Dario se vistió a toda prisa, prometiéndose a sí mismo que no volvería a desnudarse como no fuera en una habitación cerrada con llave. Y además consideraba la posibilidad de dormir vestido y con la espada al cinto. Al fin y al cabo en la montaña lo hacía así, y en una habitación de la Almeja de Plata no había estado más seguro que en los bosques.
Después de cenar una sopa de cangrejo de río y un plato de estofado, Dario volvió a su habitación para dormir. Hasta el mediodía siguiente no se despertó, y cuando lo hizo permaneció un rato en la cama antes de levantarse. Se puso la ropa, pues naturalmente no había cumplido su promesa de dormir vestido, y bajó a la cocina. Desde allí vio que Drake y Lord Douglas estaban sentados en el jardín, bajo un emparrado. En la mesa quedaba un servicio de desayuno que había sido dispuesto para él.
—Tu compañero me ha contado su teoría de que fuiste capturado por los elfos y educado por ellos —dijo de sopetón Lord Douglas. Dario se limitó a encogerse de hombros—. ¿Cuál es tu verdadera historia?
—No hay mucho que contar —respondió vagamente el joven.
—Mejor, así terminarás pronto.
—Ya verás como no le sacas nada. Es como una mula —refunfuñó Peter Drake.
—En cambio yo creo que ahora sí va a contar lo sucedido.
—¿Por qué habría de hacerlo? —preguntó Dario.
—Vamos a ver cuál es tu situación —Lord Douglas se reclinó en su asiento y empezó a exponer su punto de vista—: te persiguen unos soldados que disponen de métodos sobrenaturales
para localizarte. Has perdido tu dinero al huir de la Almeja de Plata, con lo que ya no puedes pagar sus servicios como guía al señor Drake —Dario miró fijamente a su compañero, quien se limitó a adoptar una pose indiferente sin decir nada—. Sin embargo, tienes que llegar a un punto determinado de la costa lo antes posible. Lo malo es que te hallas en el Valle Esmeralda, una verdadera fortaleza natural con un único paso franqueable. Sin mi ayuda nunca conseguirías salir de aquí, pues sin duda el Omir habrá apostado hombres de su entera confianza en la salida del valle, y a lo largo de toda la Vía Prima.
—¿Quién es ese Omir? —preguntó Dario.
—Lo reconocí cuando te rescaté. Omir es un título de la corte, significa algo así como primer guardián del reino. El Omir Anderson controla a la guardia real y está encargado de la seguridad interior del país —explicó Drake—. Es exactamente la última persona que te conviene tener detrás de ti. Además tengo la ligera impresión de que no le gustó que le diera una patada en la cara cuando trató de impedir que te llevara conmigo.
—Todo lo cual nos conduce a una pregunta muy interesante: ¿Qué es lo que posees que sea tan peligroso para el reino? ¿Información, tal vez? No creo que seas un elfo, aunque Drake afirme haber visto a algunos de tus compañeros, pero podrías ser un espía.
—¡Un momento! ¿Cuándo has visto tú a mis compañeros? —Dario se había excitado de repente y dirigía esta pregunta a Drake.
—Bueno, pues cuando te rescaté. Había varios arqueros y espadachines elfos. Dieron cuenta muy pronto de los soldados, pero pude escabullirme en medio de la refriega para salvarte de unos y otros. No dije nada para no preocuparte. Bastante malo era tener a los soldados detrás nuestro; sólo faltaban los cazadores elfos...
—¡Peter, eres un maldito y condenado estúpido, supersticioso y... y...! —Dario rompió a llorar y se tapó la cara con las manos, avergonzado por ello.
—Lo único que quería era no preocuparte más todavía —dijo Drake, perplejo, tratando de disculparse.
—Vamos, muchacho, no llores —decía el viejo con tono consolador—. Debes comprender que queremos ayudarte, pero no podemos hacerlo si no sabemos qué es lo que ocurre.
—¡Ayudarme! Acabas de decir que Peter ya no me acompañará porque he perdido el dinero para pagarle.
—Era sólo una treta para intentar que hablaras —se excusó Drake rápidamente—. Pero debes comprender que si debo jugarme el cuello lo menos que puedo pedir es que me cuentes el motivo.
—Verás, muchacho, en realidad tengo una vaga idea de quién o qué puedes ser. La corte ha estado revuelta estos últimos días. Los aislacionistas y nosotros, los ekuménicos, estamos bastante enfrentados, pero no han logrado ocultarnos que algo extraño ocurrió hace varias semanas. Algo que ha alarmado al Omir y sus más fieles seguidores. Creo que tú y tus amigos, los que querían rescatarte, sois los responsables de todo este revuelo. Creo que vienes del otro lado de esa esfera de hierro oxidado que nos tiene atrapados, y con tu ayuda tal vez podríamos derribarla para siempre.
—Lord Douglas tiene la ridícula idea de que has venido de las estrellas, Dario —precisó Drake.
—¡Ridícula idea! ¿Y lo dices tú que crees en los elfos? Por supuesto que vengo de las estrellas, de una tan lejana que no se ve desde aquí a simple vista.
—¿De dónde eres, muchacho?
—De la Tierra. Soy italiano. Nací en Roma.
—Dario, la Tierra es el mítico hogar de los dioses, el paraíso, el sitio de donde partieron las legiones celestiales para construir mundos como éste. ¿No te parece más razonable la hipótesis de los elfos? —Drake hablaba con una sonrisa cínica en los labios. Era difícil precisar si creía o no en lo que decía, o si estaba asustado por las implicaciones de lo que Dario afirmaba. Como buen jugador, era experto a la hora de disimular sus emociones—. Si lo que quieres es tomarnos el pelo, deberías buscar una manera más creíble de hacerlo.
—¡La Tierra existe! Y desde luego, de allí partieron las naves terraformadoras que hicieron habitable vuestro mundo. Pero se trataba solamente de grandes máquinas y hombres como tú, que hacían un trabajo largo y duro.
Hace muchos siglos se dedicaron a convertir centenares de planetas en asentamientos humanos. Más tarde, esos planetas prosperaron y de allí partieron nuevas naves. Como entonces los viajes eran muy lentos, llegó un momento en que la Tierra perdió el control de la situación, mientras los mundos habitados se multiplicaban. Luego hubo un período en que debido a las guerras muchos mundos se perdieron. No había contacto. Se sabe que miles de ellos regresaron a una forma de vida más antigua, sin apenas tecnología. Así es como vivís vosotros, aislados del resto de la Humanidad y sin apenas un vago recuerdo de vuestro origen.
Cuando se encuentra un mundo perdido se pregunta a sus dirigentes si quieren establecer contacto. Si la respuesta es negativa la ley obliga a dejarlos en paz. Nadie puede interferir ni acercarse a él, y mucho menos ir a visitarlo y dejar rastros de tecnología superior. Sería muy peligroso para vosotros que ciertas cosas cayeran en manos de algunos desaprensivos. Esa ley es la que nos ha obligado a recorrer vuestro mundo armados sólo con floretes y arcos. Si hubiera podido llevar una sola de las armas modernas que teníamos en la nave, todo habría sido muy distinto.
—Eso está bien, pero hay gente en este mundo que quiere contactar con los demás —terció Lord Douglas—. Sin embargo, hay una cosa que no entiendo: ¿por qué corréis el riesgo de cruzar este país? Ni tan siquiera podéis ir armados como os gustaría y el propio Omir Anderson está detrás vuestro. Sin duda debéis tener un buen motivo.
Dario ya había rehusado guardarse ningún secreto. Se sentía mejor ahora que hablaba y confiaba en que pudieran comprenderle y ayudarle.
—Es una historia bastante sencilla, aunque a mí me parece verdaderamente estúpida cuando pienso en ello. Veréis, el gobierno regional de Italia decidió participar en la política de intercambios culturales y deportivos de la Liga Ekuménica. Esta Liga es una organización que pretende unificar de nuevo todos los mundos humanos y hacer que los habitantes de cualquier planeta se conozcan mejor entre ellos. También dictan normas sobre muchas cosas: todos los relojes de cualquier planeta del Ekumen marcan la misma hora, además de la hora local, se emplean los mismos códigos de comunicación entre ordenadores, existen leyes sobre el trafico de naves interestelares y mucho más. La Liga, empero, no es un gobierno, sino una organización de muchos de ellos, el más influyente de los cuales es la Corporación, que controla la mayor parte de los mundos civilizados.
Hace unos meses llegó a Roma una delegación deportiva de un planeta lejano y tuvieron tanto éxito que mi gobierno decidió devolverles la visita. Así que escogieron a unos cuantos de los mejores deportistas que tenían y nos enviaron a hacer el gran viaje. Por suerte para mí, o por desgracia según se mire, la selección italiana de esgrima está considerada la mejor de la Tierra. El año pasado yo gané los juegos de la de la Centésimo Quinta Olimpíada de la Era Espacial, dentro de mi categoría. Tenía que ir obligatoriamente. Me hacía mucha ilusión; tengo dieciséis años y todavía no había salido nunca de la Tierra, salvo algunas vacaciones en la Luna.
Todo fue muy bien al principio. Una nave de lujo, muchos diplomáticos corporativos y gente de la alta sociedad que nos daban unas fiestas espléndidas... Y entonces, durante una comida, hubo una gran explosión. La posibilidad de que una nave de pasajeros sufra una avería grave es de una entre cien millones, pero.... Toda la nave fue sacudida violentamente. Sonaron las sirenas de alarma y los oficiales se dirigieron a toda prisa al puente. Los marinos nos acompañaron hasta nuestros camarotes. Fue algo increíble: la gravedad artificial de la nave desapareció. Flotábamos entre burbujas de chianti y espaguetis, algunos se pusieron histéricos y todas las compuertas se cerraron de golpe. Era un verdadero caos. Cuando ya estaba encerrado en mi compartimento oí otra explosión y entonces la nave salió del hiperespacio de un modo brutal. Tardé un día entero en recuperarme del mareo. Mientras tanto debieron detectar este planeta y se dirigieron hacia aquí. Como no podían permanecer en el vacío porque perdíamos aire decidieron entrar en la atmósfera. La parte del casco que había explotado se desintegró. Cualquiera que mirase al cielo en aquel momento vería una inmensa bola de fuego cayendo a gran velocidad, en medio de un terrible estruendo. Una llegada discreta... Perdimos las naves salvavidas y muchas cosas más conforme partes del fuselaje de la nave eran arrancadas y se desperdigaban por todo el continente.
Cuando el capitán nos reunió para explicarnos la situación, el panorama resultaba desolador: el aparato de comunicación estaba averiado y los repuestos se habían perdido. Sólo teníamos una posibilidad de ponernos en contacto con alguien: una nave de salvamento que se desprendió durante la caída estaba en un lugar bien localizado, detrás de las grandes montañas. Teníamos que llegar hasta ella y transmitir desde allí. Fue entonces cuando decidieron enviar a los deportistas que podíamos ser más útiles: la selección de esgrima y la de tiro con arco. Nos acompañaba el oficial de comunicaciones, claro está. Creyeron que en un mundo calificado como muy peligroso era necesario enviar hombres armados, pero no se atrevían a sacar de la nave armas modernas. Nos habrían ido muy bien, os lo aseguro, pero tenían miedo de perder una o provocar un conflicto. El castigo de la Corporación hubiera sido terrible si ocurriera algo así. Lo cierto es que tampoco esperábamos tener que luchar. Fabricaron monedas y nos pusieron un aparato en la cabeza que nos permite hablar vuestro idioma. Por cierto, que el mío falla de vez en cuando.
Cuando llegamos a la nave salvavidas, el oficial de comunicaciones dijo que su transmisor también estaba averiado, pero que tenía intacta una pieza con la que funcionaría el transmisor principal. La desmontamos, y justo cuando íbamos a partir nos atacaron los soldados. No intentaron hablar con nosotros. Tan sólo nos atacaron. Los arqueros derribaron a bastantes de ellos y los tiradores, a base de emplearnos muy a fondo, logramos acabar con algunos más. La verdad es que no es difícil entrarle una estocada a un soldado, pero cuando vienen a por ti dos o más, lo mejor que puedes hacer es salir corriendo.
Yo estaba al lado de Marco, el oficial de comunicaciones, y le protegía cuando huía. Pero le hirieron y me dio la pieza de repuesto. Debo entregarla en la nave principal o quedaremos perdidos para siempre en este planeta. Marco y yo huimos hacia las montañas. Perdimos de vista a los demás, acosados por los soldados. Tuve que dejar atrás a mi compañero, atravesar las montañas como pude y desde allí emprender el regreso. Si Drake hubiera permitido que mis amigos me rescataran de los soldados, todo estaría arreglado. Ahora lo único que puedo hacer es regresar lo antes posible a la costa. En cuanto llegue ellos lo sabrán. Tienen cámaras de televisión instaladas allí y saldrán a recogerme. Bueno, eso es todo.
Lord Douglas y Peter Drake permanecieron en silencio un buen rato. Les costaba digerir todo el relato y muchas cosas no las habían entendido en absoluto. Dario pasó luego varias horas tratando de explicar qué era una cámara de televisión, un generador de gravedad artificial, el hiperespacio y otras cosas por el estilo. Finalmente Lord Douglas empezó a hacerse a la idea y asimiló la situación. Drake estaba convencido de que Dario se estaba inventando todo aquello para no decir la verdad, pero no insistió especialmente sobre ello. Estaba tan acostumbrado a imaginar aventuras fabulosas sobre sí mismo que le parecía normal que el chico hiciera lo mismo. Únicamente le sorprendía que el viejo, que sin duda era un hombre sabio, le creyera.
—Al menos, eso concuerda con lo que sabemos nosotros —dijo Lord Douglas—. Fue un delegado ekuménico el que hace muchos años vino a la corte a ofrecernos la apertura de relaciones diplomáticas con otros mundos, y afirmaba ser oriundo de la Tierra. Por desgracia, eso fue en la época de mi padre. Por aquel entonces el reino estaba sumido en una guerra cruel con el subcontinente y se acababa de producir la traición de los clanes libres. Todo el mundo en la corte era muy suspicaz y supongo que debieron pensar que sería una complicación adicional el tener tratos con otras gentes. Especialmente si estaban tan por encima de nosotros que nada podríamos hacer contra ellos. Conforme fue pasando el tiempo y llegó la paz muchos empezamos a reconsiderar la situación. Si en estos momentos volviera alguien a pedirnos una apertura hacia el exterior, posiblemente la respuesta sería distinta. Lo malo es que los aislacionistas tienen mucha influencia sobre el rey. El Omir particularmente le hace ver peligros y conjuras por todas partes. Sabe que cuanto más asustado lo tenga mayor será su poder. Además, con el tiempo y el trabajo de muchos de sus hombres ha reunido todo tipo de curiosidades. Restos de la antigua tecnología, como esas luces rojas que le permiten ver a distancia. Para ti puede que sea muy poca cosa, pero unos pocos de estos artefactos en sus manos pueden ser muy peligrosos.
—Eso mismo nos dijeron en la nave. Nos permitieron llevar algunos aparatos, como prismáticos, para ver de lejos, y pequeños transmisores portátiles para hablar entre nosotros. Por desgracia yo no llevaba ninguno, lo que fue un grave error. Lo peor fue que no nos permitieran portar armas. Con una simple pistola de plasma hubiéramos hecho huir a esos hijos de mala madre con el rabo entre las piernas. En cambio, ahora lo único de valor que tengo encima es la maldita pieza de repuesto.
—Si es posible, me gustaría examinar esa pieza que llevas para arreglar el transmisor —dijo Lord Douglas.
Dario se sacó la cadena de la que colgaba el pequeño aparato y se la entregó.
—¿Esta cosa tan pequeña es tan importante como para que vuestra vida dependa de ella? —preguntó Drake, inclinándose para verla mejor.
—Desde luego que lo es.
Peter Drake la cogió y estuvo un rato mirándola. Trataba de ver algo que diera una sensación de importancia, de gravedad, pero aquel objeto no transpiraba grandeza, como la espada de Irsar, el magnífico guerrero-brujo, que se guardaba en la sala del trono. No parecía algo poderoso y maléfico, como los escudos y pantáculos grabados en las rocas de Durmord. Si aquella era la poderosa magia de los terrestres, desde luego no tenía un aspecto impresionante.
Después de comprometerse a ayudar a Dario, Lord Douglas partió hacia la corte, donde debería hablar con alguien muy influyente para preparar su marcha.
Dario subió a una de las torres del castillo y en su estrecha escalera de caracol tuvo la impresión de estar trepando por el interior de un formidable ser vivo. Ya en lo alto contempló la inigualable belleza del valle. Todo él resplandecía bajo un sol de deslumbrante color amarillo, con una leve tonalidad rojiza. Pese a ella el verde de los campos y los bosques resultaba inmaculado, y el azul claro de las aguas del lago brillaba con vivos destellos. En el mismo centro del cráter una elevación tenía en su cima el palacio, un antiguo castillo del que parecían brotar raíces que descendían por las laderas hasta clavarse profundamente en la roca de la montaña.
También podía divisar los pequeños pueblecitos y las numerosas fincas de la gente rica alrededor de la capital, así como las posadas a lo largo de la Vía Prima y el intenso tráfico de carros. Algunos de ellos descargaban en unas grandes barcas cerca de la entrada y luego el reparto de mercancías se hacía a través del lago y los canales que partían de él. Teniendo en cuenta que casi toda el agua de aquel lugar venía de debajo, de los cauces subterráneos, le pareció impresionante el caudal del río que partía del lago, y paralelamente a la Vía Prima se dirigía hacia el borde del cráter, para verterse por las cataratas hacia las llanuras. Podía ver asimismo los penachos de vapor de agua, allí donde las fuentes termales emitían chorros de agua muy caliente. Estuvo unas cuantas horas en lo alto de esa atalaya, soñando con lo bello que sería poder recorrer este valle, y muchos otros lugares de los que le había hablado Peter Drake, en otras circunstancias distintas a las actuales.
Cuando vio que Lord Douglas regresaba a lomos de su caballo, bajó para reunirse con él y escuchar sus noticias. El anciano parecía haber rejuvenecido y estaba contento. La actividad y la emoción le hacían sentirse un hombre nuevo, ilusionado por correr una aventura.
—He estado hablando con algunos notables dignos de confianza y hemos hallado la manera de escapar de aquí. Nos consta que el Omir ha reforzado la guardia en la salida de la Vía Prima, poniendo hombres que le son leales capitaneados por él mismo, pero están dispuestos a ayudarnos si Dario se compromete a hacer todo lo que pueda para que el Ekumen envíe un nuevo delegado a la corte.
—Yo no tengo ninguna influencia; solamente puedo pedirle al capitán de la nave que envíe un mensaje a la Liga Ekuménica o, mejor todavía, a la propia Corporación.
—Con eso será suficiente. Cuando el representante del Ekumen estuvo aquí por última vez los aislacionistas se empeñaron en que no dejara tan siquiera un transmisor para poder hablar con él si cambiábamos de opinión. A mi entender fue una idea desdichada.
—Pues ese tal Anderson parece empeñado en que todo continúe así —comentó Dario.
—Es un hombre que disfruta ejerciendo el poder. Prefiere ser el más poderoso e influyente de un pequeño reino olvidado que uno más en una gran comunidad de gentes libres, que no le teman y a las que no pueda someter en modo alguno.
—No esperes que las cosas cambien muy deprisa sólo porque establezcáis contacto con el Ekumen —le advirtió Dario—. Tal vez al principio todo os parezca maravilloso, pero también hay muchas cosas que van mal para nosotros. Las guerras, por ejemplo. Pronto envidiaríais los viejos tiempos de las espadas y los arcos si os vieseis envueltos en una guerra espacial. De todos modos hay muchos mundos que viven en paz. Supongo que sois bastante listos para ser uno de ellos a poco que lo intentéis.
—Recordaré de un modo muy especial esta advertencia —respondió Lord Douglas— y se la haré llegar a todos mis conocidos. En realidad tendremos que aprender mucho de lo que ocurre entre las estrellas, antes de decidir si realmente queremos mantener relaciones con vosotros. Lo más importante por ahora es que tengamos la oportunidad de saber qué sucede y poder elegir libremente. Estoy seguro de que esta vez la corte estará más preparada para recibir una delegación ekuménica, y cuando menos no se ocultará su existencia. Si la gente se entera de ello empezarán a aparecer quienes pidan saber más. Sobre todo, si dejan una embajada abierta o algo parecido.
—Yo me atrevería a decir que lo más importante en este momento es salir del valle —apuntó Drake—. Si no lo hacemos pronto el Omir Anderson puede encontrarnos de nuevo y sería mucho pedir que fracasara una vez más.
—Eso es bien cierto. Ahora escuchadme.
Lord Douglas les explicó los planes que a toda prisa él y sus seguidores habían trazado.