Zoe, cada vez que se metía una cucharada en la boca, contorsionaba la cara paladeando la pasta púrpura sin disimular su contrariedad.
—Esto cada vez está más asqueroso. Cuándo tenga un rato voy a echar un vistazo al reciclador. Seguro que tiene un conducto atascado o algún filtro sucio.
Julia comía mecánicamente, sin que los comentarios de Zoe hicieran mella en su apetito.
—¿De verdad que puede saber mejor? A mí me parece tan repugnante como siempre.
—Estoy harta de esta mierda. Un buen pollo es lo que me comería ahora.
—¿Un pollo? Yo preferiría un buen plato de almejas a la plancha, y de postre, cinco o seis rajitas de melón. ¿Qué me dices a eso?
Zoe miró a Julia con indulgencia.
—Me parece que tú sí que pasas hambre de verdad.
En ese momento, arrastrando los pies, entró Raúl en la cocina.
—Estoy hecho polvo, cuando coja la litera no va a haber quien me despierte. ¿Qué tenemos hoy de menú?
—Bazofia de bodrio y Comistrajos al poliuretano.
Raúl sacó una bandeja de compuesto alimenticio del dispensador y, antes de empezar a comer, olfateó el contenido asintiendo complacido.
—No sé porque os quejáis. Esto contiene todos los elementos fundamentales de una dieta sana y equilibrada.
—¿Y no te da asco saber de donde salen esos elementos?
Raúl comenzó a comer rápidamente.
—No. Al fin y al cabo sólo el veinte por ciento procede del reciclador y, si esta bien filtrado, homogeneizado, esterilizado y aromatizado, no hay nada que temer.
—Qué quieres que te diga. Siempre me resultará inmundo.
Raúl chascó la lengua satisfecho.
—¡Una delicia! Yo, por mi parte, prefiero preocuparme de otros temas más importantes.
Zoe se volvió hacia él
—¿Cómo?
—Como el problema que nos han planteado los tres cretinos que no están presentes.
Julia sacudió la cabeza con fastidio.
—A mí me lo vas a decir. Ya he hablado con Overend y no sé si he conseguido meterle algo de sensatez en la cabeza.
—¿Qué pensáis?
Zoe habló mientras lamía la cuchara.
—Propongo encerrarlos en la Plataforma de Carga y que se líen a golpes los unos con los otros. Si queda alguno vivo, lo atamos a una viga y a vivir.
Julia sacudió la cabeza.
—No es mala idea, pero luego habría que limpiar los restos y eso no me hace ninguna gracia. Deberíamos echarles una buena bronca y hacerles hablar entre sí. Ya he dicho que creo haber convencido a Overend para que ponga las cosas en claro con Carla. Ahora sólo falta conseguir que Carla y Jennes hagan las paces.
Raúl asintió lentamente.
—Creo que ninguna de las dos va desencaminada. Deberíamos reunirles y que, al menos, establezcan una tregua. Si lo conseguimos podremos disfrutar de un poco de tranquilidad hasta que volvamos a la Base.
Zoe asintió.
—Me parece bien. Hagamos esto; yo voy a buscar a Overend, Julia se encarga de sujetar a Jennes y tú vas a despertar a la Chica de Hielo. Nos reunimos todos en el Centro de Control, les obligamos a jurar que no van a intentar jodernos más, y punto, problema resuelto.
Ni Julia ni Raúl pusieron objeciones al plan de Zoe, y cuando terminaron de comer, salieron a realizar la misión que se habían impuesto.
Raúl pudo comprobar en su propia carne que Carla se había despertado dolorida y de mal humor. El somnífero que le había administrado Julia sólo servía para empeorar las cosas; apenas razonaba y sólo podía articular amenazas a cual más sin sentido.
Al cabo de cinco minutos de aguantar sin inmutarse, Raúl acabó por perder la paciencia.
—¿Pararás? Nos están esperando en el Centro de Control.
—Olvídame. ¡Ah! ¡Cómo me duele la cabeza! Pregunta a Julia si me puede dar algo para esto. Cuando la vea te juro que le rompo el alma.
—Déjate de tonterías. Ahora deberías ducharte y comer algo. Seguro que dentro de media hora estarás mucho mejor.
—¿Y qué?
—Me repito. Tenemos una reunión en el Centro de Control para aclarar cierto asunto que nos concierne a todos. Además debes relevar a Jennes. Llevamos más de diez horas sin parar y estamos más que cansados.
—¡Qué le den morcillas!
Carla se tiró de cabeza contra la almohada sin recordar el estado de su cara. Inmediatamente volvió a incorporarse reprimiendo un alarido.
Raúl se había recostado contra un mamparo y la miraba impaciente.
—¿Ves? Hazme caso y adecéntate un poco. Así no sirves de nada.
—No quiero servir de nada. Quiero largarme de aquí.
Raúl la cogió de un brazo arrastrándola tras él a la ducha. Ella se dejó llevar hasta el cubículo y sólo le apartó cuando quiso desnudarla para hacerlo ella misma.
—No mires.
—Termina pronto. Y no te mojes las vendas.
Carla se entretuvo todo lo que quiso bajo el chorro de agua. Automáticamente, Raúl hizo el cálculo de energía extra que se necesitaría para reciclar todo el agua que estaba desperdiciando Carla, y eso le hizo impacientarse aún más.
—¡Sal de una vez! Ya deben estar nerviosos.
Sin embargo, como si quisiera agravar aún más la situación, Carla invirtió todo el tiempo que quiso en secarse, vestirse y comer.
Cuando llegaron al Centro de Control se encontraron al resto de la tripulación esperándoles en silencio. Julia y Overend estudiaban los datos obtenidos hasta entonces mientras Zoe, sentada en el suelo, dormitaba plácidamente. Ninguno parecía especialmente molesto por el retraso, sólo Jennes no pudo evitar ser sarcástico.
—¡Ah! ¡El relevo! Zoe, cariño, despierta. Ya nos podemos ir a la cama.
Julia le detuvo con la mirada.
—Tú quieto ahí y a escuchar.
Carraspeó para tener tiempo a ordenar sus ideas.
—Bien. Para empezar, Raúl, Zoe y yo misma, estamos bastante preocupados por la situación a la que no habéis llevado.
Carla se volvió furiosa.
—¿No lo dirás por mí?
—Creo haberme referido a los tres. Ahora cállate y déjame continuar. Estamos preocupados porque esta situación está empezando a sobrepasar el límite de lo tolerable. Overend no puede ver a Carla, Jennes le tiene pánico y ella odia a los dos hasta el extremo de querer exterminarlos. Pues bien, queridos, eso nos afecta a nosotros, así no hay quien se concentre en el trabajo y nos resulta muy inquietante el hecho de que hayáis decidido llegar a la violencia física para solucionar vuestros problemas. ¿Me voy explicando?
Jennes se quejó amargamente.
—¿Y a mí qué me cuentas? Yo no he tocado a nadie.
Julia le miró, apretó las mandíbulas y continuó con dureza.
—Ninguno de los tres podéis disculpar vuestro comportamiento. Tú, Jennes, debías saber que tus bromas y comentarios ingeniosos sólo hacen gracia a otros tripulantes, y que fuera de aquí no son comprendidos ni bien recibidos. Y Carla no es una tripulante, es una Analista, y como tal, ajena a los usos y costumbres de nuestra simpática cofradía. Y tú, Carla, sabías donde te metías al presentarte voluntaria para formar parte de una expedición. En la Academia se te advirtió de la clase de ambiente que acaba por crearse en una expedición de esta duración, y que en ningún caso deberías dejarte provocar, porque al fin y al cabo no se te esta provocando, sólo se intenta sobrellevar el aburrimiento. Por supuesto, la agresión de la que hiciste objeto a Jennes te descalifica para posteriores expediciones, y si eso es lo que querías, lo has conseguido. En cuanto a la manipulación irresponsable de las líneas de control y comunicación, en una situación crítica podía habernos llevado a la catástrofe. Mucho me temo que tenga repercusiones más graves, pero eso ya es cosa de la Agencia. En cuanto a ti, Overend, como Coordinador de la expedición, debiste cortar desde el principio todos esos incidentes y, por supuesto, nunca tendrías que haber llegado al extremo de agredir a uno de tus tripulantes.
Julia calló para comprobar el efecto de su discurso. Jennes estaba imperturbable. Overend, contrariado, se golpeaba el mentón y Carla, aún teniendo la cara semioculta por los vendajes, no podía evitar mostrar sentimientos contradictorios.
Jennes, como siempre, fue quién rompió el silencio.
—¿Y qué nos quieres decir con eso?
—Lo que había que decir está dicho. Ahora quiero que hagáis. Y lo que vais a hacer es comprometeros a no repetir nada de lo que he enumerado. Me importa un rábano que vuestras relaciones personales sean un desastre, pero en lo que respecta a las laborales, tienen que ser correctas hasta la exquisitez. Ninguno de los tres hará comentarios ocurrentes sobre las opiniones de los demás, no entorpecerá las labores de nadie ni, por supuesto, se atreverá a llegar a las manos de nuevo.
Jennes levantó la mano agitándola para hacerse notar.
—¿Y si a ninguno le da la gana hacerte caso?
Raúl se encargó de contestar.
—Como supongo que el transgresor no sólo va a carecer de apoyos, si no que además se va a ganar un poquito más de animosidad por parte del ofendido, seremos cinco contra uno. ¿Te atreverías tú sólo contra todos?
Julia se dirigió hacia Overend, Carla y Jennes, volviendo a tomar la palabra.
—¿De acuerdo?
Overend asintió abatido.
—Mierda, ese discurso tendría que haberlo echado yo. Suscribo todas tus palabras.
Jennes se estiró en el sillón imperturbable.
—¿Qué otra cosa puedo hacer? Estoy en minoría, así que...
Raúl se volvió hacia Carla.
—¿Qué dices?
—Lo haré.
Julia se frotó las manos satisfecha.
—Me alegro de que quede todo claro. Carla, releva a Jennes en la navegación. También deberás asistir a Overend desde aquí. Va a llevar un multípodo hasta el pecio para recargar los otros dos. Los demás, a tomar por culo de aquí.
Salieron todos del Centro de Control dejando sola a Carla que, pausadamente, mientras reflexionaba sobre las palabras de Julia, abrió las ventanas necesarias para iniciar las operaciones de salida del tercer multípodo.