró escéptico.

—¿Y si los constructores eran unos inútiles trabajando los metales? De hecho, en el pecio el metal brilla por su ausencia.

Zoe arrebató el martillo a Raúl.

—No digas tonterías. El trabajo del metal es intrínseco a toda cultura industrial. Que estos tíos se hayan decidido a utilizar cemento para construir el pecio sólo significa que les resultaba más barato.

Overend asintió.

—Es una posibilidad. Sin embargo insisto en que los constructores no debían ser muy diferentes de nosotros.

Zoe resopló con impaciencia.

—Que pesadito te has puesto con eso. Teniendo en cuenta las dimensiones del pecio esto podría tratarse tanto de un instrumento de precisión, como de una maza de demolición. El tamaño o el peso no quieren decir nada. Ya te ha dicho Raúl que martillos, te los puedes encontrar de todos los tamaños y pesos. Imagínate que una expedición de alienígenas gigantes llega a tu pueblo y encuentra una maza de demolición, algún tripulante espabilado decide que es un martillo de platero, y deducen en consecuencia que el tamaño de la raza humana pasa con holgura de los diez metros.

Overend desvió la mirada hacia el techo.

—¡Eso es ridículo!

—Pues eso mismo estás haciendo tú.

La voz de Jennes sonaba cada vez más impaciente a través del canal de órdenes.

—Menudos capullos estáis hechos. No sois capaces de sacar ni una puta conclusión de una mierda de martillo y todavía os atrevéis a especular acerca del origen y motivo del pecio. ¿Empezamos a trabajar o qué?

Julia se levantó del sillón de la consola decidida a ponerse en marcha.

—Claro que sí, querido. Por lo pronto ven a la plataforma, vas a supervisar a Zoe y Raúl mientras continúan explorando el pecio. Yo me encargaré de la navegación.

—¡Me alegro! Ya empezaba a hartarme de estar aquí sin hacer nada. Toma el control de la navegación mientras voy para allá.

Overend se volvió molesto hacia Julia.

—Vaya, parece que ya no cuento para nada.

—No tanto como eso, pero sigues en..., ¿cómo te lo diría? En cuarentena.

—Visto así, lo que usted diga, Señora Coordinadora. Pero recuerda que quien tiene que elaborar el dictamen y redactar el informe final soy yo, por muchas notas de protesta que hagas.

—¿Quién está protestando aquí? Y ya que estamos en ello ¿Me amenazas acaso?

—¡No! No te equivoques. Sólo digo que no hagas nada que yo no haría. Ésta es mi última expedición y no me gustaría quedarme sin las primas. Cuando esto se acabe, el responsable absoluto de todo seré yo. Tanto de lo bueno como de lo malo, y ya bastantes cosas desagradables han ocurrido como para añadir más. Sólo era eso. Ahora me voy a descansar un rato.

—Descuida. Si he sido capaz de poner orden no veo porqué no voy a poder seguir controlando la situación.

—Perfecto. Por cierto, sería conveniente enviar un SUB con toda la información de la que disponemos. También quiero pedir instrucciones y el parecer de los colegas de la Chica de Hielo. Este pecio nos ha roto los esquemas y no estaría de más una opinión objetiva y, sobre todo, desapasionada.

—¿Qué te interesa saber?

—En principio que nos digan cuanto tiempo más tenemos que quedarnos. Entre nosotros, pienso que ya no hay nada que hacer aquí. También quiero que nos comuniquen las conclusiones a las que hayan llegado los expertos de la Agencia en base a la información que les hemos estado enviando. Y si a ti se te ocurre algo, pregúntalo.

—De acuerdo. ¿Algo más?

—No, de momento no. Si quieren hacernos alguna sugerencia que lo hagan, tampoco tengo ganas de que parezca que no sabemos desenvolvernos por nuestra cuenta. Eso es todo.

—Que descanses bien.

Overend se encontró con Jennes en el acceso a la Plataforma de Carga. Como casualmente, chocaron de frente.

Overend se deshizo en disculpas.

—¡Oh, perdone! No le había visto.

Jennes le miró con falsa irritación.

—Perdonado queda, pero mire con más cuidado por donde va. Por cierto; ¿nos hemos visto antes en algún otro sitio?

—Que yo recuerde, no.

—Ya. Pues ándese con cuidadito, no sabe usted con quien está hablando.

—Tiene razón, no lo sé. Sin embargo espere, creo que sí sé su edad. ¡Tiene usted treinta y dos años!

—¡Ah, sorprendente! ¿Cómo lo ha sabido?

—Porque tengo un sobrino que tiene dieciséis y es medio gilipollas.

Overend, carcajeándose, salió corriendo para evitar las manotadas que Jennes le dirigía desmañadamente.

—¡Espera que te coja mamón! ¡Te vas a enterar tú de quien es medio gilipollas y quien es gilipollas entero!

Raúl y Zoe ya se habían enfundado los trajes multisensibles y examinaban en la consola el mapa del complejo de corredores.

Raúl defendía con vehemencia la necesidad de descender a los niveles inferiores del complejo de corredores, mientras Zoe pretendía internarse en las grandes bodegas del interior del casco.

Julia, indecisa, los dejó discutir sin tomar partido hasta que llegó Jennes.

—Jennes, rápido, bodega o pasillo.

Jennes, pensando que se trataba de otra broma, eructó sonoramente. Julia le apartó con asco de un empujón.

—¡Cerdo!

—Ni cerdo ni hostias. Estoy harto de cachondeitos. ¿Por dónde empezamos?

—Eso mismo te preguntaba, imbécil. ¿Qué te parece mejor, continuar explorando los corredores del casco o bajar a las bodegas inferiores?

Jennes se encogió de hombros.

—Como puedes comprender, a mí me da igual.

Julia se apartó entonces de la consola para dirigirse al Centro de Control.

—¿Sabéis lo que os digo? ¡Haced lo que os salga de las narices!

Raúl se había desentendido de todo colgándose de su bastidor.

—Que maravilla de coordinadores. A eso se le llama tener las ideas claras.

Zoe le había imitado y, con el visualizador puesto, farfullaba airada.

—Que os den a todos. Voy a hacer lo que me de la gana. ¡Vaya si lo voy a hacer!

Jennes, burlón, jugaba con el martillo lanzándolo al aire.

—¡Cuánto os quiero! Si no fuera por vosotros esto sería aburrido hasta el infinito. Estaré por aquí, estudiando este objeto tan prodigioso. Avisadme cuando me necesitéis.

© Francisco José Súñer Iglesias, (1.654 palabras) Créditos