Después de dejar los multípodos en reposo, arrinconados contra los muros del pecio, Zoe y Raúl volvieron rápidamente al Centro de Control donde Julia y Jennes estaban enzarzados en una nueva batalla dialéctica.

—Maricón despelotado.

—Bollera frígida.

—Culo roto.

—Chupa rajas.

Raúl asomó la cabeza en la sala.

—¡Eh, académicos de la lengua! ¿Ha pasado Overend por aquí?

Jennes se volvió hacia la esclusa.

—Si, parecía algo molesto. Dijo que se iba a su cabina y que no le molestáramos. Hombre, en realidad no lo dijo así, pero un chico tan comedido y refinado como yo no puede repetir las palabras que salieron por esa boquita de piñón.

Zoe palmeó la espalda a Raúl.

—Voy para allá. A ver como está.

Julia se mordía las uñas desmañadamente mientras simulaba hacer memoria.

—Por cierto, ahora que me acuerdo... también hemos visto a la Chica de Hielo con las manos en los morros. ¿Qué es lo que ha pasado?

Jennes hacía grandes esfuerzos para disimular la sonrisa que le partía la cara en dos.

—Eso, hemos oído voces y algún que otro ruido bastante extraño. ¿Qué ha sido? ¿Un amistoso intercambio de pareceres? ¿Algún chiste especialmente gracioso? Cuenta, cuenta.

Raúl resopló.

—Overend dijo algo que no le gustó y Carla cruzó las señales de los multípodos, entonces Overend se bajó del bastidor y le tiró el visualizador a la cara.

—¡Qué mal genio!

—Ya decía yo que esa tía acabaría mal. ¡Eh! ¿Dónde vas?

Raúl había salido del Centro de Control y sólo se volvió un segundo para contestar a Julia.

—Al Centro Médico. Es posible que Carla esté allí.

Julia se levantó pesadamente de la consola y salió del Centro de Control apartando a Raúl.

—Déjame a mí. Seguro que si intentas curarla le dejas la cara como una patata.

Jennes no perdió la oportunidad de mostrarse sarcástico por enésima vez.

—¡Recuerda que sólo tiene rota la cara! ¡El resto no hace falta tocarlo!

—¡Así te salgan unas hemorroides de aquí a tu casa!

Raúl prefirió no acompañar a Julia y se quedó con Jennes en el Centro de Control. Jennes comenzó a reír mientras tamborileaba sobre la consola.

—¡Ja! ¡Ja! Vaya con la Chica de Hielo.

—¿Te alegras?

—¿Tú qué crees?

—Esta puta expedición ya me está hartando. Empezando por ti, continuando por esa bola de cemento que tenemos ahí fuera y terminando por la analista, que lo único que ha hecho hasta ahora es dar problemas.

—¡Dímelo a mí! ¡Ja! ¡Ja! Si por lo menos me la hubiera tirado estaría menos quemado, pero bueno, lo que no puede ser no puede ser y además es imposible ¡Qué se le va a hacer! ¡Ay, que me da un síncope! ¡Ja! ¡Ja!

Raúl no contestó a Jennes, prefirió repasar desde la Consola de Navegación todo lo que hasta el momento sabían del pecio.

Abriendo ventanas al azar fue recorriendo gráficos y contemplando imágenes más o menos ampliadas de los detalles del casco. También volvió a estudiar las grabaciones de la breve aventura de los multípodos, intentando dar con alguna pista nueva, pero nada de lo examinado aportó más significado del que intrínsecamente poseía.

La única conclusión clara era que, cuanto más averiguaban sobre el pecio, más interrogantes se planteaban.

Media hora después volvió Julia.

—Listo. He hecho a nuestra amiga unas cuantas reparaciones de urgencia y la he atiborrado de barbitúricos para que duerma un buen rato.

Raúl se volvió hacia Julia.

—¿Es grave?

—No, sólo molesto. Tiene la nariz rota y el labio superior partido. Al principio temía que se le hubieran roto algunos dientes, pero los tiene todos enteros.

—¿Cómo está ahora?

—Bastante aturdida.

—Será por el sedante.

—No, no es eso. Es una tía muy extraña. Cuando atacó a este capullo...

—¡Eh, sin insultar!

—Calla, idiota. No sé, cuando atacó a este capullo hubiera dicho que estaba muy habituada a la violencia física, como si pelearse a puñetazo limpio fuera su pan de cada día. Sin embargo, en cuanto Overend la ha puesto fuera de combate, se ha derrumbado como un castillo de arena.

Jennes castañeó los dientes.

—¡Qué poético! Yo la hubiera derrumbado a martillazos.

—Ya sabemos que eres de lo más sutil, compañero. Por cierto, también me he tomado la molestia de darle un somnífero a Overend.

Jennes y Raúl se volvieron simultáneamente hacia Julia.

—Sí, no pongáis esas caras. Estaba demasiado alterado como para ser útil, de modo que le he puesto a dormir. Cuando se despierten que hablen y aclaren sus diferencias, si es que saben cuales son. Mientras tanto, nosotros a trabajar.

Jennes parecía más molesto que de costumbre.

—¿Cómo que a trabajar? Estamos en pleno estado de emergencia y tú dices que a trabajar. ¿Por qué? ¿Quién eres tú para decidir que se hace o se deja de hacer?

Julia estiró los labios en un remedo de sonrisa.

—Por lo pronto soy la segunda en antigüedad, y hasta que Overend no haya recobrado la cordura, la Coordinadora. ¿Estás de acuerdo hasta ahí?

—¡Esto es un motín!

—Y tú un gilipollas. De momento hazte cargo de la navegación. Raúl y Zoe dirigirán los multípodos y yo los asistiré desde la consola de la plataforma. ¿Se te ocurre algo mejor?

Jennes se levantó de la Consola de Observación.

—Sí, que te mueras. Anda, déjame ahí.

Raúl se apartó de la Consola de Navegación.

—Todo tuyo. Por cierto, voy a ver a Carla.

—¿Te vas a aprovechar de ella ahora que no puede defenderse?

—Si, hombre, y luego vendré a por ti, así que ve preparando la vaselina. Julia, enseguida voy a la plataforma.

—De acuerdo. A ver como acaba este asunto de mierda.

Zoe llegó en ese momento al Centro de Control, no parecía en absoluto preocupada.

—Overend ya está durmiendo. ¿Qué hacemos ahora?

Julia le hizo un gesto para que la siguiera.

—De momento volver a la plataforma. Ahora te explico que he decidido.

—¿Decidir? ¿Tú?

—¡Sí! ¡YO! Venga, arrea para la plataforma.

Raúl no sabía muy bien de que hablaría con Carla, esperaba encontrarla ya dormida, pero cuando llamó a la puerta de la cabina y ella le contestó, vaciló un instante e inspiró hondo antes de entrar.

Carla, completamente desmadejada, estaba mirándose la cara en un espejo. Raúl la cogió por los hombros obligándola a volverse hacia él.

—¿Qué tal te encuentras?

—Mi nariz...

—Julia nos ha dicho que la tienes rota. Vaya, se te ha puesto la cara como un globo.

—¿Por qué...?

—Te has pasado. Una cosa es intentar estrangular a Jennes por tocarte las narices... Perdona. Bueno, una cosa es eso, porque Jennes se lo está buscando cada minuto que pasa, y otra hacer lo que hiciste con los multípodos.

—No había peligro para ninguno de vosotros. Pero mi nariz...

—No, no lo había, pero eso no significa que tuvieras que hacerlo. No me extraña que Overend se cabreara de esa manera.

—Yo sólo quiero hacer bien mi trabajo, pero este ambiente es...

—Ya te lo dije, no estás acostumbrada. son muchas horas juntos y es una forma como otra cualquiera de no perder la cordura. ¿Tienes sueño?

—Sí.

—Acuéstate y duerme entonces. Cuando despiertes lo mejor es que hables con Overend y os pidáis disculpas. Esto podrá parecer una verdulería, pero nunca un campo de batalla. ¿De acuerdo?

Carla, ya tumbada en la litera, asintió en silencio.

—Muy bien. Voy a seguir trabajando, todavía hay mucho que hacer.

—Yo..., no pensaba que esto fuera a acabar así.

—Ni tú ni nadie, ahora duerme y procura relajarte.

Raúl salió de la cabina cerrando la esclusa con suavidad. Cada vez se sentía menos culpable por el giro que estaba tomando la situación. Carla se había envalentonado más de lo razonable y Overend no había sido capaz de encontrar una forma inteligente de ponerla es su sitio. Por el momento, lo que más interesaba era certificar el pecio cuanto antes.

De camino hacia la Plataforma de Carga volvió a pasar por el Centro de Control.

—Oye Jennes, ¿en qué estado ha quedado el ordenador?

—Después del cambio de placas va como la seda. ¿Por?

Raúl se encogió de hombros.

—Por nada. Con todo lo que ha pasado se me había olvidado por completo y sólo quería saber como estaba.

—Pues no te preocupes que todo marcha a la perfección. ¿Y tu amiga?

—No tan bien como el ordenador, pero todavía respira. Por cierto, ni se te ocurra aprovechar que está indefensa para estrangularla.

Jennes se señaló el pecho gesticulando exageradamente.

—¿Yooo? ¡Por favor! Ante todo soy un caballero.

—Ya, pues que no me entere que lo has intentado.

—Tranquilo Don Alonso, si se me pasa por la cabeza ya te avisaré para que estés presente y compruebes que sólo quiero asesinarla, no abusar de ella.

—Bah, olvídame.

© Francisco José Súñer Iglesias, (1.457 palabras) Créditos