Raúl despertó con la desagradable sensación de haber perdido su brazo derecho. No lo sentía, no podía moverlo y ni siquiera recordaba haberlo tenido alguna vez.

Al girar el cuerpo, el brazo apareció bajo el pecho convertido en una excrecencia inútil e insensible. Con dificultad se incorporó y masajeó el brazo dormido con la mano izquierda. A base de frotarlo furiosamente consiguió desentumecerlo, y al poco, ya lo pudo mover a su antojo, aunque un molesto hormigueo en la punta de los dedos no dejó de molestarle durante algunas horas más.

Se vistió sin prisas, rememorando los minutos pasados con Carla en el gimnasio. Había estado bien, pero la irrupción de Jennes en el último momento lo había echado todo a perder y, lo que resultaba más grave, alterado a Carla de una forma que no presagiaba nada bueno.

Antes de ir al Centro de Control pasó por la cocina para comer algo. Cuando entró, se encontró a Overend sonriéndole con sorna.

—Mira a quien tenemos aquí. ¿Cómo fue la cosa?

—No hay quien guarde un secreto en esta puta expedición.

—En doscientos metros cuadrados poco hay que guardar. ¿Folla bien?

—Se mueve, que ya es más de lo que haces tú. Déjame pasar.

Overend se retiró del dispensador.

—Bueno hombre, no es para ponerse así. Hablando de todo un poco, hazme un favor; echa una mirada a la Consola del Impulsor. Quiero hablar con Zoe antes de que se meta en la cama.

—Será que quieres meterte en la cama con Zoe.

—Para el caso viene a ser lo mismo. No tardamos ni media hora. ¿De acuerdo?

—Por mí como si te compras un sombrero. Y cuídate, no te canses mucho, que ya no estás para esos trotes.

—Tú si que no estás para nada.

Overend se fue dejándole solo. Tardó poco en comer, cinco minutos más tarde estaba en el Centro de Control.

Jennes le recibió con una risotada.

—¡Mira quien ha venido! Nuestro amigo el follanalistas.

Julia no fue menos delicada.

—¿Sabes qué tu amiga es una estrecha? Casi me zurra cuando le estaba dando ánimos.

Jennes repitió la risotada.

—¿Dándole ánimos? Metiéndole mano, diría yo.

Raúl inspiró hondamente, intentando aparentar un fastidio que no sentía.

—Iros a cagar. ¿Qué hay del pecio?

Julia, siguiendo el juego, se mostró conciliadora.

—No te enfades machote, sabes que te queremos mucho.

Jennes no se molestó en disimilar.

—Tu juguete no se ha movido ¿Qué te esperabas?

—¿Y los análisis?

—Todo sigue igual; el resumen de composición no ha cambiado y el ordenador continúa representando una esfera perfecta.

—¿Y la visualización?

—Dentro de... unas seis horas podremos vislumbrarlo. Aunque será difícil, es indudable que no emite luz y no hay estrellas lo bastante cercanas como para que se refleje la suficiente. Ya mucha suerte ha sido que el espectrómetro lo haya localizado.

Jennes se volvió hacia Raúl borrando la sonrisa de su boca.

—Hablando en serio, dentro de una hora hay que empezar a desacelerar ¿Está preparado Overend?

—Tenía cosas que hacer, en media hora estará en la Consola del Impulsor.

—¿Cosas qué hacer? ¿Qué cosas?

Julia miró con desgana a Jennes.

—Eres un borrico, Jennes. ¿Qué cosas se pueden hacer en esta puta expedición aparte de dormir, currar y follar?

—Yo no follo.

—Pues Overend sí.

Se volvió hacia Raúl

—Está con Culo Gordo, ¿no?

—Sí. Me voy al Centro de Mantenimiento. Lo tendremos todo preparado para entonces.

La supervisión de los impulsores no era una operación excesivamente complicada, y generalmente la hacía el navegante desde su consola.

Las consolas de los Impulsores y de Soporte Vital estaban en una sala separada de las de Navegación y Observación. Aún así, al disponer desde las cuatro consolas de total acceso a todas las tareas del ordenador, se podía llegar a disponer de dos Centros de Control separados.

Sin embargo, la operación de invertir el impulso para desacelerar la nave debía hacerse, según el manual, desde la propia Consola de Impulsores.

Raúl, situado frente ella, se limitó a comprobar que los gráficos que describían el comportamiento de los impulsores coincidían exactamente con lo marcado por el patrón. Por último, una rápida revisión del promedio de las ocho horas anteriores, le confirmó que esa situación se mantenía desde hacía mucho tiempo.

Hizo lo mismo con los sistemas de Soporte Vital. Allí encontró la única discrepancia digna de ser tenida en cuenta. El caudal de agua había superado en cincuenta litros la media habitual.

Llamó al Centro de Control.

—¿Alguno de vosotros se ha duchado durante el turno?

—¿A qué viene eso ahora?

Raúl carraspeó un tanto confuso.

—Alguien ha hecho un gasto de agua por encima de la media.

Julia bufó irritada.

—¡Mira a lo que se dedica el niño ahora! ¿No será que hay una fuga?

—No, no hay perdida de volumen. Sólo que el caudal está por encima de la media.

Jennes soltó una nueva carcajada tan sonora como falsa.

—¡Seguro que ha sido tu querida analista! Le debes dar bastante asco.

Cortó la comunicación. No se había perdido ni una sola gota de agua. Simplemente alguien se había dado un par de duchas de más. El sistema de reciclaje había limpiado el agua devolviéndola a los depósitos. Ahí acababa todo. La situación era absurda y prefirió olvidar el incidente.

Overend apareció al poco tiempo rebosando satisfacción.

—Bien está lo bien hecho ¿Todo correcto?

Raúl miró el reloj de la consola.

—Sí. Según Jennes la inversión se hará dentro de doce minutos.

—Perfecto.

Overend se puso en contacto con el Centro de Control.

—¿Julia? ¿Ya lo tenéis todo listo?

—Listo y preparado, Señor Coordinador. El Mosquito está dispuesto y la inversión calculada. Sólo hay que esperar.

—¿Se os ocurre algo especial para incluir en el programa del Mosquito?

Overend miró a Raúl y este le devolvió la misma mirada neutra.

—¿Qué se nos va a ocurrir? Que haga lo que tiene que hacer y punto.

—Como queráis.

Overend conectó el canal de órdenes para, según indicaba el manual, poner en aviso a tripulantes y, si los hubiera, pasajeros.

—Uno, dos tres, probando. ¿Me se escucha bien?

Los gritos desaforados de Jennes y Julia desde el Centro de Control así lo confirmaron.

—Perfecto. Pues atento todo el mundo. Dentro de unos doce minutos se va a proceder a invertir el impulso de los motores. Os recuerdo que hasta que no se diga lo contrario, os abstendréis de hacer otra cosa que no sea estar sentados o tumbados y muy bien agarraditos. Avisados estáis, si alguien se rompe la crisma no es mi problema.

Nadie dijo nada durante los siguientes diez minutos. Sólo la voz de Overend se dejó sentir para realizar una cuenta atrás puramente simbólica.

—Atentos, vamos allá. Cinco, cuatro, tres, dos, uno... ¡Inversión!

Sin que ninguno de ellos moviera un dedo, el ordenador paró los impulsores, los volvió a encender invirtiendo la dirección del impulso y a la vez, soltó la sonda de avanzada que, empujada por sus propios motores, empezó a ganar distancia a la nave.

Overend suspiró aliviado.

—Perfecto. Suave como el culo de un niño.

Volvió a conectar el canal de órdenes.

—Señores pasajeros, la operación de inversión ha sido ultimada con éxito por la tripulación comandada, por fortuna para todos, por mí. Ya pueden moverse libremente por la nave y, por favor, no hagan cola frente a los servicios. Esperen su turno en sus respectivas cabinas.

Jennes dio un par de silbidos cortos y agudos antes de poner la guinda a la operación.

—Me gustaría verte haciendo esto a mano.

La voz de Julia llegó hasta Overend y Raúl llena de alivio.

—No digas gilipolleces, los ordenadores se inventaron para que el hombre dejara de pringar el pan con el sudor de su frente.

—Di lo que quieras, pero estabas acojonada.

—Claro, y por supuesto, tú no.

Overend abrió y cerró varias ventanas examinado datos y cotejando índices antes de darse por satisfecho.

—Perfecto... Julia, me tienes que decir como te las apañas para aguantar a Jennes durante las ocho horas del turno.

—Fácil, vamos contando los insultos que nos dedicamos mutuamente, y a última hora comparamos. Él que menos lleva suelta una parrafadita hasta que se igualan, y tan contentos.

—Muy inteligente. Creo que ya va siendo hora de desembalar los multípodos. Raúl y yo vamos a probarlos. No os matéis.

Jennes hizo chascar la lengua contra el paladar.

—Descuida. Este virago todavía tiene que comer muchos filetes antes de llegar a ponerme la mano encima.

La replica de Julia no se hizo esperar.

—Anda Farinelli, ¿por qué no nos cantas el aria de La Flauta Mágica?

Overend cortó la comunicación, pese a ello, por el corredor les llegaba la discusión de Jennes y Julia. Se volvió hacia Raúl sacudiendo la cabeza.

—¿Quién es ese tal Farinelli?

—Un soprano del siglo dieciocho.

—Querrás decir tenor.

—Soprano.

Raúl imitó unas tijeras con la mano derecha

—A los ocho años le cortaron las pelotas para que no perdiera la voz.

Overend se echó mano a los genitales mientras miraba horrorizado a Raúl.

—¿Le castraron para que...?

—Eso es. ¿Vamos a por esas sondas?

—¡Uf! Vamos allá.

© Francisco José Súñer Iglesias, (1.521 palabras) Créditos