Siguieron su camino y poco a poco fue pasándosele el enfado. Se dedicó a escuchar la cháchara alegre del muchacho y tratar de averiguar de dónde sería ese acento agudo y cantarín, pero sin éxito. Estaba seguro de no haberlo oído nunca. También observó que Dario no era capaz de entenderlo cuando decía algunas palabras. En cambio, si escogía un sinónimo arcaico, de los que recordaba de sus lecturas de juventud, entonces a Dario le parecía una palabra normal. Supuso que había estudiado el idioma con un maestro aficionado a los cantares de gesta de un par de siglos antes. También le sorprendía su manifiesta ignorancia sobre plantas y animales, pues se sorprendió incluso al toparse con un conejo.

Oyeron ruido de cascos de caballo y el silbido despreocupado de un viajero que se dirigía al valle siguiendo el curso del riachuelo. A petición de Dario se apartaron y se mantuvieron en silencio hasta que hubo pasado. No se encontraron con nadie más, de modo que pudieron avanzar bastante y el muchacho estaba feliz por ello, aunque a menudo quería parar para estirar un poco las piernas. Finalmente Drake, viendo que faltaba poco para el crepúsculo, decidió buscar un sitio para pasar la noche.

Encontraron unas piedras altas que ofrecían buen refugio y desmontaron. Corría un hilillo de agua junto a ellos, en dirección al riachuelo. Le ordenó al muchacho que recogiera leña para encender un fuego entre las piedras.

—Mientras, iré a cazar algo antes de que oscurezca —dijo, cogiendo el arco y las flechas que tenía en el caballo.

—¡Oh, fantástico, te acompaño! —exclamó Dario encantado, tomando también su arma.

Drake le miró con calma.

—Oye, muchacho, ¿puedes decirme qué esperas cazar con un florete?

—Pues no sé... Un conejo, tal vez.

Drake murmuró algo sobre locura, juventud y falta de sentido común mientras convencía a Dario de que se dedicara a recoger leña.

—Volveré pronto, así que date prisa en prender un buen fuego.

—De acuerdo, de acuerdo; tú mandas.

—Y asegúrate de que lo haces justo entre las piedras, para que nadie pueda ver las llamas desde el río.

—No te preocupes, así lo haré.

—Y no metas ruido innecesariamente.

—De acuerdo, pero no tardes. Tengo mucha hambre.

Drake estaba seguro de cobrar una o dos piezas en poco tiempo. Había visto gran cantidad de animales por allí y era un excelente arquero. Ahora, en cambio, todas las bestezuelas parecían haberse ido para otro lado, así que dio algunas vueltas por los alrededores y al cabo de un rato pasó cerca de donde había dejado al chico. Éste había recogido una buena cantidad de leña y parecía a punto de intentar encender el fuego, pues estaba colocando algunas ramitas muy finas en la base.

Con lo poco que sabe de la vida en el campo, seguro que no logra encender la leña, pensó. Se quedó quieto para ver cómo se las apañaba con la yesca y el pedernal, pero Dario no estaba haciendo los típicos gestos de poner yesca seca y golpear dos piedrecitas. Muy al contrario se levantó, buscó algo entre sus ropas y lo mantuvo dentro de su puño, extendiendo el brazo en dirección al montón de leña.

A Peter le pareció que murmuraba algo, aunque no estaba seguro pues la distancia era considerable y no podía ver bien sus labios. Fuera como fuese al cabo de muy poco unas llamas de buenas proporciones se elevaron y crepitaron. El fuego estaba encendido y Dario guardó de nuevo lo que tenía en la mano.

Magia, brujerías, cosas propias de trasgos y seres oscuros, pensaba Drake enojado. ¿Sería Dario uno de aquellos niños que las brujas robaban de sus cunas para enseñarles sus artes perversas y que sirvieran así a sus fines? Nunca había sido un hombre supersticioso. Estaba seguro de que una buena estocada podía acabar con el mejor brujo por muchos conjuros de protección que invocara, pero no le gustaba pensar que aquel buen chico se relacionara con cosas que una persona decente debía mantener alejadas de sí.

Mientras iba pensando en esto oyó un leve ruido a su derecha, un crujido de ramas secas que delataba la presencia de un animal. Contento de tener al fin algo a lo que dedicar un amoroso flechazo, preparó su arco y avanzó acechante y silencioso. Percibió otro sonido, propio de un animal andando cautamente, avanzó unos pasos más y permaneció a la escucha. Ciertamente oyó algo, pero no el andar de un cuadrúpedo en busca de sus saetas, sino más bien rumor de voces.

Debe de ser esta ligera brisa que ha empezado a levantarse, pensó inquieto. Extremó el sigilo y medio tensó el arco para estar a punto cuando descubriera su cena.

Entonces volvió a oír lo mismo que antes, pero un poco más fuerte y cercano. Venía del otro lado de una pequeña elevación del terreno. Avanzó con premura pero con cautela, agachado y eludiendo las ramas que al romperse pudieran delatarle.

Un breve relincho, rápidamente acallado, y el ruido de unos pasos le hizo esconderse enseguida tras un árbol. Ahora estaba seguro de que había alguien muy cerca. Alguien que hablaba en voz baja y trataba de evitar que le descubrieran. Subió la elevación del terreno y buscó refugio en el tronco de un enorme árbol.

Desde su posición podía ahora verlo todo claramente. Tres caballos estaban siendo custodiados por un hombre vestido con capa y capucha negra. Otros dos con la misma indumentaria estaban muy cerca de él, a unas veinte yardas tan sólo y eran ellos los que hablaban. El que estaba con los caballos se preocupaba de que éstos no hicieran ruido, mientras que los otros dos estaban enfrascados en un asunto que no hacía ninguna gracia a Peter Drake: una atenta y minuciosa vigilancia de Dario.

Suponiendo que pronto tomarían alguna decisión tensó suavemente el arco y apuntó a uno de los hombres. No habían transcurrido ni una docena de latidos de corazón cuando se oyeron gritos y alboroto.

Otros dos encapuchados habían estado acechando a Dario desde el lado opuesto y salieron de su escondite gritando y con las armas en la mano. Estaban muy cerca del muchacho y éste apenas tuvo tiempo de desenvainar su florete. Un instante después el primero en llegar ante el joven caía escupiendo sangre con un profundo tajo en la garganta y el segundo, que para su desgracia había corrido unos pasos por detrás del primero, dando así tiempo a Dario a recomponer su guardia, se estrellaba contra las ágiles paradas de éste. Sus armas fulguraron y rugieron con rabia, cada una buscando el corazón de su rival, pero fue Dario quien nuevamente halló un hueco en la guardia de su oponente y hundió cuatro palmos de fino acero en el pecho del encapuchado.

Drake había visto la escena con asombro en los ojos, pero su encanto se disipó rápidamente. Tres hombres a caballo salieron al mismo tiempo de entre los árboles. Dario no se lo pensó dos veces. Enfundó su arma tras cortar con ella las riendas de su caballo, anudadas a una rama. Se encaramó de un modo patético pero sin pérdida de tiempo al noble bruto y éste, comprendiendo mejor que nadie la gravedad de la situación, se lanzó al galope tendido huyendo de sus perseguidores. Por desgracia lo hizo en dirección a los hombres que Drake tenía ante sí.

Apuntó de nuevo con rapidez y disparó una certera flecha al pecho del primero que se alzó, espada en mano, para detener la huida del muchacho. Apenas tuvo tiempo de poner otra en el arco para abatir al siguiente, que recibió el impacto justo cuando el caballo llegaba a él. Por muy poco la flecha no dio en el animal o en la pierna de Dario. A partir de ahí ya no pudo ayudarle más, pues el hombre que guardaba los caballos le había descubierto y se abalanzaba gritando con un florete en una mano y una afilada daga en la otra. Drake soltó el arco y se aprestó a recibir a su oponente armado del mismo modo.

Dario se aferraba al cuello de su caballo y trataba de no salir despedido cada vez que éste saltaba un obstáculo. En cuanto veía aproximarse una piedra o un tronco caído, aguantaba la respiración y apretaba aún más el cuello del animal, que pese a ello trataba de salvarlo con todas sus energías.

Detrás de él tres expertos jinetes ganaban terreno a cada instante. Dos eran sombras negras, con un aguijón de acero en una mano. Tapados por capuchas bien atadas bajo el mentón, con sus capas negras al viento y ropas también negras, semejaban la viva estampa de la muerte persiguiendo a su presa y se recreaban en ello.

El tercero era casi un enano. Disfrutaba tanto con la persecución que reía como un loco, con una risa aguda y quebrada. Vestía el gris de lobo de los altos landars y en la mano llevaba una cerbatana orlada con plumas rojas, ocres y verdes. Cuando estuvo a razonable distancia del perseguido se llevó un extremo del tubo a su boca y sopló con fuerza. Falló por muy poco el primer disparo, rió con ganas y preparó un nuevo dardo con penacho de suaves plumas azules, el color de los sueños.

Disparó de nuevo y alcanzó a Dario en la espalda. Tras varios intentos logró clavarle otro dardo, cerca del cuello. Y reía, reía a cada disparo, tanto si acertaba como si no.

Dario oía aquella risa mezclada con el estruendo de los cascos de los caballos, sentía las ramas bajas golpearle, veía los árboles acercarse y pasar a su alrededor. Luego los vio danzar en torno a él, girar y girar, fundirse con los últimos rayos anaranjados del sol, con los bufidos del caballo, con su propio sudor. Todo se mezclaba en su nebulosa mente, se diluía en un tenue gris azulado, hasta que dejó de apretar a su montura conforme sus brazos se relajaban. Ni se percató de que caía y rodaba por el suelo, golpeándose por todas partes. Su cabeza tropezó con un tronco y perdió del todo la consciencia. Los tres perseguidores se detuvieron a su lado, desmontaron y lo pincharon con sus floretes.

—¡Bien hecho, Guîdar! —dijo uno de ellos—. Ahora recupera su caballo y tráelo aquí. Lo ataremos encima para llevarlo al Omir Anderson. Estará contento de que hayamos capturado al menos esta pieza.

—¡Sí, sí, caballo, ahora traigo! —decía el hombre pequeño.

Corrió a buscar la montura de Dario, que se había detenido al notar la caída de su jinete y relinchaba enojado. Su opinión sobre los caballeros jóvenes estaba tan por los suelos como el pobre Dario.

Mientras, a una cierta distancia Drake platicaba animadamente con su nuevo amigo:

—¡Cabrón, hijo de una lamia! —escondió la cabeza justo a tiempo para evitar el acero de su contertulio.

—¡Desgraciado, ladrón de mendigos, te voy a cortar los cuernos que tu mujer te puso con un cerdo! —correspondió el hombre vestido de negro parando una rápida estocada.

—¡Te creería si no fueras un eunuco! —replicó Drake, tratando de aprovechar un hueco en la guardia del hombre para clavarle la daga en el estómago.

—¡Morirás como los gusanos, atravesado por un hierro! —le advirtió gentilmente.

—¡Alégrate, hijo de diez padres, porque voy a abrirte una nueva sonrisa en la garganta! —dicho esto dio un rápido paso hacia adelante para obligar a su camarada a retroceder hacia un tronco caído, que éste no había visto.

El hombre tropezó con él y perdió el equilibrio por un momento, justo lo que necesitaba Drake para hundir grácilmente la hoja del florete en el pecho de su rival.

Sacó su arma y mientras la limpiaba con un pañuelo le dijo al caído:

—Ha sido una interesante charla que podemos repetir cuando os plazca —saludó con una delicada finta y se marchó.

El muerto tuvo la descortesía de no responder.

Sin pérdida de tiempo fue a buscar su caballo, que esperaba pacientemente atado todavía a una rama. Colgó el arco de modo que pudiera cogerlo rápidamente y dejó las flechas dispuestas a su lado. Susurró unas palabras de ánimo al corcel y salieron al galope, en busca de huellas de Dario y sus perseguidores. No tardaron mucho en dar con el lugar donde las costillas del joven habían acariciado el duro suelo. Desmontó para estudiar el terreno. No le costó encontrar un dardo empenachado de plumas azules. Todavía tenía unas gotas de sangre en la punta. Lo acercó a su nariz y confirmó así lo que sospechaba: droga de los altos landars.

Las tierras más al norte del continente eran un lugar terrible y peligroso. Antaño habían gozado de una avanzada civilización, donde la gente apenas tenía que trabajar y podía dedicarse al ocio, la estulticia y la lujuria sin ninguna preocupación, como era propio de las sociedades complejas. Esas posibilidades desencadenaron en ellos los peores vicios: dedicaron su ciencia a la perversidad, sus conocimientos de la vida a causar la muerte. Sus refinados avances en el mundo de las drogas, en lugar de servir para curar, fueron utilizados para embriagar, atontar, crear ilusiones o servir de armas mortíferas y lentas en los crueles juegos de las clases más altas y nobles. La civilización decayó. Sus logros se convirtieron en plagas y tras muchas guerras intestinas se dividieron en tribus, que a su vez se escindieron en clanes, que a su vez se aliaron con algunas sectas para combatir mejor a los feudos y las ciudades estado. La historia de los altos landars degeneró en una crónica de asesinatos entrecruzados, que devino simplemente en locura. El abuso de todas las drogas conocidas había creado una sociedad de perturbados donde abundaban las deformidades, tanto físicas como psíquicas.

Hacía varios siglos que ninguna persona honesta quería tener tratos con ellos. Únicamente en las cortes contrataban alguno de sus maestros envenenadores para que sirviera con su experiencia al soberano. En este país poco dado a intrigas cortesanas su finalidad era proteger al rey y sus allegados, más que causar la muerte a otros. La experiencia de un envenenador era una garantía de que otro no lograría su propósito. Pero algunos nobles contrataban a veces los servicios de alguno con propósitos más turbios. Peter Drake había conocido al envenenador del rey, un amable y anciano caballero que le había mostrado su extenso surtido de venenos y antídotos: desde los clásicos como la muerte roja o el suspiro lúgubre, hasta los refinados truenos del demonio y sangre de escorpión, sin olvidar alguna receta propia como el lamento verde, que el anciano anhelaba poder probar algún día, cuando hubiera algún reo que ajusticiar.

Por lo que pudiera suceder, Drake untó con los restos del veneno un pequeño estilete que siempre guardaba en su manga izquierda, dispuesto para ser lanzado. A continuación volvió a montar y pacientemente fue siguiendo las huellas de los caballos.

Al cabo de un par de horas divisó un claro en el bosque. En realidad lo olió antes de verlo, pues alguien había encendido un fuego sobre el que se asaba un tierno jabato. Dejó su caballo a prudente distancia y se acercó con precaución extrema. Tres hombres estaban charlando animadamente alrededor del fuego. De uno a otro pasaba un pequeño odre de vino y uno de ellos afilaba con esmero un ancho cuchillo de monte para trinchar el animal.

Se aproximó más todavía, hasta el árbol más cercano, a fin de poder oír algo de lo que decían. No hablaban lo suficientemente alto como para captar toda la conversación, pero logró entender que al igual que otros grupos de hombres habían estado buscando al joven. Decían algo de un templo abandonado en medio de una vaguada y de llegar antes del amanecer. También oyó que llamaban sargento a uno de ellos.

Si les mandaba un sargento debían ser soldados, pero entonces ¿por qué les interesaba el joven Dario? Tal vez no estuvieran allí por él. Sin embargo, las ropas negras eran las mismas que vestían sus captores, incluso las armas se parecían. ¿Soldados de incógnito? Demasiadas preguntas que no podía responder.

Decidió seguir su camino, pero ante la imposibilidad de ver rastro alguno en la noche oscura del bosque tomó la dirección de la vaguada donde estaba el templo, que había visto al pasar en su viaje hacia el valle de Tindall.

© Eduardo Gallego, Guillem Sánchez, (2.729 palabras) Créditos