Reconoció enseguida al hombre pequeño y a uno de los soldados vestidos de negro. Se dejó ver y luego salió corriendo en dirección al río. Ambos jinetes le siguieron y no tardaron mucho en alcanzarle, pues llevaban excelentes corceles, verdaderos animales de carrera. Iban ligeros de equipaje, tan sólo las armas y a su alrededor esa luz que seguramente hacía las veces de espía.

Corrió un poco por el río para no dejar huellas y luego saltó del caballo y lo despidió con una palmada. El animal estaba bien entrenado y desapareció rápidamente. Drake corrió para esconderse tras unas rocas y se mantuvo al acecho.

Los dos perseguidores se entretuvieron por la orilla, buscando las huellas de su caballo sobre la arena. Guîdar, el pequeño envenenador, era quien impartía las órdenes y mandó al soldado a la otra orilla para rastrear por aquel lado.

Drake fue siguiendo al soldado a prudencial distancia hasta que se separó tanto del envenenador que éste no pudo verle. Entonces se lanzó sobre él dispuesto a matarle. Mas el soldado, que no era confiado por naturaleza, estaba preparado para una emboscada. Se volvió al primer ruido y paró eficazmente el ataque de Drake. Se enzarzaron en un fiero combate, durante el cual Drake comprendió que no se trataba de un soldado cualquiera, sino de un verdadero experto en esgrima. Cuando empezaba a estar apurado, Drake logró que su bota derecha presentara sus respetos a la entrepierna del hombre, justo un momento antes de que los pulmones de éste entraran en íntimo contacto con la hoja del estilete de su rival.

Terminada la faena limpió la hoja con un pañuelo y volvió a guardarla en su manga.

Alertado por el ruido del combate Guîdar corrió hacia ellos, pero solamente encontró el cadáver del soldado. Rió de nuevo con su voz aguda y preparó su cerbatana, depositando en su interior un dardo de plumas blancas y sedosas. Era el color de la muerte.

—¿Donde estás, amigo? —gritó Guîdar—. Tengo un dulce regalo blanco para ti.

Caminó con cautela por entre los árboles, buscando y escuchando con sus sentidos aumentados por el agua del éxtasis que acababa de tomar. Era consciente de cada sonido, de cada forma y de cada color que estaban presentes en el bosque, pero no oía ni un solo paso de aquél a quien buscaba.

Drake estaba escondido tras un árbol. Sabía muy bien que debía andarse con mucho cuidado o sus días terminarían allí mismo. No le hacía gracia vérselas con un envenenador y se reconfortaba pensando que al menos no estaba sentado a su mesa jugando al famoso juego de los landars: adivina dónde está el veneno.

Guîdar caminaba con pies de pluma. Apenas hacía el más leve de los ruidos al andar y Drake prefería no asomar la cabeza si no era imprescindible.

—¿Acaso tiene miedo mi amigo? —decía el envenenador—. Tal vez sea porque todavía no nos conocemos. Deberíamos presentarnos.

Así me gusta, sigue hablando, pensaba Drake.

—Es una descortesía por tu parte no dejarte ver...

Al tiempo que hablaba, Guîdar prendía fuego a un pequeño incensario que había dejado en el suelo. Depositó en su interior un fino polvo anaranjado y aspiró por la nariz el que quedaba en sus manos. Era tan poco que apenas notó sus efectos, pero éstos se sumaron al de los muchos productos que cada día alcanzaban su cerebro y contribuyeron a alienarlo un poco más.

—Te espero pacientemente —decía Guîdar—; sé que estás ahí y tarde o temprano nos veremos las caras. Tú y yo. Frente a frente.

Drake aguardaba su oportunidad, inmóvil como una estatua. La voz se acercaba cada vez más; sólo necesitaba que diera unos pasos...

Los polvos se estaban quemando rápidamente sobre el incienso. Su aroma era transportado por el aire a mayor velocidad de lo que un hombre puede sospechar. Su olor tan diluido no podía percibirlo nadie, pero estaba un poco por todas partes.

Drake sentía ahora con más claridad la voz y los movimientos de su adversario. Cuando se convenció de que estaba a uno o dos pasos saltó de su escondite y lanzó una mortal estocada que atravesó el corazón del envenenador. A continuación también lo atravesó su brazo y luego todo su cuerpo, cayendo de bruces al suelo mientras el fantasma se disolvía en el aire riendo a carcajadas.

Se levantó de un salto y trató de averiguar dónde estaba el verdadero rival, pues lo veía en una docena de sitios al mismo tiempo, riéndose de él y cada vez más deformado, como todo lo que tenía a su alrededor. Ensartó a uno tras otro, pero nunca daba con el auténtico. De repente un fuerte golpe en la mano le hizo caer el florete. Sin apenas pensarlo Drake sacó una daga de su manga y giró sobre sus talones una vuelta completa. En un momento dado notó la resistencia que oponía un cuerpo al ser cortado y oyó el aullido desgarrador del pequeño envenenador.

Recogió el florete y trató de perseguir a su rival, que huía gimiendo y corriendo. Con las manos se tapaba una fea herida en el vientre. Drake se sentía enfermo por culpa de la droga y prefirió dar media vuelta para regresar al río, donde pudo refrescarse con el agua clara. Cuando se encontró mejor tomó un silbato que llevaba colgado del cuello para llamar a su caballo, el cual regresó al galope.

Al poco rato estaba de nuevo junto a Dario, quien se había quedado dormido como un bendito. Drake también estaba acusando la falta de sueño de aquella noche, pero era demasiado peligroso quedarse a descansar allí. Despertó a Dario y salieron enseguida. Hasta varias horas después no estuvo bastante tranquilo como para tumbarse un rato.

Tras unas horas de reposo ambos se sintieron mejor. Peter Drake contó lo ocurrido durante la noche a Dario, pero para no preocuparlo en exceso omitió darle demasiados detalles sobre los elfos. En lugar de ello le explicó que unos bandidos habían atacado a sus raptores y que él aprovechó la confusión para sacarlo del campamento.

El joven estaba contento de haber sido rescatado, pero se mostraba nostálgico y no quería explicar nada sobre los soldados ni de su interés por él.

—Algo debían querer de ti —insistía Drake, tratando de averiguar alguna cosa de la sórdida historia en la que sin duda estaba envuelto el muchacho.

—No me acuerdo de nada —repetía éste—. Desde que me capturaron hasta que he despertado hace un rato, solamente recuerdo una niebla gris, una risa aguda y desagradable... —tuvo un pequeño escalofrío—. Me parece que pensaban matarme; creo que alguien lo repetía continuamente. A lo mejor no es un recuerdo, sino un sueño; no estoy seguro. ¡Estaba todo tan confuso!

—¿Habías visto antes a esos hombres? ¿Reconociste a alguno de ellos? ¿Al que mandaba, por ejemplo? —hizo una pausa de unos segundos, para dar mayor dramatismo a su última pregunta—. ¿Te dice algo el nombre de Omir Anderson?

Dario negó con la cabeza, con una expresión tan testaruda en el rostro que a Drake le confirmó que sí conocía bien a aquella gente.

—Debes tener algo que ellos desean —volvió a acosarle Drake—, y sin duda lo buscan. ¿De dónde vienes? ¿Atravesaste las montañas huyendo de alguien o escapaste de algún lugar en las montañas? —ésta era la cuestión crucial, pues sólo los elfos habitaban en los blancos desiertos helados; sin embargo, Dario pareció no entender la importancia del asunto ni el significado de la pregunta.

—No tengo nada de valor, salvo un poco de dinero y eso ni lo tocaron. Mira, aquí está todo —dijo, mostrando su bolsa llena de monedas.

Drake se quedó con la duda de si Dario fingía de un modo excelente o bien ignoraba de veras en qué embrollo estaba metido. Ser perseguido por los elfos y el Omir Anderson al mismo tiempo parecía excesivo si realmente era un muchacho sin importancia, que no llevaba nada de valor encima.

Continuaron el viaje para alejarse todavía más de sus perseguidores, pues tantos hombres como había tras ellos podían cubrir muchos estadios a la redonda y encontrarles en cualquier momento. A lo largo del día solamente se detuvieron un par de veces para beber y comer. Cuando lo hacían Dario se desentumecía, trataba de caminar un poco con sus piernas doloridas de tanto cabalgar y finalmente optaba por estirarse en el suelo, bajo el sol caliente y rojizo.

Durante estos descansos los caballos relinchaban de placer, libres por un rato de su carga y pacían entre los prados escogiendo la hierba más fresca y jugosa, sacudiendo los mosquitos a coletazos y observando de reojo a los hombres, temiendo que de nuevo se empeñaran en proseguir el viaje.

Cuando Drake decidió que era hora de partir Dario protestó.

—¡No puedo más, Peter! ¿No podemos viajar de algún otro modo, en barca tal vez?

—El río no es navegable hasta muchos estadios más abajo, y si te persiguen será lo primero que vigilarán —explicó Drake—. La otra posibilidad es marchar a pie, pero te recuerdo que quieres ir a la otra punta del país. Nosotros estamos en la comarca de poniente y tú quieres ir a la costa, que es el extremo más oriental de este reino. Hemos de atravesarlo todo en su parte más ancha, lo que serán unos cuatro mil estadios, aproximadamente.

Dario refunfuñó un buen rato y de mala gana subió al caballo con su peculiar estilo.

Drake estuvo un buen rato contando historias de sus numerosos viajes hasta que advirtió que Dario estaba más que aburrido.

Tuvieron que cruzar el río, ahora bastante caudaloso, por un puente de piedra cercano a un pequeño pueblo, pero evitaron entrar en éste para que nadie pudiera luego decir que los había visto y hacia dónde se dirigían.

© Eduardo Gallego, Guillem Sánchez, (1.634 palabras) Créditos