MultiOverend revoloteó unos segundos en torno al agujero central antes de bajar hasta los nichos.
Con intención de orientarse en el laberinto de corredores, Overend abrió una pequeña ventana en la parte superior de su campo de visualización para situar en ella el plano del complejo.
De esta forma, tenía a la vez visión directa de los lugares por los que transitaba y una idea clara de la situación de MultiOverend respecto a MultiZoe y MultiRaúl.
Además, el ordenador le podía señalar el camino más corto para llegar a cada uno de ellos. Así ahorraría mucho tiempo y energía, circunstancia muy aconsejable por cuanto en aquel momento MultiOverend arrastraba tres veces la masa de la carga habitual.
Cuando se internó en los corredores no lo hizo desplazándose con las patas. Prefirió usar los impulsores para atravesar a toda velocidad los amplios pasillos. Tras los arriesgados primeros virajes, Carla le recordó la necesidad de mantener un mínimo de precaución.
—Overend, te recuerdo que en el capítulo ocho del Manual se especifican las dimensiones interiores a partir de las cuales empieza a ser imprudente usar los impulsores dentro de los pecios. Esos corredores resultan evidentemente estrechos.
Eran las primeras palabras que cruzaban desde que MultiOverend había salido hacia el pecio. Tras un silencio tenso, Overend asintió y posó el multípodo en el suelo del corredor.
—Es cierto.
A partir de aquel momento, MultiOverend continuó su vertiginoso camino, pero avanzando únicamente con toda la rapidez que le permitían las patas. Carla prefirió ignorar la alocada carrera de MultiOverend y se conectó con el Sistema de Soporte Vital para comprobar que los niveles de habitabilidad de la nave seguían dentro de los límites correctos.
MultiOverend no tardó en llegar hasta MultiZoe. Cambió las baterías, sustituyó el cargador de repetidores vacío por otro completo y se entretuvo un momento haciendo una rápida revisión visual del multípodo.
Desandando la mayor parte del camino se dirigió después hacia MultiRaúl. Esta vez fue con más lentitud, fijándose con detenimiento en los detalles de la construcción. En algunas ocasiones se detuvo en los accesos a los compartimentos examinando cuidadosamente los umbrales.
Carla, acabada la supervisión del Sistema de Soporte Vital, volvió a seguir las evoluciones de MultiOverend.
—¿Has visto algo?
Overend tardó en contestar, y cuando lo hizo, habló con voz neutra y tan baja que, de no ser por el silencio que reinaba en el Centro de Control, Carla no le hubiera oído.
—Me resulta extraña la ausencia de soportes, nervaduras o apoyos para las puertas, conductos y todas esas cosas que se cuelgan de las paredes y los techos. En el agujero central estaban preparadas las bases para el elevador, o lo que suponemos debía ser un elevador. Sin embargo, aquí dentro no hay nada parecido.
—¿Y si sencillamente los constructores no sabían que tipo de puertas iban a colocar?
—No. Lo lógico es suponer que eso estaría bien descrito en el proyecto de ingeniería. No creo posible que a nadie se le ocurra construir una estructura de este tamaño improvisando continuamente.
—Quizá en su cultura el concepto puerta no existiera.
—Quizá. Pero es discutible. Como mínimo deberían haber previsto una esclusa de presión en la entrada de la bodega principal, pero no me parece haber visto más que cemento liso.
—Otra posible opción es la de pegar los soportes de una forma similar a como fijamos nosotros los repetidores.
—Es posible. En cualquier caso me resulta increíble el hecho de haber encontrado sólo paredes desnudas. Ni un sólo artefacto, ni un sólo conducto. Sigo sin entenderlo.
—¿Y la herramienta que encontró Raúl? Quizá eso nos diga algo.
—Puede ser. Voy para allá.
Mientras MultiOverend caminaba hacia MultiRaúl volvieron a guardar silencio. Carla intentó comprobar a través de las imágenes que le llegaban a la consola las afirmaciones de Overend, pero la velocidad de desplazamiento del multípodo era tal que no se lo permitía. Abrió entonces una ventana más y pasó algunas grabaciones de las observaciones de MultiRaúl, MultiZoe y MultiOverend.
La evidencia era demoledora. Nada más que paredes, suelos y techos lisos se dejaban ver en la inmensidad del pecio. Sólo los lugares donde los módulos prefabricados se habían ensamblado unos a otros, rompían la regularidad de las superficies, pero de una forma tan imperceptible, que era imposible pensar en una utilidad posterior.
Cuando MultiOverend llegó a MultiRaúl se repitieron las operaciones de repostaje y verificación del equipo. Cuando hubo terminado, tomó del manipulador de MultiRaúl la herramienta elevándola a la altura de los ojos-cámara.
Era un sencillo tubo de metal soldado a un macizo bloque oblongo de, en apariencia, el mismo metal.
La decepción de Overend era patente.
—Un martillo ¡Es sólo un puñetero martillo!
Carla, sin derrochar entusiasmo, tampoco compartía plenamente el desengaño de Overend.
—Increíble. Es la única herramienta común a todas las civilizaciones a las que hemos tenido acceso a través de los pecios. Martillos y palancas. En pocas ocasiones hemos encontrado algo parecido a un destornillador, incluso a veces parecían desconocer el principio de la rosca, pero el martillo debe ser la herramienta universal por excelencia.
—Me alegro.
MultiOverend se inclinó sobre el borde del pozo del que MultiRaúl había sacado el martillo. Tras ello, sin esperar más, dio media vuelta y se lanzó a toda velocidad por el corredor.
—¿Dónde vas?
—Seguramente algún obrero descuidado dejó caer el martillo en el foso del ascensor sin molestarse después en recuperarlo. Es posible que en los demás huecos encontremos otros objetos.
—¿Estás seguro?
—No. Pero por probar no se pierde nada.
Carla asintió silenciosamente y se dejó llevar por el espectáculo incontenible de las paredes de los corredores perdiéndose vertiginosamente por los laterales de la ventana.
El intento de Overend fue infructuoso. No encontró nada en el resto de los huecos. Indeciso, dejó parado a MultiOverend junto al borde del último foso.
Carla volvió a romper el silencio.
—Si no sabes que hacer, te sugiero que continúes examinando el complejo de corredores.
—Se me estaba ocurriendo otra cosa. Al fin y al cabo esto no parece que nos vaya a llevar a ninguna parte. Es posible que los corredores se extiendan a través de todo el casco, así que internarse unos cuantos metros más en ellos no nos va a aportar mucha más información.
—¿Entonces?
—Voy a bajar por el agujero lateral por el que lo hizo Zoe. Quiero comprobar el tamaño de la bodega a la que llegó.
Carla hizo que el ordenador le presentara una sección del casco del pecio por la vertical del agujero al que se había referido Overend.
—De acuerdo. En un principio te recomiendo que llegues hasta el fondo. Una vez allí no sólo sabremos la altura de la bodega, además te podrás desplazar por el fondo con facilidad.
Overend gruñó contrariado, pero aceptó la sugerencia de Carla sabiendo que era lo más natural.
—Muy bien.
No hablaron durante todo el tiempo que MultiOverend tardó en salir del complejo de corredores, descender hasta el final del agujero y empezar a buscar el fondo de la bodega. Carla, mientras MultiOverend bajaba con cuidado para no estrellarse contra el fondo aún invisible, contrastó los resultados de la resonancia con los obtenidos en la exploración de los corredores.
La ineficacia del instrumento resonante quedaba patente en la mala definición del gráfico. El complejo de corredores era inexistente, y la bodega por la que bajaba MultiOverend era un hueco de forma y dimensiones indefinibles. Por contra, las bodegas que parecían formar el núcleo del pecio aparecían nítidamente detalladas en la pantalla.
—¿A que distancia estás del fondo?
Overend carraspeó.
—Según el telémetro aún me faltan doscientos metros.
—¿Tienes ya visión directa?
—No. Esperemos un poco más.
Unos segundos después Overend avisó a Carla.
—Atenta, estoy a cien metros del fondo de la bodega, a esta distancia ya lo podremos ver, voy a dirigir los focos hacia abajo.
El haz de luz barrió la oscuridad hasta situarse en la vertical del multípodo. Ni Overend desde el bastidor, ni Carla desde el Centro de Control, pudieron reprimir un gesto de rabia ante lo que la luz les permitía observar.
Una continuada sucesión de losas de cemento perfectamente lisas.