En la Plataforma de Carga Julia y Raúl esperaban la llegada de Overend. Éste los había reunido poco antes para marcar las directrices de la operación de abordaje del pecio y después, excusando que debía comer y ducharse, los había abandonado a su suerte.
Carla, alegando una ligera indisposición, también había desaparecido y todo eso, unido a un mal sueño, hacían el humor de Julia ácido y borrascoso.
—¿Tú crees que Overend y la Chica de Hielo estarán follando?
Raúl levantó el índice de su mano derecha.
—Puede que sí, puede que no. ¿Estás celosa?
—¿Yo? Tú, tienes más motivos.
—¿Por qué?
Julia imitó exageradamente el gesto de Raúl.
—Teniendo en cuenta lo bien que os entendéis, no creo que te resulte muy agradable que ahora se lo haga con todo el mundo.
Raúl se acercó a la consola de la plataforma.
—Menos contigo.
Julia resopló desafiante, Raúl la ignoró.
—¿Dónde habéis dejado los resultados de la resonancia?
—¡Y yo que sé! Pregúntaselo a Jennes.
—No es mala idea.
Raúl llamó al Centro de Control
—Jennes, ¿estás ahí?
Nadie contestaba a la llamada.
—¡Venga hombre! ¡Tienes que estar ahí!
Raúl insistió varias veces sin recibir respuesta. Finalmente desistió y consultó en el directorio de ventanas activas la que contenía el gráfico que el ordenador había generado con el resultado del examen del pecio.
Cuando abrió la ventana asintió satisfecho.
—Aquí está. ¿Lo has visto ya?
—Como cuarenta veces. ¿Qué te parece?
—Desconcertante.
Julia se había colocado junto a él y contemplaba el gráfico con un calculado desinterés.
—Por el aspecto está claro que se trata de una nave de carga.
—Pues yo no lo veo tan claro.
Julia alargó una mano y recorrió con el índice las líneas del gráfico.
—Tampoco es que seas muy espabilado. Atiende; el interior está dividido en compartimentos cúbicos de unos trescientos cincuenta metros de arista. Todos idénticos a excepción de los que limitan directamente con el casco.
—¡Oh! ¡Que cabeza la mía! ¡No me había dado cuenta de eso!
—Y evidentemente esa distribución está pensada para el transporte de algo, sea lo que sea.
—Ya. ¿Y si no estuviera acabado? ¿Qué me dices? Es muy posible que esas separaciones se traten de simples muros de carga, los basamentos necesarios para luego construir dentro de cada cubo lo que más convenga.
—¿Construir? ¿El qué? Son demasiado grandes para dividirlos en compartimentos cada vez más pequeños. No le veo sentido.
—Entonces dime; ¿cuál podría ser la carga?
—Según la Chica de Hielo se trata de un enorme deposito para el transporte de líquido. Agua en concreto.
Raúl se echó a reír.
—¡Vamos hombre! ¡Agua en contenedores! Es absurdo. La mejor forma de transportar agua es formar un bloque de hielo gigante y atornillarle un par de impulsores.
En ese momento Carla, Overend y Zoe llegaron a la plataforma. Julia se volvió hacia ellos.
—Ahí los tenemos ¿Lo preguntas tú o lo pregunto yo?
—¿Preguntar qué?
—Si aparte de comer, ducharse y librarse del apretón han hecho algo más.
—¿De verdad hablabas en serio?
—Hombre, ¿y por qué no?
—No seas cretina.
Overend era, de los cinco, el más animado. La inmediata perspectiva de convertirse en un multípodo le excitaba.
—Ya estamos aquí. Tengo ganas de empezar de una vez.
Julia se acercó hasta él para darle varias palmadas en la espalda.
—Estupendo, ya que estás tan dispuesto, los demás podríamos irnos y dejarte a ti solo a cargo de todo.
Overend sonrió beatíficamente.
—Menos coñas, bonita. Por el momento tú y Jennes os ocuparéis de las tareas de navegación y observación. Raúl y yo conduciremos los multípodos hasta el pecio mientras que Zoe y Carla nos asistirán desde aquí. ¿De acuerdo? Pues quiero ver movimiento; a trabajar todo el mundo.
—Como quieras, pero para ser sincera, hubiera preferido ver como te las apañabas tú sólito.
Julia volvió al Centro de Control mientras los demás se apiñaron alrededor de la consola. Overend cerró todas las ventanas que ocupaban el monitor abriendo una donde se mostraba un modelo detallado del casco del pecio. El propio Overend se había encargado de resaltar todos los elementos que pudieran ser de algún modo significativos.
Hasta que no lo hizo girar, sólo vieron las líneas que representaban las juntas de los bloques de cemento, pero cuando el modelo dio un cuarto de vuelta sobre su eje polar, se encontraron con las que, aparentemente, eran las únicas aberturas al exterior.
—Ahí está nuestra puerta de entrada.
Se trataba de cuatro aberturas rectangulares, de unos doscientos metros de largo por cien de ancho, situadas en cruz, dejando en el centro una quinta abertura cuadrangular de cien metros de lado.
Raúl no parecía muy entusiasmado.
—Que bien. ¿Dónde lleva eso?
—Ni idea, la resonancia no ha resultado muy eficaz. Sólo hemos podido obtener una visión de conjunto y diferenciar los detalles más grandes. Tened en cuenta que el cemento no es precisamente el material más común en la fabricación de naves de tránsito.
Zoe se volvió hacia Carla sonriendo burlonamente.
—Como tus jefes decidan que este trasto es el súmum de la construcción aerospacial, van a echar a la calle a todos los ingenieros de la Agencia y los van a cambiar por arquitectos.
Carla, concentrada en el modelo, no le hizo caso. Un rictus sombrío le deformaba el rostro.
—Pudieran tratarse de las toberas de los motores.
—¿Con esa forma?
—¿Por qué no?
Overend sacudió la cabeza negando aquella posibilidad.
—Ya pensamos en eso pero creímos que unas toberas deberían estar reforzadas, blindadas con algo para soportar las temperaturas del escape.
—En el caso de que usaran un sistema de propulsión similar al nuestro.
—Bien, digamos que el suyo es un motor frío. Entonces, ¿dónde están las toberas de dirección? Si suponemos que el plano ecuatorial de la esfera pasa por esas aberturas deberíamos tener en la misma cara un sistema de motores vectoriales para llevar esa mole al lugar exacto que quisiera su tripulación.
Carla ladeó la cabeza hacia Overend mirándole, sin embargo, de reojo, como si quisiera dejar claro que los comentarios que éste hacía no pasaban de ser meras especulaciones fantasiosas.
—Estás argumentando en base a la suposición, bastante peregrina, de que los constructores de esa cosa se han regido por los mismos criterios que nuestros ingenieros.
—La física es la misma en todo el universo.
—Pero las soluciones pueden ser muy distintas. ¿O es que acaso no te parece lo bastante significativo el material de construcción?
—¡Ah! ¡Perfecto! ¿Qué se te ocurre a ti entonces?
—Supón que los agujeros laterales están diseñados para que las toberas pudieran girar dirigiendo el impulso hacia donde les viniera en gana. Ahí tienes, a la vez, impulsores y motores vectoriales. Pero eso es sólo elucubrar, lo mejor es que salgáis y echéis un vistazo de cerca. Cuando tengamos referencias precisas estaremos en condiciones de llegar a conclusiones fiables.
Overend levantó los brazos al aire violentamente.
—No me jodas Carla, llevamos cuarenta y ocho horas atiborrando al ordenador de datos, haciendo las deducciones más coherentes que somos capaces y verificando hechos que hasta ayer nos parecían francamente imposibles y todavía quieres más datos. ¡Ja! ¡Más datos! Pues muy bien, iremos a por más datos. ¡Todos los datos que quieras!
Overend se dirigió al almacén mientras Carla se contenía ante la explosión de ira del coordinador.
—Te estás contradiciendo Overend. Me pides que, con la misma información que tienes tú, saque las conclusiones a las que eres incapaz de llegar.
Overend se volvió hacia el grupo, donde una cada vez más divertida Zoe y un aburrido Raúl asistían como convidados de piedra a la discusión.
—Quieta ahí, señorita analista. Yo y mi equipo ya hemos llegado a nuestras propias conclusiones. Si a ti no te gustan no es nuestro problema.
—¿Y qué problema tienes entonces? A este paso lo mejor será que dejemos de darle vueltas al asunto, amarremos el pecio y lo arrastremos hasta la Base.
—No tengo un problema, tengo una obligación; debo Certificar ese pecio, y cuando sepa que es un trozo de chatarra abandonado e inofensivo, lo remolcaré hasta el centro de la Galaxia si es necesario.
Raúl bostezó sonoramente, interrumpiendo a los contendientes.
—Venga, ya vale, vamos a dejarnos de tanta tontería. ¿No hay que salir a ver de cerca las tripas del pecio? Pues manos a la obra.
El absurdo evidente al que había llegado la conversación bastó para que Overend y Carla se desentendieran el uno del otro y se afanaran en preparar la salida de los multípodos.
Overend, Raúl y Zoe se pusieron los monos multisensibles. Overend y Raúl se encargarían de manejar los multípodos mientras Zoe debía estar dispuesta a ocupar su posición en el bastidor en el caso de que cualquiera de ellos tuviera que abandonarla. Carla, como la única inexperta de los cuatro, supervisaría toda la operación desde la consola de la plataforma.
Overend, de camino hacia los bastidores, se dirigió a Carla.
—Hemos decido bautizar a este pecio como Clase Carla.
—Muy halagador, ¿pero por qué?
Raúl intervino ofendido.
—¿Con quién se ha consultado para decidir eso?
—Tú calla.
Overend se volvió de nuevo hacia Carla
—Has trabajado en él más que ninguno de nosotros. Además, tú lo localizaste.
Carla, concentrada en la consola, se encogió de hombros.
—Lo primero es tan cierto como falso lo segundo. Gracias en cualquier caso.
Overend se reunió con Raúl junto a los bastidores. Con la ayuda de Zoe, se aseguraron de tener en correcto estado todo el equipo y cuando terminaron la revisión, se colgaron de las estructuras metálicas. Una vez allí no tardaron mucho en activar los multípodos y dirigirlos hacia la esclusa principal.